49 #3
Nínive dudó. Vio por última vez a Devon, cuya silueta se perdía entre la agitada muchedumbre. Sus ojos volvieron a nublarse. Se preguntó por qué, hasta cuándo. ¿Por qué tenía que ser él el villano? ¿Hasta cuándo tendría que tolerar ser testigo de cómo ignoraban lo que en verdad sucedía?
Sintiéndose acorralada, aceptó la mano del Dragón Negro.
El resto transcurrió entre destellos; empujones, griterío, forcejeos y desorientación.
El trayecto se sintió como un parpadeo gracias a los Dragones Negros que se abrían paso a como diera lugar, pero también pasaba en cámara lenta por culpa de los insultos y las miradas asesinas de los estudiantes.
Incluso le arrojaron vasos de café cuando ingresaron al Punto Cero.
Los soldados intentaron cubrirla, pero la sangre le salpicó la ropa y el cuello.
«Voy a matarlos», pensó a la vez que rechinaba los dientes. Mediante una mirada colérica, memorizó sus caras. Podría ser la heredera o una simple víctima de las mentiras de los linajes, pero una cosa no cambiaría: haría que se arrepintieran.
Cuando los dragones la dejaron en su habitación, hizo lo que mejor sabía hacer: desplegar piezas en su mente, examinarlo todo… y pensar. Pensar en cómo revertir el marcador en contra.
Cogió lo imprescindible del bolso, quitó cualquier evidencia de Bélgica, arrojó todo a la cubeta de la basura y la prendió fuego mediante alcohol y una cerilla.
Las flamas ardían frente a su rostro inexpresivo.
Su mente concadenaba los siguientes movimientos en el tablero de ajedrez mientras que su corazón compungido lamentaba tener que eliminar valiosos recuerdos.
Quería creer que habría más, que sacaría a Devon de aquel embrollo y hallarían al traidor, que contemplaría fuegos artificiales en sus brazos y que recorrerían algún rincón del mundo sin prisa ni persecuciones.
Se encerró en el baño y abrió la regadera.
Las manchas de sangre se diluían conforme ella las frotaba con saña.
El agua roja desaparecía por la rejilla de la ducha.
Se vistió con prisa, pero otra espina le hizo doler el pecho al extender su muñeca para fijarse en la hora y descubrir que allí no había nada.
«Deja de contar segundos y cuenta conmigo», las palabras de Devon resonaron en su mente.
Respiró hondo.
Pronto. Si hacía las cosas bien, terrestre o sangbìbier, dejaría de contar. «Y él podrá contar conmigo», pensó antes de que un estruendo la regresara a la realidad.
—¡Va contra el Acuerdo del Transatlántico! —oyó decir al Dragón Negro que la había escoltado hasta el cuarto.
—¡¿Se piensa que no lo sé?! —replicó una voz familiar, un retintín que Nínive no tardó en identificar, motivo por el cual se apresuró a salir del baño—. Yo no he venido para ser… Oh. Aquí estás. —Elysabeth miró a Nínive.
—No posee autorización suficiente como…
—¿Disculpe? —La heredera se giró hacia el soldado—. La señorita Bryce es cómplice de vuestro líder y sus crímenes. ¿Sabe qué es esto?
Nínive enderezó la espalda al reconocer el antiguo libro que Elysabeth sostenía. No había pasado ni un día. ¿Con qué derecho le quitaba a DeBlanckfort sus pertenencias?
—Este libro les pertenece a los monarcas —añadió—. Es una reliquia. Un diario con secretos que solo los gobernantes pueden conocer, pero eso no le impidió a DeBlanckfort robárselo. Por si fuera poco… —Elysabeth apuntó hacia el equipaje de Nínive—. Guardias, abridlo.
—¡Son mis cosas! —Nínive se precipitó hacia el bolso, pero un uniformado bloqueó su paso.
Elysabeth elevó las cejas.
—¿En serio, Bryce? —Trazó una sonrisa maliciosa al dejar un colgante en alto.
Nínive se paralizó frente al medallón en forma de dragón. Se suponía que estaría a salvo con DeBlanckfort.
—A mí me parece que no todo lo que tienes allí es tuyo.
—Majestad. —El guardia que revolvía sus pertenencias halló y le extendió a la heredera el dije del león alado.
Elysabeth arqueó una ceja.
—¿Ves?
Nínive apretó los labios.
Esperó un segundo, dos, tres… Arremetió contra el guardia que la sostenía, pero este pudo contenerla y la arrojó al suelo.
—¡Ni un movimiento más! —El dragón junto a la puerta desenvainó su espada.
—Lo que faltaba —Elysabeth resopló—. DeBlanckfort os ordenó cuidar de una terrestre acusada de terrorismo.
¿Por qué no me sorprende? Sois la vergüenza del reino.
Respecto a ti, Bryce… —Una risilla se le escapó mientras admiraba el medallón—.
No me dejas opción: el acuerdo te libra de la prisión, pero no del exilio.
Mucho menos después de hurtar un objeto tan preciado.
Nínive resopló.
—Eso no te pertenece. —Sus ojos quedaron fijos en los de Elysabeth y lo supo: había miedo allí dentro.
No estaba loca. Elysabeth se sentía amenazada, y ella creía saber por qué.
Cuando la chica giró sobre sus talones, se precipitó hacia ella, dispuesta a derribarla, pero los guardias la apresaron enseguida.
—¡No! —gritó en un último intento por liberarse—. ¡Es mío!
—¿Te oyes, Bryce? Parece que estás más loca de lo que el caso Sauer insinuaba —canturreó Elysabeth. Nínive se dejó caer sobre sus rodillas con tal de no seguir forcejeando en vano—. No desempaques, querida. No tardarás en regresar al mundo terrestre.