REX REXUM 51 #2
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—Damas y caballeros, vuestras excelencias, si me permitís vuestra atención…

—Pierrick aguardó—. No teníamos prevista la presente sesión, pero los recientes acontecimientos lo ameritan.

Como habréis visto, su alteza real, Elysabeth de Aquitania, nos ha convocado con la intención de dar a conocer una resolución de último momento.

Apreciaría que todos y cada uno de vosotros procuréis mantener la calma hasta terminado su discurso.

—Pierrick le cedió el micrófono a Elysabeth—. Alteza.

LeBlanc intercambió miradas con el resto del priorato.

—Gracias, señor Xernoisten. —Elysabeth acomodó los papeles que traía consigo—.

Estoy segura de que habéis percibido, o visto, el regreso de Devon DeBlanckfort.

Muchos nos cuestionábamos qué hacer en caso de que algo así sucediese, y yo no soy la excepción.

Tal y como ha hecho mi familia durante siglos, intenté darle a DeBlanckfort una oportunidad para redimirse…

Elysabeth hizo una breve pausa al oírse algunos reproches por parte de la Cámara de Profesionales.

LeBlanc había puesto los ojos en la Cámara Real; los linajes oían todos por igual, sin emitir quejas ni opiniones.

Todos menos el conde DeBlanckfort. Recargado contra el brazo de la butaca, Huges apoyaba su rostro ceñudo contra los nudillos de su mano.

Que Bjorn no protestase al instante, que Herald no trajera a colación algún comentario sobre su hija y que Huges estuviera más preocupado que indignado fueron los primeros indicios.

—Todos merecemos segundas oportunidades.

Por eso tomé esa resolución. La ley no le permite a un sangbìbier reforzar su código por la fuerza.

No sé qué llevó a DeBlanckfort a cometer semejante acto contra mi persona, pero es de conocimiento público que ambos estábamos destinados a gobernar.

Me acerqué a él para limar asperezas. Sin embargo, temo que DeBlanckfort no comparte el deseo de forjar una unión.

—Elysabeth dejó en alto una fotografía—.

Cuando la Guardia Real revisó su equipaje en busca de armas, descubrió que DeBlanckfort se había llevado el Libro de los Reyes con él.

Las cámaras volvieron a escandalizarse.

LeBlanc seguía viendo a Huges, cuya reacción inmediata fue la de frotar su rostro cansado con ambas manos.

El gesto le recordó la última charla con la Orden de Lyss: Adort y Elora habían mencionado el Rex Rexum, la imposibilidad de que Huges hubiera destruido el libro.

La expresión apabullada podía leerse a la legua.

Confirmaba las sospechas de los antiguos reyes.

—Sé que es un libro reservado para monarcas ya coronados —prosiguió Elysabeth—, pero nada evidencia que DeBlanckfort lo haya abierto, por eso no se lo tuve en cuenta.

No obstante, y este es el motivo por el cual nos hemos reunido, después de rehusarse a colaborar, Devon DeBlanckfort trató de asfixiarme.

El caos se desató cuando Elisabeth mostró una segunda fotografía tomada por las cámaras de seguridad.

LeBlanc cerró los ojos.

Buscó algo de paz, pero no había ni un gramo disponible.

Una cosa era la extracción forzosa, otra el intento de homicidio.

Sobre todo, cuando había evidencia más que explícita.

Intuía que Devon había sido incitado a arremeter contra la única heredera que el reino conocía, pero por primera vez temió que el vínculo entre afines lo hubiera vuelto susceptible a toda clase de provocaciones.

Devon era de mente fría. Ese comportamiento agresivo era propio de un sangbìbier que acababa de cerrar su círculo.

—La Guardia Real se encargó de que el incidente no pasara a mayores.

—Elysabeth regresó los papeles a la superficie pulida del estrado—.

Dicho esto, creo haber reunido motivos pertinentes para afirmar que no es propicia una unión entre nosotros.

Esto es exactamente lo que expresé momentos atrás, frente al Consejo de los Trece, quienes se han mostrado más que comprensivos, y a quienes agradezco por haber tomado tan valiente resolución.

La espalda de LeBlanc se enderezó.

Vio por el rabillo del ojo a Huges, el más transparente de la sala.

Supuso que el conde no estaba al tanto de esa «resolución» por cómo sus cejas se enarcaban.

Muchos miembros del tribunal cuchichearon entre ellos, viendo de reojo hacia la Cámara Real.

Callaron en cuanto Elysabeth retomó su discurso:

—Yo me equivoqué. Pensé que DeBlanckfort estaría feliz con mi llegada, pero sus acciones me han demostrado lo contrario.

En Irlanda, los monjes luxirianos me prepararon para muchos escenarios, incluso los bélicos.

Ninguno de ellos incluía el rechazo y el intento de asesinato por parte de quien sería mi esposo.

En este caso, los linajes reales cuentan con más experiencia que yo y, considerando la guerra minoritaria, las medidas sugeridas fueron las que consideraron más efectivas para prevenir fracturas dentro del reino.

Un reino que necesita unificación, no divisiones.

»La casa DeBlanckfort ha sido un linaje repleto de excelentes guerreros, pero de nada sirven los guerreros en la Cámara Real si intentarán asesinar a la primera persona que se oponga a su voluntad.

Todos conmemoramos la creación de Sangbièrre gracias a la Unificación de los Trece.

Prometieron velar por la seguridad de todo sangbìbier, respetar la soberanía del reino y no atentar contra el bien colectivo.

DeBlanckfort ha roto todos y cada uno de estos principios.

Es por esto que, con mucho pesar, los linajes hemos resuelto desacreditar a la familia DeBlanckfort como parte del grupo de los Trece.

—Elysabeth alzó la voz, dado que los presentes no contuvieron su asombro—.

Es imposible mantener la paz cuando uno de los linajes reales propicia la violencia y el odio…

—Orden. —Pierrick intervino con el mallete al acrecentarse el rumor dentro de la sala—. Damas y caballeros, os recuerdo que os encontráis frente a su alteza. Orden, por favor.

LeBlanc miró a Jean Paul, sentado a su lado. El joven monje veía hacia todas partes, buscando alguna cámara que le dijera que todo era una broma de mal gusto. Pero no había cámaras. Tampoco había reacción por parte de Huges DeBlanckfort, cuyos labios formaban una línea tensa.

—Según la Constitución, es derecho y deber de los trece velar por el correcto funcionamiento de la monarquía.

En base a estos principios hemos tomado una decisión.

Reconocemos la excelente labor que ha realizado la familia DeBlanckfort durante siglos, pero nos vemos obligados a reconocer que su último descendiente ha burlado cada uno de nuestros credos sagrados, así como también ha atentado contra la corona.

Traigo conmigo el documento firmado por el Consejo de los Trece.

En él expresamos nuestro desentendimiento oficial y la remoción de los títulos nobiliarios pertenecientes a la familia DeBlanckfort, así como una petición formal para que Devon DeBlanckfort sea juzgado como lo que será a partir de ahora: un civil.

Todos se giraron hacia la Cámara Real cuando Huges se puso de pie. Tenía la cara roja. Sus puños estaban cerrados y apretados sobre la mesa. A LeBlanc no le habría sorprendido que el conde lanzara una daga en ese preciso instante.

—No podéis hacer eso —afirmó.

—Lo expreso con todo mi pesar, señor DeBlanckfort —dijo Elysabeth—.

He tratado de hacer las paces con vuestro hijo, pero no importa cuánto nos hagamos los desentendidos, él prefiere seguir su propio camino.

Un camino donde él gobierna. Un camino donde le obsequia el medallón del león alado a una terrestre…

Elysabeth tuvo que interrumpirse cuando un mar de reproches ensordecedores estalló tras su última palabra.

—¡Silencio! —Pierrick volvió a usar el mallete—. A saber, serán requeridos vuestros votos. Si pretendéis quedaros, silencio.

—Votos para, ¿qué? —cuestionó Bjorn—. Los DeBlanckfort ya no son de los nuestros. Bastante hemos tolerado por parte de ese niño. ¿Necesitamos que sea premiado por querer asesinar a la única cien por ciento o qué?

Herald se puso de pie.

—A mí y a mi familia nos duele esta situación, Huges, pero las filmaciones están allí: ¡intentó asesinarla! ¡¿Cómo esperas que confiemos en él después de algo así?!

—¿Cabe la posibilidad de realizar un análisis psicológico antes de proceder con el juicio? —preguntó uno de los ministros.

—Cabría la posibilidad si su porcentaje no fuera el mismo que el mío en estos momentos —contestó Elysabeth—.

Un sangbìbier así de inestable y con tanta fuerza es un arma de doble filo.

El Consejo de los Trece ha deliberado pensando en el bien del reino, señores.

No se actuó correctamente en el Siglo de las Luces, pero podemos hacerlo hoy.

No aplicar la ley puede convertir a Devon DeBlanckfort en un terrorista nacional, como Phillipe Raynaud.

Por este motivo, los linajes proponemos la inmediata aplicación de la ley, la cual es muy clara en materia de traición a la corona e intento de regicidio.

Elysabeth miró a Pierrick, quien sostenía un ejemplar abierto del Código Penal donde buscaba la ley a recitar. El prior se acercó a su micrófono y ajustó las gafas sobre el puente de su nariz.

—De acuerdo con el Código Penal, ley número cinco, artículo primero, «el atentado contra la vida del líder del gobierno (monárquico o cualquiera que le presida), también considerados atentados la traición, la conspiración o el intento de atentado contra la vida, será penado con sentencia de muerte»…

LeBlanc vio a los miembros del priorato, preguntándose si comprendían qué era lo que estaba a punto de acontecer.

—«En caso de tratarse de un consanguíneo del líder de gobierno o miembro de la Familia Real, se tendrá acceso a un juicio por parte del Consejo de los Trece, quienes deberán presentar una resolución en un plazo no menor a cuarenta y ocho horas hábiles».