REX REXUM 47 #4
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«Puras supersticiones —Nínive tragó saliva, congelada en su lugar—. ¿Desde cuándo un tonto baile define algo así?».

Buscó la vena del cuello de Devon, la cual no distinguía entre la penumbra del anochecer.

Él sonrió.

—Es broma.

Quiso abofetearlo.

—No es divertido que te aproveches de mi ignorancia.

Devon se acercó para besarla, pero ella lo esquivó.

—No me aprovecho de nada. Estaba bromeando, cielo. Sí que te molesta no saber algo. Ahora que sé cuánto te molesta, no lo volveré a hacer, pero… —Buscó su mirada al depositar la punta de sus dedos en su mentón—. Ha sido lindo descubrir que te importa.

Nínive calibraba el filo de las palabras mordaces que lanzaría a modo de contraataque cuando un par de suaves acordes empezaron a escucharse a lo lejos.

Ambos vieron en sentido a la abadía.

Al regresar la mirada, Devon tenía sus ojos puestos en ella.

—No es obligación —advirtió.

Ella dudó.

Su lado ególatra le sugería ahorrarse el ridículo. Ese lado sombrío era opacado por la ilusión que resplandecía en los ojos de Devon. Él quería bailar esa pieza. Jamás se lo confesaría, lo supo al ser testigo de cómo tragaba saliva.

El Primumfuga era importante. Si estaba reservado para parejas, Nínive quería bailarlo con él aunque resultara un desastre.

Aún no comprendía cómo era posible que su nombre apareciera en las profecías o que su AND estuviera registrado en un dispositivo biométrico.

Tenía más preguntas que certezas, pero una cosa estaba clara: quería ese primer baile con él.

—Detesto cualquier obligación —insinuó.

Devon desplegó una amplia sonrisa.

—Lo tuyo es romper reglas, ¿no es así?

—Tantas como lo requiera la situación.

—Bien, si eso es lo que quieres… Necesito que me des la espalda.

Nínive se tensó.

—¿Por qué?

—¿No confías en mí?

—Lo dice el sujeto que afirma no confiar en nadie.

—No. —Devon depositó un beso en su frente y se alejó—. Lo dice el sujeto que decidió romper sus propias reglas y confiar en ti. El Primumfuga empieza así. Nada de bromas, ¿recuerdas?

Nínive se mordió el labio. Se preguntó qué diablos tendría que hacer, pero se dio la vuelta y aguardó, oyendo cómo la hojarasca del suelo crujía conforme Devon se aproximaba a ella.

Pese a que sabía que se trataba de él, retorció los dedos contra la gasa del vestido.

Su corazón se aceleró, sobre todo cuando una de sus manos cogió su muñeca para que se volteara.

—¿Por qué debo darte la espalda si vas a girarme?

Devon la vio divertido.

—¿Por qué no bailamos en vez de discutir sobre tradiciones arcaicas?

Nínive rodó los ojos. No quería discutir. Quería sacudirse de encima la sensación de incomodidad. Detestaba no saber qué seguía, hacia dónde ir, ser la que menos sabía dentro de ese círculo repleto de luces, velas y flores.

Un simple gesto bastó para acallar sus inquietudes: al coger su mano, percibió el cambio en él. Tenía su atención puesta en la música, en la mano que sostenía.

Nínive lo entendió en ese instante, cuando sus ojos se encontraron y él respiró hondo: estaba tan nervioso como ella. Saber que los dos se habían embarcado en ese viaje a ciegas le robó una sonrisa.

—Te prometo que no dejaré que te caigas —dijo él, haciendo que la expresión de ella se borrase de un zarpazo.

Antes de que Nínive objetara, Devon ciñó su cintura y empezó a trazar pasos suaves como los de un vals, los cuales Nínive procuró imitar.

—No necesitas mirar abajo.

—Pero, ¿cómo sé adónde…?

—Solo mírame a mí, ¿de acuerdo? —Su mano se desprendió para hacerla girar y regresarla hacia él. Nínive se lo quedó viendo. Cerró los ojos al sentir el roce de su nariz contra la mejilla—. Es parecido a lo que bailan en el mundo terrestre.

—Nunca bailé. Ni en este mundo ni en ningún otro —murmuró con los ojos aún cerrados, inmersa en el aroma de su colonia, la forma en que sus cuerpos encajaban juntos.

—Eso no es problema. —Devon guio sus pies atolondrados una y otra vez. Dio otro giro y su espalda quedó contra su pecho, donde su corazón latía desbocado.

Sus labios tocaron uno de sus hombros y Nínive sonrió.

—Podré no saberme el Primumfuga, pero dudo que esto sea parte del baile.

Él sonrió contra su piel.

—Quizá por eso suele bailarse en público —comentó antes de volver a hacerla girar.

Después de varios intentos fallidos, Nínive dejó de intentar seguir el ritmo de la música. Se dejó capturar por esa burbuja dorada en la cual habían quedado. También se dejó atrapar por sus brazos cuando él la elevó por los aires.

Se le escapó un gritito pese a que aterrizó de inmediato.

Devon rio al ver sus ojos espantados.

—Te lo dije: nada de caídas.

Encandilada por aquella sonrisa radiante, no contestó. Los ojos de litio brillaban más que nunca. Devon sonreía más que nunca. El hoyuelo en la mejilla lo evidenciaba. Finalmente, algo familiar entre tanta incertidumbre.

Al verlo, descansó la cabeza contra su pecho.

No contó los minutos ni las vueltas. Tampoco los pasos. Solo absorbió el sonido de sus latidos. Incluso cuando la música terminó, él siguió meciéndose con ella. Sentía tanta paz que, si no hubieran estado de pie, habría caído dormida en medio de la sinfonía que tocaban sus corazones.

Esa armonía se hizo añicos cuando oyeron la voz de Odette:

—¡¿Altezas?! ¡¿Estáis ahí?! ¡No podéis perderos el espectáculo costero! ¡¿Podéis oírme?!

Nínive suspiró.

—¡Lo veremos desde aquí! —contestó Devon.

Los alaridos de Odette no tardaron en oírse.