REX REXUM 41 #3
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—Oh, no, no me siento juzgado. Para nada.

Solo que, en lugar de saber tanto sobre sangbìbiers, debería saber que en el libro de Jonás nunca se menciona tal cosa.

—Las comisuras de Devon se retorcieron. Sus ojos relucieron frente a la cara desencajada del monje—.

¿Un religioso que no conoce la Biblia? Peculiar.

Nínive se inquietó al percibir cómo el hombre apretaba la quijada. Su instinto le rogaba que saliera corriendo, pero sus piernas permanecían petrificadas, forzándola a ver cómo el desconocido se tensaba.

—Lo sé. Conozco las sagradas escrituras, mas no quise corregir a su alteza. Es más, siempre traigo una Biblia conmigo…

Al llevar su mano por detrás de la espalda, Devon desenfundó una navaja y le apuntó.

—Quieto.

El hombre les sonrió.

—Me parece que hemos comenzado con el pie izquierdo, chicos. Solo es un libro. Mirad…

En segundos, el aire se electrizó con el sonido de un disparo y el olor a pólvora.

Nínive lo había oído, pero no había llegado a ver nada porque Devon la había cubierto, arrojándola al suelo.

Lo siguiente que supo es que un par de disparos zumbaron sus oídos.

Cerró los ojos y empezó a recitar todas esas plegarias que nunca había pronunciado mientras que Devon despegaba la cabeza para localizar al objetivo entre las sillas.

Sintió el impulso que cogió el heredero para lanzar la navaja por los aires.

Escuchó otro disparo que incidió en el mármol, cerca de ellos.

Por último, el gemido ahogado de su atacante, el traqueteo del arma y el sórdido sonido de su cuerpo al desplomarse inconsciente.

Devon se lanzó hacia él.

—¿Qué…? —Nínive veía hacia todos lados—. ¿Qué rayos?

Divisó a Devon ante el hombre que tenía la navaja enterrada hasta la empuñadura en el corazón. Su hábito blanco comenzaba a teñirse de rojo. Hilos de sangre salían de su boca.

Devon recogió el arma y se la guardó en el pantalón antes de agacharse y sujetar al hombre moribundo por debajo de las axilas. Estaba vivo, aunque al borde de la muerte. Boqueaba e intentaba respirar a través de su boca sangrante.

—¿Qué…? ¿Qué haces? —titubeó Nínive.

—Ocultarlo.

Nínive agrandó los ojos al ver que lo arrojaba al confesionario cual costal de patatas.

—No puedes… ¡¿Estás loco?!

—¿Yo o el sujeto que nos disparó? —Devon cerró las cortinas de un tirón, sin molestarse en ocultarle los pies—. Es un asesino y tiene la oportunidad de confesar sus pecados antes de que lo arrastren al infierno. Diría que estoy siendo piadoso.

Cogió el equipaje y tomó la mano de Nínive antes de apretar el paso por la nave lateral de la iglesia. Ella lo siguió en medio de la conmoción, consumida por la adrenalina, preguntándose cómo podía tomarse semejante momento a la ligera.

¿Estaba bien dejar al hombre allí? ¿Debían llamar a la policía?

«¡Intentó asesinarte!», tuvo que recordarse.

No sabía qué los esperaba al otro lado del pasillo, dónde estaba Viktor o si había más atacantes al acecho.

Solo sabía que debían encerrarse en ese túnel antes de que los superaran en número… o de que hubiera más muertes.

—¿Era un minoritario? —preguntó.

—No lo sé. Percibí un cuarenta por ciento. Diría que sí por la falta de entrenamiento, pero debió de haber consumido algo para modificar su porcentaje.

—¿Oro Sagrado?

—Factible.

Se detuvieron frente a una modesta puerta entreabierta.

Tenía un letrero con el nombre del monje que debería haberlos recibido.

Devon le hizo una seña a Nínive para que se adhiriera a la pared, pero ella se acercó a él en busca de su maletín.

No se resguardó hasta encontrar lo que necesitaba, aferrándose al liquido como si fuera agua bendita. Devon le dedicó una mirada escéptica.

—Ácido sulfúrico —explicó—. Nunca se sabe.

Frente a ellos, la rendija de la puerta derramaba un haz de luz ambarino. Devon recargó el arma de su atacante y apuntó hacia el interior de la habitación conforme se adentró en completo silencio en el área en penumbras.

Carcomida por el suspenso, Nínive asomó la cabeza.

El cuarto lucía como una oficina: un escritorio de madera, una estantería y dos ventanas cubiertas por pesadas cortinas color vino.

Estaba a punto de seguir a Devon puertas adentro, pero él frenó en seco.

Nínive pensó que acababa de divisar a un minoritario y asfixió el tubo con ácido sulfúrico.

Sin embargo, al ver en la misma dirección que el heredero, comprendió su desazón.

—Y-yo… Y-yo… traté…

Viktor yacía en el piso, tomándose el cuello degollado.

—Shh. —Devon se precipitó hacia él—. Está bien. Tranquilo. Respira hondo. —Intentó entrever la herida, tan profunda que incluso Nínive, sin haber estudiado medicina, supo que Viktor no estaría bien.

—Y-yo… —La mano ensangrentada del monje se elevó entre temblequeos. Señaló a la derecha, el cuadro con el ángel Gabriel y la Virgen María. Una representación de «La Anunciación» que tanto los había guiado durante el trayecto.

—¿Eso quieres?

Nínive frunció el ceño al ver que Viktor asentía casi aliviado.

Devon se dirigió al cuadro para desmontarlo de la pared.

Cogió la Biblia que había en una mesilla por debajo de la obra, así como el ramo con lirios, azaleas y hortensias que le daban color a la modesta habitación.

Al regresar, acomodó los objetos entre los brazos Viktor.

Antes de añadir la Biblia, una pequeña llave de desprendió de ella.

—Tú-tú-túnel —pronunció Viktor. Su respirar era pesado, sus últimos esfuerzos por mantenerse a flote—. Y-ya… es hora.

Devon se apresuró a colocar la Biblia y las flores sobre su pecho, las cuales el monje abrazó como si fueran su salvación. Cerró sus ojos con una paz que a Nínive le extrañó. Al segundo siguiente, su pecho había dejado de moverse.

—¿Está…?

—Descansando —concluyó Devon. Sus ojos habían quedado fijos en el rostro pálido del monje—. Está descansando.

Nínive miró a Devon

En múltiples ocasiones lo había tildado de frívolo. Ahora percibía el dolor en su mirada. Había endurecido su expresión adrede, para no derramar lágrimas. Estuvo a punto de preguntarle por qué le había colocado esas cosas, pero él se dirigió hacia la estantería y empezó a quitar libro por libro.

—¿Qué ocurre?

—La llave es la que abre el pasaje. —Devon se detuvo para mostrarle a Nínive una pequeña inscripción: «stare».

—¿Qué significa?

—Stare proviene de la raíz «sta». En latín y otros idiomas se ha utilizado para estar de pie, estable, estante… De ahí el vocablo «estantería».

Nínive observó los libros que él depositaba en el suelo.

—¿Aquí está la entrada? —Empezó a quitar más ejemplares.

—No se me ocurre otra cosa.

Una vez vacía, arrastraron la estantería a un lado. Empotrada en la pared, había una puerta metálica con un tablero numérico.

Una vía de escape.

Nínive se mordió el labio. Había dos personas muertas en la iglesia.

Una de ellas estaba a plena vista; podrían hallarla en cualquier momento.

Se sentía como una cobarde y una fugitiva a punto de huir cuando Viktor acababa de morir por su culpa.

¿Cómo reparar lo irreparable? ¿Cómo revertir lo irreversible?

No sabía.

—Dime que del otro lado de la llave hay un número.

Devon hizo una mueca.

—No, pero… —Al acercarse al tablero, un láser se disparó y leyó los ojos del heredero.

«Linaje real detectado —pronunció una voz robótica—. Por favor, inserte la contraseña».

—Guau. —Nínive se inclinó para leer la pregunta que había aparecido sobre el tablero, pero el láser volvió a dispararse y le dio un susto de muerte.

«Linaje real detectado. Por favor, inserte la contraseña».

A Devon se le escapó una risita.

—¿Aún tienes dudas?

—¡Podría estar averiado!

—Sí, claro. Ahora los sangbìbiers vamos atrasados en materia tecnológica. —Devon ladeó la cabeza y leyó la pregunta—. «Rumania más Pureza».

—¿Tendrá que ver con vuestras leyes?

—Tiene que ser. Hay cuatro casilleros. La Ley de Rumania se aprobó en 1789. La Ley de Pureza, en 1899.

—Al sumarlo obtienes tres mil seiscientos ochenta y ocho —dijo Nínive—. Son cuatro casilleros.

—Rumania más pureza… —reiteró Devon. Digitó el número y dudó frente al botón verde, pero lo presionó.

Un agudo pitido colmó sus tímpanos. Y lo más importante: una serie de engranajes internos se pusieron en movimiento hasta producir un satisfactorio «clic» que despresurizó la puerta antes de emitir las ansiadas palabras mágicas: «acceso concedido».