REX REXUM 42
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DEVON

—¿Querías un medio de transporte? —Devon señaló el vehículo estacionado. El túnel estaba perfectamente pavimentado, con luces señalizadoras incrustadas cada un par de metros.

Acababan de descender varios metros por la oxidada escotilla que habían encontrado detrás de la puerta metálica oculta en la iglesia. El pasaje secreto estaba conectado a una antecámara similar a los refugios subterráneos en tiempos de guerra.

Devon sentía que finalmente estaban a resguardo.

Asimismo, el precio a pagar había sido demasiado alto; Viktor estaba muerto.

Resultaba imposible no preguntarse si el destino habría cambiado de curso de haberlo acompañado a la oficina.

¿Por qué no lo había acompañado? La interrogante deambulaba por su cabeza y no lo dejaba en paz.

Supuso que también merodeaba por el abanico de pensamientos de Nínive, quien no contestó nada, sino que contempló el automóvil con ojos desenfocados.

El mensaje era claro: qué mierda importaba el auto con una pérdida humana de por medio.

—Tú… ¿Qué hiciste allí arriba? —preguntó ella—. Las flores, la Biblia, el cuadro…

—Obsequios. —Devon abrió la puerta del sedán y esperó a que Nínive se sentara a su lado—.

Cada vez que un sangbìbier se acerca a su último suspiro, sus seres queridos le entregan flores y sus pertenencias favoritas.

—Encendió el motor y los faros iluminaron la cavernosa estructura asfaltada—.

Los Septem dicen que nos llevamos aquello que estamos tocando al morir.

Procuramos entregarles objetos significativos para que los conserven en la otra vida.

Nos despedimos antes del último latido porque el mito dice que, de tocarla en ese momento, la persona se lleva tu alma.

Supongo que por eso morimos al poco tiempo de perder a nuestros afines; es difícil que uno de los nuestros se aparte de su afín en un momento tan… devastador.

Sus ojos se perdieron en la hilera de luces, recordando aquel día.

Hasta ese entonces tildaba de ridículas las acciones de los sangbìbiers que no se despegaban de sus parejas pese a estar al tanto de la leyenda.

Sin embargo, el día del ataque, él se había aferrado a Nínive con todas sus fuerzas en lugar de apartarse.

Hablar era barato.

—Entonces, ¿eso era lo que Viktor quería llevarse? Creía que era terrestre.

—Lo es… Lo era —Devon sacudió la cabeza—. Supongo que adquirió algunas costumbres nuestras tras años de convivencia. Nosotros, por ejemplo, festejamos el comienzo de año de acuerdo con el calendario terrestre occidental. Algunos sangbìbiers viven fuera de frontera y festejan la Navidad.

Nínive asintió.

Volvieron a sumirse en sus reinos silenciosos.

Devon regresó a la imagen del monje, pálido como un papel, desesperado por no perder más sangre.

La culpa calaba hondo a medida que viajaba mentalmente en el tiempo.

Veía el fantasma de sus expresiones afables y la sonrisa que le devolvía por cada comentario hiriente.

Había tolerancia en su habla, así como compasión en una mirada que se había tornado vacía.

Sus manos estrangularon el volante.

—Tenías razón —murmuró. Nínive se giró para verlo—. No debería haberlo tratado de esa forma. Dejé que las malas experiencias nublasen mi juicio. Ni siquiera pude disculparme.

Por primera vez, sintió auténtico miedo. El miedo a haberse convertido en el monstruo del que Nínive se había quejado. Estaba acostumbrado a los rumores del pueblo y los titulares de la prensa, pero jamás se acostumbraría a ser odiado por la persona que más amaba. Ese era su límite.

Desvió su atención del camino cuando ella tocó su brazo. Le sonrió. Una sonrisa agridulce, pero… vislumbró en ella la misma compasión que el monje le había ofrecido.

—No sabíamos que esto iba a suceder. ¿Te habrías negado a protegerlo de haber estado en la oficina?

Devon negó de inmediato.

Niv afianzó su agarre.

—Exacto. Así como yo no entendí el sacrificio de la persona que ocultó el libro, me parece que no comprenderemos lo que ha ocurrido hoy. Pero sí que me ha dado en qué pensar —admitió tan absorta como él—. Hoy estamos aquí, mañana no lo sabemos.

—No digas eso.

—Sé por qué te molesta que lo diga, pero no podemos ignorar que es cierto.

No es pesimismo, al contrario: cuando sonaron los disparos…

Creí que no saldríamos de esa. Ahora caigo en la cuenta de que, si no hubiéramos sobrevivido, habría muerto por una causa distinta al SCD. Lo mismo ocurrió en Maine.

—Eso fue mi culpa.

—No se trata de culpas. Es abrir los ojos.

Tenías razón: de nada sirve enloquecerse con el futuro cuando ni siquiera sabemos si habrá un mañana.

Debemos lidiar con la incertidumbre. No sé tú, pero…

estoy feliz de haber sobrevivido al día de hoy.

También estoy feliz de haber visitado Bélgica contigo.

—Una diminuta sonrisa se desprendió de sus labios cuando él la miró—.

Lo mejor que podemos hacer por Viktor es llegar a Francia, leer la lista y atrapar al verdadero responsable de tanta muerte. Se lo debemos. A él y al resto.

Devon sintió que la tensión sobre sus hombros se desvanecía.

Podía hacer eso. No arreglaba la muerte, pero impedía que más inocentes la conocieran antes de tiempo.

Lo sabía. Se le había olvidado, pero la chica a su lado acababa de recordárselo, y su forma de agradecérselo fue depositar un beso contra su cabello.

—Gracias.

Condujo sin pausa hasta quedar a mitad del camino, el lugar más seguro para recuperar energías. Como no tenían idea de qué ni quiénes los esperaban en San Miguel, decidieron descansar allí, lejos de cualquier entrada.

La única desventaja era la temperatura; la profundidad del túnel helaba la piel, semejante a la cámara frigorífica de la abadía. En cuanto percibió que Nínive se frotaba los brazos, Devon sacó de su bolso una manta térmica de emergencia y se la entregó.

—¿Y esto?

—Te protegerá del frío.

—Sí, pero… —Nínive vio el envoltorio como si leyera las instrucciones en chino de un producto—. ¿Cubre a dos personas?

Devon arqueó una ceja.

—Te has acostumbrado rápido a esto de dormir juntos.

—Me refiero a que tú no tienes una, zopenco.

Él soltó una risita.

—Siempre tan diplomática… Tengo un abrigo, descuida.

—Oh. —Nínive dejó caer sus hombros.

Devon distinguió la ligera arruga que se formaba en su entrecejo mientras contemplaba la manta.

—¿Qué sucede?

La pregunta quebró la burbuja en la cual se había enfrascado.

—Es que, mide más de dos metros. Podríamos tenderla de un lado a otro. A no ser que vuelvas a sugerir que quiero dormir contigo. Entonces te echaré del auto y dormirás afuera.

—¿Dormir afuera? ¿Como un perro?

—Solo si insinúas cosas que no son.

—¿No quieres dormir conmigo?

Nínive lo asesinó con la mirada. Él disfrutó de esas emociones que chispeaban en la oscuridad de sus ojos. Sobre todo, porque había vida en ellos.

—No.

Devon formó un mohín.

—Si lo dices con mayor convicción, te creeré y daré el asunto por terminado.

—Eres…

—¿El más leal de los soldados? ¿El motivo por el que te estás sonrojando más de la cuenta?

—Ugh. —Nínive abrió de un tirón el envoltorio y desplegó la frazada sobre su regazo. Reclinó el respaldo, le dio la espalda y se convirtió en un ovillo plateado e irritado.

Devon reprimió una carcajada,

Vio hacia afuera, el camino formado por la señalización naranja.

«Algún día», pensó igual que tantas otras veces.

Algún día la confianza entre ellos sería tan grande que no dudaría en admitir esos sentimientos.

Si ahora se mantenía cauta, se debía en parte a sus errores.

Él había fisurado ese vínculo especial que habían construido en un comienzo.

Él y sus prejuicios, que le habían impedido ver más allá del rencor.

Regresó su mirada hacia ella, acurrucada en silencio.

Deseó saber cómo. ¿Cómo recuperar su confianza?

Por lo poco que le había contado, su vida no había sido fácil.

Nunca se había rendido. No obstante, la persona a su lado acababa de renunciar a sus mortíferas objeciones a causa de un par de insinuaciones infantiles, y él lo odiaba.

Verla así le recordaba a los feroces animales de circo que acababan asustados en un rincón, olvidándose de su magnificencia y su capacidad para destrozar a sus amos y ser libres.

Él quería verla en todo su esplendor. Quería volver a ser testigo de esa fiereza que lo había encandilado durante el caso Sauer y el caso McHugh.

Sabía que seguía allí. La veía cada vez que se enfadaba.

Pero no pretendía que todo fuera discusiones y enfados…

—Dragones —murmuró en medio del silencio.

Nínive apenas elevó la cabeza.

—¿Qué?

—Mi animal favorito —explicó—. Me lo preguntaste durante los primeros días y me negué a contestar.

Dijiste que de seguro temía ser ridiculizado o analizado…

Era lo primero —admitió—. Mi padre solía reprenderme cada vez que los mencionaba porque son «criaturas mitológicas».

Sin embargo, son mis favoritos. Me gustaría que existieran.

Devon percibió que Nínive se tornaba. Quedaron enfrentados, pero no dijo nada. Permaneció muda en medio de la penumbra, como si estuviera decidiendo algo respecto a él. Devon reclinó su asiento para quedar a la misma altura.

—No pensaba reírme —dijo finalmente, tan bajo como quien revela un secreto—. A decir verdad, me parece interesante. Muchos los ven como monstruos y los cazan, pero se debe al miedo. También son buenos guardianes, por lo que, tiene sentido para mí que te gusten tanto.

—Pero no existen.

Nínive formó un mohín.

—Podrías estudiar ciencia y crear uno.

—Prefiero el mito.

Una pequeña sonrisa iluminó su rostro. Se acomodó sobre uno de sus brazos y se lo quedó viendo un momento que a él le resultó infinito.

—¿Qué otras cosas te gustan? ¿Color, lugar favorito?

—Hum… —Devon se detuvo a pensarlo—. Sé que sonará obvio, pero me gusta aprender idiomas; no era un requisito en mi formación, lo hice porque quería y porque me era útil. También colecciono flechas, pero no puedes decírselo a nadie.

—¿Por qué?

—Las flechas se consideran de mala suerte.

Una flecha fue lo que los terrestres usaron para herir a Lilith.

Sin embargo, cuando visitamos una herrería terrestre en medio de las expediciones, el dueño pensó que éramos cazadores y me obsequió la mejor de su colección.

Hasta ese entonces, nunca había recibido un obsequio.

—¿Estás bromeando?

—No. —Devon negó con la cabeza—. Mi padre nunca lo permitió; decía que me convertiría en un holgazán o algo así.

—Vaya.

—Sí… —Devon quedó ensimismado—. Tú fuiste la segunda persona en darme un obsequio.

—¿Yo?

—El croissant. ¿Recuerdas? El que me diste en el DII.

—¡Hice que tú lo pagaras!

—Sí, pero antes de eso me lo obsequiaste. Para mí cuenta como un obsequio. —Se encogió de hombros, rehusándose a creer lo contrario—. Mi color favorito es el blanco.

—¿Qué? —Nínive abrió del todo los ojos.

Él sonrió.

—Siempre me ha gustado, pero me prometí vestir de negro hasta hacer justicia por lo que los Minoritarios le hicieron a mi madre. Sé que asesinaron a muchos más, pero esa deuda es personal. También vestía así por la heredera, pero… —Se detuvo para mirar a Nínive—. Por suerte, eso cambió.

Ella se quedó callada, recorriendo las facciones de su rostro.

¿Qué veía al observarlo de esa manera? ¿Era consciente de cuán expuesto se sentía? ¿Tenía forma de percibir cómo su corazón se aceleraba al imaginarse lo que sucedería si acortaba la distancia que los separaba?

—¿Qué somos, DeBlanckfort? —preguntó, desencajándolo por completo.

—¿Qué?

—Es decir, afirmas que soy ella. Sientes y sabes cosas que yo ignoro. Cuentas con ventaja, así que, ¿dices quererme porque en verdad sientes algo o porque es tu deber «cerrar el círculo» con esa afamada heredera?

—Lo primero —respondió sin titubeos—. Mi deber como Dragón Negro es proteger la corona. Te aseguro que no implica adorar a la persona tras ella. Eso es lo que siento. ¿Qué somos? Acepto lo que tú decidas, pero… me gustaría ser algo más que el guardaespaldas de una tiara.

Nínive bosquejó media sonrisa.

—No suena mal. Lo de guardaespaldas de una tiara. Es un buen sueldo para una tarea tan sencilla.

Devon se mordió el labio.

—Eres despiadada cuando te lo propones.

—Son meras observaciones. Ahora, ten. —Nínive le pasó un extremo de la manta térmica—. Necesito que no mueras, así cumples tu sueño de vigilar mi tiara.

Él soltó un resoplido mezclado con una sonrisa. Estiró su brazo para sostener la manta, pero a último momento se arrepintió y cogió la muñeca de Nínive.

—¿Qué haces? —Sus ojos duplicaron su tamaño cuando él tiró de ella. Con ayuda del otro brazo, la levantó por el dorso de las rodillas y la dejó sobre su regazo. Se aseguró de cubrir a ambos antes de acomodarse contra el respaldo.

—Ejerzo mi profesión, tal y como has sugerido. ¿No querías evitar que muriera de frío?

—¡Pues usa la manta!

Devon cerró los ojos.

—Oh, no. Esto es lo único que mantiene el calor de mi cuerpo.

Sus brazos contenían el torso de Nínive. Una sonrisa traviesa amenazaba con trazarse en su rostro cuando, al echar un vistazo furtivo, se topó con la expresión entre sonrojada y molesta de ella. Allí estaba toda esa intensidad de nuevo.

—Podemos discutir o dormir, dionummea. Tú decides.

Nínive bufó y masculló lo que sonaba como un insulto. No obstante, posó su cabeza contra su pecho, y él se sintió el hombre más afortunado del mundo al apoyar su mentón sobre ella.