REX REXUM 44 #2
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—Debe de pasar gente por aquí.

—Gente que moriría con picaduras de insectos o arácnidos, es decir…

—Terrestres.

—Exacto.

El pasaje no poseía vueltas intricadas. Estaba constituido por una interminable escalera ascendente, la cual desembocaba en una trampilla de madera cuadrada. Nínive torció el gesto al descubrir que requería de una llave.

—Gasté lo que tenía en la anterior.

—No hay problema. —Devon se adelantó con las ganzúas en mano. Trató de pasar por delante de ella, pero se detuvo en cuanto sus miradas se cruzaron. Nínive contuvo el aliento, gesto que no le pasó inadvertido.

«Si tuviéramos tiempo…».

Quería contemplar ese destello lleno de expectativa por toda una eternidad.

Quería besar esos labios una y otra vez, aunque no se sentía merecedor de ellos.

Era el Día de las Luces y ni siquiera había podido conseguirle un miserable lirio.

La idea de pasar su primera celebración juntos y no expresarle sus sentimientos lo carcomía por dentro.

Fue esa desazón lo que lo impulsó hacia el final del pasaje, donde comenzó a forzar el candado que los mantenía encerrados.

Se centró en el sonido producido tanto por las ganzúas como por los tensores, un arte que todo Dragón Negro pulía con el paso de los años.

El ejercicio le recordó a su examen final dentro de la orden: el reto de la segunda fase implicaba escapar de un congelador industrial cerrado con varios candados.

Hasta el día de hoy recordaba cómo sus manos habían dejado de sentir el metal de la compuerta.

Sus pestañas se habían congelado mientras trataba de oír los diminutos engranajes sin asomar la oreja por temor a que también se congelase.

Al oír el último clic, removió el candado.

—¿Ya está? —preguntó Nínive.

—No es tan vistoso como uno de tus espectáculos químicos, dionummea. Es un arte de bajo perfil.

Percibió la disimulada sonrisa de Nínive antes de girarse y abrir la trampilla.

La luz natural se coló de inmediato en el pasadizo. Altísimos techos con ventanas góticas largas y estrechas los recibieron. El halo anaranjado del amanecer acaparaba el paisaje de fondo, surcado por gaviotas.

—¡Oh! —Una mujer de mediana edad guio ambas manos al pecho. Tenía cejas y cabello pelirrojo enrulado, un rostro redondo con mejillas rojizas. Sus manos dieron pequeños aplausos antes de echar a correr—. ¡Llegaron! ¡Señor Baley! ¡Señor Baley! ¡Han llegado, señor Baley!

Devon se apresuró en ayudar a Nínive.

—¿Por qué tanto escándalo? —masculló ella.

—Lo mismo me pregunto yo. —Echó un vistazo a su alrededor; arcos lobulados, ojivas apuntadas…—. Debemos estar en la abadía del monte.

Nínive inhaló hondo.

—Olor a sal, vista del mar a lo lejos, rastros de moho visibles y… Oigo gaviotas, por lo que, si no estamos en la cima, lo bueno es que las condiciones climáticas se corresponden con las de una roca en medio del agua. Eso es el monte, ¿no?

—La marea baja varias veces —dijo Devon. Vio hacia el final de la nave principal cuando la señora de rizos regresó acompañada por un hombre menudo de cabello gris y bigote del mismo color enroscado en las puntas.

—Ahora comprendo por qué el libro indicaba realizar una restauración —dijo el desconocido—.

Cabello negro, porte solemne y mirada glacial.

Un DeBlanckfort, no hay dudas. —Se detuvo y realizó una reverencia—.

Alteza. Una persona cercana a usted predijo vuestro arribo a nuestras instalaciones la mañana del día de hoy.

También predijo la llegada del León Alado.

—El anciano hizo una reverencia en sentido a Nínive—.

Es un honor, alteza. Soy Virxail Baley, administrador de la abadía. Ella es mi secretaria, Odette Laroche.

—Encantada. —Con una nerviosa sonrisa, la mujer cogió su falda y puso un pie hacia atrás al realizar una reverencia.

—Mencionasteis saber que llegaríamos el día de hoy —dijo Nínive—. ¿Las profecías no mencionaron dejar la puerta abierta?

—Oh, eso fue mi culpa —Odette se cubrió la boca—. Olvidé destrabarlas. Casi nunca bajamos a Notre Dame Sous Terre…

—¿Notre Dame Sous Terre? —repitió Devon.

—Sí —Odette asintió con brío—. Fue uno de los primeros templos en construirse durante el siglo décimo. Se creía que era el primero, pero hace unas décadas se demostró que no es así. La habéis visto de seguro al salir del túnel.

—¿Eso es francés? —preguntó Nínive.

—Es el equivalente al «nuestra señora bajo tierra».

Nínive dejó sus ojos desenfocados.

—«Dragón y león alado, sobre la Dama Bajo Tierra esperan» —recitó ensimismada.

—Oh, pero si tenéis los mismos versos —expresó Odette—. Pues sí, el maestre fundador insistió en que sus reliquias se mantuvieran sobre la antigua capilla hasta la llegada de sus dueños. Es decir, aquí —indicó al expandir sus brazos.

—No os preocupéis —dijo Baley—. Nos estamos encargando del resto de la profecía, altezas. Estoy convencido de que nuestra conmemoración del solsticio de verano será de vuestro agrado.

—¿Solsticio de verano? —cuestionó Nínive—. No vinimos por ningún solsticio, vinimos a buscar los medallones que abren el libro. El Rex Rexum. La Orden de San Miguel tuvo que haberlos dejado aquí hace… ¿Veinte años? —Miró a Devon, quien asintió una sola vez.

Estaba más interesado en la conmemoración del solsticio, excusa utilizada en el mundo terrestre para el festejo del Día de las Luces. ¿Tendrían lirios? Aprovecharía a preguntar ante el primer descuido de Nínive, si es que algo se le pasaba por alto. Quizá, si les preguntaba en francés…

—Ah, sí, las baratijas esas. —Devon fijó los ojos en Baley ni bien oyó «baratijas»—. Las arrojé a nuestro depósito. Hay tantos cacharros antiguos que no podemos cuidar de todos a la vez, pero, como dije: descuidad. Nos hemos puesto manos a la obra; lo más seguro es que para mañana podáis tenerlas.

—¡¿Mañana?! —Exclamó Nínive—. ¿Dónde está ese maldito galpón?

—No, no, no. ¡Qué esperanza! —Odette sacudió un dedo—. No os haremos tocar esos trastos sucios. Vosotros disfrutad de la velada. Además, las calles están casi vacías gracias a la orden de restauración. Podéis prepararos para la llegada del solsticio mientras nosotros nos encargamos de todo.

Devon percibió la mirada llena de desesperación de Nínive.

Esperar suponía un nuevo retraso, pero… Recordó las tradiciones.

Tener a su lirio al lado y pasar el Día de las Luces junto a ella sin un solo gesto de amor era una falta tan grande como la de perder esos medallones.

Nínive no lo comprendía en ese instante, pero él estaba seguro de que algún día estaría al tanto de cada tradición y al recordar su primer Día de las Luces juntos surgirían las dudas.

Esbozó una sonrisa genuina al dirigirse a Baley y Laroche:

—Estaremos encantados de aguardar en la abadía hasta que halléis lo que buscamos.

Odette volvió a dar palmaditas.

Nínive…

—¡¿Qué?!