REX REXUM 45
83%

45

KINA

Kina adoraba cuando su padre le contaba la historia de cómo había conocido a su madre.

Había sido durante el Día de las Luces, en su pueblo natal.

A sus dieciséis años solo buscaba divertirse; cada año competía con sus amigos para ver quién encendía la mayor cantidad de farolas en la calle, empleo por el cual un anciano les pagaba.

Él solía llevarse el primer puesto desde los doce, pero ese año quedó en último lugar.

Así como Lucien había quedado encandilado por la presencia de Lilith, su padre se había congelado en medio de la calle principal del pueblo al ver a su madre.

Su corazón había latido tan rápido que podría decirse que había sufrido de taquicardia, pero no era así.

Sabía que no era así. Él la había hallado.

Había hallado a la persona que había buscado sin saber siquiera que estaba en medio de una búsqueda.

Ella era hija de un comerciante, él vivía en la pequeña panadería de su padre.

Había sido difícil en un principio; las diferencias de clase los había convertido en el chisme de moda hasta que el abuelo materno de Kina comprendió que permitir la unión de dos afines era lo correcto.

Su padre le prometió que cuidaría de su hija.

Años después consiguió un puesto en un banco y se mudaron a París, donde Kina nació.

Jeff siempre había estado allí. Siempre había formado parte del mundo en el cual ella había crecido. No conocía un mundo sin él. Cuando estuvo a punto de hacerlo, todo a su alrededor empezó a marchitarse.

Y es que, si ella era París, Jeff era sus luces.

Lo quería con cada pieza que componía su alma, incluyendo los defectos, esos que habían tensionado la relación durante los últimos días. Esos que ahora mismo la hacían preguntarse si había sido demasiado ingenua al vestirse de gala.

Sentada sobre el baúl al pie de la cama, contempló la falda con varias capas de tul lila y se desinfló en un suspiro.

Clarice la había ayudado a ondular su cabello para luego colocar el tocado floral a un costado.

Martha se había encargado de que sus ojos y mejillas adquirieran color.

Los zapatos eran los más altos que alguna vez se había puesto y, cerca de su corazón…

«Deberías haberlo sabido», pensó al contemplar el prendedor.

Pasaban cinco minutos de las seis, la hora que habían pactado. ¿Qué habría sido esta vez? ¿Un archivo que diera más pistas sobre el pasado de Nínive? ¿Una noticia de último momento sobre ella y Devon? Qué más daba…

Guio una mano hasta su pecho y se quitó el prendedor. No lo odiaba. No podía. Pero tampoco podía darse el lujo de seguir comprando sueños rotos.

Jeff era lo que era; un chico revoltoso y demasiado curioso para su propio bien.

Ella, una romántica sin caso que esperaba a un príncipe inexistente.

A veces las personas no coincidían y punto.

Había que aprender a convivir con esos roces.

Sus padres lo habían hecho: su madre odiaba que él dejara todo en cualquier parte y su padre detestaba los vinilos que ella ponía en el tocadiscos.

Aprendían a sobrellevar ese lado más incómodo del otro.

Kina supuso que las citas no eran el fuerte de Jeff. Sintiéndose ridícula, se reclinó para quitarse los zapatos, aunque un azote en la puerta la hizo dar un respingo y aterrizar en el suelo.

—¡Ya llegué! —Jeff ingresó a las corridas—.

¡No se me ha olvidado, Kina, es que el enchufe de la plancha se quemó y…

! Por todos los Dioses, ¿estás bien? ¿Qué ocurrió?

—Se precipitó hacia ella al divisarla sobre la alfombra rosa—.

¿Son los tacones? No tienes por qué usarlos, pequeño lirio, lucen peligrosos.

Kina formó una línea con sus labios para no reírse.

—Has sido tú quien me asustó de muerte.

—¿Yo? —Jeff rascó su nuca—. Oh. Lo siento. Es que tuve que pedirle al conserje que apagase la llave general de mi habitación por si había un cortocircuito. El muy vago caminaba como un caracol cuando le decía que se apurara.

Kina aceptó la mano de Jeff para ponerse de pie. Sin soltarse, volvió a colocarse sus zapatos. Su corazón aleteó más fuerte al darse cuenta de que con ellos quedaba mucho más cerca de él, más cerca de sus labios, sus ojos verdes, su cabello…

—Vaya. —Ladeó la cabeza al notar el prolijo peinado—. Te ves distinto.

—¿Te gusta? Es decir, sé que soy el más guapo de mi familia, pero, me refiero a si luzco «sofisticado» y «elegante». Ya sabes, como un acompañante serio.

Ella elevó las comisuras de sus labios.

No. No podía odiarlo.

—Luces igual a uno de ellos. —Acarició su mejilla primero.

Después deslizó sus dedos a través del cabello rubio.

Empezó a desacomodar los mechones tiesos a causa de la laca—.

Sin embargo, yo no me he enamorado de uno de esos chicos.

Me enamoré de ti. Podrías haber vestido el uniforme de la universidad y no me habría molestado, Jeff.

Hubo un cambio en su mirada. El verde en sus ojos se había oscurecido. Apenas conseguía parpadear, como si sus palabras lo hubieran tomado por sorpresa. Sus dedos se cerraron sobre su mano, pero entonces protestó.

—¡Auch! ¿Qué diantres…? —Calló al notar el prendedor que Kina sostenía. En acto reflejo, vio hacia su hombro izquierdo—. ¿Por qué no…?

—¿La verdad?

—Sabes que necesito la verdad. Siempre.

Kina hizo una mueca.

—Lo tenía puesto, pero se hicieron las seis, tú no aparecías y… —Sus palabras boyaron en el aire cuando las manos de Jeff acunaron su rostro.

—No me lo iba a perder —aseveró—. No es solo importante para ti, de veras.

Quiero esto. Aunque resulte el peor bailarín del mundo, quiero ir contigo.

Quiero ir a donde sea que tú vayas, D'Agout.

Podré no ser tan puntual como tú, pero… correré todas las veces que sean necesarias para alcanzarte, ¿me oyes?

Kina fue víctima de ese cosquilleo que aparecía cada vez que sus manos la tocaban.

Jeff cogió el prendedor y lo regresó a su sitio.

Cuando volvió a mirarla, ella creyó que su pecho explotaría al ser testigo de esa intensidad que parecía colarse bajo su piel.

Él se inclinó hasta que sus labios se encargaron de robarle el aliento.

Un beso suave, pero evidenciaba el torrente de emociones que los recorría por dentro.

Jeff se aventuró a recorrer su boca con su lengua.

Kina sintió que sus brazos quedaban lánguidos en los hombros de él, permitiendo que la vibrante sensación acaparase todos y cada uno de sus sentidos.

Sus manos en sus mejillas, su boca unida a la suya, la calidez de la piel de su cuello…

Sintió que despertaba del mejor sueño del mundo cuando él se apartó.

—Estás bellísima, pequeño lirio.

Kina se sonrojó. No obstante, reunió el coraje necesario para admirar el traje blanco de Jeff.

El protocolo era simple: colores claros, nada de negro, todo para representar ese amor puro y verdadero que, una vez los atrapaba, no los soltaba.

Lo había visto con sus abuelos paternos, con sus padres, con los Wagner…

Quien decidía esperar a su afín, tenía la dicha de compartir toda la vida a su lado.

La dicha de que cada momento fuera un instante compartido, que su historia resultase ser un dúo en el que, sí, había partes a solas, pero la mejor de las armonías sonaba al estar juntos.

—Tú también luces muy apuesto —confesó.

—¿Como los príncipes de tus novelas?

La sonrisa de Jeff flaqueó cuando ella negó con la cabeza.

—No. Luces como Jeff. Es mejor que cualquier príncipe.

Él sonrió de oreja a oreja y volvió a besarla.

Abandonaron la habitación cogidos del brazo, comentando lo que habían hecho durante el día.

Jeff había tenido dificultades para usar una plancha por primera vez y Kina había vuelto loca a Clarice al no conformarse con el tocado con lirios de su cabello.

No habían tenido tiempo como para ponerse al tanto con el asunto de Nínive y Devon, de quienes no había noticia alguna más que titulares difamatorios.

—¿Crees que está bien? —preguntó Kina.

—¿Terrestre? Por supuesto. Es más, yo me compadecería de DeBlanckfort. ¿Te imaginas todo un día siendo manipulado con juegos mentales? Una tortura.

Kina rio.

Siguieron caminando rumbo al claustro, donde se celebraría el Primumfuga. Luego eran libres de asistir a los jardines o a los balcones del segundo piso, desde donde podía verse el espectáculo de luces que surcaría los cielos.

A pesar de que se sabía el itinerario de memoria, Kina jamás había asistido a la festividad.

No en la abadía. Por eso, cuando el espacio al aire libre quedó al descubierto, se paralizó.

Sus ojos no sabían hacia dónde ver. Habían decorado las arquerías y los árboles con guías de luces y pequeñas hojas verdes.

También había enormes tocados florales que caían desde las columnas hasta el suelo, rodeados por velas encendidas cuya flama titilaba por la brisa veraniega.

La imagen la sobrecogió. Había visto celebraciones mediante el televisor de su casa. Había visto lindos restaurantes en París con decoraciones similares. Pero nunca había visto cómo celebraban en la sede del reino, donde acontecía uno de los mayores despliegues de decoración.

—Es… impresionante.

Jeff tiró de su mano.

Ella lo siguió, embelesada por la hermosura que los rodeaba.

En el claustro aguardaba gran parte del alumnado. El Día de las Luces era el motivo por el cual muchos estudiantes no armaban maletas en vacaciones de verano.

La abadía auspiciaría el primer Primumfuga real en veinte años.

Se buscaba rememorar una era dorada, resucitar una monarquía sumida en un letargo de dos décadas.

Vistiendo sus mejores galas, les brindaba a todos y cada uno de los sangbìbiers ese sentimiento que habían perdido hacía tiempo: la esperanza.