3. Disputa territorial
DISPUTA TERRITORIAL
Joey
—¿De qué coño vas puesto? —quiso saber Podge mientras me perseguía por el campo del pabellón de la asociación de hurling y fútbol gaélico el sábado por la tarde con su hurley en la mano—. No te veía tan entusiasmado desde que ganamos la final del condado en tercero.
—De nada —contesté jadeante pasándole muy cerca para atrapar la sliotar con mi hurley y devolvérsela con un toque. Tony había cerrado temprano, y yo no tenía nada que hacer, así que les había enviado un mensaje a los chicos para quedar y hacernos unos pases—. Es que no salgo desde Navidad.
—¿Y qué cojones te ha dejado Papá Noel en el calcetín? —resolló Alec cortando el lanzamiento y robándole la pelota a Podge—. ¿Speed?
Menudo baño de realidad.
—Nada.
Podge entornó los ojos con incredulidad.
—Entonces ¿qué coño te pasa?
—Nada. —Me encogí de hombros, respirando de forma agitada—. Que ya me he cansado de gilipolleces.
—¿Qué quieres decir?
—Que voy a dejar de hacer el imbécil.
—Lo que quiere decir es que está demasiado ocupado metiéndosela a Piernas Sexis como para siquiera pensar en colocarse —puntualizó Alec con una risita—.
Madre mía, su coño debe de saber a ambrosía o lo que sea que comen los dioses…
Joder, me cago en la leche, no me pegues con eso.
—Agarrándose un lado de la cabeza, gimoteó—: Mierda, Joe, tienes suerte de que lleve casco.
Podrías haberme causado daños cerebrales.
—No, tú tienes suerte de llevar casco —argumenté todavía sujetando la pala de mi hurley peligrosamente cerca de su cuello—. La próxima vez que se te ocurra pensar en el coño de mi chica, te arranco la cabeza de cuajo, ¿me oyes?
—Déjalo ya, Al —terció Podge haciendo que volviera a centrar la atención en él—. ¿Eso qué significa, Joe? —Me miraba de frente, a la cara—. Cuando dices que vas a dejar de hacer el imbécil, ¿te refieres a Holland y a esa peña?
Asentí con frialdad.
—Me refiero a todo.
—¿Sí?
—Sí. —Con gesto incómodo, atrapé la sliotar con la parte plana del hurley y me desmarqué en una solitaria carrera antes de lanzar hábilmente la pelota por encima del travesaño de la portería que estaba al otro extremo del campo.
Con el sudor resbalándome por la nuca, recuperé la sliotar de detrás de la portería y salí corriendo de nuevo, desesperado por consumir la tensión que atenazaba mi cuerpo. No recordaba la última vez que había estado tanto tiempo sin nada en el organismo. Pero ahí seguía, intentándolo, resistiendo.
«Por ella».
—¿Cuánto hace? —preguntó Podge cuando volví con la pelota.
—¿De qué? —se inmiscuyó Alec.
—Unas semanas —respondí mientras me secaba el sudor que me goteaba de la frente con la parte baja de la camiseta—. Aún no es como para dar palmas, pero algo es algo.
Me recorría un horrible temblor de ansiedad que no podía calmar por mucho ejercicio que hiciera. Sabía por qué, claro. Lo que le apetecía a mi cuerpo no era hacer ejercicio. No quería comida ni agua, ni se conformaba con fumar. Quería más.
Tenía un apetito voraz.
Pero, tras pasar dos semanas infernales para llegar hasta donde estaba, era lo suficientemente fuerte como para dejarlo morir de hambre un poco más. Una hora. Y después otra.
«Sigue adelante, tío».
—Bien, joder. —Sorprendido, Podge levantó las cejas y golpeó la sliotar hacia el campo a toda velocidad antes de decirle a Alec que se fuera a buscarla—.
¿Me equivoco al pensar que Aoife tiene bastante que ver con este repentino cambio en tu estilo de vida?
—preguntó cuando Alec ya no podía oírnos—. Tío, es una buena influencia para ti.
—Nos hemos dado un tiempo —me obligué a admitir en voz alta ante quizá la única persona en quien confiaba, aparte de las dos chicas de mi vida.
Me las había arreglado para trabajar toda una semana con Tony sin revelarle ni lo más mínimo sobre mi relación con su hija. No había sido fácil lidiar con él, tampoco con lo desconocido, pero debo decir que el tipo me trató igual que siempre.
—¿Aoife y tú? —preguntó Podge con los ojos abiertos de par en par… Enseguida me di cuenta de que él no iba a hacer lo mismo—. ¿Desde cuándo?
—Desde que saqué la cabeza del culo el tiempo suficiente para ver lo que le estaba haciendo.
—¿En serio?
—Venga, Podge. —Me encogí de hombros y decidí ir con la verdad por delante—. Es bastante obvio que he estado yendo por un camino que no tiene mucho que ver con el que sigue Aoife, tío.
—¿Y eso te importa?
—Me importa ella.
—¿Habéis roto para siempre?
Su pregunta hizo que mi corazón diera un vuelco y mi mente se pusiera a gritar: «Joder, espero que no».
—Depende.
—¿De qué?
—De si soy capaz de aclarar mis ideas.
—Parece que ya lo has hecho.
—Pues ahora tengo que ver si soy capaz de mantenerme así —me obligué a añadir—. Lo cual, seamos sinceros, hasta ahora no se me ha dado demasiado bien.
—Entonces ¿fue ella la que propuso dejarlo un tiempo?
—No. —Negué con la cabeza—. La idea fue mía.
—Y, en este tiempo que os habéis dado, ¿podéis ver a otras personas?
—No —dije sintiendo náuseas ante la idea—. Tío, ni siquiera quiero pensar en otras chicas.
—¿Y ella? —insistió—. ¿Piensa en otros tíos?
—Debería —mascullé—. Pero no, no lo creo.
—¿Y si lo hace?
Reprimí el impulso de gruñir.
—No la retendría.
—Joder, sí que la quieres, ¿no?
«Más que a mi vida».
—¿Y qué pasa si es así? —escupí de inmediato poniéndome a la defensiva.
—Nada, tío, nada —se apresuró a decir en tono conciliador—. Es que te conozco desde que teníamos cuatro años e íbamos a la guardería y nunca te había oído reconocer tus sentimientos hacia nadie.
Encogí los hombros; su línea de interrogación me hacía sentir incómodo.
—Obviamente, me di cuenta de esa extraña química que tenéis en cuanto empezamos primero, pero no sabía que era algo tan profundo. —Sacudió la cabeza antes de hacer una confesión—: Siempre creí que te habías encaprichado de ella más por joder a Ricey que por otra cosa.
—Ah, bueno. —Sonreí con suficiencia al pensar la de veces que, durante los últimos años, Ricey nos había pillado charlando y se había puesto como una fiera—. Eso era un incentivo extra.
—No podías haber lanzado la sliotar más lejos, ¿eh? —jadeó Alec volviendo al trote hacia nosotros con la pelota en la mano—. He tenido que meterme entre los arbustos para recuperarla.
—Perdona, Al —se disculpó Podge riendo entre dientes; luego se giró y me guiñó un ojo—. Sigue con las ideas tan claras, Joe.
—Ese es el plan.
—¿«Sigue con las ideas tan claras»? ¿«El plan»? —Alec movió la cabeza de un lado a otro y refunfuñó—: ¿Por qué siempre tengo la sensación de que habláis en clave cuando estoy delante?
—Porque eres perspicaz —repuso Podge con una sonrisilla.
—No, yo no soy eso —se quejó Alec—. Sé lo que estáis haciendo, cabrones. No lo neguéis.
—Al, te ha dicho que eres perspicaz —me reí y le lancé la pelota—. ¿Sabes lo que significa esa palabra?
—Pues claro que sí —resopló Alec atrapando la sliotar al vuelo—. Es cuando dudas de todo y no te crees nada de lo que dicen los demás.
Podge echó la cabeza hacia atrás y se partió de risa mientras yo me pasaba una mano por la cara para luego murmurar:
—Al, a eso se le llama paranoia.
—¿Ah, sí?
Podge soltó una risita.
—Claro, tío. Tanto la palabra como su significado son totalmente diferentes.
—Puede que antes te haya arreado demasiado fuerte —planteé con sequedad.
—Paranoia… —Alec frunció el ceño—. Entonces ¿«perspicaz» qué es?
—Algo que nunca te volveremos a llamar —dijo Podge entre risas.
—Bueno, tíos, vamos a separarnos y nos lanzamos unos pases otra vez antes de que anochezca —propuse mientras corría hacia atrás—. La semana que viene jugamos contra el St. Fintan’s y no pienso dejar que esos cabrones nos eliminen en la fase final.
—Entonces ¿la junta escolar ya te ha dicho qué ha decidido? —preguntó Alec con tono esperanzado.
—Sí, anteayer llamaron a mi madre —contesté al tiempo que saltaba para coger la sliotar en el aire—. Parece que esta es la última de mis siete vidas.
—¿Así que al final no te van a expulsar?
Hice una mueca.
—Al menos no esta semana.
Eran cerca de las cinco de la tarde cuando Podge me dio un codazo en el brazo para advertirme de que teníamos compañía.
Entrecerrando los ojos hacia la penumbra, traté inútilmente de ponerles nombre a las caras que nos contemplaban desde el otro extremo del campo, mientras se me erizaba el vello y mi cuerpo se tensaba ante la amenaza desconocida.
—No hay duda de que nos observan —murmuró Podge.
—Creo que son del Tommen —apuntó Alec frotándose la barbilla—. A ese tío grandullón lo he visto en el periódico local; juega al rugby.
—Sí, beben en el Biddies.
—¿Qué coño hacen aquí? —espeté.
—Se han equivocado de campo.
—Más bien se han equivocado de barrio.
Continuamos pasándonos la sliotar durante otros cinco minutos hasta que quedó claro que no se iban a ir.
—Ahora vuelvo —solté quitándome el casco—. Voy a solucionar esto.
Cabreado, me dirigí con paso firme hacia el grupo de niños pijos que se arremolinaba en las bandas de mi puto campo.
—No te calientes, Joe —me avisó Podge mientras corría detrás de mí.
—Eso, tío —convino Alec con un susurro—. Son seis.
—¿Tenemos monos en la cara, gilipollas?
—Ay, Dios —gruñó Alec agarrándome por la parte de atrás de la camiseta—. Vamos a morir.
—¿Estáis sordos? —pregunté sacudiéndomelo de encima, centrado por completo en los tíos que me miraban—. ¡Os he hecho una puta pregunta!
—Sí, es ese —dijo uno de los chicos antes de situarse estratégicamente detrás de un chaval aún más grande que él—. Gibs, habla tú.
Me sonaba de algo. Tenía el pelo rubio y una sonrisa de bobo de la hostia.
—Hola, amigo.
—No soy amigo tuyo —le solté acercándome a él con el hurley en la mano—. Y, que yo sepa, el club de rugby está al otro lado de la ciudad —les recordé—. Aquí no se os ha perdido nada.
—Ay, madre. —Los ojos del chico rubio, de color gris plateado, se iluminaron con un brillo que solo podría describir como travieso cuando, sonriente, preguntó—: ¿Vamos a tener una disputa territorial?
Levanté una ceja.
—¿El qué?