REX REXUM 50
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DEVON

La celda de piedra no poseía ventanas. Había un único bombillo de luz, y el aire húmedo del subsuelo mezclado con el calor de los primeros días de verano generaba una atmósfera sofocante, tan sofocante como los grilletes de las cadenas que habían colocado en sus muñecas.

No le sorprendía. Tampoco le inquietaba.

Si pensaban que mediante unas mazmorras conseguirían que él hablara, estaban equivocados.

Había vivido infiernos peores en un simple entrenamiento de la orden.

Entrenamientos diseñados específicamente para estos casos, donde la mente de un soldado podía flaquear y empezar a delirar con tal de librarse de las armas utilizadas contra él.

Al percibir la esencia de cien por ciento, Devon prestó mayor atención.

Mantuvo los ojos en los barrotes hasta que el distinguido porte de Elysabeth apareció tras las rejas, escoltada por muchos más guardias de lo necesario.

Cruzaron miradas y Devon no pudo evitar preguntárselo: ¿de dónde había salido?

Los reportes mencionaban Irlanda, lo cual tenía sentido, pero los reportes también decían que los reyes habían perdido al bebé que esperaban en la caída del 97.

—Abrid la celda —ordenó Elysabeth.

Devon estudió la posición de sus manos, por detrás de la espalda. Era impropio de la realeza si se guiaba por el protocolo, por lo que toda su atención se depositó allí.

La Guardia Real ingresó primero, un soldado en cada esquina. El resto escoltaba de cerca a la supuesta princesa de Sangbièrre. Princesa que él esperaba ver lejos de la primera línea de sucesión.

—Así que has decidido regresar. —Elysabeth lo recorrió de pies a cabeza con la mirada—. ¿Qué sucedió? ¿No había sangre fuera de frontera? ¿O ahora que necesitas el elixir finges arrepentimiento?

—¿Tú posees el elixir?

—Pronto. Y te aseguro que no probarás ni una sola gota.

Devon formó un mohín despreocupado.

—Bien por ti.

Elysabeth crispó los labios.

—No he venido a esta pocilga para hablar del elixir, sino de esto.

—Al revelar lo que mantenía oculto, Devon tensó la mandíbula.

Elysabeth sostenía un libro de cubierta roja y dorada, uno que no le pertenecía.

Sin embargo, lo que hizo que las cadenas de Devon tintinearan fue un objeto en particular: el medallón del león alado—.

¿No bastaba con robar mi sangre, DeBlanckfort?

¿También robaste el libro de mis padres?

—El libro no les pertenece a tus padres. Si supieras algo de historia, sabrías que figura más DeBlanckforts que Boges entre esas páginas.

Los ojos de Elysabeth se entornaron.

—El Rex Rexum es propiedad de los gobernantes…

—Exacto —intervino Devon—. El libro y el medallón le pertenecen a la reina de Sangbièrre.

—Entonces admites tu delito.

—Sería un delito si tú fueras la reina, pero ambos sabemos que no lo eres…

—¡Guardias!

Un latigazo dio de lleno contra su espalda.

Devon apretó los labios al sentir el ardor a flor de piel, pero no emitió un solo sonido.

—No sé qué diablos está mal contigo, así que permíteme ser clara: tú y tu familia no sois los únicos con derecho a gobernar. Si has decidido corromper la corona, no repararé en hacer que pagues por ello. Ahora, dime dónde está.

Devon vio que Elysabeth señalaba el Rex Rexum. Fijó sus ojos grises en ella, con la sombra de una sonrisa en sus labios.

No contestó.

—¡Te he dado una orden!

—Tus órdenes no valen nada para mí. —Su gesto se frunció cuando otro latigazo laceró su espalda. Sin embargo, volvió a ver a Elysabeth. La miró y le sonrió—. Yo que tú, cancelaría la coronación. Algo me dice que estarás aquí por un largo tiempo.

—¡Guardias!

Devon se reclinó contra su estómago al sentir que una de las lanzas de los uniformados se hundía en su tórax.

Emitió un jadeo, producto del insoportable dolor y el mareo provocado por la asfixia, pero, así como había aprendido a hacer en el DII, no se inclinó ni bajó la cabeza, sino que conservó la mente en frío.

Manipuló sus manos encadenadas hasta quitarse la hoja de acero afilada. Dejó que la sangre manara por su cuerpo, pero no tardó ni diez segundos en cicatrizar. Estaba sorprendido, aunque no permitió que se notara, a diferencia de Elysabeth, quien lo observaba con una mezcla de ira y estupor.

—Tú… —Apretó los dientes y dio un paso al frente—. Dime donde está la llave.

—La llave está reservada para la reina de Sangbièrre.

Elysabeth lo abofeteó.

Cierta diversión surcó las facciones de Devon. El golpe parecía haberle dolido tanto o más que a él. Tuvo la dignidad de no demostrarlo y la osadía de acercarse para hablar sin ser oída:

—¿Te das cuenta de que estás haciendo a un lado la corona por culpa de una trampa que ha diseñado el protestantismo?

Devon juntó sus cejas.

—Vaya. Jamás se me había ocurrido… —Volvió a quedarse sin aire tras recibir una nueva puñalada. Hizo acopio de todas sus fuerzas para continuar pese a que la sangre ascendía por su garganta—. ¿Eso te han dicho tus dueños, los monjes luxirianos?

Una segunda hoja lo atravesó, esta vez a la altura del omóplato.

No consiguió reprimir el grito de dolor al tratarse de un área que tantas veces había sido intervenida.

Su sangre descendió por su boca a través de su cuello.

Optó por acuclillarse con tal de no escupirla en dirección a Elysabeth.

Bajar la cabeza se consideraba debilidad, pero una mayor debilidad era la idea de que su sangre acabase en ella.

Eso estaba reservado para una sola persona…

—La llave —volvió a imperar Elysabeth.

Devon aguardó, a la espera de que los cortes sanaran.

—No te pertenece.

—¡¿Acaso te ha lavado el cerebro el priorato, DeBlanckfort?! ¡No es una pregunta, es una orden!

Él se apartó cuando Elysabeth se le acercó. Comprendió que no era para recoger una muestra, sino para mirarlo a los ojos con una sonrisa maliciosa.

—Quizá no te importe tu vida —susurró—, pero algo me dice que no te gustaría que hiciera esto mismo con alguien más…

Al ver que dejaba el medallón del león alado frente a sus narices, la cólera se apoderó de su cuerpo.

Soltó un grito de guerra antes de romper las cadenas que había mantenido en sus manos para darles una falsa sensación de dominio.

Se abalanzó sobre Elysabeth de inmediato, la arrojó al suelo y colocó ambas manos alrededor de su cuello, presionándolas lo suficiente como para cortarle el suministro de oxígeno mientras que los guardias se apelotonaban y lo quitaban de encima mediante más puñales hasta aprisionarlo contra la pared.

Elysabeth se incorporó sobre sus piernas temblorosas con ayuda de su manada de perros falderos. Tenía los ojos bien abiertos. Su pecho subía y bajaba. No tardó en apuntarle con un dedo.

—¡Has perdido la cabeza! —chilló con voz ronca—. ¡¿Crees que esto se quedará así?! ¡Es intento de homicidio!

Devon escupió sangre.

—Si en verdad lo hubiera intentado, no estarías respirando ahora mismo. No seas dramática, Elysabeth; no les quitaría a los Boge uno de sus miembros cuando debo llevarme bien con ellos. Ya sabes, familia política.

Elysabeth quedó desencajada por un momento. Incluso los guardias que lo mantenían aprisionado contra la pared parecieron flaquear, fuera por sus palabras o por su estado mental. No obstante, la supuesta hija de los Boge no tardó en contestar:

—¿Te digo una cosa? Pensaba que dialogar contigo podría ser producente…

—¿Llamas a esto dialogar?

—¿No quieres darme la llave? Bien. Pero ni te creas que tu preciado juguete terrestre merodeará por aquí un segundo más… —Elysabeth dio un respingo cuando Devon casi se deshace de los guardias—. Administradle Oro Sagrado para que no escape. Yo me encargaré de Bryce mientras tanto.

—¡No!

—Entonces dame la llave, DeBlanckfort.

Devon vaciló.

—La llave o Bryce. Tú decides.

Por primera vez, sintió auténtico pavor tras haber dejado a Nínive por su cuenta.

Familia o no, Elysabeth era quien parecía sufrir delirios de grandeza.

Tal y como lo había advertido Nínive, haría cualquier cosa con tal de poner esa corona en su cabeza, la misma que le habían estado prometiendo durante años.

Casi sin fuerzas, soltó un suspiró.

—Necesito una navaja.

Elysabeth soltó una risilla.

—Sí, por supuesto. Enseguida te daremos un arma…

—¿Quieres la llave o no? —espetó Devon. La expresión de Elysabeth se tornó más seria al ver que él extendía su antebrazo derecho—. Necesitaréis algo afilado para sacarla de aquí.

La heredera contempló su brazo con la nariz arrugada.

—Si serás bestia…

Devon se encogió de hombros.

—Solo admite que nunca se te habría pasado por la mente.

Como era de esperar, Elysabeth le ordenó a alguien más hacer el trabajo sucio.

Así como él había hecho en el helicóptero, pero con ocho guardias pendientes de sus movimientos, Devon cogió la daga que le ofrecieron tras apartar a la heredera de la vista.

Realizó un corte profundo en la carne de su brazo.

Siseó del dolor, pero recordar lo que estaba en juego le permitió insertar sus dedos hasta dar con la pieza que faltaba para abrir el Rex Rexum, la misma que había escondido antes de aterrizar bajo la expresión entre asustada e intrigada de Nínive.

Su cuerpo se relajó al recordar cómo le había indicado qué vasos sanguíneos evitar, pero el corazón se le aceleró al temer lo peor: que la condenada llave no fuera suficiente, que Elysabeth en verdad fuera tras ella.

«Más te vale darte prisa, dionummea», pensó al remover la llave y entregársela a un guardia. Necesitaban de todos los Dioses para que Nínive hallase su cura antes de que a la falsa reina de Sangbièrre se le ocurriera arrojarla con los lobos.

El guardia tuvo la decencia de limpiar la sangre de la llave antes de entregársela a Elysabeth, quien la contempló llena de satisfacción.

—Quién lo diría… —canturreó—. Una terrestre resulta ser la debilidad del más indomable de los dragones. Quizá nos sea útil mantenerla con vida, después de todo.

—Eres una…

—Guardias —interrumpió Elysabeth—. Administradle esa dosis de Oro Sagrado. Lo último que nos falta es que escape antes de obtener lo que en verdad merece. Y reunid a los linajes; hay mucho que discutir antes de la sesión de emergencia.

Abandonó la celda que Devon ocupaba, aunque le dedicó una última mirada al salir al pasillo:

—En verdad es una lástima, DeBlanckfort. Habrías sido un excelente rey. Si tan solo hubieras defendido a los nuestros en lugar de aliarte con esas blasfemias…

Devon apretó sus dientes.

No se sentía con ánimos de responder. Solo quería pensar. Pensar y, de ser necesario, rezarle a esos supuestos Dioses para que Nínive diera con las respuestas antes de que Elysabeth cambiara de opinión e hiciera con ella lo que quisiera.