REX REXUM 41 #2
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Nínive trató de capturarlo todo, pero sus ojos se estancaron en Devon. Marchaba tan enfocado en sus pies como el resto de los locales, sumidos en su jornada laboral.

—¿Podrías adelantarte? —le pidió a Viktor—. No me tardo.

El monje separó los labios. Sea lo que sea que fuera a decir, lo sustituyó por una pequeña sonrisa.

—Esperaré en la puerta.

Nínive asintió.

Una vez a solas, se arrimó a la barandilla de hierro negro.

Era consciente de que no era el movimiento más inteligente cuando había Minoritarios capaces de arrojarla al agua.

De todas formas, apoyó los codos en ella y se inclinó para admirar la vista.

Vista que quizá no volvería a contemplar nunca.

Y es que, una vez cruzaran el túnel, paredes frías y ventanas apuntadas sería todo lo que vería hasta resolver su caso. Si es que lo resolvía.

Frente a ella, el cielo se tornaba rosado.

Las farolas se encendían, derramando su reflejo sobre las aguas del canal.

A lo lejos, las macetas colmadas de flores delimitaban los muelles.

Varias embarcaciones turísticas surcaban el canal.

Las casas y los edificios antiguos la trasladaron a una época en la cual nunca había vivido.

Hicieron que se preguntase cómo habría sido la ciudad en sus tiempos dorados, cómo habría sido su vida en un cuerpo sano.

—Perdemos tiempo. —DeBlanckfort quedó a su lado.

—Lo sé —murmuró con voz queda.

Se sentía lejos de Devon pese a estar a centímetros. Se sintió un poquitito más cerca cuando él imitó su postura.

Entonces añadió:

—Durante dieciocho años he vivido pendiente de esto —dejó su reloj pulsera en alto—. Cada vuelta que da me aterra. Significa una vuelta menos.

Nínive enmudeció.

Contempló el reloj con los latidos de su corazón retumbando en su cabeza. Jaló de la correa y lo desprendió de su muñeca. Lo miró de frente con pavor. No por lo que había hecho, sino que por lo que pensaba decir.

—Lo siento —musitó. Miró a Devon y de repente se sintió ridícula—.

El viaje no ha sido en vano. De hecho, es lo más divertido que me ha pasado en la vida.

Pero prefiero decir que no ha sido la gran cosa porque temo que no vuelva a suceder.

Esto… —Asfixió el reloj que quería destrozar.

Su garganta asfixió las lágrimas que quería derramar—.

Es el recordatorio de que no puedo esperanzarme sobre el futuro.

No quiero esperanzarme contigo, ¿comprendes?

Los ojos grises de Devon se trasladaron hasta el reloj pulsera, estudiándolo como si fuera una pintura atiborrada de mensajes ocultos. Quizá lo era. Permaneció así un instante, hasta que alargó una mano para cogerlo y escudriñarlo de lado a lado.

—Es de goma.

—Es práctico. —Nínive hizo una mueca.

—No es práctico si te hace vivir en todas partes menos en el presente.

«Litio». La palabra brotó en su mente cuando sus miradas se entrelazaron. Era su turno de objetar, pero se le habían acabado los pretextos.

—Entiendo que no quieras esperanzarte a futuro, dionummea, pero te olvidas de un ligero detalle…

—¡No! —Nínive ahogó un gritó cuando, de la nada, Devon arrojó el reloj al río. Se aferró a la barandilla y alargó un brazo como quien intentaba cazar un globo de helio secuestrado por el viento. Volvió a girar el rostro al sentir que alguien cubría el espacio que el reloj había dejado.

Devon la miraba.

—No soy tu futuro, Niv. Ni tu pasado. Soy el presente. —Sus dedos se afianzaron en los de ella—. Deja de contar segundos y cuenta conmigo.

Los ojos de Nínive se tornaron lacrimosos.

No lloró. No quería que la viera llorar una vez más, cual tubería averiada.

Asintió con la cabeza para no hablar. Comprimió sus labios, sus dedos…

Su cuerpo entero. Hizo lo posible por contenerse, hasta que dejó ir toda esa tensión apabullante y se arrojó a sus brazos, abrazándolo con todas sus fuerzas.

En ese momento, decidió creer.

Creer en él y aferrarse a su cuerpo de la misma forma que se había aferrado a la biología años atrás. Sintió el calor de sus brazos envolviéndola, la ligera presión de su barbilla, los fuertes latidos que resonaban en su pecho.

—Hallaremos la forma —afirmó Devon—. Te pondrás bien. Nada de relojes, ¿de acuerdo? Tenemos todo el tiempo del mundo, dionummea.

Sintiendo la ligera brisa que atravesaba su muñeca libre de grilletes y sentencias, Nínive asintió.

La herida cicatrizaba, la opresión en el pecho desaparecía.

Si escuchaba al corazón, este daba pequeños brincos de alegría en forma de latidos y le aseguraba que acababa de hacer lo correcto.

Su mente le exigía explicaciones, pero prefirió darle la espalda, memorizar el aroma que se desprendía del cuello de Devon y la forma en que sus brazos encajaban alrededor de su cuerpo.

No tenía forma de saber cuánto tiempo pasaron contemplando el río en silencio. Los cielos arrebolados se enfriaron y se tornaron azules con la caída del sol. Había atardecido bastante rápido, al menos para ella, que jamás se había detenido a observar una puesta de sol.

Cuando Devon tomó su mano, no protestó. Anduvieron a paso de turista, admirando los tejados grisáceos de varias aguas y las altas ventanas de la iglesia de San Miguel. Rodeada por la vista al río y antiguas farolas del puente, lucía tan bonita como el resto de los edificios que habían visitado.

Frente a la iglesia había un edificio tan medieval como esta, con canoas de plástico apiladas tras las verjas de hierro y bicicletas encadenadas del otro lado.

—Ni lo pienses.

Al mirar a su lado, percibió la sombra de una sonrisa en el rostro de Devon.

—No le robaremos a un pobre estudiante terrestre, Bryce.

—Nunca dije eso. Son todas iguales. Apuesto a que las rentan.

—Y yo apuesto a que habrá locomoción bajo tierra.

—¿Y si no hay nada?

Devon sopesó su respuesta.

—Rentaremos una condenada bicicleta.

Nínive sonrió, satisfecha.

Siguiendo por Sint-Michielsplein, bordearon la pequeña plazoleta de la iglesia y se detuvieron frente a las puertas rojas donde Viktor los esperaba con expresión despistada, perdido en el rumor de las calles. Sus cejas se elevaron al verlos.

—Aquí estáis. —Abrió la puerta rojo carmín y esperó a que ellos ingresaran—. Temí que hubierais sufrido un percance. Gracias a Dios. El hermano Paul ya ha llegado; está encargado de proteger las llaves del pasaje. Si queréis, podéis tomar asiento mientras voy a buscarlo.

Nínive se encogió de hombros y se sentó en la silla de madera y mimbre más cercana. Devon hizo lo mismo; bajó los bolsos y los dejó a un lado antes de tirar la cabeza hacia atrás.

—Es parecida al templo anterior.

—Sí. —Nínive frunció los labios—. Por lo visto, el blanco y el negro estaban de moda en el medievo —hizo alusión al patrón del suelo, compuesto por los mismos colores que habían visto en la catedral y en la iglesia de San Nicolás.

La iglesia lucía igual que muchas otras construcciones góticas: una nave principal sostenida por enormes columnas de piedra que desembocaban en las bóvedas de crucería, arcos apuntados, rosetones, vitrinas coloridas y tracería de piedra por doquier.

El cielorraso rojizo contrastaba con los nervios blancuzcos, y los enormes ventanales permitían que la luz natural lo inundara todo durante el día, mas, al haber caído el sol, las luces suspendidas en el techo se encargaban de iluminar las diversas piezas de arte medieval; desde cuadros hasta estatuas, pasando por el púlpito y los estandartes de terciopelo repletos de ribetes.

Nínive formó dos puños sobre las rodillas.

—Conque…, último día.

Tragó saliva al percibir que Devon la miraba.

—No tiene por qué ser el último —dijo él. Todo empezó a agitarse en su interior cuando sus ojos se encontraron—. Regresamos a Sangbièrre, cazamos a Phillipe, encontramos tu cura y volvemos cuando queramos.

—Lo haces sonar sencillo.

—Es sencillo. Podemos contra ellos. El resto es pan comido.

Nínive soltó una risilla incrédula. Para ella, el asunto era un tanto más complejo.

Sus ideas carecían de aquella solemnidad que Devon había utilizado al hacer uso de la palabra.

Ella sonaba a aluminio, él a acero. No le molestaba reconocerlo cuando su final era mucho más prometedor que el que ella tenía en mente.

—Oh. Bienvenidos.

Vieron hacia el pasillo y se levantaron al encontrarse con un nuevo monje. Era un hombre de mediana edad, alto y delgado, con el cabello cortado al ras. La insignia de la Orden de San Miguel reflejaba la luz de las velas, lo cual hizo que Nínive apretase la muñeca de Devon en acto reflejo.

—El medallón está por fuera —susurró.

Devon pareció comprender la insinuación.

—Lamento haberme demorado —dijo el hombre—. El aviso fue demasiado repentino como para llegar de inmediato. ¿Cómo os trata Bélgica, chicos?

Nínive se inclinó un poco.

—Se supone que reciben profecías —secreteó sin mover los labios, fingiendo admirar los óleos—. Y nos ha tuteado. El hábito no está hecho a medida, le queda corto.

Devon asintió con disimulo. Encuadró los hombros conforme el hombre se aproximaba a ellos con esa expresión risueña que a Nínive le resultaba falsa, puesto que las comisuras de sus labios se dirigían levemente hacia abajo, impidiendo que la sonrisa le llegara a los ojos.

—El viaje ha resultado de maravilla. —expresó Devon. La vena en su cuello insinuaba otra cosa—. Adquirimos valiosos conocimientos y vimos que algunos zorros visten piel de oveja.

El monje frunció el ceño.

—¿Os referís al Cordero Místico? La orden me informó que el día de hoy lo habéis visitado.

—Así es. —El retintín en el tono de Devon rozaba la provocación—. Hermoso corderito sangrante, aunque prefiero beber la sangre que prohíben en el libro de Jonás.

—Sabemos de vuestra dieta, alteza. No debe sentirse juzgado.