52 #2
También me gustaría disculparme con Huges.
Cuando hallé esta opción, le pedí a Alexandra que no le dijera nada a nadie, ni siquiera a su esposo, y eso hizo.
Ella y yo sabíamos que algún día tú y Devon cruzaríais vuestros caminos.
Nos pareció la mejor alternativa, lejos del alcance de los Minoritarios.
En caso de que te preguntes de qué hablo, lo escribiré más adelante.
Por último, me gustaría que supieras que te amamos. Con todo el amor que cabe en nuestros corazones.
Te queremos muchísimo, tesoro.
Aunque ahora mismo —en el 97— seas un diminutito embrión, eres lo más preciado que tu padre y yo alguna vez hemos tenido.
Y si te enviamos lejos, es porque queremos que tengas esa larga vida que mereces, así que, por favor, perdónanos, y jamás dudes de que hemos buscado todas las alternativas posibles.
Espero que llegues a ser una gran gobernante, pequeña medusa. Con amor,
mamá y papá.
Una lágrima cayó sobre la pantalla de su teléfono.
Nínive la secó de inmediato con el puño.
Limpió el reguero de llanto que había empapado sus mejillas y se sorbió la nariz, preguntándose cómo era posible.
No obstante, al descender la vista y posarse en las últimas anotaciones, su corazón amenazó con ralentizarse.
Ana había escrito parte de una secuencia del genoma humano, o eso pensó Nínive en un principio.
Reconocía el gen donde erradicaba su problema de células falciformes, pero bastó con echarle un vistazo a los genes adjuntos para saber que no se trataba del ADN de un «terrestre».
Allí había un gen denominado SSβ. Según los apuntes, poseía la principal mutación genética, no en el HBB.
Por consiguiente, lo que había en el gen HBB era un efecto colateral, no la causa de su enfermedad.
«Maldita sea», masculló al comprenderlo.
Toda su vida estudiando biología… para enterarse a último momento que se había enfocado en un síntoma, no en la raíz del asunto.
—Maldita sea —masculló antes de lanzarse al escritorio.
Los primeros rayos de sol empezaron a colarse por las ventanas, otorgándole a la habitación una atmósfera dorada. Nínive seguía en la silla, terminando de comprender cómo era posible que Ana no le hubiera dejado esas anotaciones a Agnes.
«Tal vez De-Ràzes prefería una cura sintética antes que esto», pensó, sumida en el vector que la reina había diseñado.
Una reina que, en teoría, era su madre. No conseguía asimilarlo.
Las pruebas estaban allí, contundentes, pero una parte de ella permanecía incrédula.
Nunca había sentido nada fuera de lo normal, a no ser por los síntomas de las obstrucciones.
El único indicio era el origen de su enfermedad, pero nadie le había advertido: «Oye, tus padres no tienen hemoglobina S porque eres adoptada».
Rodeada de bolas de papel, terminó de simular cómo funcionaría esa dosis de células con el mismo ADN que la reina había utilizado como vector a la hora de recrear una terapia genética basada en afinidad porcentual.
Era un tema del cual Nínive sabía poco y nada, pero, de acuerdo con lo que su madre había anotado, era posible.
Si en verdad ese trozo de genoma era suyo, los números y las reacciones cuadraban.
Sin embargo, quería una segunda opinión.
Necesitaba una segunda opinión. Porque, de ser cierto, su cura podría estar más cerca de lo que jamás había creído.
Recogió los papeles del escritorio y los guardó en su morral. Se puso el primer pantalón que encontró, una camisa blanca y… dudó al ver los tiradores.
«Deja de contar segundos y cuenta conmigo».
Una vez más, Devon conseguía colarse en su mente. Los hierbajos del corazón querían crecer y amordazarlo, pero decidió arrancarlos de una vez y salir de la habitación de un portazo, sin tiradores que la aferraran a esos malos recuerdos.
Los Dragones Negros que flanqueaban el cuarto la siguieron de inmediato, diciendo cosas en francés primero, en inglés tras comprender que ella no les entendía un comino:
—No puede merodear por la abadía sin escolta.
—No cometí ningún crimen.
—No, pero tenemos órdenes de protegerla.
—¿De qué? ¿Insultos y vasos de sangre? Llegáis tarde.
Nínive cruzó el Punto Cero e ingresó al Pabellón de Reims. La nostalgia la atacó sin previo aviso; desde su primer día huyendo de los oficiales hasta la vez que Devon la había cargado sobre su hombro cuando investigaban a McHugh.
No entendía qué diablos le sucedía, pero, por alguna razón, pararse frente al letrero del laboratorio IV se sintió como colocar sus pies en el tapete de su casa en Maine.
—Entraré sola —les comunicó a los guardias, quienes se inclinaron hacia adelante cuando puso una mano sobre el pomo de la puerta—. Y sola significa «sola» —remarcó antes de colarse por la rendija y cerrarles la puerta en la cara.
Echó el pestillo y las protestas no tardaron en llegar:
—Su al… Señorita Bryce —corrigió el soldado—. Debe permanecer con custodia. Es imperante que…
—Custodiad la puerta —exclamó Nínive. Se petrificó al darse cuenta de que no estaba sola—. ¿Profesor LeBlanc?
Ladeó la cabeza al distinguir la coleta del largo cabello color miel. Nínive había supuesto que esperaría hasta las nueve, cuando Agnes iniciaba su jornada.
—¿Por qué está aquí? —preguntó al aproximarse—. ¿No funcionó el plan?
Por un instante, temió que el profesor negara con la cabeza.
Devon y ella habían tratado de predecir las acciones de Elysabeth y el DII.
Había cosas que la heredera no podía hacer, como hurgar en archivos confidenciales sin autorización.
Supusieron que forzaría a Wagner, por eso habían usado a LeBlanc como carnada mediante el elixir.
No le costaba imaginarse a la heredera desesperada por obtener la fórmula antes que DeBlanckfort.
Pero el doctor permanecía quieto, con las manos apoyadas en una de las mesas de granito y la cabeza gacha.
Ni siquiera se había girado antes de asentir.
—Sí, funcionó. Solo…
LeBlanc sorbió su nariz.
—¿Qué tiene?
—Yo… No puedo… —El profesor se volteó—. No puedo hacerlo. He estado tratando. He tratado desde ayer, pero… no puedo hacer lo que me pide.
Nínive no supo qué decir. O qué hacer. No solía abrazar a la gente, mucho menos consolar personas. Pero, sobre todo, no comprendía la situación.
—Hacer, ¿qué? ¿Robar el Ángel Dorado? Sé que es ilegal, pero es por el bien de Wagner…
—No, no, no —LeBlanc meneó la cabeza—. No es eso lo que me aflige. —Posó un papel en la mesa—. ¡¿Cómo puede pedirme que no diga nada?! ¡Es mi amigo!
Nínive guio a LeBlanc a uno de los taburetes al percatarse de que sus manos temblaban.
—Escuche, sé que esto sonará demasiado insensible, pero… Necesito hacer a un lado los asuntos personales y pedirle un favor.
—¡¿Otro?!
—Es sobre mi cura —murmuró. Notó cómo la expresión del profesor cambiaba al mostrarle sus apuntes—.
Hum, prefiero no darle vueltas al asunto porque carece de lógica, por lo que…
Esto es lo que la reina Ana dejó en el Rex Rexum —indicó las fórmulas—.
Estaba dirigido a mí, o a alguien que se llama igual, no lo sé.
El punto es… ¿Cree que es posible que la cura se halle con… ?
—PAGT —balbució LeBlanc.
—¿Qué es eso? —Nínive siguió al profesor, quien se trasladó a la pizarra más cercana.
—Un tipo de terapia. Empezamos a investigarla en los noventa, pero se abandonaron los estudios después del 97 —explicó mientras escribía la sigla—.
Terapia genética por asimilación porcentual.
Así como en el mundo terrestre se acude a la similitud de grupos sanguíneos en tratamientos, descubrimos los beneficios de utilizar la similitud de porcentajes entre sangbìbiers.
Se lo sugerí a Agnes una vez, pero ella no quiso saber nada al respecto porque… , pues…
—Implica sellar mi círculo, ¿cierto?
LeBlanc meneó su cabeza.
—Dentro del reino, implica romper normas culturales muy importantes; recibir la donación de un símil porcentual en un caso de emergencia implica que el sangbìbier tratado no podrá cerrar su círculo con su pareja a futuro. Se quebrantarían las costumbres.
—Sí, pero a mí me importan un comino esas cosas, así que, ¿funciona o no?
LeBlanc hojeó los cálculos que ella había hecho.
—En teoría, sí. No ha pasado por todas las fases de un ensayo clínico tipo, pero… —El profesor tensó su mandíbula.
—Sabe que percibo sus mentiras como el detector de metal en los aeropuertos, ¿no? No es momento de ocultar información.
LeBlanc separó sus labios, pero los cerró de inmediato.
Nínive percibió esa rara lucha interna que libraba por dentro:
—¿Qué diablos sucede?
—Él… Es mi amigo. No quiero perder a mi mejor amigo.
Nuevamente, los ojos del profesor se humedecieron.