47
NÍNIVE
Nínive desconocía a la persona frente a ella.
El vestido que Odette le había traído tenía flores y hojas doradas desperdigadas a lo largo del escote.
La falda acampanada con múltiples capas de gasa acababa en sus rodillas y se ajustaba —demasiado— en la cintura.
La pieza terminaba en dos tirantes anchos color «crema», aunque para ella era blanco.
—¡Blanco, no, qué esperanza! —Odette había pegado el grito al cielo—. El blanco solo se utiliza en bodas, querida. Blanco y verde, sí, lo recuerdo a la perfección.
Nínive cerró el pico. Dejó que la mujer de rulos alocados ajustara el vestido en la habitación que le habían cedido. DeBlanckfort tenía un cuarto para él, y ella no podía estar más feliz —y decepcionada— al respecto.
Habían recorrido el pueblo costero por la mañana, lo cual no implicaba extensas distancias porque había una decena de calles. Las pintorescas callejuelas con banderines, estandartes y pasajes adoquinados de San Miguel eran como un viaje en el tiempo.
La mayoría de las tiendas ofrecían postales, antigüedades y un sinfín de suvenires para los turistas. Había restaurantes con platillos tradicionales, pero a ellos les había llamado la atención una crepería. Nínive nunca había visto una y Devon nunca había probado un crep.
Después de transitar por la calle principal, recorrieron la fortaleza encargada de proteger el monte en tiempos de guerra. No obstante, las gaviotas se llevaron el protagonismo, encargándose de convertir a DeBlanckfort en víctima de hurto cuando le robaron su crep.
—Se supone que comen peces —había protestado, totalmente indignado mientras seguía con expresión resentida al ave que se lanzaba en picada al mar.
Nínive rio.
—Pues sí, se alimentan de pequeñas criaturas marinas, pero son muy inteligentes, ¿sabes? Imitan a los pescadores y utilizan comida como carnada. Debes darles crédito por su astucia.
Devon solo les dio una mirada ceñuda.
Así había transcurrido el día y así había caído la tarde: un desperdicio.
En el fondo, Nínive deseaba tener muchos días así.
Días llenos de tiempo para derrochar, sin reloj, sin dieta, sin temor a una obstrucción…
y a su lado. Pese a que nunca se lo dijera, quería pasar muchos días junto a él.
Sin embargo, la realidad le cayó encima cual yunque al reencontrarse con su reflejo.
Las ojeras, la palidez, la fatiga… Todo seguía intacto.
No había vestido ni color crema capaz de disimularlo.
Se tambaleó al calzarse los zapatos de tacón con diminutas enredaderas doradas. No eran buenos para su circulación —tampoco el corsé del vestido—, pero una parte muy estúpida de ella buscaba lucir bien.
«¿Para qué te molestas?», siseó el rincón más lóbrego de su cabeza.
Parecía una ingenua a quien nunca le habían despedazado el corazón.
Una persona idéntica a su versión de niña, la que creía que las hadas habitaban en los bosques y quería hallarlas para pedirles un deseo: curarse.
No tardaría en enterarse de que todo era una fábula.
¿Padecería del mismo destino la extraña en el espejo?
No estaba segura.
De verdad intentaba aferrarse a las promesas que Devon había hecho, pero algunos miedos tenían raíces más profundas que los diminutos brotes de esperanza que él había sembrado.
Su mente estaba fragmentada: una parte quería salir corriendo a su encuentro, la otra repasaba aquel día lluvioso en la estación de autobuses.
Esa parte estalló en pánico cuando llamaron a la puerta:
—¿Niv? ¿Estás lista?
Nínive quiso correr, pero traía tacones por primera vez y casi acabó en el suelo.
—Maldición. —Se descalzó y fue en puntillas—. ¡Ya voy!
El mundo se olvidó de rotar cuando abrió la puerta.
La persona frente a ella no se parecía en nada al chico de camiseta y cabello revuelto con el que había visitado Gante. Si se trataba de un error, no quería devolución.
Devon vestía un traje blanco y corbata dorada.
Probablemente no era blanco, sino una tonta tonalidad exótica, pero a primera vista daba esa impresión.
Su cabello negro lucía impecable, como en los óleos que había visto en su casa.
A ambos lados sobresalía una tiara de oro con hojas de laurel que cubrían sus sienes.
Lucía… Lucía como lo que era: un príncipe. Un príncipe de pupilas dilatadas que había inflado su pecho al verla, pero que no dijo nada.
—Tú… —Nínive decidió romper el hielo—. Te ves…
Él arqueó una ceja.
—¿Impresionante?
—Aseado —contestó a secas.
—Vaya. —Arrugó el ceño—. Y eso que me ducho a diario. Me gustaría ser tan arisco como tú, dionummea, pero… —Nínive se tensó cuando él la recorrió con la mirada—. Te ves más bella que cualquiera de estas flores.
Dejó al descubierto un ramo de lirios blancos, algunos comunes y otros del valle, como el que traía en la solapa del traje.
—¿Dónde…? ¿De dónde las has sacado? —preguntó Nínive.
Estaba segura de que el monte no tenía florerías.
Lo estaba porque Devon había insistido en recorrer cada callejón para no «romper con la tradición».
Incluso había llegado a preguntarle a un par de ancianos si tenían lirios en sus jardines, una insistencia que ella no sabía si catalogar como tierna o exasperante.
—Tuve suerte. —Devon entró a la habitación y Nínive cerró la puerta—. El señor Baley tuvo la amabilidad de cederme un par de ejemplares después de recorrer la montaña sur en vano. Tiene un batallón de personas decorando la abadía. Intenté pagárselos, pero por poco me saca de allí a las patadas.
—Oh. —Nínive reprimió una sonrisa al contemplar su rostro desconcertado—. Han sido un obsequio.
—En verdad quise pagárselos. Pregúntale.
—Te creo. Por eso digo: el señor Baley quiso dártelos sin exigir nada a cambio. Un regalo.
DeBlanckfort y su orgullo torcieron el gesto.
Se rehusaba a admitirlo y a Nínive le resultaba gracioso.
Comprendía el afán por ser autosuficiente, y comprendía aún más su origen: el miedo.
El temor a ser tildada de incapaz. Tal vez fue eso lo que terminó de derretir su coraza e hizo que, a paso inseguro, se aproximara a él.
Vaciló un poco, acobardada por su reacción, pero alargó una mano temblorosa y se esforzó para no dar marcha atrás al tiempo que tocaba su mejilla. Era suave, tibia… y que él le devolviera la mirada hacía que la sensación resultara hipnotizante.
—Es normal aceptar obsequios de vez en cuando —murmuró perdida en el gris de sus iris, hasta que recordó el motivo por el cual lo decía. Entonces se apartó—. Es más, hoy, mientras tú veías esa colección de juguetes bélicos…
—Espadas forjadas en la Edad Media.
—Lo que sea. —Nínive se desplazó hasta su bolso. Allí había guardado una compra que no sabía por qué la había realizado. O sí, pero era mejor fingir que había sido un impulso—. Ten.
Devon juntó las cejas cuando ella le entregó un nuevo regalo. Acogió el peluche negro en sus manos, estudiándolo como si fuera una nueva especie de arma.
—Es un dragón —aclaró—. Sé que puede resultar un poco infantil, pero…
—No. —Devon sacudió la cabeza, enfrascado en el animal sacado de una película para niños, detalle que no pensaba confesarle—. Me agrada. ¿En serio lo compraste para mí?
—Por supuesto. ¿Para qué querría un dragón?
«Oh, no». Selló la boca ni bien cayó en la cuenta.
Devon dejó de juguetear con el peluche. La decepción extinguió el brillo de los ojos que ella siempre comparaba con litio.
«No, no, no…», gimoteó por dentro, consciente de que había metido la pata, aterrorizada porque necesitaba cirugía de corazón abierto para rectificarse, pero no quería exponerlo.
—Yo…
—Está bien.
«No, no lo está», supo al avistar la vena de su cuello.
No estaba bien porque su lado más valiente se abalanzaría sobre él como si fuera un libro de bioquímica.
No estaba bien porque el litio de sus ojos amenazaba con oxidarse.
El tono de voz helado como un témpano había vuelto.
La magia que había cosquilleado en las puntas de sus dedos había desaparecido.
DeBlanckfort depositó el peluche y las flores en la cama. Sacó de su chaqueta un objeto envuelto en un pañuelo de seda.
—Baley me entregó los medallones —explicó—.
Dijo que los encontró justo a tiempo, lo que sea que eso signifique.
Por lo visto, cada medallón incluye una profecía para su portador.
—Cuando la miró, Nínive contuvo el aliento.
Se sintió como una idiota al percatarse de que él esperaba que tomara el dije—. Supongo que la búsqueda ha terminado.
Nínive permaneció callada.
Las yemas de sus dedos percibieron los surcos de las alas de aquel león solitario. Tan solitario que se preguntó dónde estaba la otra mitad. «Frente a ti —se dijo—. La otra mitad está frente a ti».
—¿Abriremos el libro ahora?
Devon se encogió de hombros.
—Eso quería preguntarte. Al insertar el medallón en el libro, una aguja recolectará una gota de sangre. Cada muestra abre un candado. Supongo que será una prueba más «científica» para ti.
Nínive ansió escupir cualquier palabra que cambiase el rumbo de la conversación, mas no disponía de ideas. Ni de práctica.
—Vine porque, cuando abramos el libro, la investigación se reanudará. Volveremos al reino, estará hecho un desastre y… necesito saberlo: ¿pelearemos juntos o por separado?
«Juntos», pensó, pero su cuerpo permaneció estático.