REX REXUM 48
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JEFF

Al abrir los ojos, Jeff creyó estar solo en su habitación.

Los techos de los dormitorios eran todos iguales.

La luz de colaba por las ventanas que todos tenían.

Era costumbre. Entonces entró en contacto con el resto de sus sentidos y despabiló: sintió la tibieza del cuerpo de Kina, su respiración contra su pecho, y se perdió en sus recuerdos al divisar el pequeño corte a punto de sanar en su labio inferior, ese lugar que había besado con todas sus fuerzas al alimentarse de ella.

De solo recordarlo, el pulso se le aceleraba.

Habían cerrado su círculo.

No lo había visto venir; había creído que esperarían hasta la graduación, pero entre beso y beso cayó en la cuenta de que Kina lo quería de la misma forma que él a ella, sin reservas, y no podía sentirse más feliz al respecto.

Cubrió la mano que descansaba sobre su pecho y trazó diminutas caricias con la esperanza de no despertarla.

Permaneció de esa manera un par de minutos, reparando en la extraña sensación de tener dos corazones latiendo en perfecta sincronía, como un transmisor que lo conectaba a alguien a kilómetros de distancia.

Sus porcentajes también habían sufrido cambios; ya no percibía un ochenta y siete, sino que emitían un ochenta y ocho que les confirmaba sus mayores sospechas, anhelos y temores: afines.

Él era su afín, la persona que los Dioses le habían destinado.

Ya no disponía de excusas. No había otro sangbìbier mejor que él para ella, y ese descubrimiento había calmado gran parte de sus miedos, aunque también lo guiaba a pensar en cómo hacer lo correcto; cómo asegurarse de no volver a meter la pata a lo grande.

Al preguntárselo, vio hacia el suelo, donde se encontraba su pantalón. Allí estaba el anillo que había escondido por temor a obtener un «No» o un «Es demasiado pronto, Jeff».

Le habría dado ese anillo antes del Primumfuga de saber que llegarían tan lejos. Se arrepentía un poco, pero estaba dispuesto a remendarlo ni bien Kina despertara. De momento, solo quería admirar la forma en que su piel encajaba con la suya e imaginar que así sería para siempre.

«Podrías comprar el desayuno —pensó—. Colocar el anillo en uno de esos muffins que tanto le gustan». Descartó la idea por temor a que se atorara por su culpa. Siguió buscando ideas para realizar la propuesta, pero su teléfono comenzó a vibrar.

«Mierda».

Con extremo cuidado, levantó la mano de Kina y se escabulló de entre sus brazos, insultando en mil idiomas pese a que solo sabía dos.

Se aseguró de que ella no se hubiera despertado cuando la vio acomodarse entre las sábanas.

Cogió el teléfono. También algo de ropa para ponerse mientras lo sostenía contra el oído.

Maldijo al leer «AJ» en la pantalla.

—Más te vale que sea importante —masculló tan bajo como pudo. Se encerró en el baño para no hacer ruido.

—¿Crees que te llamaría si no lo fuera? Recuerda que tengo ojos en todos lados; sé dónde terminaste ayer, idiota. Agradece que esperé hasta las once. Merezco un premio o una medalla por mejor amigo del año.

Jeff aprisionó los labios con tal de no estallar a los alaridos.

—Te juro, AJ, que lo único que te salva de no ser acogotado ahora mismo es Kina. Sé dónde está la sala donde trabajas.

AJ soltó una risilla.

—Suenas como la mafia. «Sé dónde vives», «Te estoy vigilando». ¿Por qué no mueves tu vago trasero y te fijas en lo que ha publicado el Le Sang?

—Porque, si quiero cuentitos fantásticos, me voy a la sección de libros infantiles.

—Jason va a juicio por corrupción, Jeff.

—¿Qué? —A Jeff quedó inmóvil.

Era como si AJ le hubiera lanzado una descarga eléctrica. Por un instante, todo se apagó. Todo razonamiento quedó en blanco, hasta que la represa del impacto cedió y una cascada de interrogantes arrasó con su mente.

—¿Cómo que…? Pero ¿por qué? ¿Con qué pruebas? Él no… —Sacudió la cabeza al imaginarse de qué iba el asunto—. Fue la arpía esa, ¿no?

AJ suspiró.

—Yo que tú, mido mis palabras. Todavía no sucede, pero tienen intención de intervenir las redes con tal de evitar «traiciones a la corona». Ya sabes, opositores.

—¡Pero…! —Jeff se mordió la lengua y bajó la voz—. ¡No es justo! Sabes que todo esto es una mierda. DeBlanckfort lo sabe, mi hermano lo sabe, ¡por eso no coopera con ella, no porque sea un traidor! Algo extraño sucede, pero nadie lo dice.

—Escucha —AJ sonó conciliador—. El juicio no es hasta el lunes. Quizá, si DeBlanckfort regresa a tiempo…

—Oh, por favor, suenas más ingenuo que mi abuela Igrid, AJ. ¡DeBlanckfort huyó! Solo se preocupa por Terrestre, le importa un carajo si todos aquí morimos en un atentado con tal de que no la toquen a ella, ¡se cae de obvio!

AJ se quedó callado. Jeff no sintió el teclado del ordenador.

Supuso que su amigo pensaba o buscaba cabos sueltos para atar.

Sin embargo, no había que ser un genio: la nueva heredera había llegado y había puesto al reino patas arriba.

El lado ortodoxo y el protestante parecían tener una candidata cada uno y DeBlanckfort había escogido a Terrestre, fuera uno a saber por qué.

Jeff todavía no entendía qué mierda habían hecho como para que ella no tuviera esencia. Pero las pruebas estaban ahí, en las fotos que AJ había robado, en los informes que su hermano…

Los informes que su hermano protegía.

Jeff dejó las cejas juntas. ¿Por qué Jason llegaría tan lejos con tal de que los linajes no obtuvieran esa información? La lógica dictaría esconderlos para que los Minoritarios no supieran de Terrestre, pero ellos mismos se habían aparecido en su casa cuando la habían expulsado de la abadía.

¿De quién la estaban protegiendo?

Abrumado, se dejó caer con la espalda adosada en los azulejos del baño. Estaban helados, pero así también se sentía él.

—¿Qué es lo que dice el Le Sang? —murmuró.

AJ empezó a teclear.

—La Guardia Real halló a DeBlanckfort en Bélgica, del lado terrestre. Dicen que, si ellos pudieron hacerlo y tu hermano no, es porque está a favor de DeBlanckfort y no ha desplegado sus mayores esfuerzos.

«Por supuesto que no», pensó, pero temió decirlo en voz alta.

—Luego han salido con la idea de que Jason prefiere a Devon porque no le importa pasar por alto los derechos humanos… Ja, como si los linajes nunca hubieran matado o torturado a alguien… ¿Quién escribe esta cosa?

—Una marioneta manejada por el mejor postor —soltó Jeff, más que acostumbrado a las idioteces sin sentido que escupía la prensa financiada por intereses y favores—.

Así que, el que ose ponerse a cuestionar qué sucedió como para que DeBlanckfort haya atacado a Elysabeth, ¿es un traidor? ¿Debemos creer que enloqueció y ya?

—Ya los conoces.

Jeff dejó sus ojos desenfocados.

Se debatía qué hacer. ¿Llamar a sus padres?

¿Explicarles que su hijo no era ningún traidor?

¿Y si la paranoia terminaba por hacerles creer que él también era un opositor?

El miedo les quitaba la cordura a las personas.

Miedo usaban tanto linajes como minoritarios para acorralar a la gente.

Y así se sentía él: acorralado, con miedo… , indeciso.

—Llámame si algo nuevo surge, ¿de acuerdo? —dijo con voz queda antes de colgar la llamada.

Depositó el teléfono en el suelo y restregó las manos por su cara, tratando de eliminar el escozor que sentía en los ojos.

«No será igual», se dijo, recordando cómo habían exiliado al ex director por no haber sido capaz de prever el ataque contra los reyes en el 97.

En su mente, en lugar de desprenderse, las hojas del calendario regresaban a su sitio hasta el día en el que su hermano les había informado de su ascenso.

Jason no lucía diferente. Tampoco había comprado champaña roja ni nada.

Había dado la noticia antes de que sus padres recogieran los platos y ninguno de ellos se movió al oírlo.

Él había festejado. Sin embargo… ahora comprendía mejor aquella reacción similar a la de un funeral.

En el DII no había lugar para el error. Era como una cajita de Pandora que guardaba todos los sucios secretos del reino y se los dejaba operar a sus anchas con tal de no revelar nada.

A Jeff eso le fascinaba; quería saberlo todo.

Quería saber la verdad detrás de tantas cortinas de humo, lo que se cocía en la cocina mayor, mas nunca se había puesto a pensar en las consecuencias.

—¿Jeff?

Cerró los ojos con fuerza al oír a Kina.

Un error más. Se suponía que despertaría en sus brazos, o al menos con un desayuno decente.

—¿Puedo pasar?

—Sí —contestó con un nudo en la garganta.

Oyó que ella se aproximaba y comprimió los labios.

No quería llorar. Kina ya tenía suficientes problemas con su familia como para añadir más platos al menú. Percibió que se acuclillaba a su lado y vio por el rabillo del ojo el batín rosa satinado que traía. Se veía preciosa. Con el pelo enmarañado y sus mejillas sonrosadas.

Él no se había visto en el espejo. De seguro que su nariz estaba roja. No hubo forma de ocultar la angustia que lo atravesaba cuando ella apoyó una mano en su espalda desnuda.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Jeff rodeó sus rodillas con los brazos y hundió su cabeza en ellos para esconder las lágrimas.

—Todo ocurre. DeBlanckfort, los linajes, la heredera, el DII, mi hermano… —Se le escapó un sollozo—. Llevarán a Jason a juicio por corrupción.

—¿Qué?

Jeff miró a Kina.

—No sé. AJ acaba de decírmelo. Está en el Le Sang. La loca esa de Elysabeth se enojó porque él no dio con DeBlanckfort y salió a decir que está de su parte.

—Y tú… ¿Qué es lo que crees?

—¡Qué sé yo! Jason nunca me dice nada. DeBlanckfort dejó en claro que aquí las cosas no funcionan. Si mi hermano llegó a retrasar avances… Pues…

—Crees que tiene sus motivos.

Jeff apretó los labios con rabia.

—Sí, pero ¿de qué me sirve creerlo si todos aquí piensan que DeBlanckfort es un villano y que Elysabeth llegó para derrocarlo? ¿Piensas que dirá algo en pleno juicio? ¡Lo conozco! ¡Es tan terco que preferirá ir a prisión o lo que sea!

—Jason es inteligente. Él debe saber lo que hace…

—¿Y si no? ¿Y si DeBlanckfort se ha borrado del mapa por temor a que los Minoritarios asesinen a Terrestre?

¡Sabes cómo son! ¡Solo se preocupan por ellos!

Es como ese dicho: «la vida es una escuela».

¡Vaya que lo es! El brabucón se sale con la suya porque todos están cagados hasta las patas como para enfrentarse a él.

Y si alguien lo suficientemente estúpido lo hace, pues, resulta que lo joden, nadie hace nada y así te das cuenta de que el director también está de parte del brabucón.

¡Pff! —Jeff meneó la cabeza. Quién diría que la secundaría volvería a repetirse—.

Por eso ganan los malos —murmuró—. Porque el resto no hace nada. Lo saben y no hacen nada.

—Es que, no hay mucho que podamos hacer, Jeff…

—Por supuesto que lo hay. —Jeff se reincorporó hasta quedar a horcajadas frente a Kina.

Sacó el anillo. Ese condenado anillo ligero como pluma y pesado como un ancla—.

Esto buscaba ayer por la noche. Temía haberlo perdido.

No te lo di porque… Bueno, pasaron cosas —resumió, a lo que ella se sonrojó—, pero es obvio que pensaba dártelo tarde o temprano.

Quiero que seas mi lirio, D'Agout, pero no sé cómo ser bueno para ti, esa es la verdad.

Cuando salga de aquí, todos me apuntarán con el dedo y dirán que soy el hermano de un «traidor».

Por eso… —Jeff dudó—. Sé que te amo, pero… No sé si puedo darte la vida que…

Jeff elevó las cejas por la sorpresa cuando Kina lo besó. No tardó en corresponderla y adherirla contra su pecho, preguntándose si eso valía como una respuesta o qué.

No entendía nada. Lo único que sabía era que adoraba que se arrojase a su boca y atraparla en sus brazos. Era nuevo, pero podía acostumbrarse a ello sin inconvenientes.

—No me importa lo que digan. —Kina acarició su rostro—. Yo te elegí a ti. No quiero a nadie más. Además, los porcentajes…

Jeff la contempló con expresión risueña.

—Lo sé. ¿Quién lo diría? Solo tardamos diecinueve años en darnos cuenta.

Kina soltó una risita.

—Entonces… Ese anillo…

—Quiero hacer las cosas bien, aunque no sepa cómo. —Jeff se arrodilló frente a ella—. Pero también quiero que sepas que, si esto sigue así, no me quedaré de brazos cruzados. No pienso estar de acuerdo con lo que dicen de Jason, aunque eso me tilde de traidor. No puedo hacerlo. Él es…

—Tu familia —complementó con una sonrisa—. Lo sé.

—Y me gustaría que tú también fueras mi familia. Bueno, ya eres como de la familia, pero… Me entiendes. De manera más formal. —Kina asintió y él volvió a sentir que se le aceleraba el corazón—. Tú… ¿Querrías casarte con…?

Jeff enmudeció.

Tanto él como Kina vieron hacia la puerta.

El sonido de un montón de botas marchando al unísono retumbaba en las paredes.

Se miraron, y eso bastó para que corrieran hacia la ventana más próxima.

Por las dudas, Jeff la rodeó por la cintura, listo para cargarla en brazos y huir en caso de ataque.

No obstante, intuyó que no sería necesario tras vislumbrar quiénes avanzaban en perfecta formación.

Kina se giró.

—¿Percibes eso?

Jeff asintió con la mandíbula tensa.

—DeBlanckfort.

Fijó la mirada en el extenso despliegue de Dragones Negros que acaparaba los jardines. Se preparaban para recibir a su líder, a quien le habían jurado lealtad eterna. A su vez, la Guardia Real comenzaba a desplegar sus tropas.

¿Habría un enfrentamiento?

¿Calificaba como declaración de guerra?

Su atención se desvió cuando Kina buscó su mano a tientas.

—Estamos juntos —dijo—. En las buenas y en las malas.