41
NÍNIVE
—No puede ser. —Sentada en medio de las sillas de la iglesia, Nínive descansó las manos en el respaldo frente a ella.
Viktor pedía las llaves de acceso a los túneles. Mientras el monje hablaba por teléfono en la nave semi vacía, Devon daba vueltas a lo largo del pasillo principal. Brazos cruzados, nudillos contra los labios, andar en círculos… Estaba preocupado.
Bélgica suponía ser la búsqueda de una orden secreta.
Habían planeado sus tiempos con la idea de que lo difícil sería encontrar la Orden de San Miguel.
Una vez dieran con su paradero, el libro se les entregaría y, a lo sumo, deberían hallar la llave.
Nadie había mencionado dos medallones ni una búsqueda a lo largo de Gante, mucho menos que se extendería a Francia.
La copia se abría con una simple llave, ¿por qué el original no?
Resignada, dejó la frente contra sus manos.
¿Qué hora era? Su estómago protestaba y sus miedos aullaban a medida que el dolor de la crisis incrementaba.
¿Llegarían a los medallones antes que al hospital?
La idea de arruinar el viaje la martirizaba.
La llevaba de regreso a Maine, donde en varias oportunidades había arruinado las vacaciones en familia.
Su madre sonreía y decía «No es gran cosa, cariño», pero para ella sí que lo era; deseaba recorrer algo más que el muelle de Camden.
—Un miembro está de camino a la iglesia —dijo Viktor.
Devon frenó sus pasos.
—¿Cuánto tarda?
—Sé que estáis apurados, pero las indicaciones son claras: en nuestro territorio, no podemos correr riesgos. Según hemos entendido, poseéis enemigos que desean vuestra muerte.
Nínive cerró los ojos. Cierto. El SCD no era lo único que la acechaba.
Todo era peligro, confusión y dudas. ¿Cómo podía ser la heredera de un reino que ni siquiera conocía?
Su vida había sido relativamente normal, rozando la monotonía.
Su madre… Nunca halló indicios de que le hubiera mentido. «Mejor deja de pensar».
—De ahí la prisa —argumentó Devon—. Mantenernos en un punto fijo no ayuda.
—Lo sé. Hacemos cuánto podemos, de verdad. Yo… saldré a buscar provisiones. Si el antiguo maestre os indicó el monte San Miguel, tendréis un largo viaje hasta Normandía.
—Genial —gimió Nínive, oyendo el eco de los pasos del monje a medida que se alejaba.
«Tú solo respira», se dijo, rememorando los ejercicios de yoga que su mamá le había enseñado.
Sin embargo, respirar con calma se tornaba difícil cuando Devon se acercaba.
Después de todo lo que había sucedido entre ellos, bastaba con que se sentara a su lado para que su corazón comenzara a bombear sangre a toda velocidad. «Malditas hormonas».
—Ten.
Nínive sintió que depositaba algo en su regazo y abrió los ojos. Era una botella de zumo, la cual abrió enseguida.
Era su placebo. No tenía nada que ver con manzanas doradas; cuando supo que la vitamina C ayudaba a captar hierro, se obligó a consumir cítricos a diario. Luego se hizo costumbre.
—Gracias —murmuró antes de beber un sorbo. Al ver de soslayo que DeBlanckfort no bebía nada, vaciló—. ¿Tú no comes?
Él heredero juntó sus cejas.
—Desayunamos hace unas horas. Dos veces. Tengo azúcar en mi organismo como para una semana entera.
—Si serás exagerado…
—Lo dice quien lleva más de medio litro de jugo de naranja.
Nínive se encogió de hombros.
—Es fruta. Las frutas son sanas.
—Ajá.
Ella lo fulminó con la mirada, pero él ya tenía trazada media sonrisa que parecía no borrarse con nada. Lo cierto era que le gustaba su sonrisa descarada. Le gustaba verlo sonreír. Así como el jugo de naranja, su sonrisa también actuaba como un placebo.
—¿La búsqueda terminará en el monte o tu abuelo nos enviará a Italia? —preguntó—. Aunque, prefiero Suiza; siempre quise ver las instalaciones del CERN. ¿Hay sangbìbiers allí?
—Tenemos científicos infiltrados, sí, pero… Viktor dijo que el camino de San Miguel se terminaba en el monte. Son quinientos ochenta y un kilómetros.
—Pff. Más les vale tener locomoción. Si tuviéramos que andar, considerando que no camino más de seis kilómetros por hora, tardaríamos…
Cincuenta y ocho dividido seis, me llevo cuatro…
¡Noventa y seis horas! No pienso caminar cuatro días enteros, que conste.
Necesito dormir. ¡Llegaríamos la semana que viene!
—¿Qué otra opción tenemos?
—Ninguna. Lo único que nos salvará es hallar un medio de transporte. Si no, considera robar un par de bicicletas.
—No estaría mal; Viktor tendría otro motivo para confesarse.
Nínive soltó un resoplido. Los dos quedaron absortos, probablemente pensando lo mismo: ¿obtendrían la lista del Rex Rexum antes de que el consejo le concediera su título a Elysabeth?
Según Adort Boge, Benôit estaba en la lista.
Si el líder del luxirianismo estaba implicado, el acceso de Elysabeth los archivos clasificados sería el fin. Los Minoritarios ganarían.
También estaba el asunto del elixir. DeBlanckfort lo necesitaba, y a Nínive le inquietaban las consecuencias de no hallar la fórmula. ¿Afectaría su salud? ¿Lo debilitaría? No podía permitirlo. No cuando Devon tenía que medirse con una cien por ciento capaz de asesinarlo.
—Estás muy callada —murmuró el heredero.
—Estoy pensando.
—¿En qué?
—En muchas cosas. —Nínive bebió un sorbo de zumo—. No me gusta la idea de regresar a Francia sin el Rex Rexum abierto. No era parte del plan.
—Sabíamos que algunas cosas podían salir mal.
—Sí, pero ser capturados antes de siquiera leer el libro es la definición de fracaso. Significaría que te has metido en problemas en vano.
—No creo que haya sido en vano —replicó. Nínive sintió que la miraba, pero se forzó a no girar el rostro—. ¿Tú crees que ha sido en vano?
Nínive dudó.
Quién sabe por qué, el recuerdo que acaparó su mente fue aquel primer beso.
Se había sentido tan segura en sus brazos que por un instante se había olvidado de todos sus problemas.
Recordó cómo él había arrugado la nariz al probar el zumo de naranja, la forma en que sus manos parecían encajar juntas, cómo habían resuelto los acertijos, las heridas que había vendado en su espalda…
Y entonces recordó que todo estaba a punto de terminar.
Una vez hallaran los medallones, una vez cruzaran frontera, Devon volvería a ser «DeBlanckfort».
Ya no habría paisajes ni monumentos que decodificar.
El único acertijo sería cómo conformarse con el mundo real después de haber descubierto que la magia existía.
Magia era lo que experimentaba cuando sus labios se tocaban. ¿Cómo fingir que nada había sucedido?
«Creciendo», pensó, recordando que al final del día todo lo que lucía mágico resultaba ser un truco.
Una ilusión, si buscaba un término más elegante y menos dañino.
Ella y DeBlanckfort eran una ilusión perfecta que se desvanecería frente al público al aterrizar en la abadía.
Pero como él aguardaba por una respuesta con la esperanza de un crío pequeño, no quiso hacerlo añicos.
—No lo sé —dijo finalmente—. Ahora mismo siento que lo único seguro es la ciencia, y la ciencia dice que estamos fritos si no hay vehículo que nos lleve a Normandía.
Aquello extinguió la conversación.
Viktor regresó con una bolsa de papel repleta de víveres.
Devon intentó pagarle, pero él se negó:
—Guardad el dinero por si lo necesitáis en Francia.
—O en Alemania —soltó Nínive—. Quién sabe. Podríamos acabar en Madagascar. Seremos la nueva versión de La vuelta al mundo en ochenta días.
—A mí me gusta recorrer el mundo contigo —dijo Devon—. Aunque para ti sea en vano, ya que la ciencia desarrolló mapas satelitales.
Nínive le lanzó una mirada malhumorada.
—Sabes a qué me refiero: si nos capturan antes de tiempo, el viaje ha sido en vano.
—Por supuesto. El Rex Rexum es lo único importante aquí, cómo se me pudo haber olvidado…
Nínive resopló.
—Diría de ponernos en marcha —Devon cogió los bolsos—. Anochecerá en unas horas y no nos conviene hacer esperar a su majestad; la ciencia indica que tenemos mayores probabilidades de ser atacados durante la noche.
Nínive crispó sus dedos hasta dejar blancos los nudillos.
—Él… —Viktor se quedó viendo a Devon, quien cruzaba la iglesia a paso de soldado—. ¿Se encuentra bien?
—Sí —farfulló Nínive—. Perfectamente.
Salieron de la iglesia de San Nicolás con Devon a la cabeza, estudiando a cada transeúnte tal y como la había estudiado a ella durante los primeros días en la abadía. «Como amenazas».
Una parte de Nínive se arrepentía de no haberle mostrado sus auténticos temores. Esa parte sufría por hacerle daño mientras que la otra seguía maquinando mil y un motivos por los cuales había hecho lo correcto al seguir el camino dictado por la lógica.
Quería creerle —más que nada en el mundo—, pero las voces estaban allí, susurrando «fantasma» una y otra vez.
Las risotadas de quienes habían afirmado «nunca revelar sus secretos», las burlas en la universidad, las risitas de Ryan y su novia…
Creerle a Devon implicaba ser una presa fácil.
Se había prometido que no volvería a pasar.
Para ello había creado un refinado sistema de seguridad, pero DeBlanckfort amenazaba con desbaratarlo.
Su mente lucía como un péndulo, oscilando entre los pros y los contras de reabrir las puertas del corazón.
«Es riesgoso», se recordó. Pero la herida seguía sangrando.
Cruzaron el Korenmarkt en silencio. Avanzaron por la avenida adoquinada que tenía incrustadas las líneas férreas de los tranvías.
A la derecha, un parapeto bifurcaba el camino.
Contra él había varias bicicletas, las cuales Nínive miró de reojo.
Cuando arribaron al final de la manzana, el camino se convirtió en un puente bajo el cual fluían las aguas de un canal.
—El río Lys —comentó Viktor, haciendo hincapié en las fachadas flamencas—. Esos de ahí son el Korenlei y el Graslei; el muelle del trigo y el de las hierbas. Nos encontramos en el puente de San Miguel. Ahí está la iglesia —señaló a la izquierda.