51
LEBLANC
Por primera vez en muchos años, su pie se sacudía bajo la mesa de té frente a la fuente del invernadero.
Allí todo era flores en su máximo esplendor, el relajante cloqueo del agua y las caricias de la luz del sol colándose a través de los paneles de cristal.
Todo era armonía menos el profesor LeBlanc.
Sus dedos tamborileaban sobre el brazo de la silla mientras terminaba su infusión de manzanilla
Lo había predicho. La noche anterior, durante la lectura de las profecías, Salvatore había predicho el arribo de ambos herederos.
No obstante, también había insinuado el peligro de involucrarse en esa llegada: «A nadie gusta ver una criatura acorralada, pero a veces es necesario para apreciar el filo de sus garras».
LeBlanc no quería ver ningunas garras. A esas alturas, quería recibir una profecía con las indicaciones para revertir los cambios genéticos que había realizado Ana.
¿Cuánto tiempo debían resistir bajo el mandato de una heredera que, sí, era legítima, pero cuyo enfoque yacía en el reforzamiento del luxirianismo ortodoxo?
El protestantismo no necesitaba ser respaldado por la corona.
Solo necesitaba que la corona oyera las advertencias.
O a lo sumo que no se les empezase a demonizar por el hecho de que creían en la convivencia pacífica con el otro lado del mundo.
Todo eso parecía estar a punto de quebrarse.
«O no», se dijo a sí mismo, recordando el interrogatorio de Wagner. No comprendía cómo, pero Nínive y Devon se las habían ingeniado para evitar una catástrofe…
—Escucha —había dicho Nínive—. DeBlanckfort dice que tenemos un minuto antes de que el DII intercepte la llamada, así que seré breve: necesito un favor.
Al profesor se le habían puesto los pelos de punta, pero no tenía opción.
Lo que Nínive proponía tenía sentido: si él buscaba la fórmula del elixir para Devon, Elysabeth querría lo mismo con tal de reforzar su sistema inmune.
Si la heredera oía esa conversación, ordenaría espiarlo por presunta complicidad.
—Necesitamos que te reclute creyendo que lo hace por su propio bien.
Es lo único que motiva a un narcisista. Querrá que le prepares el elixir.
El mejor laboratorio según DeBlanckfort es el del DII.
Allí están las reservas de Ángel Dorado.
Los ojos estarán en nosotros, así que podrás cambiar las dosis sin que nadie se entere.
DeBlanckfort está seguro de que Wagner no hablará a menos que ella pase las pruebas de acceso. Tratará de forzarlo.
A Elysabeth no le había importado jugar sucio con el pretexto de «ser su derecho».
El director de la agencia seguía al pie de la letra el protocolo y se había negado a mostrarle el caso Sauer de la misma manera que se había rehusado a proporcionarle acceso al A97 a Devon cuando había cumplido dieciocho, razón por la cual el joven dragón había tenido que formarse a pasos agigantados como cualquier otro oficial de la agencia.
Elysabeth no poseía tales cualidades. Había recurrido a métodos poco ortodoxos al aprovecharse del respaldo de la Guardia Real.
Métodos que Devon conocía de memoria gracias a las tensiones entre la guardia y los dragones.
Si no le hubieran ordenado cambiar las dosis del depósito del DII por algo similar y menos nocivo, Wagner se habría visto forzado a revelar la identidad de la heredera, algo que el priorato nunca permitiría.
Seguramente, Devon había tenido que ver con el plan. Nínive creía que él cambiaría las dosis por el bien de la investigación sobre los Minoritarios:
—Lleva una dosis propia e insiste en usarla. Si te rehúsas a usar la otra, ella no sospechará; creerá que es efectiva.
El único que conocía la ubicación de esos depósitos era Devon, por lo que podía entrever cómo buscaba ocultar la identidad de Nínive con disimulo.
Así que eso hizo: fingió verse acorralado por Elysabeth, se instaló en el DII y le inyectó a Wagner una dosis con extractos de hierbas alucinógenas.
Sin embargo, después del interrogatorio, no había un plan.
El sonido de la marcha de las tropas no podía significar algo bueno.
Mucho menos cuando percibía el porcentaje de un cien por ciento acercándose. No dos, sino uno.
LeBlanc regresó en sí al percibir la presencia de una persona tras los paneles de vidrio. Al girarse, descubrió que un guardia lo veía sin parpadear. El profesor se tensó hasta que el uniformado asintió una sola vez con la cabeza y se marchó.
Esa era la señal. La mirada fija, el asentimiento y marcharse hacia la derecha.
Los miembros protestantes dentro de la guardia utilizaban esa señal cada vez que Pierrick les pedía convocar al priorato.
Una reunión de emergencia, seguramente, dado que la coronación todavía no se había llevado a cabo y recaía en Pierrick la responsabilidad de mediar en un conflicto entre linajes.
Devon seguía siendo príncipe, igual que Elysabeth, pero sus actos lo dejaban en desventaja.
LeBlanc depositó su pocillo de té sobre la mesa.
Se distrajo de camino al tercer piso con el intenso despliegue de soldados.
Corrían de un lado a otro, entre órdenes e intercambio de posiciones.
Al rastrear la esencia de Devon, percibió dos cien por cientos en las mazmorras.
No se preguntó por el motivo; era obvio que la heredera no descansaría hasta verlo tras las rejas.
No había nada que él pudiera hacer, por lo que, continuó subiendo las escaleras.
Se sorprendió al ingresar al cuartel y descubrir que era el último en llegar. ¿Cuánto había demorado?
—Profesor LeBlanc —saludó Pierrick—. Por favor, cierre la puerta.
LeBlanc echó los cerrojos sin prisa, preguntándose el motivo de la convocatoria.
Norbert, Jean Paul, Florence… Los nueve habían sido llamados.
Diez, si contaba al prior, quien abrió el Verum Illustratum una vez él tomó asiento.
Retiró un sobre con el típico sello de lacre dorado que dejó a la vista de todos, como lo requería la ceremonia ritual.
—El día de hoy, se me ha pedido que comparta esta profecía con todos vosotros —explicó Pierrick—. Como sabéis, los herederos de Sangbièrre acaban de regresar.
—Sí —dijo Jean Paul—, pero, según tengo entendido, su alteza sigue sin emitir esencia. Se suponía que el viaje implicaba la «transformación del león».
—Una transformación sucede de muchas formas, Jean Paul.
Incluso me atrevería a decir que, las más importantes, ocurren puertas adentro.
—Pierrick quebró el sello y desplegó la profecía.
LeBlanc sentía que su pie estaba a punto de salirse de lugar de tanto sacudirlo.
La impaciencia se transformó en intriga al ver que el prior fruncía el ceño—. Hum. Peculiar.
—¿De qué se trata ahora? —cuestionó Norbert.
En lugar de dar explicaciones, Pierrick volteó la hoja.
«Sí».
Lo único escrito en todo el papel era un distinguido «sí».
—¿Qué significa? —preguntó LeBlanc.
Pierrick resguardó la profecía en el Verum Illustratum.
—Si bien no lo sabemos, tenemos una Sesión Extraordinaria a la cual acudir.
—¿Sesión Extraordinaria? —cuestionó LeBlanc.
—Los linajes acaban de solicitar una —informó Jean Paul.
Pierrick asintió.
—Porque intuyo cuál será el tema de discusión, es mi deber recordaros mantener buen temple; algo me dice que no será una sesión fácil. Debemos ser imparciales, oír a ambas partes.
—¡Pero ellos no lo hacen! —gruñó Norbert—. Se guían por evidencia falsa…
—Sí, y en parte se debe a nuestros propios secretos —recordó Pierrick—.
No nos conviene avalar una postura que generará más tensión.
Si apoyamos ciegamente al joven DeBlanckfort, nuestra credibilidad se vendrá abajo.
Más importante aún: se preguntarán por qué no apoyamos a la señorita Elysabeth.
Recordemos nuestro deber, señores: seguir las indicaciones de nuestro viejo amigo, por más duras o incomprensibles que sean.
Ya hemos visto cómo se cumplen sin importar lo que se haga contra ellas.
Todos se pusieron de pie.
LeBlanc se levantó a lo último. Supo que Pierrick había percibido sus dudas cuando lo interceptó antes de cruzar el umbral del cuartel.
—¿Profesor?
LeBlanc quedó con su mano en el picaporte.
—Imagino que la profecía ha sido lo suficientemente clara.
El profesor comprimió la boca.
—Sí, señor.
Abandonó el cuartel en silencio, dispuesto a adentrarse en el Tribunal Supremo para cumplir con su rol.
No obstante, el sentimiento opresivo en el pecho cobraba mayor fuerza al imaginarse votando a favor.
¿Cómo reunir el valor para sentenciar a un amigo a prisión cuando sabía que había motivos de peso tras sus decisiones? Se sentía como una traición.
Al cruzar las puertas del tribunal, ni siquiera se atrevió a mirar al conde DeBlanckfort a los ojos.
Le sorprendió ver las tribunas llenas. Los trece linajes estaban presentes, así como las máximas autoridades del luxirianismo.
El semicírculo no presentaba ni una butaca vacía, evidencia de que se hallaban frente a un momento sin precedentes.
Por primera vez, pondrían en tela de juicio la libertad de un príncipe, o eso supuso el profesor.
Empezó a cuestionarse el motivo de su asistencia una vez Pierrick ingresó al estrado seguido de cerca por Elysabeth y el recién ascendido dracum que se le había asignado como consejero espiritual, Nicodème Garnier de la Roi.
Los presentes bajaron el volumen al verlos. Pierrick se situó frente al micrófono y Elysabeth quedó de pie a su derecha, sosteniendo un par de documentos.