45 #2
Todos aguardaban por el discurso de la princesa Elysabeth. Para ello se había armado un podio repleto de lirios blancos, hortensias verdes y plumas doradas. Al verlo, Kina sintió una puntada de angustia que Jeff captó enseguida.
—¿Qué ocurre?
Ella indicó el atril blanco con el escudo dorado del reino.
—Devon debería dar ese discurso —murmuró—. No es por hacer preferencias; sé que ella tiene el mayor porcentaje, pero…
—En teoría. Terrestre tiene el mismo porcentaje. —Jeff le dio un apretoncito a su mano—. Sé a qué te refieres, pero no hay mucho que podamos hacer.
—Lo sé.
A las seis y media, tal y como habían detallado los organizadores, llegaron los reporteros de la prensa nacional.
Comenzaron a acomodar las cámaras y los micrófonos frente al atril de madera.
La bandera del reino —una flor de lis envuelta por dos ramas de laurel doradas sobre un fondo blanco— flameaba por detrás de las sillas tapizadas reservadas para los linajes y las autoridades.
Los alumnos comenzaron a acercarse. Kina distinguió a la afamada reportera sensacionalista, Louise Dubois, encargada de los chismes sobre la familia real en el Le Sang.
Retocaba su boca con un labial carmín mientras el camarógrafo terminaba de ajustar el trípode de la cámara, más centrada en su rostro que en la llegada de la heredera.
Louise había comenzado su carrera como una seria profesional, con puntos de vista agudos y certeros.
Kina la había admirado, hasta que se dejó llevar por el afán de vender periódicos y obtener entrevistas en la televisión.
Incluso se decía que vendía esos chismes al mundo terrestre.
—¿Cuándo se supone que empieza la fiesta?
—Es un baile, Jeff. Empieza después del discurso inaugural, no te pongas ansioso.
—Ansioso, ¿yo? No estoy ansioso, estoy aburrido. Traeré bocadillos. Presiento que ese discurso me dará sueño.
Kina dejó que se abalanzara sobre la mesa repleta de sándwiches, tartaletas, bombones rojos cubiertos en chocolate blanco y excéntricos tentempiés en bandejas de porcelana.
Cuando regresó, le ofreció un platito con un mejunje de aperitivos.
Ella negó con la cabeza. Alargó una mano para remover restos de merengue que le habían quedado después de zamparse una tartaleta de crema.
Su mirada se dulcificó al ver la reacción de Jeff: quien la contempló en silencio mientras ella buscaba la manera de apagar el incendio que se expandía en su rostro.
Un incendio que se descontroló cuando él cogió su muñeca y lamió su pulgar.
—Olvidé traer servilletas —murmuró, pero sus ojos le decían otra cosa.
—Damas y caballeros, por favor, vuestra atención… —La voz aguda de Nicodème resonó desde el atril.
El ovum había arribado con el Dragon Magnus, miembros del priorato y los linajes reales: la casa Wissorbach, Cÿgnoldart, Tasclainer, Harssbornen…
Los Boge fueron los últimos en aparecer.
Sin embargo, no había rastro de varias figuras importantes, como el conde DeBlanckfort, la infanta Marie-Helénè —a quien se le había dispuesto el título de lady tras la llegada de su prima— y el nieto de los Tasclainer, lord Guillard.
—Me complace informaros que en breve dispondremos de la presencia de su alteza real, la Princesa Elysabeth… —Nicodème tuvo que hacer una pausa cuando los presentes comenzaron a aplaudir y lanzar vítores. Kina y Jeff levantaron las cejas ante un «Viva la reina de Sangbièrre» a todo pulmón.
—Están locos —susurró Jeff con gran disimulo.
Kina conocía el motivo de tanta discreción: un opositor sería tildado de partidario de los Minoritarios.
No sabía cómo ni cuándo había ocurrido tal restricción —o sí, dado que la extracción de sangre forzosa y los titulares mediáticos habían facilitado el respaldo de una nueva heredera—.
Solo sabía que en una foto Devon portaba alas doradas.
Alas que Elysabeth jamás había revelado.
Nicodème retomó la palabra.
—Su alteza ofrecerá un discurso preparado por ella misma, un mensaje de aliento en medio de estos tiempos turbulentos.
En nombre del Santo Templum, os deseamos un muy feliz Día de las Luces.
Que los Dioses os guíen en la búsqueda de vuestros afines.
Sin nada más que decir, permitidme presentar a su alteza real, Elysabeth Boge.
Kina y Jeff aplaudieron con tal de no desentonar. Por impulso, vieron en dirección a los reyes. Distaban bastante en cuanto a su comportamiento; Adort Boge I parecía estar en la luna mientras que Elora Vläsois aplaudía con una sonrisa de oreja a oreja.
Finalmente, custodiada por los guiadas, Elysabeth se adentró en las galerías porticadas del claustro. Desde allí podía verse su silueta entre los pilares de piedra.
Kina se inclinó hacia Jeff.
—¿Soy yo, o ese es Lord Guillard?
Jeff formó un mohín.
—No luce muy contento para tratarse de alguien a quien acaban de darle la corona… ¡Auch! ¡¿Qué?! ¡¿Qué dije?!
—Sabes lo que eso implica.
Jeff comprimió los labios. Era consciente, pero se rehusaba a aceptar una monarquía presidida por Elysabeth y Patrice.
No era personal, era constitucional: Nínive y Devon compartían un mayor porcentaje (si ella resultaba ser una Boge legítima).
De haber dos herederos de igual porcentaje, lo cual era muy inusual, se procedía a la determinación por edad.
Sin embargo, la edad pasaba a un segundo plano si ese sangbìbier tenía pareja; pues las uniones entre ellos dictaban el porcentaje de los futuros gobernantes, por lo que la pareja más fuerte era la que se quedaba con el trono.
Nínive y Devon eran los candidatos legítimos, pero nadie parecía saberlo.
De lo contrario, hacían un gran trabajo ocultándolo.
Elysabeth le dedicó una perfecta sonrisa a cada cámara.
Había escogido un vestido azul hielo de falda amplia a juego con sus ojos.
En su cabello cobrizo habían colocado decenas de pequeños lirios blancos de joyería.
Sin embargo, lo que colmaba la atención de Kina era el prendedor que traía puesto: plata, turmalina negra y rubíes en forma de flor de lis, los colores de los Tasclainer.
La princesa portaba el prendedor de lord Patrice Guillard Tasclainer.
Tal y como había notado Jeff, el chico no lucía para nada contento. Sus ojos violetas habían quedado fijos en un punto distante, como si alguien le hubiera robado el alma y hubiera dejado su cuerpo en forma de cascarón.
Kina no pudo evitar comparar sus expresiones con las de la infanta Marie-Helénè, quien siempre se mostraba radiante y amable con todos.
«La reina perfecta», solían decir en la prensa, pese a que era sabido que su porcentaje no bastaba.
Quizá se sentía tan desdichada como la persona frente a ellos, pero lo había sobrellevado con gracia.
Patrice se asemejaba a un niño paralizado por el miedo, lo cual regresó a Kina al reino de las comparaciones: allí había un Devon capaz de mandar a callar los reporteros.
—Muy buenas tardes a todos. —Elysabeth acalló los vítores cuando se aproximó al micrófono—.
Antes que nada, me gustaría hacer un par de aclaraciones.
Sé que estos últimos días hemos tenido demasiados rumores sobre la corona.
Incluso se me llegó a sugerir suspender el discurso anual…
—Sonrió cuando miembros del público abuchearon—.
Sin embargo, la historia de Sangbièrre es una repleta de héroes, valentía y honor.
No pienso ser la primera en acobardarse y manchar tan gloriosa tradición.
Los aplausos y cánticos regresaron, haciendo que Kina mirara a su alrededor totalmente desconcertada. Desistió de ello cuando Jeff la abrazó por detrás y posó su mentón en su cabello.
—Canta victoria antes de tiempo, pequeño lirio. No te aflijas.
Ella movió la cabeza para besar su mejilla.
Escucharon el discurso colmado de referencias históricas y religiosas como cuando estaban en la primaria y le restaban importancia porque no entendían a la directora.
«Cosas de adultos», solía decir Jeff. En este caso, eran adultos, pero ciertas ridiculeces no valían la pena.
Elysabeth afirmó lo que ya se rumoraba: los análisis habían dado positivo, Sangbièrre celebraría una coronación dentro de dos días.
A Kina se le heló la sangre, pero Jeff calmaba sus miedos con una caricia o un beso furtivo.
Era extraño.
Habían vivido toda su vida con la idea de que Devon sería el coronado, que sería el rey de Sangbièrre, fuera con la heredera o con Marie-Helénè. Ahora tenían a dos personas nuevas a cargo.
Kina no sabía qué esperar. No quería pensar en ello. Mucho menos en ese día.
Elysabeth concluyó su discurso con palabras filosas:
—Quiero que sepáis también que bajo mi reinado ningún traidor ni ningún terrorista quedará impune.
Los criminales pagarán acorde a sus actos.
No hay misericordia alguna que alivie el dolor que han provocado.
En lo personal, os garantizo que Sangbièrre volverá a ser el reino próspero y seguro que los Dioses crearon en primer lugar.
Obraré en favor de los Septem Sacris día y noche para cumplir con mi palabra.
Al finalizar, los reporteros corrieron hacia el centro del claustro, donde se llevaría a cabo el Primumfuga.
Solo necesitaban las imágenes de la princesa y lord Guillard, quienes, una vez acabase la pieza escogida por la corona, regresarían al tercer piso y dejarían que los alumnos festejasen por su cuenta.
Las luces disminuyeron en intensidad. Un reflector iluminó el trayecto de ambos nobles. Los estudiantes se precipitaron hacia la tarima, arremolinándose por detrás de las cámaras para atestiguar el momento histórico: después de siglos, un cien por ciento inauguraba el Primumfuga.
Kina había fantaseado con ese momento muchas veces, pero nunca se imaginó que resultase tan… agridulce. Por lo general, se imaginaba a dos príncipes enamorados, dos personas destinadas a estar juntas y gobernar con justicia.