REX REXUM 45 #3
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45 #3

Como de costumbre, el silencio se apoderó del claustro.

En medio de la penumbra, Kina buscó la mano de Jeff. Su corazón latió con fuerza cuando sus dedos se entrelazaron.

Patrice guio a Elysabeth hacia el centro del círculo iluminado.

Kina contuvo una sonrisa al percibir que Jeff imitaba sus pasos sin darse cuenta.

Siempre se inquietaba cuando estaba nervioso, pero esta era la primera vez que sus pies seguían un ritmo en particular al agitarse.

Patrice se ubicó a espaldas de Elysabeth, tal y como se relataba en el Primer Códex: Lucien había visto a Lilith por primera vez en las praderas de Luxir.

Ella cuidaba de un rebaño de ovejas y él recogió flores antes de acercarse y presentarse.

Por eso Patrice se aproximó a Elysabeth con un ramillete de flores artificiales con gemas incrustadas, simulando el polvo de las estrellas con el que Lucien las había rociado.

Elysabeth lo aceptó y dejó que él lo colocase en su muñeca.

En ese instante, Kina comprendió que pronto sería ella quien recibiría un ramillete. No obstante, su burbuja se pinchó cuando Jeff soltó su mano y se echó al suelo a gatas, tanteando el césped con ambas manos.

—No, no, no, no, no…

«Lo ha perdido», supuso, pero por algún extraño motivo le causó gracia. Jeff empezó a arrastrarse entre los invitados y ella lo siguió con cara de disculpas.

—¿Qué es lo que haces? —susurró.

Jeff la ignoró. Estuvo a punto de volver a preguntárselo, pero entonces él empezó a revolver los bolsillos de su pantalón con saña, hasta que una expresión de alivio cubrió su rostro al tirar la cabeza hacia atrás.

—Por todos los Dioses. Gracias —dijo al besar el objeto que había hallado—. Gracias, gracias, gra… —Sus ojos se duplicaron en tamaño al caer en la cuenta de que ella lo había seguido a través de la multitud. Entonces se incorporó cual resorte—. Hum, yo… No es lo que piensas.

—¿Qué es lo que pienso? —musitó Kina.

Ambos vieron hacia el espectáculo que acontecía bajo los reflectores cuando todos aplaudieron; Patrice elevaba a Elysabeth al sujetar su cintura, simulando el vuelo de los Dioses.

Al regresar la mirada, Jeff tragó saliva.

Kina sentía el pulso acelerado. Quizás estaba loca, pero había creído ver un anillo. Un anillo con un diamante. En Sangbièrre, los diamantes se reservaban exclusivamente para un tipo de anillos. Pero esos anillos eran muy costosos, por lo que sacudió la cabeza y dejó de hacerse ideas raras.

—No pasa nada si no has traído un ramillete.

—¿Qué? —Jeff tardó en reaccionar—. ¡Por supuesto que lo he traído! ¿En verdad crees que…? —Su mirada cambió. Fue sustituida por una más triste—. Creíste que lo olvidaría, ¿cierto?

«Sí».

—No. —Kina negó con un nudo en la garganta.

Intentó mentir, pero él la conocía como la palma de su mano; era el único que notaba cuando ella fingía que la tarta de la señora Wagner estaba exquisita, el primero en animarla las pocas veces que no conseguía un diez de diez en la secundaria.

Porque la conocía, y sabía que se avergonzaba de confesar algo tan feo, Jeff no tardó en estrecharla en sus brazos.

—No he olvidado ni un solo detalle —murmuró. Se apartó para acoger sus mejillas—. Este es nuestro día, ¿de acuerdo?

Kina asintió, esforzándose para no lagrimear de la emoción.

Jeff le dio un pequeño beso en los labios, casi como una caricia.

Ella no le preguntó por ese círculo dorado de metal y él la guio a la pista de baile cuando la prensa y los linajes se retiraron.

En simples palabras, había cumplido su promesa: un ramillete rosa y blanco terminó en su muñeca cuando él se acercó a ella.

Todos veían en su dirección, una de las pocas parejas en bailar el Primumfuga, pero ella solo podía verlo a él.

A él y a esa sonrisa traviesa.

Nada más.

Ignoró el vértigo que se arremolinó en sus tripas cuando la alzó en sus brazos.

Ignoró la vergüenza que sintió al pisotearlo sin querer.

También ignoró las mariposas que revoloteaban inquietas en su interior cuando, al llegar al final de la pieza, sus manos se unieron, así como sus miradas, quedando muy cerca el uno del otro.

Esos ojos verdes volvían a mirarla con deseo, una clase de deseo que no había experimentado hasta aquel primer beso.

Así fue como se dio cuenta: quería a Jeff.

Lo quería en formas que le costaba admitir, aun cuando todo su cuerpo anhelaba la sensación de sus manos contra su piel. ¿Cómo decirle algo así? ¿Cómo explicarle que tras años de anhelo se sentía lista? ¿Cómo expresarle que quería cerrar su círculo con él, nadie más?

Los más conservadores esperaban hasta su boda, pero… no era una regla.

La música concluyó. Los alumnos prorrumpieron en aplausos y festejos cuando una canción muy distante a la clásica melodía instrumental anunció el final del Primumfuga y el comienzo del Día de las Luces.

Los bajos de los parlantes empezaron a retumbar en su pecho.

Las luces adquirieron colores. La noche cobró vida.

Kina miró a Jeff.

Separó sus labios, pero nada salió de allí.

Él sonrió.

—¿Qué sucede, D'Agout? ¿Demasiado moderno para ti?

Sintió que se moría por el bochorno, pero enseguida cayó en la cuenta de que él se refería a la música de fondo, no a sus ideas alocadas.

Jeff empezó a bailar de forma exagerada para hacerla reír. Sin embargo, ni la mayor de las payasadas parecía surtir efecto. Tal vez una copa de champaña roja aflojaba su lengua. O tal vez…

Kina se estiró y lo besó. No quiso abrir los ojos y toparse con su expresión sorprendida.

Se perdió en aquel beso y en lo bien que se sentían las manos de él en torno a su cintura.

Esa calidez era lo único que quería sentir esa noche.

El sabor dulce de su boca era lo único que quería recordar.

O el jadeo que se le escapó cuando ella rompió el beso.

—Eso, es lo que sucede —explicó tan agitada como él.

Los segundos más aterradores de su vida desfilaron frente a ella hasta que él volvió a besarla con vehemencia.

La guio sin romper el beso hacia el final de la pista, donde una pilastra de piedra se encargó de detenerlos.

Pero lo que se cocía entre ellos iba más allá de besos furtivos en un oscuro rincón del claustro…

Entre un beso y otro cruzaron el corazón de la abadía. Uno de sus tobillos se torció por culpa de los tacones y Jeff la alzó en brazos. Dentro de su habitación, todo empezó a dar vueltas: Kina rodeó la cadera de Jeff con sus piernas cuando él mordió su cuello al acorralarla contra la puerta.

—¿Estás segura?

Ella capturó sus labios a modo de respuesta.

«Sí», pensó. Lo quería todo de él, incluso su sangre. Quería sellar ese vínculo y recordar el mejor Día de las Luces para siempre. Porque eso era: aunque el reino se estuviera desmoronando, en su reino, era el mejor día de su vida.