REX REXUM 49 #2
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—¿Dónde quedó todo aquello de la impunidad?

—En la corona —respondió Devon—. La corona le pertenece al porcentaje más alto.

Esa eres tú, pero piensan que es Elysabeth.

Mi cien por ciento no es de cuna, por eso quedé relegado.

Sigo siendo noble, tengo ciertos privilegios, pero no harán la vista gorda cuando a muchos les conviene hacerme a un lado; ahora que sé que mis antepasados pretendían cambiar la religión oficial, el luxirianismo ortodoxo estará en mi contra, así como los linajes, quienes buscan escalar peldaños en la nobleza.

«Nobleza».

Nínive bufó. Esas personas eran todo menos nobles.

Tenían múltiples enemigos y aun así provocaban disputas entre ellos.

Un día se juraban lealtad y al otro se asesinaban.

¿Cómo toleraba él ser parte de todo aquello?

¿Cómo podría ella ser parte de aquel inframundo donde todos conspirarían en su contra?

¿Detectaría las sonrisas falsas a tiempo o rodaría su cabeza a los días?

—Hey. —Devon le sostuvo la mirada—. Dentro de todos los escenarios posibles, este no es tan malo.

—Te encerrarán —le recordó Nínive, pese a que «No quiero que me dejes» era lo que ansiaba pronunciar.

—Solo hasta que tú resuelvas el enigma que Ana creó.

—¿Y si te exilian?

—Pues… —Devon formó un mohín—. Resuelves el acertijo y regresamos a Bélgica. Quizá me acostumbre al jugo de naranja después de todo.

—¡Devon!

Él sonrió. Una sonrisa triste, propia de quien ha caído en las garras del destino y no puede escapar de él. Nínive odió esa expresión, probablemente porque toda su vida se la había pasado huyendo del destino que todos los médicos intentaban prescribir.

—Voy a estar bien. —Su voz la sacó de sus ensoñaciones—.

Siempre y cuando pueda darte algo de tiempo, haré lo que sea.

Ayer tuve el mejor Día de las Luces. Si llegan a encarcelarme, recordaré esos momentos hasta que tú me saques de allí.

Lo que necesitamos es que uses esa mente fabulosa y reviertas lo que tu madre ha hecho.

Sé que puedes. Antes contabas con la mitad; ahora tienes todas las piezas.

Devon se inclinó para depositar un beso en su frente.

Era cálido, como todos y cada uno de ellos, pero Nínive sentía un nudo en la garganta que la asfixiaba, formado por palabras que no se animaba a decir.

Entonces los ojos de él quedaron en los suyos, y vio que no era la única con el corazón medio roto.

—No quiero que nos separemos —confesó. Sus ojos se tornaron lacrimosos—.

Entiendo la lógica del plan, sé que no nos conviene investigar afuera, pero…

—Devon se llevó sus palabras al besar sus labios.

Sus manos contuvieron su rostro, mas no pudieron contener las lágrimas que descendieron a través de él.

—No tenemos opción —susurró—. Los linajes corrompidos, el DII bajo el control de Elysabeth… Solo quedamos tú y yo, dionummea. —Sus pulgares barrieron la humedad en sus mejillas al intercambiar miradas—. Pelearemos juntos: los mantendré ocupados mientras tú te adelantas.

Nínive quería negar con la cabeza. Un «No» amenazaba con salir, pero lo contuvo a tiempo, antes de pedirle tomar decisiones fáciles para el corazón, pero detractoras para el verdadero motivo por el cual habían abandonado la abadía: los Minoritarios.

Regresó el libro a su sitio y volvieron a enfrascarse en cómo usar el tiempo de un futuro juicio a su favor.

—Tú eres experta en estudiar personas —dijo Devon—. Si la lista posee tres nombres, será sencillo.

—Depende. No es como si tuviera acceso a los linajes o a vuestro líder religioso como para analizar su comportamiento.

—Tus amigos podrían ayudarte. Si eres discreta, claro. Podrían mostrarte ceremonias protocolares o apariciones públicas.

—Eso no me sirve de nada. Necesito tenerlos cara a cara, ver cómo reaccionan al provocarlos. Vamos en busca de alguien que lleva años en esto; se siente como pez en el agua en público.

Devon guardó silencio.

—¿Eso hacías conmigo al principio? ¿Provocarme?

Nínive sopesó la respuesta y los múltiples significados de la palabra. Trató de arrojarle luz a esos recuerdos; la primera vez que lo había visto, cómo él se crea superior, cómo la percibía como una amenaza, cómo le robaba el aliento cada vez que sus ojos se quedaban fijos en ella…

—Sí. Me sacabas de quicio, así que quería que obtuvieras algo de tu propia medicina.

Devon elevó las cejas

—Vaya. ¿Y… sentiste algo por mí el primer día?

Nínive superpuso sus labios.

—Sí —volvió a decir en voz más baja—, pero me resultabas tan odioso que no quería admitirlo.

Los segundos quedaban atascados en un embotellamiento cuando liberaba esa clase de confesiones. Una incomodidad brutal arañaba su espalda, garras afiladas chirriando contra una pizarra. Miró a Devon cuando él sujetó y besó su mano.

—Compartimos la misma historia, cielo.

Nínive estuvo a punto de preguntarle si eso significaba que le resultaba odiosa por ser más eficiente que el DII, pero al atravesar el pico de una de las montañas su atención se depositó en el edificio vagamente familiar que había aparecido a lo lejos.

Vio a Devon, enfocado en el descenso inevitable. Volvió a ver en sentido a la abadía y frunció el ceño; había un pelotón de uniformados en torno a los jardines.

—Han percibido tu esencia, ¿cierto?

—Esa es la idea. Los Dragones Negros están al tanto de la situación; saben que la guardia podría pasarse de la raya; mi padre debió haberles indicado desplegar grupos de contención en caso de que abran fuego.

Nínive abrió los ojos por completo.

—¿Abrir fuego?

—Siempre hay algún fanático de la realeza dispuesto a matar en nombre de la corona, aunque el idiota se colgará de una soga el día que comprenda lo que hace.

La respuesta no acalló sus inquietudes. Nínive volvió a ver la fachada gótica de la abadía, cada vez más cerca.

Distinguió los ridículos cascos con plumas de la guardia, las filas de soldados de la Orden del Dragón Negro.

También atisbó oficiales del DII, impidiendo que los estudiantes salieran de la abadía.

Un escalofrío reptó por sus vértebras cuando el helicóptero sobrevoló el muro y ambos ejércitos comenzaron a desplegarse. Los dragones acordonaron a la guardia. Estos forcejearon para romper el perímetro. Por primera vez, temió que aquello se transformase en una batalla campal.

Devon apretó su mano.

—No pueden hacernos nada, tranquila —dijo con la vista fija en el helipuerto.

—Sí que pueden. Lo encubren y listo —replicó sin dejar de ver cómo ambos ejércitos se aproximaban al helicóptero.

—La transgresión equivaldría a una declaración de guerra. Una guerra que ganaría mi padre. Muchos linajes bajaron la guardia con la unión de los trece reinos, pero nosotros no. Podemos pelearles de igual a igual a la Guardia Real.

Sabía que Devon pretendía tranquilizarla, pero le resultó imposible. El helicóptero tocó el césped y se abalanzaron sobre ellos; una marea roja y negra desesperada por engullirlos:

—¡Manos arriba!

—¡Atrás…!

Devon se estiró para pasarle a Nínive el equipaje y recogió el suyo.

Sus ojos se cruzaron… y su corazón terminó de quebrarse al caer en la cuenta de que era un adiós.

No lo volvería a ver hasta pasado el juicio o hasta hallar respuestas.

Quería besarlo, pero los guardias les ordenaban salir de inmediato.

Tanto en francés como el inglés, los gritos se convertían en un molesto zumbido cuando contemplaba a Devon y su mirada alicaída.

Se lo decía todo sin decir nada. Trató de sonreírle, pronunciar un «Todo estará bien», pero no pudo.

—Saldré primero —dijo él.

Nínive siguió sus movimientos con la mirada.

Ni bien abrió la puerta, el zumbido se amplificó y estalló en sus oídos; órdenes hacia Devon por parte de la guardia, órdenes hacia la guardia por parte de los dragones, todos apretujados entre sí, buscando hacerse con el botín: el heredero de Sangbièrre.

Cuando el primer manotazo rojo llegó a él, un dragón arrojó al guardia al suelo, lo cual dio pie al incremento de alaridos y bramidos en francés que Nínive dejó de comprender.

Devon se mantenía sereno, pero algo en él cambió cuando los guardias de rojo amagaron con adentrarse en el helicóptero.

Empezó a repartir órdenes que Nínive no comprendió, aunque captó dos palabras que había oído antes: «Vi Draco».

Iban acompañadas de algo más, e hicieron que los uniformados de negro se pusieran rígidos.

Tan rígidos que Nínive temió por su vida cuando cada uno de ellos vio en su dirección.

«Que no sea una trampa, que no sea una trampa…», repitió aferrada a su bolso, viendo con pánico cómo los dragones corrían a toda velocidad hacia su puerta.

—¡No! —Nínive alargó una mano al ver que el pelotón negro alrededor de Devon era sustituido por uno de color rojo.

Un guardia lo cogió por el cuello de la camisa y otro retorció sus brazos hasta dejarlos detrás de su espalda. Nínive observaba sin parpadear, con lágrimas al borde de sus ojos.

Lanzó un grito ahogado cuando la puerta de su lado se abrió.

—¡Deme la mano! —gritó uno de los dragones.

Sin poder evitarlo, ella miró a Devon. Era arrastrado por la Guardia Real rumbo a la abadía.

No había protestado. Tampoco había bajado la cabeza en ningún momento.

Caminaba con sus hombros encuadrados y la mirada firme, pero caminaba solo, rodeado por esos que alguna vez le habían jurado lealtad y que ahora se desesperaban por arrojarlo a una celda.

—¡No podéis dejarlo! —exclamó.

—¡Su alteza ordenó escoltarla! —dijo el dragón negro—. Por favor, tome mi mano. Necesitamos de vuestra colaboración.