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JEFF
El dormitorio había vuelto a ser un desastre en tan solo unas horas. Jeff había volcado toda la ropa del armario sobre la cama, hasta que la montaña se desplomó en el suelo al tirar demasiado de la manga de la camisa arrugada.
Descalzo frente al escritorio sobre el cual había improvisado una tabla de planchar, trataba de eliminar las arrugas de una segunda camisa.
—¿No has terminado aún? —AJ estaba en altavoz.
—¡La primera se quemó! —replicó más que cabreado, recordando cómo su pie se había enredado en unos pantalones mientras le seguía el ritmo al tutorial sobre el Primumfuga que había encontrado en internet.
Al caerse, la plancha permaneció demasiado tiempo sobre la delgada tela blanca, dejándole una mancha marrón que ni siquiera su abuela Igrid sabría cómo quitar.
—¿Cómo quemas una camisa?
—¡Qué te importa! —Se colgó un par de corbatas en el cuello para no perderlas de vista y volvió a encorvarse sobre el escritorio, enfocándose minuciosamente en la plancha que podría acabar con su única camisa decente—.
¿Por qué no haces algo útil y me dices qué tanto encontraste sobre la heredera sin plumas?
—Podría colgar y dejarte con las dudas si quiero.
—Sí, pero dejarías de tener una valiosa fuente de sabiduría, así que… Suelta.
AJ resopló.
—No es fácil hallar información sobre alguien que permaneció oculto dieciocho años, viejo.
Ni siquiera figura en los registros civiles terrestres; sospecho que el luxirianismo y la Orden de los Fieles han cuidado de ella con sus propios medios.
Estoy husmeando sus cuentas y movimientos de dinero.
Conoces el dicho: quieres la verdad, sigue el dinero.
—Yo prefiero que el dinero me siga a mí. ¡¿Sabes cuánto me costó esta cosa?!
—¿Hablas del anillo? Te recuerdo que no puedo verte, idiota.
—¡¿De qué estaría quejándome, idiota al cuadrado?!
AJ suspiró.
—Te tengo paciencia solo porque estás estresado hasta la médula…
—¡Yo no estoy estresado! ¡Esta mierda deja más arrugas de las que elimina! —Sacudió la plancha por los aires—. Para ti es fácil: no estás a horas del momento más importante de tu vida.
—El momento más importante de mi vida ya pasó; no sabes lo difícil que fue conseguir esa Xbox durante el Black Friday terrestre. Volviendo al tema, ayer hubo una sesión de emergencias en el Tribunal Supremo.
—¿Otra más? ¡Auch! —Jeff se chupó un dedo al quemarse.
—Y no una cualquiera. Pierrick accedió a empezar a mover fichas para que la heredera acceda al trono. Dijo que era la última sesión que presidiría y todo.
—¡¿Qué?! ¡¿Con qué pruebas?!
—Los análisis de sangre.
—Sí, ¡¿y las plumas?! LeBlanc estuvo allí esa noche. ¿No dijo nada? ¡Y Jason! ¿Mi hermano no objetó? Si fuera él, me encontraría asegurándome de que esa chica es la indicada, sobre todo, cuando fui testigo de lo que le pasó a DeBlanckfort.
—Jason no asistió.
—¿Qué?
—A mí también me llamó la atención. Puedo ver dónde se encontraba, aunque no me sorprendería enterarme de que se pasa todo el día frente a las pantallas del DII para dar con el paradero de DeBlanckfort y Bryce.
—¡Él no los…! —Jeff se detuvo a medio camino, recordando lo apegado que era su hermano al estúpido protocolo—. Bueno, sí, sí que lo haría.
—El asunto ahora es que disponemos de… cincuenta y dos horas y treinta minutos para que la nueva coronación se lleve a cabo. Se fijó para el veintitrés de junio.
—¡¿Me estás…?! ¡Auch! Auch, auch, auch, auch…
—¿Estás planchando o te estás depilando con cera?
Apretando los dientes para no soltar un alarido de dolor, Jeff prefirió no contestar.
Una vez consiguió quitar la mayor cantidad de arrugas posible —y con dos dedos vendados—, se colocó la camisa para que las más pequeñas se quitaran con el calor del cuerpo.
AJ le advirtió que no comiera nada, pero él sabía que se colocaría una bolsa de basura encima con tal de comer algo sin estropearla.
Minutos más tarde, volvía a dar vuelta la habitación en búsqueda de dos calcetines iguales.
—Mi madre me enseñó a hacer una bolita con cada par para evitar perderlos.
—¡No los perdí! En casa hacen lo mismo, pero me olvido.
—¿Y cómo le haces para vestir dos iguales cada día?
—¿Quién dijo que uso dos iguales?
Usaba cualquier clase de calcetines: azul con otro a cuadros, uno blanco y otro negro, uno con caricaturas y otro a rayas…
No era como si fuese a reprobar biología por no saberse los colores de las medias.
Además, nadie se fijaba en esas cosas. ¿O sí?
No tenía idea, pero quería lucir prolijo de pies a cabeza.
Era un día importante, tanto para Kina como para él.
Ya la había cagado un par de veces, por lo que, al menos esa noche, quería ser el «chico educado y de buena familia» que los padres de Kina siempre habían deseado para ella.
O eso intentaría, puesto que dudó que el gel para cabello fuera lo suyo al pasárselo frente al espejo.
—Esta cosa es asquerosa…
—Nada como el cabello tieso como una tabla —comentó AJ, haciendo que Jeff colgase la llamada.
Como era de esperar, no habían obtenido avances en menos de dos días. Creía a ciegas en las habilidades de su amigo, pero era consciente de cuánto empeño y hermetismo habrían puesto la iglesia y los linajes en ocultar semejante pieza dentro de su macabro juego de ajedrez.
Sin opciones, aplazó los temas políticos hasta próximo aviso.
Halló dos calcetines blancos y se los calzó antes de que desaparecieran —o de que la plancha se les cayera encima—.
Buscó en cada rincón las corbatas que había apartado, incluso en el cesto de la basura.
Creía haberlas perdido, pero entonces recordó que las traía pendiendo del cuello.
Salió volando hacia el espejo del baño, probándose una por una mientras se preguntaba por qué diablos no le había consultado a Kina de qué color era su vestido.
Supuso que rosa, pero… no tenía corbatas color rosa.
—¡Ugh! —Tiró la cabeza hacia atrás—. Esto es más tedioso que literatura.
Sin embargo, tedioso o no, siguió probándose los accesorios semejantes a una correa para perro. El baile no comenzaba hasta la tarde, pero quería estar listo con tiempo, mucho tiempo.
Prefería pasar todo el día cubierto de nylon antes que olvidarse de algo y arruinarlo.
La abadía ya estaba adornada para la ocasión: había ramos enormes de flores blancas y verdes en cada columna, largas mesas con velas redondas que encenderían por la noche en los jardines. En el claustro seguían añadiendo guirnaldas de luces pequeñitas en cada columna y en cada árbol.
Al caer la noche, el reino se vestiría de gala. Millones de luces brillarían para conmemorar la unión de sus Dioses. Y si tenía suerte, él conmemoraría su unión con Kina.