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NÍNIVE
La alarma de su teléfono comenzó a vibrar, emitiendo la única fuente de luz en la habitación. Nínive tanteó a los manotazos la mesita de noche y extinguió el molesto pitido. Se giró sobre el colchón y protestó, consciente de que debía levantarse o arriesgarse a que Elysabeth arruinara sus planes.
A regañadientes, sacó las piernas de las frazadas y se fijó en la hora. Tres de la madrugada, ideal para investigar sin intrusos ni interrupciones.
Arrodillada junto a la cama, metió una mano dentro del tajo que le había hecho a su colchón y retiró de allí el manojo de hojas sin cubierta, mezcladas con sus apuntes de biología a modo de distracción.
En eso se había convertido el Rex Rexum original con tal de que Elysabeth creyera que lo había obtenido cuando, en realidad, tenía la copia escrita por Ludovic III.
Bajo la luz de una linterna, hojeó las páginas manuscritas en francés, preguntándose por dónde diablos comenzar. Su memoria viajó hasta el momento en el que Devon había decidido abrirse un brazo en pleno vuelo.
—¡¿Te has vuelto loco?!
Él la había mirado como si ella fuera la loca.
—Has dicho una distracción. Si en verdad tuviera que ocultar algo, me aseguraría de que nadie pudiera encontrarlo. Solo espero no dar con una arteria importante…
Ella había resoplado, pero por dentro lo tildaba de genialidad.
¿Por qué alguien se tomaría la molestia de enterrar una llave en su cuerpo si no fuera «importante»?
Eso querían hacerle creer a Elysabeth. Nínive se había encargado de abrir el libro original en su cuarto, arrancarle la cubierta y encenderla junto con su ropa ensangrentada en la cubeta.
El medallón había lastimado su dedo, pero había dejado correr esa sangre en la regadera, junto con la sangre humana que le habían arrojado en el pasillo.
Elysabeth no había tardado en aparecerse allí. Como era de esperar, se había llevado el medallón que Nínive ya había usado.
Todo parecía estar saliendo acorde al plan, aunque la parte más complicada era lo que seguía:
Perdida en las hojas desvencijadas, se preguntó cómo resolver uno de los dos misterios principales. Si debía ser sincera, prefería mil veces haber sido ella quien acabase tras las rejas; Devon servía muchísimo más con una imagen limpia y poderosos nexos, pero era demasiado terco como para entender.
Con el sueño amenazando con tirar de sus párpados cual persianas, llevó el libro destrozado hasta la cama y lo abrió. Pasó una página tras otra. Todo estaba escrito en francés. Bufó y avanzó directamente a las últimas páginas, que contenían las anotaciones finales de los últimos reyes.
Las yemas de sus dedos se deslizaron a lo largo de la prolija letra cursiva.
Dejó los ojos desenfocados, con la duda presionando en su cabeza: ¿era esa la letra de su padre?
¿En verdad Katherine le había mentido? ¿No pensaba confesárselo nunca?
La confusión solo generaba más interrogantes, ruido innecesario que apagó para enfocarse en lo que buscaba: la lista.
Sin embargo, mencionaban varios nombres a lo largo de esas páginas; nombres de conocidos y desconocidos bajo un contexto que Nínive no comprendía.
Retrocedió un par de hojas por si acaso, pero todo era igual; largas cartas que incluían esporádicamente nombres de personas, ciudades o países, algún mapa que —intuía— mostraba ejércitos y bases minoritarias, pequeños esquemas propios de una persona que planea un ataque en medio de un campo de batalla.
No había lista.
Nínive dejó caer los hombros.
«Tiene que estar aquí», pensó, regresando al final del libro.
Volvió a ojear la última página. Una punzada amarga se instaló en su corazón a sabiendas de que leía las últimas líneas de dos personas.
La palabra «sangre» aparecía cinco veces.
Se nombraba al padre de Devon, al prior, Phillipe, Bretaña…
Su atención se desplazó a una marca cerca de la fecha, diez de noviembre.
En la esquina superior había un casi imperceptible relieve.
Se acercó la hoja y estudió el sello.
«Eureka», festejó por dentro. Un dragón y un león alado volaban en un círculo perfecto. El mismo indicio aparecía cada vez que obtenían una pista.
—Veamos qué tanto tienes aquí…
Recordando cómo Devon procedía, se apeó de la cama.
Vació sobre el colchón su maletín repleto de sustancias.
A diferencia de Devon, ella no tenía idea sobre señales, simbolismos o arte.
Cogió la esquina de la hoja, arrancó un trozo y comenzó a romperla en pedacitos.
Igual que había hecho en Bélgica, preparó varios reactivos y colocó cada papelito en un tubo de ensayo distinto para dar con la respuesta lo más pronto posible.
Hizo un ademán para ver la hora, pero se topó con su muñeca desnuda.
Cual bombardeo de neutrones, los recuerdos se estrellaron contra ella, produciendo una reacción en cadena imposible de controlar: Devon arrojando su reloj desde el puente, sus ojos en los suyos, la forma en que sus labios se correspondían, el calor que se dispersaba a lo largo de su cuerpo cuando él rodeaba su cintura…
También estaban esos momentos atesorados que nadie podría quemar en una cubeta, como el cielo nocturno repleto de fuegos artificiales que admiraban desde el árbol.
«Ojalá fuera así», se dijo a sí misma tras asaltarla la mayor de las interrogantes: ¿habría más mañanas y tardes como esas?
Sus miedos eran como molestos hierbajos que arrancaba y volvían a crecer ni bien se descuidaba.
Quería creer que sí, que él tomaría su mano y no la soltaría, que lo que sentía no era un espejismo.
Pero para ello debía resolver un último acertijo…
Al bajar la vista hacia los tubos, contrajo las cejas.
«Sangre».
Una luz azul fluorescente resplandecía dentro del tubo con peróxido de hidrógeno y luminol. Supuso que se trataba de un compuesto similar —al menos, eso quiso creer—. Su piel se erizó de solo pensar en la posibilidad de que los reyes hubieran utilizado sangre para redactar un mensaje secreto.
«No serían tan cavernícolas… ¿O sí?».
No perdió tiempo en averiguarlo: preparó un matraz con la mezcla y la esparció sobre la hoja. Su entrecejo se contrajo al no ver mensaje alguno.
«¿Es broma?». Sacudió la página, pero nada.
La acercó, por si acaso la tinta se había borrado y el mensaje era casi ilegible, pero no.
No obstante, al ver el resto del libro, notó la diferencia: las páginas previas solo contenían anotaciones.
No había sellos de ningún tipo. Sin embargo, en las páginas en blanco…
La siguiente tenía el sello pese a no haber apuntes.
Nínive cogió la brocha y empezó a pincelar la hoja que le seguía a la que acababa de romper.
«Más os vale no hacerme gastar todo lo que tengo», pensó malhumorada.
No podría conseguir más luminol a las tres de la madrugada.
Mucho menos pedirle a Agnes acceso al laboratorio; Devon afirmaba que la doctora colaboraría, pero Nínive se imaginaba su rostro malhumorado al tiempo que la acusaba de haberse vuelto loca.
Por fortuna, varias líneas comenzaron a visibilizarse.
Nínive cogió el teléfono y las fotografió. Repitió el procedimiento en el dorso de la hoja, la página siguiente y la otra, hasta que el luminol dejó de reaccionar.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Solo había mensajes en tres de las páginas en blanco, y la ansiedad escocía sus dedos porque estaba convencida de haber vislumbrado fórmulas químicas en uno de los destellos lumínicos.
Consumida por la curiosidad, buscó las fotos en su móvil. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza al toparse con una carta en inglés, aunque el auténtico origen de esa reacción fueron las primeras palabras…
Querida y amada Nínive:
Si te encuentras leyendo esto, es porque tantos años de búsqueda e intentos fallidos han dado sus frutos. No sé si has sido tú, Agnes, LeBlanc o Devon quien ha sabido desvelar el mensaje, pero lo agradezco desde el fondo de mi corazón.
Quiero que sepas que tu papá y yo hemos hecho todo lo posible para estar contigo, pero nuestra presencia equivale a una luciérnaga en medio de una cueva de murciélagos.
No hay forma. Sé que la opción que he hallado quizá te ha hecho sentir como una medusa arcoíris, capaz de morir con el mínimo roce de peligro, pero los textos afirman que serás tan lista como una de ellas: brillarás justo cuanto estés en peligro, y eso captará la atención de un depredador más fuerte que irá tras esa amenaza que busca dañarte.
Tal vez no las conozcas, pero son criaturas muy hermosas.
A Nínive se le escapó una sonrisa entre lágrimas, puesto que comprendía a la perfección a qué se refería.
Al mismo tiempo, vio cuán avanzados estaban los sangbìbiers en comparación al mundo terrestre, donde dicha especie de medusa se había descubierto diecisiete años después de lo escrito por Ana.
Y es que, por más que no hubiera leído el final, algo le decía que se trataba de la reina.
Desearía saberlo todo sobre ti, pero como no dispongo de mucho tiempo te diré algo que tú no sabes sobre ti misma.
No quería que fueras el blanco directo de los linajes, por eso me tomé estas libertades.
Espero que sepas perdonarme si las consecuencias han sido graves, pero era la única forma de mantener tu esencia intacta.
La única manera de no dañar una parte tan importante para todo sangbìbier, solo mantenerla dormida.
Si estás aquí, ahora, sé que se debe a Agnes. Y sé que ha de estar muy enfadada conmigo. Por favor, dile que lo siento mucho y que le agradezco por todo lo que me ha enseñado.
Nínive pasó la foto de su teléfono para leer lo que decía el dorso de la hoja.