46
MARIE-HELÉNÈ
Patrice lloraba sin consuelo sobre el regazo de Marie-Helénè.
—Lo siento. Lo siento tanto…
Ella acariciaba su cabello blanco, conteniendo las lágrimas.
—No es tu culpa. No es culpa de nadie.
Una parte de su alma se resquebrajó en el momento en que él se aferró a sus piernas, hecho un ovillo sobre la cama. Nunca lo había visto así. No desde que eran niños.
—Yo te amo a ti —gimoteó—. Es a ti a quien amo…
—Lo sé. —Marie-Helénè tiró su cabeza hacia atrás para que las lágrimas no le cayeran a él.
Acarició su espalda en un pobre intento por calmar los sollozos.
Sin embargo, no consiguió pronunciar las palabras más importantes.
No pudo decirle «Te amo». Si él era candidato a rey, estaba atada de pies y manos.
Nadie osaría traicionar a la corona de esa manera.
Lo amaba. Lo adoraba. Tanto que prefería estrujar su corazón y no acarrearle problemas, así como él lo había hecho con ella semanas atrás.
Ese era el gran dilema cuando se trataba de la corona: muchos la anhelaban sin detenerse a pensar en sus implicaciones.
Lo único que ella podía hacer era ofrecerle la falda de su vestido a modo de pañuelo, una caricia para lidiar con la angustia, acompañarlo en el sufrimiento mientras, afuera, cientos de fuegos artificiales proyectaban luces coloridas que resplandecían en sus rostros grises.
Hoy había un triunfo en la monarquía, una derrota en sus corazones.