REX REXUM 51 #3
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—Hemos presentado nuestra resolución, su señoría —dijo Elysabeth—. Por extracción forzosa e intento de asesinato hacia mi persona, exigimos para Devon DeBlanckfort la remoción de sus títulos y la pena establecida para un civil.

Pierrick siguió leyendo el artículo en silencio, dando pie a un sinfín de comentarios que cobraban la fuerza de una hambrienta jauría de murmullos.

—¡Es inaudito! —Huges señaló a Pierrick—. ¡Vosotros tenéis la culpa! ¡Mi hijo jamás habría tomado tales decisiones si no hubiera sido por vosotros!

—Oh, vamos, Huges —Bjorn rodó los ojos—. Tu hijo y sus ataques hacia la corona son un calco tuyo, nada más…

La sala entró en completo caos cuando el conde se precipitó hacia Bjorn y lo cazó por las solapas de su chaqueta para atestarle un puñetazo.

Los guardias no tardaron en reaccionar e ir hacia ellos.

Pierrick volvió a pedir orden, pero todos habían estallado en gritos, discusiones… e incluso altercados.

LeBlanc se puso de pie sin llamar la atención.

Bajó la mirada al sentir que alguien tiraba del puño de su camisa blanca: Jean Paul.

—L-la profecía dice… La votación…

El profesor se disculpó mediante media sonrisa.

—No me encuentro muy bien —dijo con una mano a la altura del estómago—. Necesito un momento.

Se abrió paso para abandonar la cámara destinada al luxirianismo protestante. El escándalo y los alaridos no cesaban, mas no se volteó. Lo que sí vio fue la expresión de Pierrick al divisarlo de pie. Sus cejas grises le exigían una explicación.

El profesor le dedicó una mirada risueña y negó con la cabeza.

«No», quería pronunciar fuerte y claro. Con quitarse el medallón de la orden y dejárselo a Norbert sentía que dejaba en claro su posición: no podía hacerlo.

No podía condenar a su mejor amigo a la horca, aunque eso implicara renunciar a todos sus años dentro de una prestigiosa institución.

Los guardias abrieron las puertas del tribunal cuando él se aproximó.

Ni bien las cerraron, el torbellino de voces a sus espaldas quedó sepultado, aunque el pesar se incrementaba con cada paso que daba.

No tenía sentido quedarse y votar en contra; su oposición evidenciaría su incapacidad de ser objetivo y levantaría sospechas innecesarias.

Se adentró en las escaleras que conectaban el tercer piso con la cocina y, un nivel más abajo, el subsuelo.

Escalón por escalón, lamentaba no haberlo previsto.

Con razón el conde oía atentamente las palabras de Elysabeth; había sido excluido de la reunión que acababa de eliminarlo del Consejo de los Trece.

Él y su hijo, los únicos DeBlanckfort con vida tras el ataque del 97.

Sin embargo, él y su hijo eran quienes más habían hecho por el reino.

Muchas veces Pierrick le había mencionado los sacrificios que el priorato realizaba por el bien común.

Muchas veces había oído la historia de cómo los reyes habían elegido sacrificarse.

Muchas veces se preguntó si había sido acertado después de colocar rosas en la tumba de Ana.

Su fe lo había convencido de que así debía ser, que los hilos del destino eran irrompibles, mas ahora esa misma fe empezaba a flaquear.

La Guardia Real obstaculizó su camino al desplegar un par de alabardas frente a él.

—El acceso a las mazmorras está prohibido.

LeBlanc sonrió.

—Lo sé. Sin embargo, su alteza me ha ordenado incrementar la dosis de Oro Sagrado de un traidor —mintió—. Si queréis cuestionar sus decisiones, se encuentra en plena sesión, tratando de obtener justicia por el intento de asesinato.

Ambos guardias intercambiaron miradas llenas de duda. Uno de ellos retiró su lanza, seguido por el otro.

—No se permite el ingreso a la celda. Precaución.

—Lo sé.

LeBlanc les devolvió una cálida sonrisa antes de recorrer el último tramo de escalones, el mismo que había recorrido cuando Agnes había sido aprisionada, también de forma injusta.

El recuerdo le dio gracia; parecía que en Sangbièrre todos aquellos retratados como villanos eran víctimas de la manipulación mediática y sus inversores. ¿Cómo era posible que el pueblo no se diera cuenta?

Prefirió no buscar respuestas.

Al llegar al pie de la mohosa escalera, sacó la jeringa de plata que portaba en uno de sus bolsillos y se la mostró a los guardias.

—Su alteza me envía —dijo. Avanzó con absoluta confianza pese a estar muerto de miedo.

No creía que los guardias fueran a cerciorarse de que traía Oro Sagrado; temió que descubrieran que solo tenía aire.

La jeringa había sido un obsequio de su madre para el día de su graduación.

Tenía sus iniciales grabadas con una bonita caligrafía cursiva.

Era lo único que le quedaba de ella, por eso siempre la llevaba con él.

Una vez frente a la celda, tragó saliva y se obligó a sonreír.

—Muy buenos días, señor DeBlanckfort. Su alteza real quiere asegurarse de que no destrozará los barrotes.

LeBlanc contuvo el aire con tal de no venirse abajo.

Devon se encontraba aovillado en un banco, tiritando de frío.

Le habían inyectado Oro Sagrado; una dosis alta, puesto que el profesor percibía un setenta por ciento.

Asimismo, distinguió manchas de sangre que empapaban la camisa hecha jirones.

Tensó su mandíbula cuando le vio tambalearse al ponerse de pie.

Algo no había cambiado: el filo de su mirada.

—Puedes comunicarle a «su alteza» que se vaya al diablo —contestó una vez que alcanzó los barrotes de la celda. Se aferró a ellos con tal de sostenerse en pie.

—Prefiero inyectarle otra dosis —Sonrió y dejó la jeringa en alto. Liego bajó la voz—: Debes huir de aquí.

LeBlanc le clavó la aguja. Devon siseó.

—No pienso huir como un cobarde —masculló.

—Muy bien —expresó—. Le aconsejaría recostarse.

Permítame su pulso, por favor… —Echó un vistazo hacia los guardias para asegurarse de que no notaban nada fuera de lo normal—.

Te han quitado de los Trece, Devon. No hay juicio.

Conoces la condena. Hum… Está algo débil.

Procure no realizar esfuerzos, señor DeBlanckfort. El destino está sellado para usted.

Devon no contestó nada.

Su semblante había cambiado. La determinación en sus ojos se había desvanecido, desvelando una mirada sin rumbo.

—¿Acaso no me oyes? —masculló LeBlanc. Giró la cara para dirigirse a los guardias—. Me imagino que tendrá vigilancia constante pese a las dosis, ¿no es así?

Los uniformados asintieron.

El profesor volvió a mirar a Devon.

—No te he inyectado nada —advirtió—. Allí arriba te sentenciarán a muerte. Debes reunir fuerzas y…

—No. —Devon negó, absorto. Guio su mano al bolsillo de su pantalón y retiró un papel que extendió con disimulo—. Esto traía el medallón del Rex Rexum.

LeBlanc leyó la antigua caligrafía con las cejas enarcadas:

Tú, Dragón, deberás escoger: abrir este libro al amanecer guía al ocaso del León Alado. Entregarte a las garras de las fieras le concederá al reino un amanecer dorado.

El profesor arrugó la nota y se la metió en el bolsillo.

—Esto no es de Salvatore.

—Porque es de mi bisabuelo, descendiente de Salvatore. Línea materna —bisbiseó con los ojos clavados en los del profesor, totalmente conmocionado—. Más te vale nunca decírselo a nadie. ¿Me oyes? A nadie.

A regañadientes, LeBlanc asintió. Por dentro, se preguntaba cómo era posible.

—Él lo predijo —añadió Devon—. El viaje, la búsqueda, el nombre de Nínive…

Lo sabía. Sabía que permanecer fuera terminaría con la vida de ella.

Los Nox Lupis la tienen en la mira. Me topé con uno de ellos en Gante.

Los han enviado a cazar a Nínive. Si esto es lo que debo hacer para que se detengan, lo haré.

—Pero… —Al profesor se le secó la boca.

Trató de hablar con elocuencia, pero su voz salía entrecortada. No dudaba de él, pero… Los Nox Lupis eran auténticos asesinos, un selecto grupo entrenado para matar y no dejar evidencia que condujera hacia ellos o la corona, su principal benefactor.

—No lo hagas, Devon.

—Es la única opción.

—No. Tiene que haber una alternativa. No puedes dejarlos ganar. No puedes… No… La has buscado durante veinte años…

—Sí. —Una sonrisa desganada iluminó su rostro—. Y ya la he encontrado.

A LeBlanc le sorprendió ver que los ojos del heredero se humedecían.

Vio al príncipe de Sangbièrre bajar la cabeza para ocultar un par de lágrimas, las cuales borró con el antebrazo.

Tiró su cabeza hacia atrás, probablemente para dominar el caudal en sus ojos.

Entonces quitó un segundo papel y se lo dio.

—Esto es para ella. Quiero que se lo des cuando…

—Ni te atrevas a decirlo. —LeBlanc afianzó los dedos en los barrotes—. No puedes rendirte. No puedes. Ya perdí a Ana. No quiero perder al único amigo que tengo. Te lo imploro.

A Devon se le escapó una risilla nerviosa.

—No debes implorarme nada. Debes cuidar de ella. Olvídate del priorato. Olvídate de los Minoritarios. —La voz de Devon se quebró—. Estos días fueron los mejores de mi vida, pero también fueron una tortura; Nínive ha sufrido tanto como nosotros. No quiero que sufra más.

—¿Crees que no sufrirá por ti?

—Tres minutos, profesor —ladró uno de los guardias.

Devon sorbió su nariz. Se obligó a elevar las comisuras de su boca, pero fueron incapaces de sostener una sonrisa.

—Nunca te lo dije, pero… Gracias —murmuró—. No la habría conocido de no ser por ti. Sabes muy bien por qué.

LeBlanc quebró en llanto.

—No lo hagas.

—Vi Draco Custodire —susurró el heredero.

Lo siguiente que supo fue que Devon lo agredió adrede. Sus puños jalaron de su chaleco e intentó asfixiarlo, todo para generar un falso alboroto mediante el cual los guardias alejaran al profesor de la celda, arrastrándolo escaleras arriba.

Al final del día, así era un DeBlanckfort: nada de egoísmo, todo por el reino. Pero muy pocos llegaban a saberlo.