REX REXUM 47 #2
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47 #2

—Mi trabajo consiste en salvaguardar tu vida.

Nada de lo que digas cambiará ese hecho; representas la dignidad de un pueblo y pienso defenderla sin importar qué.

Lo cierto es que me gustaría saber si… —Devon humedeció sus labios—.

Quiero saber si debo mantenerme a tu lado únicamente como soldado.

Puedo hacerlo; muchos reyes terminaron en matrimonios por conveniencia.

Pero hoy es el Día de las Luces. Un soldado abriría el libro, leería la lista de sospechosos y empacaría.

Un afín… Un afín se aseguraría de bailar el Primumfuga.

Así que, tú decides cómo termina este viaje, Bryce: ¿juntos o cada quien por su cuenta?

«Juntos», volvió a zumbar la vocecilla en su cabeza, pero era secuestrada por los malos recuerdos, las malas experiencias, las grandes humillaciones.

—Yo… No sé bailar —murmuró.

Dedujo que la indirecta había naufragado al toparse con el entrecejo arrugado de él. Para reforzar el mensaje, caminó hasta su bolso y guardó el medallón. De regreso, se debatió cómo diablos decirlo sin sonar cursi.

—No tengo idea de qué significa el Día de las Luces. Kina y Jeff mencionaron que era un asunto importante.

—No tienes que involucrarte si no quieres. Tampoco tienes que seguir con todo el asunto de la lista. Teníamos un trato: tú me ayudabas a hallar el Rex Rexum y yo levantaba el código rojo. Investigar conmigo no es una imposición, Bryce.

—Ya deja de decirme así —masculló—. Si algo de lo que has dicho es cierto, deja de llamarme así. No quiero que me llames «Bryce». Tampoco quiero dejar de investigar contigo ni…

Su corazón se tropezó al ver cómo Devon daba un paso firme al frente, luego uno más, otro y…

Sus manos ciñeron su cintura.

—¿Qué quieres de mí, dionummea? —Su mirada se oscureció al anclarse en sus labios.

Nínive sintió que se derretiría en sus brazos. La leve presión de sus manos revolucionaba su interior cual nube de electrones expuesta a altas temperaturas.

—Todo —confesó con la vista fija en el lirio de su traje. Alzó el mentón y reunió el coraje necesario para mirarlo—. Te quiero a ti, pero me da miedo decirlo. Detesto la idea de que todo sea una farsa y que solo…

—¿Puedo trenzar tu cabello?

—¿Qué?

Devon elevó las comisuras de sus labios.

—Es el Día de las Luces. Todos usamos un lirio, como el que traigo aquí —indicó su pecho. Se apartó para recoger el ramo de flores—. Es un recordatorio de que tenemos a alguien especial esperando por nosotros en alguna parte del globo.

—Oh. ¿Y el asunto del cabello…?

—Ven. —Devon tiró de su muñeca.

Ella lo siguió hasta la butaca frente al tocador y tomó asiento.

—Según los Septem, Lucien le obsequió lirios a Lilith y ella los puso en su melena. Es por eso que niñas y mujeres decoran su cabello con lirios. Las trenzas son perfectas para colocarlos sin que se caigan.

—¿Lo sabes por experiencia? —lanzó Nínive.

Vio por el espejo cómo Devon curvaba la boca.

—Así es —respondió, y el estómago de Nínive dio un vuelco. Estuvo a punto de pedirle que soltara su cabello, pero entonces él continuó hablando—: Marie-Helénè me enseñó. Me decía que era una habilidad útil, pero sospecho que la muy listilla buscaba un peluquero a tiempo completo.

Nínive sonrió.

Un ligero cosquilleo recorrió su cuerpo cuando los dedos de él rozaron su oreja.

Algo se agitó en su pecho al verlo sumido en las dos trenzas que armaba con la intención de unirlas por encima de la melena ligeramente ondulada.

Seguía vistiendo de gala, pero le reconfortó hallar a Devon detrás de toda esa fachada.

—¿Alguna vez la amaste? —preguntó bajito. Elevó la vista y se cruzó con su semblante confundido—. A Marie-Helénè. Ibais a gobernar juntos, ¿no es así?

Devon formó un mohín.

—Nunca pude verla de ese modo. Cuando mi padre debía trasladar ejércitos al norte, yo me quedaba en su casa, cercado por la Guardia Real y un escuadrón de Dragones Negros. Recuerdo oír a Herald decir que era una mala influencia para su hija porque rayaba las paredes.

—«Todo un criminal».

Él rio.

—En mi defensa, tomar té con los peluches de Marie era tedioso.

A veces me escondía en un armario con tal de no hablar con «Señor Bigotes» o «Gatito Dormilón».

Los veranos eran más divertidos; podíamos jugar en la piscina.

Como verás, crecí junto a ella. Es parte de mi familia y sé que ella siente lo mismo.

Ambos estábamos dispuestos a casarnos por el bien del reino, no porque sintiéramos algo.

Y si debo ser honesto, varias veces entré en pánico al recordar nuestra obligación de tener herederos.

—Ella… ¿Cómo crees que le pudo haber sentado la noticia de Elysabeth, saber que no será reina?

—Elysabeth tampoco será reina —soltó como si nada con el último lirio entre los labios conforme ajustaba el anterior—.

Pero creo que estará bien. Tiene la posibilidad de encontrar a su afín.

Créeme, es lo mejor que puede pasarte siendo parte de los linajes.

—Devon contempló el resultado al ladear la cabeza—. Me parece que he terminado.

—¿Tengo una trenza o un nido de pájaros?

Él la fulminó con la mirada.

—Para tu información, trenzo cabello desde los diez años. Soy un experto. No ha quedado mal, pero… —Rebuscó algo en su bolsillo—. Esto hará que quede perfecto.

Nínive atisbó el reflejo de un objeto brillante y se dio vuelta.

Devon sostenía un broche dorado. Era un lirio blanco con hojas verdes formado por decenas de piedritas traslúcidas, y no parecían ser de plástico.

A ambos lados de la flor había dos alas que se interceptaban con pequeñas hojas de enredadera en la base.

Lucía antiguo, demasiado real como tratarse de una baratija de los puestos turísticos.

—¿De dónde lo has sacado?

—Es… —Devon infló su pecho. Por primera vez en su vida, lo oyó flaquear—. Era de mi madre.

Nínive se levantó.

—No. Ni se te ocurra. No puedo… —Enmudeció cuando él volvió conducirla a la butaca con delicadeza. Los nervios se triplicaron al verlo de rodillas.

—¿Recuerdas lo que te pregunté, eso de pelear juntos o cada quien por su cuenta?

Nínive asintió.

—Creo que es un buen momento para oír tu respuesta —insinuó—.

De estar con vida, mi madre te obsequiaría parte de la colección de joyas que posee mi familia.

Sobre todo, en un día como hoy. Por eso me las dejó en su testamento.

Mi padre dijo que era muy unida a la reina Ana; solían confeccionar piezas como estas teniendo en cuenta la unión de ambos linajes.

Estoy seguro de que ella habría insistido.

Por otra parte, esto de aquí… —Devon sacó otra joya, una más elaborada—.

Es el prendedor de mi familia. ¿Sabes lo que significa?

Nínive negó, contemplando aquel dragón plateado que sostenía una esmeralda en forma de corazón. Bajo él, ornamentaciones espejadas se intricaban y se adherían a una flor de lis plateada y verde, de la cual pendían tres hileras repletas de diamantes y esmeraldas.

—En Sangbièrre seguimos una vieja tradición —explicó—.

Cada familia diseña un prendedor por cada nueva generación.

Es el que se le obsequia a un afín. No hay dos iguales.

Si esa persona acepta el prendedor, acepta unirse a quien se lo ha dado.

Equivale al anillo que los terrestres usan en su dedo anular.

Nínive tragó saliva.

—¿Un… un anillo de compromiso?

—Por eso digo que tú eliges. Podemos posponerlo.

No tienes por qué usarlo hoy. Quería que conocieras su significado.

Muchas parejas entregan el prendedor de su familia en el Día de las Luces.

Si debo ser franco —Devon contempló la pieza con ojos desenfocados—, pensé que nunca lo sacaría de su escondite.

—Pero… ¿No se lo habrías dado a Marie-Helénè?

—No. Le habría obsequiado uno tradicional; los broches de los DeBlanckfort siempre han sido de oro blanco y ónix, colores de nuestra casa.

Sin embargo, a la hora de diseñar este… pensaba en ti.

—Nínive contuvo la respiración cuando él posó sus ojos en ella—.

No sabía tu nombre ni dónde estabas, pero LeBlanc me había convencido de que llegarías.

—Él pertenecía a la Orden de Lyss.

—Exacto. Lo sabía, pero no podía decirme.

Por eso, a medida que se acercaba mi cumpleaños, encargué un prendedor simple.

No creía que fueras a llegar, y prefería guardar este en una bóveda antes que verlo en alguien que en verdad no amaba.

—Deslizó el pulgar por el corazón esmeralda—.

En teoría, tendría que haber utilizado negro, pero ya sabes que tras el 97 dejó de significar algo bueno para mí.

Preferí combinarlo con los colores de los Boge, azul y dorado.

Es algo distinto a lo que se estila en la casa DeBlanckfort, pero su significado es el mismo: soy tuyo.

Mi corazón es tuyo. A menos que no quieras, claro.

Nínive quedó hechizada, admirando el corazón que sostenía el dragón plateado.

Así era como Devon le entregaba su corazón: sin preámbulos, sin indirectas.

Su mirada lucía igual de traslúcida que aquellas gemas, sin dobles intenciones, y lleno de miedo.

Un miedo que ella entendía y por ende le dolía detectarlo en sus ojos.

—¿Qué sucederá si lo acepto? —preguntó.

A él se le escapó una risita.

—De aceptar, me harías el hombre más feliz del mundo. Pero no sirve de nada si lo haces porque te lo pido. Aceptarlo significa que me eliges; que pelearemos, investigaremos y muchas otras cosas juntos. Si no te sientes de la misma forma…

—DeBlanckfort. Podré no ser buena con las palabras, pero… —Su lengua volvió a trabarse—. Yo…

—Tú… —Desplegó una sonrisa perezosa y empezó a recortar la distancia entre ambos—. Deberías dejar de llamarme por mi apellido si no quieres meterte en problemas.

El corazón de Nínive comenzó a martillear contra su pecho al oír lo profunda que había sonado su voz, una oscura promesa que la intimidaba y excitaba por igual.