REX REXUM 49
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NÍNIVE

—Estás demente. —Esa había sido su respuesta cuando Devon compartió sus planes. Quería regresar a la abadía en helicóptero. Un maldito helicóptero—. ¿Por qué no armamos un desfile con elefantes y malabaristas, ya que estamos?

Él no se había perturbado en lo absoluto.

—Sin importar cuán buscados seamos, Sangbièrre no puede abrir fuego en territorio terrestre; el campo aéreo no es nuestro.

Además, regreso por mi propia voluntad, me estoy «entregando».

De acuerdo con la ley, no pueden dispararme; tengo derecho a un juicio.

¿Nunca has visto un arresto en las películas?

«Tiene derecho a un abogado, cualquier cosa que diga puede ser… »

—¡No es gracioso, Devon!

Él comprendió que se hallaba al borde de un infarto al girarse. Acababa de guardar los bolsos en el helicóptero, listo para abordar y despegar, pero Nínive no había movido ni un pie.

—Por tierra estamos a merced de los Minoritarios.

—¿No existe alguna clase de túnel? —replicó Nínive.

—Sí, una red secreta que descubrirían al percibir mi esencia.

El recordatorio había sido argumento suficiente como para emprender el vuelo. Un vuelo corto en el cual no dejaban de discutir acerca de todos y cada uno de los posibles escenarios con los que podrían encontrarse al tocar tierra firme.

—¿En verdad no piensas leerlo? —Nínive sostenía el Rex Rexum en su regazo.

Devon hizo un gesto negativo.

—Si se les ocurre interrogarme, no serán piadosos conmigo; me inyectarían cualquier droga con tal de averiguar si planeo asesinar a Elysabeth o usurpar el trono. Si veo la lista del Rex Rexum, la tendré en mente. Prefiero estar a ciegas, no brindarles información que nos comprometa.

—¿Interrogarte? —Nínive se tornó hacia él—. Se supone que posees impunidad. ¿Cómo seguiremos investigando si te consideran un criminal?

DeBlanckfort guardó silencio.

Nínive le prestó mayor atención a la tensión de su cuerpo; cómo se habían crispado sus dedos alrededor del comando, los músculos de su mandíbula, el aumento de su ritmo cardíaco, la vena en su cuello…

Apretó los puños al caer en la cuenta de lo que hacía.

—¡¿En serio, DeBlanckfort?!

—Te he pedido que no me llames así…

—¡Qué me importa! ¡¿Esto es lo mejor que se te ha ocurrido?! ¿Entregarte al mismo nido de víboras que causó el problema? Hubiéramos seguido mi plan…

—No poseemos los recursos como para investigar desde fuera de frontera, cielo.

—Oh, pero yo dispongo de todo el DII gracias a una tiara tan invisible como mi esencia, ¿no es así? ¡¿Acaso te estás oyendo?! Si te capturan, no tendré cómo acceder al DII.

Nínive quería arrojarse en paracaídas con tal de no presenciar semejante suicidio. Porque eso era. Ella le había propuesto leer la lista en Francia, no regresar hasta dar con el infiltrado, pero Devon se había negado. ¿Todo para acabar en prisión? «No».

—Al diablo tú y tu plan… —masculló mientras se disponía a sacar el medallón y el libro del bolso en el asiento trasero.

La noche anterior había dado vueltas sobre el colchón, debatiéndose si abrir el Rex Rexum o no.

Quería leer el libro, quería conocer esos tres nombres, pero la espantaban las implicaciones.

Si ese candado se abría con su sangre… No solo significaba que su vida había sido una farsa, sino que su madre —la única persona que ella creía ser de confianza— la había engañado desde siempre.

Esa última reflexión la atormentó hasta caer dormida en un enjambre de pesadillas.

Allí, cada puerta se convertía en un laberinto del cual no podía salir.

Una sangrienta versión de Phillipe la perseguía con el arma en mano y una sonrisa roja.

Sin embargo, prefería confirmar sus peores temores antes que ver a Devon tras las rejas y quedarse atascada de por vida en la abadía porque a un puñado de hematófagos se le antojaba.

Cogió el bolso y lo atrajo hacia ella, pero la mano firme de Devon inmovilizó su muñeca.

—Ni se te ocurra —dijo con la vista fija en el camino.

—A ti se te ocurrió algo peor —espetó ella. Lo vio apretar un par de botones antes de girarse para coger el bolso y regresarlo a la parte posterior. Nínive lo asesinó con la mirada—. ¡No pienso regresar para ver cómo lo arruinas todo!

—No voy a arruinarlo —objetó—. Piénsalo: ¿qué opciones tenemos? ¿Quedarnos aquí hasta que los Minoritarios nos maten? ¿Permitir que coronen a Elysabeth, desclasifique el caso Sauer y descubra quién eres? Serías el blanco fácil de cualquiera.

«Fantasma».

Nínive sintió que su brazo cedía y caía a un costado.

Conque, eso le preocupaba…

Una puntada de dolor que no tenía nada que ver con el SCD la atravesó al encajar la última pieza.

Regresaban por su culpa, no por falta de opciones.

Regresaban porque ella no estaba en las mismas condiciones que Devon para enfrentar lo que se avecinaba.

Y lo peor era que no podía negarlo: no podía percibir el peligro de la misma forma que él, huir a gran velocidad, pelear cuerpo a cuerpo o recibir heridas y sanar en segundos.

Tampoco resistiría sin una hospitalización en caso de recaída.

Sin importar cuánto se esforzase, el SCD aún estaba allí.

Un par de trucos químicos no compensaría sus flaquezas.

Nínive se hundió en el asiento.

—Podrías dejar las excusas y ser franco —murmuró.

—Cielo…

—Soy yo. —Nínive lo miró—. No te quedas fuera de frontera porque sabes que yo no podría resistir en caso de ser el blanco. No los dos, yo.

DeBlanckfort humedeció los labios antes de amordazarlos, gesto suficiente para ella.

Se le escapó una risilla sardónica. ¿De qué servía confiar en las personas si nunca eran honestas?

Su corazón absorbía el frío, se cristalizaba hasta formar una por una las capas que alguna vez lo habían recubierto.

—¿Cuál es el plan? —preguntó a secas.

—Disuadir. —Devon la miró por encima de su hombro, pero ella no se giró—. Esa parte no cambia. Mi llegada posterga una posible coronación. No será por mucho tiempo, pero, entre juicio y juicio, podrás averiguar qué es lo que suprime tu esencia o reducir la lista del libro, lo que ocurra primero.

—Ja. —Nínive elevó sus cejas—. Así que debo hallar lo que no he hallado en dieciocho años o lo que tú no has hallado en veinte. Un plan maestro…

—¿Tienes algo mejor?

—No haber extraído la sangre de Elysabeth —espetó—. Eso me parece mucho mejor.

El silencio se asentó entre ellos.

Tal vez su lengua había sido demasiado filosa, pero no pensaba disculparse.

Si Devon salía con todas esas idioteces acerca de lo «bien» que la habían pasado en Gante, ella buscaría arrojarlo por la ventana.

No importaba Gante. No importaba su identidad.

¿De qué servía avanzar en su relación si habían comprometido sus posibilidades de avanzar en la investigación?

Prefería mil veces no haber obtenido la lista y haber continuado con los recursos que él poseía como miembro de los linajes a que quedar cercados entre la espada y la pared.

¿No quería casarse con Elysabeth? Bien, habrían buscado otra clase de distracción, no semejante embrollo.

¿No quería que accedieran el caso Sauer?

Pues se lo podría haber mencionado en primer lugar; le habría pedido al amigo de Jeff alterar la evidencia.

Todo podría haberse evitado si DeBlanckfort hubiera confiado en ella… Pero no lo había hecho.

Nunca lo hizo.

—Estaría muerto —lo oyó murmurar.

Nínive vio en su dirección.

—Estando en la abadía mantenía mi porcentaje oculto gracias a las dosis de Oro Sagrado, pero retrasaban mi sanación.

No me molestaba estar herido. El problema es que mi organismo empezó a fallar.

LeBlanc me lo advirtió después de la primera descompensación: si no dejaba las inyecciones, mis órganos no darían abasto.

No podía sostener la mentira; la extracción forzosa fue la única alternativa.

«La única alternativa para encubrirte», añadió Nínive, asimilando esa parte de la historia que él había omitido.

Devon podría haberse quedado. Podría haber dejado de inyectarse, revelar su porcentaje y dirigir a todos hacia la gran interrogante: ¿de dónde había salido ese cien por ciento si no era de Elysabeth?

—Yo… No quiero que sigas haciendo esas cosas por mí.

—Entonces piensa en el reino —dijo él—. Tú misma lo has dicho: Elysabeth no está a la altura.

«Demasiado ególatra para su propio bien», fueron tus palabras.

Esa ególatra dirigirá al reino a su perdición si no hacemos un par de sacrificios.

Esos amigos que has hecho terminarían en una redada minoritaria.

Si recuerdas el propósito, los obstáculos se hacen trizas.

Nínive respiró hondo. No se sentía lista para nada.

Las dudas seguían apareciendo: ¿hallar su cura?

, ¿dar con Phillipe?, ¿revelar al infiltrado?

¿Cómo demonios lograrlo sin las herramientas con las que Devon contaba?

Pensó en Kina y Jeff, pero temía por su seguridad.

Pensó en LeBlanc y De-Ràzes, pero no estaba segura de que fueran a colaborar.

—Ordénaselo —dijo Devon cuando ella se lo confesó—.

Dile a LeBlanc que es una orden, a ver si pone resistencia.

Respecto a De-Ràzes… Ha pasado años cuidándote desde el anonimato; dudo que se rehúse a ayudarte.

Querrá matarme por haberte dicho la verdad, pero colaborará si eso guía a tu cura.

De lo contrario, todas sus investigaciones y las muertes habrán sido en vano.

Pídele los verdaderos análisis, los que muestras tus verdaderos genes.

«Mis verdaderos genes —Nínive tiró la cabeza hacia atrás. Si era verdad…—. Voy a matarte», le dijo a la doctora en su mente. Años. Años buscando una cura a ciegas, entre análisis alterados. Quería acogotar a De-Ràzes por haberle tomado el pelo.

—¿Qué pasará contigo? —No podía evitar preguntárselo.

—Seguramente, un juicio. Dependiendo de lo que acuerden, podrían sentenciarme a prisión por un tiempo, exiliarme…