REX REXUM 47 #3
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Devon apoyó ambas manos en la butaca, rozando las suyas, contacto suficiente para que Nínive no pensara en otra cosa que no fuera cada uno de los besos que habían compartido. Moría por uno de esos besos en ese preciso instante, pero no sabía cómo pedírselo sin que él se riera en su cara.

—¿Qué clase de problemas? —musitó con la sangre acumulándose en su rostro.

Su piel empezó a erizarse a medida que el dorso de uno de los dedos de él ascendía por su brazo.

—Problemas que solo mi pareja disfrutaría —afirmó, perdido en el rastro que trazaba a través de su piel.

Nínive clavó las uñas al borde de la butaca cuando él acarició su clavícula sin prisa. Una exquisita mezcla entre tortura y deleite.

Sus miradas se cruzaron y estuvo a punto de besarlo. Sin embargo, perdió el pensamiento de vista cuando él se acercó a su cuello y lo rozó con la nariz.

—Devon…

Percibió su sonrisa contra la piel.

—Así está mejor —murmuró antes de plantar un beso que la obligó a retorcer los dedos de los pies—. Créeme: los premios son mucho mejores que los problemas —sugirió a medida que sus labios trepaban a por su cuello hasta quedar casi contra su boca—. Todavía no respondes a mi pregunta, cielo.

—Estás loco si no puedes imaginarte mi respuesta.

—No —contestó con una mirada traviesa.

Incrementó su delirio al deslizar una de sus manos por la rodilla de ella hasta afianzarse en su muslo. Nínive se mordió el labio al sentir la presión de sus dedos.

—No pienso hacer nada a menos que aceptes mis humildes ofrendas.

—¿Humildes?

—Sí, soy muy humilde, dionummea. Ahora, no prolongues la agonía porque en verdad me estoy preguntando si debo ir empacando mis cosas.

Nínive tomó aire como si estuviera a punto de saltar del trampolín más alto de una piscina. Dejó que esas palabras aprisionadas cogieran vuelo antes de que sus miedos volvieran a encarcelarlas:

—Juntos —afirmó.

Devon dejó de parpadear por un momento.

—Te juro que no entiendo nada, pero no quiero separarme de ti. Si en verdad me quieres… —Nínive calló cuando él resopló.

—Yo no te quiero, dionummea. Yo a ti te adoro —soltó antes de atrapar sus labios entre los suyos.

Nínive cogió la cara de Devon y lo acercó a ella, volviendo a sentir que un millar de cables cortocircuitaban al quedar envuelta en sus brazos.

Sus piernas se enredaron en su cintura y él abrió su boca para profundizar un beso muy distinto al resto.

Desbordaba certeza, el convencimiento de que no había marcha atrás.

Sus labios se buscaron una y otra vez, ansiando memorizarse. Eran conquistadores en tierras inexploradas, ladrones de suspiros y coleccionistas de caricias empedernidos dispuestos a empeñar cada segundo en la obra de arte que pincelaban sus dedos en la piel del otro.

Cuando se separaron, costaba respirar.

—Yo también te adoro —admitió Nínive.

Se sintió al desnudo pese a conservar cada prenda.

Acababa de entregarle su corazón a alguien.

Como aquel prendedor, era un lujo que nunca se había permitido.

La horrorizaba, pero volvió a sentirse arropada cuando él la estrechó contra su pecho y le dio uno de esos besos exigentes capaces de sanar el peor de los males.

Coló sus dedos por el cabello de él y la diadema con laurel se cayó, pero ninguno se detuvo a recogerla.

Devon se adueñó del corsé con ambas manos.

Nínive arqueó la espalda cuando él acarició la piel expuesta entre los cordones de seda.

Un millón de sentimientos se amontonaban y desembocaban en el mismo pensamiento: más.

Quería estar más cerca. Quería que sus labios ardieran entre los suyos. Quería olvidarse de la probabilística y caer en ese campo magnético que la imantaba a él, obviando leyes tan básicas como la gravedad al aterrizar sobre la alfombra, un desliz que les hizo reír como críos.

Tendido frente a ella, Devon acarició su rostro.

—Creo que este es el mejor Día de las Luces.

Nínive sonrió.

—¿Y ahora? —preguntó—. ¿Qué soléis hacer?

—Hum… —Devon fingió pensarlo—. Por lo general, hay un baile, pero confieso que prefiero quedarme contigo en esta alfombra el resto de la noche.

—Lo dice quien se horrorizó cuando le pedí lo mismo estando en la abadía.

—Eso era totalmente distinto. No te conocía muy bien y temía que el rumor acabase en el Le Sang. Aunque, todavía recuerdo cómo te me quedaste viendo… —Devon rio cuando ella le dio un golpe en broma, hundida en su propia vergüenza—. Me encanta que me veas así.

—Tú haces lo mismo.

—Exacto.

Se miraron en silencio, hasta que la incontinencia los venció y sus labios volvieron a unirse sin prisa, terminando de expresar lo que no habían podido decirse en la abadía, cuando sentían que no había oportunidad para ellos.

Era como saldar una deuda antigua; un beso por cada palabra no dicha, una caricia por cada confesión reprimida. Eran besos cargados de dulzura. Otros, llenos de añoranza.

Varios lirios de su cabello cayeron, pero volvieron a acomodarlos en su lugar cuando se pusieron de pie. Devon propuso dar una vuelta por la abadía y Nínive aceptó. Sin embargo, un ligero temor atravesó su mente a la vez que se calzaba el par de tacones apoyada en los hombros de él.

—Antes de irnos, ¿podrías…? —Indicó las cintas del corsé, tan asfixiantes que temía por una obstrucción—. Odette lo ha ajustado demasiado.

Los ojos de Devon descendieron sin discreción alguna a través de su cuerpo. Nínive sintió que la sangre comenzaba a bullir en su interior de solo imaginarse lo que podría estar pensando.

—¿Quieres que…?

—Aflojar el corsé un poco. Por las dudas.

Agradeció que no hiciera más preguntas. Aun así, no realizó la tarea con el mismo profesionalismo que Odette: al situarse detrás de ella, una de sus manos rodeó su cintura y la atrajo hacia él, adhiriendo su espalda a su pecho.

—Creo que el problema no es el corsé, sino que tú no estás respirando, dionummea —murmuró cerca de su oído.

Nínive puso mala cara, pero no borró la sonrisa de su rostro, al contrario: sus ojos centellearon antes de hundir sus labios en el recodo de su cuello, haciendo que ella se aferrara al antebrazo que contenía su cintura cuando él encontró un punto sensible capaz de convertir sus piernas en gelatina.

—No es mi intención hacerte enfadar —susurró antes de apartarse. Nínive respiró hondo, procurando calmar sus pulsaciones. Entonces lo notó: el corsé ya no apretaba—. ¿Mejor?

Ella asintió.

La mejor decisión fue la de tomar aire fresco.

La cálida brisa del anochecer los envolvió con sus notas acuáticas y almizcladas.

Olas mansas se arrastraban perezosamente por la costa.

Las tiendas estaban cerradas. Los restaurantes habían encendido sus farolas.

Nínive notó que había tocados florales en las mesas, luces y flores en las ventanas de las casas.

—¿Conocen el motivo de tanta decoración? —preguntó.

—Lo dudo —contestó Devon—. De seguro piensan que festejan el día de algún santo o algo por el estilo.

Nínive torció el gesto. Era una pena que fueran los únicos.

Después de un paseo cual centinelas a orillas del pueblo, ascendieron de regreso a la abadía a través del laberinto de pasajes y escaleras. En lugar de atravesar la puerta principal, escogieron un sendero lateral salpicado de hiedra en los muros y rosedales.

—Baley piensa que bailaremos el Primumfuga —dijo Devon—. Había músicos en el claustro cuando me dio los lirios.

—Yo… no es que no quiera bailar contigo, sino que…

—Lo sé. Por eso no quiero ir. Si pregunta, le diremos que nos hemos perdido. Además, no hay necesidad de bailarlo en público; se supone que es un momento agradable.

—Pero… ¿bailaremos?

Devon la ayudó a bajar una serie de escalones de piedra decorados con velas al final del camino.

Desembocaba en un pasaje con árboles cuyas copas formaban un toldo que los salvaguardaba de la vista de terceros.

De sus ramas pendían largas guías de luces, cual cortinas hechas de luciérnagas.

Se asemejaba a un pequeño jardín encantado, limitado por setos bien podados y muros grises

Nínive tuvo especial cuidado de no pisar ninguna raíz sobresaliente mientras ambos se adentraban en la cortina brillante.

—Compite con la decoración de la abadía —comentó Devon.

—Es hermoso. ¿Cómo lo financian?

Devon cerró los ojos.

—Siempre tan romántica… —murmuró con el asomo de una sonrisa—. Por ser una extensión de la Orden de San Miguel, mi abuelo debió haber destinado fondos. Seguramente les dejó varias reliquias; bastaría con una tiara para obtener un par de millones.

Nínive dejó los ojos bien abiertos. Recordó el montón de diamantes que tenía el broche en su cabello y por instinto guio una mano a su cabeza, asegurándose de que estuviera bien aferrado.

—Podrían haberles dejado la Mona Lisa.

—Nadie les compraría algo así en el mercado negro.

Nínive arqueó una ceja.

—Prefiero no preguntar cómo es que sabes eso.

Devon sonrió.

—Muy sabio de tu parte. —Miró hacia arriba, admirado por las lucecillas. Su expresión se contrajo al escuchar algo.

Nínive aguzó el oído, percibiendo lo mismo. A la distancia, una orquesta parecía afinar sus instrumentos.

—Deben ser los músicos que mencionaste —dijo Nínive. No obstante, Devon seguía absorto—. ¿Ocurre algo?

—¿Uh? No. Solo… Creo que es la primera composición.

—¿El Primumfuga?

No le pasó inadvertido cómo él comprimía sus labios al asentir.

Algo quería decir. Tampoco necesitaba ser adivina para deducir qué lo turbaba; le había descrito cuán importante era el Día de las Luces.

Podía no comprenderlo, pero lo veía: cada gesto, cada sonrisa, cada una de las luces que habían encendido en el monte…

—¿Quieres bailar? —se atrevió a preguntar. Él fijó su mirada en ella—. Probablemente salga mal, pero… Dudo que los Dioses nos maldigan por ello, ¿no?

Devon hizo una mueca.

—De acuerdo con los Septem Sacris, equivocarse implica que la pareja no está destinada a estar junta. Rara vez dos sangbìbiers continúan con la relación si eso sucede.