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DEVON
Las escaleras eran interminables. Habían estado subiéndolas durante un cuarto de hora.
Ascendían adosados a las paredes color terracota porque, si bien los escalones de piedra estaban en buenas condiciones, no había pasamanos.
Un modesto sistema de iluminación mantenía el cavernoso sitio en penumbras y les advertía de alguna que otra piedra suelta en el camino.
—¿Crees que estamos escalando el monte? —preguntó Nínive—. Porque no bajamos tantos metros estando en Bélgica.
Devon miró hacia arriba.
La infernal espiral rojiza se perdía en la oscuridad.
—No me sorprendería. El túnel de Gante estaba a unos quince metros de profundidad. Pero vamos subiendo más de cien metros, eso es seguro.
—¿Cuánto mide la cima?
—Ciento setenta.
—Genial —masculló.
Siguieron acumulando peldaños hasta que, sobre el descanso de las escaleras al final del trayecto, los recibió una puerta medieval con bisagras y pasadores de hierro.
Nínive ladeó la cabeza.
—Todo el día resolviendo acertijos, ¿para un simple pestillo?
Devon llamó a la puerta y asomó el oído. Se percibía una leve vibración a través de la pieza.
—No es un simple pestillo. —Se tornó hacia Nínive—. Una vez se abra, crúzala tan rápido como puedas.
—¿Qué?
—Es un sistema de apertura especial. Se sellará para siempre cuando alguien lo atraviese, tal y como sucedió con el pasaje que Adort destruyó en su castillo.
—Pero… —Nínive echó un vistazo escéptico en dirección al umbral—. ¿Solo uno de nosotros puede pasar?
Devon formó un mohín.
—Es lindo saber que te preocupas por mí, dionummea. Pero no, ambos cruzaremos. La mantendré abierta para que tú pases primero. Luego lo haré yo.
—¿Qué tan seguro estás de que no hay una trampa detrás?
—Hum… Un… ¿diez por ciento?
—¡¿Diez por ciento?!
Devon rio.
—Solo bromeo. ¿Ves esto de aquí? —Iluminó una inscripción en latín—: Anima intrat nec umquam redit. Es como decirnos que «entra un alma y no regresa».
—Todo un alivio.
Él reculó para admirar la polvorienta entrada.
—Es la única opción.
—Yo no diría eso. De ser un callejón sin salida, las noticias francesas contarán cómo se les ha formado un cráter en su estúpido monte, porque yo no pienso quedarme de brazos cruzados cuando podemos volar la puerta en pedazos.
Devon meneó su cabeza.
—Es bueno saber que contamos con una alternativa.
Como le había indicado, Nínive esperó a que él quitase los tres pasadores de hierro, cogió impulso y cruzó la entrada a toda velocidad. Devon la siguió de cerca.
Desembocaron en un espacio más estructurado, pero continuaban bajo tierra, sin luz natural.
Algo confundido, Devon vio hacia atrás.
Nínive contemplaba la puerta de brazos cruzados.
—No entiendo por qué tanta… —Dio un respingo cuando un macizo bloque de hormigón cayó y selló el pasaje—. Prisa.
—Por eso. —Devon señaló la entrada obstruida—. Si detectan un movimiento, los sensores se activan y nos encierran en… ¿Un templo terrestre?
Apagó la linterna dado que la estancia estaba bien iluminada.
—Me recuerda al tercer piso de la abadía. —Nínive evaluó el macizo bloque gris—. Si no encontramos una salida, podemos solucionar ese asunto con un buen ácido.
—Es bueno saberlo.
Ambos analizaron el templo que Devon no sabía si catalogar como auténticas ruinas o restaurado lo más prolijamente posible.
El suelo estaba limpio, a no ser por una ligera capa de arenilla blanca que se desprendía de las uniones entre las piedras.
Arquerías del período románico intercomunicaban el plano dividido en varias secciones.
Una de ellas los guiaba a un altar precedido por los tradicionales bancos de madera parroquiales.
Las paredes eran una mezcla de sillares y piedras irregulares.
Delgadas hileras de ladrillos componían el cabezal de los arcos.
Detrás del templete se erigía una tribuna similar a un balcón.
Un umbral los intercomunicaba con otra pequeña estancia.
Devon asomó la cabeza y encontró una construcción idéntica, solo que esta última poseía una puerta.
—Sabes —señaló las tribunas—, cuando recorríamos templos en Escocia, nuestro guía nos explicó que en tribunas como estas los monjes solían exhibir tesoros o reliquias de gran importancia. Esa puerta debe guiar al resto del lugar.
—No veo escaleras.
—Porque no las hay. Los plebeyos no tenían conexión directa con el cielo; solo reyes y sacerdotes.
Lo que me hace suponer… —Devon se apresuró a echar un vistazo al resto de los pasillos: todos sin salida.
Quedó frente a Nínive y formó una montaña con las manos—.
El monte posee construcciones que se superponen unas sobre otras.
Fue de interés tanto para sangbìbiers como para reinos terrestres durante la Edad Media, pero era casi imposible hacerse con él por la marea.
Se declaró punto neutral después de varias arremetidas fallidas.
En el ejército siempre nos ponen este ejemplo como ejercicio a la hora de planear ataques complejos.
—Contempló la tribuna—. Esta sección es demasiado antigua en comparación con la fachada; tenemos que estar en la base de la abadía.
La única salida posible es hacia arriba.
Nínive enarcó una ceja.
—Lo repetiré solo porque soy paciente: hay puerta, pero no hay escalera.
—No necesitamos una escalera.
—Tú no necesitas una escalera. Yo ni siquiera he escalado un árbol en mi vida. —Tanteó la pared por detrás del altar—. ¿No recuerdas si este lugar está conectado a algo que podamos volar en pedazos?
—Debe de estar conectado a muchos sitios, pero no ignores el hecho de que posee siglos de antigüedad.
—Ugh. —Nínive alzó los brazos—. Entonces, ¿qué?
Devon bajó los bolsos. Revolvió hasta dar con el fondo del principal compartimento, donde había guardado un rollo de soga y la garra dentada con cuatro patas.
—Te tocará llevar el equipaje esta vez —dijo a medida que desplegaba los dientes de la garra e insertaba la soga cual aguja gigante.
—Dime que es broma.
—No. —Devon le tendió la soga a Nínive—. Ayúdame con los nudos; necesitamos uno cada cincuenta centímetros aproximadamente.
Por un momento, vio el desconcierto plasmarse en los ojos negros bien abiertos de Nínive. Sin embargo, no tardó en sentarse en el suelo para anudar la soga, igual que él.
—No necesitas preocuparte —dijo Devon—. Te llevaré a mis espaldas. ¿Puedes cargar ambos bolsos?
Nínive vio por encima de su hombro hacia la tribuna.
—Si esa es la distancia, sí.
—Bien.
Los dos terminaron de anudar la soga en silencio.
Devon arrojó la garra y la aseguró a un bloque de piedra perteneciente a un parapeto en ruinas. Tiró con fuerza varias veces y subió un par de metros solo, cerciorándose de que no cedería.
Cuando cargó a Nínive, no hubo bromas ni comentarios.
La mudez era necesaria; le preocupaba que la vieja roca se transformara en arenilla de un segundo a otro.
Utilizó cada nudo como punto seguro, sin embargo, al alcanzar el borde de la tribuna y comprender que no había saliente de la cual aferrarse, tragó saliva.
Tal y como solía hacer cuando un soldado buscaba derribarlo al capturar sus piernas colgantes, utilizó los codos para arrastrarse tierra adentro, recordándose quién estaba a su lado.
—Arroja los bolsos —masculló cuando la mitad de su cuerpo estuvo contra el suelo.
Nínive se deshizo del equipaje y él terminó de subirlos a ambos, quedando despatarrados a lo largo de la superficie congelada. Devon expulsó un sonoro suspiro. Deseaba quedarse así un rato, pero percibió por el rabillo del ojo que Nínive se levantaba.
Se acercó a la puerta de madera y la tanteó.
—Cerrada —anunció—. No sé por qué me sorprende.
—Maldición. —Devon cerró los ojos. Se incorporó sobre uno de sus codos—. Creo que puedo forzarla con un par de ganzúas.
—Sí…, pero no sería divertido —sugirió ella.
Él ni se molestó en preguntar por sus planes cuando la vio dirigirse a su equipaje.
Había comprendido que era mejor no saberlo.
Vislumbró el maletín abierto de par en par.
Una sonrisa se coló en sus labios al oírla murmurar para sí misma al tiempo que seleccionaba instrumentos.
Al divisar el tubo con termita, sus hombros se tensaron.
—¿Eso para qué es, dionummea?
—Para deshacernos de la cerradura —dijo como si nada.
El corazón de Devon se aceleró, y no necesariamente por lo irresistible que le resultaba verla disfrutar de su trabajo. Nínive acababa de coger el soplete de repostería junto con una tira plateada de metal y la termita.
—No es educado dejar a la gente encerrada —añadió—. Se lo pensarán dos veces la próxima vez.
—Solo espero estar vivo para una «próxima vez».
Ella le lanzó una mirada ceñuda.
—Cállate.
A Devon se le escapó una risilla desconcertada.
El único que le había hablado en modo imperativo había sido su padre. En el ejército. Y solo hasta que completó el entrenamiento. «Nació para dar órdenes», pensó.
Nínive volcó el polvo gris dentro de la cerradura.
—No es como si fuera a explotar, mucho menos con este nivel de humedad.
Pero sí que te derretiría hasta los huesos en caso de tocarla en su fase reactiva —comentó a medida que espolvoreaba el resto sobre el picaporte y el angosto espacio entre el marco de la puerta y la cerradura—.
Muy bien. Ahora…, encendemos un poco de magnesio y…
Nínive echó a correr hacia el otro lado de la tribuna. Devon arrastró los bolsos, por si acaso.
Una fuente de luz anaranjada repleta de chispas centelleó y ardió en llamas, las cuales se apagaron a gran velocidad. Al cabo de un minuto o menos, la puerta se abrió por sí sola.
Nínive le dedicó una expresión triunfal.
—¿Ves? Rápido y divertido.
Devon se mordió el labio.
La puerta, cuya cerradura había quedado hecha jirones, los comunicaba a un pasadizo oscuro y rocoso, donde tuvieron que volver a utilizar la linterna.
—Esto es extraño —dijo Nínive. Sus voces hacían eco.
—¿Qué cosa?
—La humedad es alta, no hay sol… Es el lugar ideal para arañas e insectos, pero no veo nada. Una buena noticia, supongo.