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—¡Oh, ya veo! Enseguida se lo comunicaré al señor Baley. ¡¿Señor Baley?! ¡Señor Baley, ya los encontré! ¡Se encuentran bien, no se preocupe…!
—Genial —masculló Nínive—. Ahora todos en Sangbièrre saben dónde estamos.
—No pienso discutirlo.
Al verse, ambos sonrieron.
—¿Qué quiso decir con eso del espectáculo costero?
—Si te digo, te miento. Aunque, creo que sé a qué puede estar refiriéndose… Ven. —Devon cogió su mano.
La guio hasta el árbol más externo, el que daba a la costa del monte cuya marea había subido considerablemente. Una vez allí, cogió impulso y se trepó a la rama más cercana. Nínive lo observó con el ceño fruncido cuando extendió una mano en su dirección.
—Toma mi mano.
—No pienso subirme a un árbol.
—Vaya. Algo propio de la nobleza…
—Jamás escalé, DeBlanckfort. ¿Quieres que me mate?
Devon sonrió.
—No. Quiero que veas los fuegos artificiales conmigo. Desde aquí se ve la costa. Vamos, dionummea —insistió—. Ni loco lo permito que te caigas. Arriba.
Nínive alternó la mirada entre la mano de Devon y la costa, debatiéndose si valdría la pena o si tendría una muerte de lo más patética. Resignada, se quitó los zapatos. Él jaló de ella como si pesara diez gramos.
Nínive prácticamente se colgó de su cuello para no caer.
—¿Ves? Pan comido.
Ella examinó el tronco debajo de ellos.
—Más te vale que no resulte ser una especie venenosa.
—Si serás quisquillosa. —Devon reclinó la espalda contra el tronco principal y le pidió a Nínive que se acercara. Ella dudó. No quería acabar con las piernas repletas de arañazos gracias a un tonto árbol—. ¿La aventura no es lo tuyo, pequeño lirio?
—El laboratorio es lo mío —replicó mientras acortaba la distancia a regañadientes. Disfrutaba de los riesgos cuando contaba con un hospital—. ¿Trepar un árbol es parte de la tradición?
Devon la acogió entre sus brazos una vez llegó al otro lado. Dejó que se sentara entre sus piernas, una de las cuales colgaba del árbol mientras que la otra la mantenía flexionada.
Nínive recargó la cabeza en uno de sus hombros y admiró la vista.
Desde el suelo no podía apreciarse cómo los habitantes del monte habían encendido velas y luces navideñas en sus hogares.
Más allá de la fortaleza, una franja negra los separaba del resto del mundo, dividida por el puente que unía el cascote de piedra con el resto de la civilización.
Ninguno dijo nada durante un momento.
Una pequeña orquesta de grillos se oía a los lejos.
—¿Es parecida? —preguntó Nínive—. La fiesta en el reino.
—Hum…
Como Devon no respondía, alzó la cabeza.
Admiraba el mar con gesto reflexivo. Sus brazos permanecían alrededor de ella como si cada tarde se sentaran en aquel árbol a observar el anochecer. Esa comodidad la confortaba; que no tuviera que esforzarse por lucir «normal» la tranquilizaba.
—Un estudiante te diría que sí, que luce igual —contestó—.
Sin embargo, esto es mucho mejor. Siendo parte de los linajes, este día se asemeja a un campo de batalla.
Todos quieren predecir tus movimientos, buscar tu punto débil, publicarlo en los titulares.
No hay diversión, solo tensión. Por eso este el mejor Día de las Luces —concluyó al mirar a Nínive—.
El Primumfuga es el «primer vuelo» de una pareja.
Me alegra que lo hayamos vivido sin un lente encima.
—¿El primer vuelo?
—Proviene de los Septem, cuando Lilith y Lucien creaban estrellas que conmemoraban el amor que se profesaban.
—Suena cursi.
—Suena real —replicó para su sorpresa. Contempló el cielo nocturno y ella lo imitó—.
Todos pintaríamos un cielo estrellado con nuestros afines de poder hacerlo.
La forma que hallamos de imitar a los Dioses fue obsequiar gemas brillantes.
En lo personal, me gustaría pintar un reino sin terroristas contigo, sin importar cuánto nos lleve.
Nínive dejó de ver el cielo.
Lo miró a él, tan directo que Devon lo percibió.
No hubo palabras.
Tampoco preguntas.
Una fuerza invisible, quizá la que sus corazones ejercían para estar uno junto al otro, tiró de ellos y bajó las persianas de sus ojos al unir sus labios.
No había fuerza, solo delicadeza. Un incendio controlado, cálidas flamas envolviendo sus cuerpos a medida que las manos de él acunaban sus mejillas.
Podría haber durado para siempre, pero entonces lo oyeron: una explosión.
Nínive se irguió de golpe. Devon sujetó su cintura para que no perdiera el equilibrio.
El susto se desvaneció ni bien se topó con el cielo nocturno, el cual comenzaba a teñirse con purpurina a medida que los fuegos artificiales explotaban y se abrían como paraguas.
Estiró el cuello, incapaz de despegar los ojos de la lluvia de chispas doradas.
—Feliz Día de las Luces, dionummea —susurró Devon.
Nínive lo miró por encima de su hombro, ajena a los fuegos artificiales que reflejaban tonos anaranjados en sus rostros.
—Feliz Día de las Luces, Devon —musitó segundos antes de inclinarse hacia él, segundos antes de que más fuegos artificiales estallaran en sus labios.