40
MARIE-HELÉNÈ
Los rayos de sol caían con pereza sobre la fachada marfil del palacio, obsequiándole un tono ambarino. El sedán de ventanillas polarizadas cruzó la monumental verja dorada y serpenteó entre los jardines. Entonces Marie-Helénè soltó un suspiro.
Los recuerdos comenzaron a reproducirse en su mente: aquella vez cuando a los tres se les había ordenado esperar hasta la cena para comer los dulces rojos que adornaban la bombonera de vidrio.
Deseaban probarlos más que nada en el mundo, pero temían que el padre de Marie-Helénè los descubriera y les diera la regañina de sus vidas.
Sin embargo, comieron los dulces con éxito; a Devon se le había ocurrido seguir sigilosamente a la empleada que les había servido té a los mayores.
Pronto descubrieron que en la cocina del palacio había bolsas repletas de dulces que de seguro el duque no había contado, por lo que, cogieron seis y salieron corriendo a los jardines.
Luego cogieron seis más. Y luego tres. Para el final de la tarde, habían llegado a la conclusión de que vomitarían si volvían a ver otro dulce rojo.
Así solían ser las cosas antes. Más simples.
Despojada de sus obligaciones como princesa, se sentía igual que un ave a la cual liberaban después de mucho tiempo en una jaula.
No recordaba cómo utilizar sus alas. Ascendía y descendía con torpeza, tratando de recordar cómo era la vida antes de ser administrada por la corona.
Una visita al palacio del marqués de Loira se sentía como un comienzo.
Patrice solía pasar los veranos fuera de la abadía, como la mayoría del alumnado, mientras que ella había estado anclada a la abadía por años.
Eran medidas protocolares y de seguridad, pero había pasado años enteros festejando el Día del Trigo en una casa que ni siquiera era su casa, y había encendido velas en el Día de las Luces en un balcón que tampoco era el suyo.
Al salir del vehículo, cogió aire hasta llenar sus pulmones y decidió que el aroma a hierba recién podada olía a libertad.
—Su excelencia. —Los guardias al pie de la escalinata hicieron una reverencia y la escoltaron.
«Algunas cosas nunca cambian», pensó con el asomo de una sonrisa, aunque poco le importó la compañía ni bien cruzó las puertas principales del palacio y lo divisó a él, bajando las escaleras de mármol a gran velocidad.
—Podrías haberme avisado —dijo Patrice—. Habría ido a buscarte.
La mirada de Marie-Helénè se dulcificó al verlo.
Quería correr y abrazarlo. Quería enterrar su cara contra su pecho hasta memorizar el olor de su colonia. Pero «la realeza no demuestra emociones». Debía conformarse con dedicarle la más cálida de las sonrisas hasta que terminó de bajar las escaleras.
—Quería disfrutar del paisaje sin escuchar citas de libros que ni siquiera he leído —respondió.
Patrice sonrió. Una sonrisa auténtica, no protocolar.
Eso había hecho durante todo el paseo al Museo Sangbìbier de Historia y Antigüedades.
Veía una escultura de Platón y citaba uno de sus libros; un retrato de Kaur equivalía a una estrofa de sus poemas y cualquier flor de los jardines se correspondía con una novela de Pelletier.
Todas citas románticas, palabras que no podía decir en alto.
Palabras que ella deseaba que algún día proviniesen de él, no de un difunto artista y sus musas.
Antes era impensable, pero ahora…
—No os preocupéis —Patrice se dirigió a los guardias—. Yo escoltaré a su excelencia.
Ahora la esperanza resurgía como el fénix tallado en varias de las columnas del palacio, emblema de los Tasclainer. Ahora podía ilusionarse con su futuro; se había erosionado repentinamente la roca sobre la cual había sido tallado en el 97.
Con el corazón rebosante de alegría, Marie-Helénè deslizó su mano a través del brazo que Patrice le ofreció. El momento lucía como cualquier otro, hasta que él posó su mano libre sobre la de ella, enroscada en su brazo.
—He escuchado que te has convertido en una gran instructora de baile —comentó con su mirada violácea sobre ella—. Creía que odiabas los bailes.
Marie-Helénè suspiró.
—No es que los odie. —«Es que no me permitían bailar contigo»—. Es difícil disfrutar de un baile cuando todos los ojos y las cámaras están sobre ti. Además, es mi familia. Un poco mandona, pero… familia al fin de cuentas.
—Hum. —Patrice contrajo las cejas—. Así que he vivido engañado todo este tiempo.
Marie-Helénè rodó sus ojos. Una falta al protocolo, como diría Monsieur Théodore, pero ya no había guardias a la vista.
—Creo que te haces el tonto —admitió—. Sabes por qué no me gustaban. Y si debo ser muy, muy, honesta… Sentí un enorme alivio cuando percibí la esencia de Elysabeth llegando a la abadía.
Patrice soltó una risilla.
—Mi abuelo me contó que tu madre se desmayó.
Marie-Helénè rio al recodarlo.
—Ya le había encargado dos vestido de gala a una modista parisina; uno para el Día de las Luces y otro para el compromiso.
—Vaya. —Patrice hizo una pausa con aire pensativo—. Sería una lástima que no pudieras lucir semejante pieza.
Marie-Helénè miró hacia arriba. Se encontró con el perfil que tantas veces había admirado en secreto y que tantas otras había dibujado con carboncillos para luego hacerlo arder en llamas por miedo a que alguna mucama lo encontrase.
«Pídemelo —rogaba en su interior con mirada expectante—. Pídeme ir contigo».
No obstante, Patrice se detuvo frente a la puerta de su habitación. Hizo un ademán con la mano para que ella entrase primero, y sintió que algo se agitaba en su interior.
Hacía años desde la última vez que había estado entre esas cuatro paredes. Había cumplido trece y todos murmuraban que no era propio de una futura reina encerrarse en la habitación de un chico. No si quería evitar portadas difamatorias del Le Sang.
Al ingresar al cuarto sintió en carne propia el paso del tiempo.
Ya no había helicópteros a control remoto sobre las pulcras estanterías de madera; habían sido sustituidos por libros.
Las paredes seguían siendo azul, pero el empapelado con barcos había naufragado.
La consola de videojuegos por la que tanto peleaban Devon, Patrice y ella ya no estaba.
Ahora se trataba de la habitación de un chico universitario; libros y papeles en el escritorio, un pequeño banderín triangular con la inicial de la abadía y un portarretratos con la última foto que los tres se habían tomado por su cuenta, sin reporteros ni protocolos.
Devon lucía la túnica blanca y dorada de graduación, ella vestía un simple vestido floreado hasta las rodillas y Patrice tenía pantalones caqui y camisa celeste.
Marie-Helénè deslizó sus dedos sobre la foto.
—Fue la única que vez que utilizó blanco —murmuró, consciente de que Patrice estaba junto a ella.
—Yo creo que fue la única vez que sonrió.
Marie-Helénè bajó su mano. Se tornó hacia Patrice, revelando su verdadero temor.
—¿Crees que está bien?
—¿Devon? Podremos no ser tan unidos como antes, pero dudo que haya hecho lo que se dice en el periódico. No sin motivos. Y si posee motivos… —Patrice vaciló—. Yo me preguntaría qué tanto está sucediendo como para que el mayor benefactor de la corona haya huido cual presa en medio de la cacería.
Marie-Helénè deslizó una mano a lo largo de su rostro.
Había tenido el mismo presentimiento cuando hubo leído los titulares.
Sus padres se habían pasado la cena entera agradeciéndoles a los Dioses por no haberla unido en matrimonio a semejante «bestia», pero ella había permanecido callada, preguntándose por qué Devon había escapado.
—Tuve una mala espina cuando Elysabeth atacó a Huges —admitió bajito, por si las mucamas pasaban cerca—. Estoy segura de que eso no le cayó en gracia, pero de ahí a extraer su sangre… El verdadero Devon no se lo habría tomado a pecho; la habría hundido a nivel político.
Patrice se frotó la quijada.
—No lo sé. Quizá los rumores son ciertos y…
—Ni te atrevas —advirtió ella, robándole una falsa sonrisa inocente antes de que se encogiera de hombros.
—Solo digo: muchos sangbìbiers tiran los votos del Septem por la borda y cruzan frontera al enamorarse de un terrestre.
—Devon no es de esos. No sé qué le sucede, pero él jamás nos abandonaría.
—Se dio la vuelta con tal de no ver la foto que le recordaba que uno de sus mejores amigos estaba perdido—.
Todo esto es un caos. Un día nos sonríen y al día siguiente planean nuestro asesinato.
Deberíamos estar en búsqueda de los Minoritarios, no de uno de los nuestros—.
Agotada, se dejó caer sobre el antiguo baúl que solía estar repleto de juguetes—.
Cuando anunciaron la llegada de Elysabeth, creí que mis problemas se habían terminado, que estaría en paz, pero no me siento así.
Al contrario: siento que el reino está patas arriba.
Patrice tomó asiento a su lado. Marie-Helénè estuvo a punto de posar la cabeza en su hombro, pero no se animó a hacerlo. Sin embargo, las chispas de su corazón revivieron cuando él cogió una de sus manos entre las suyas.
—Sabes que son sujetos aburridos tras siglos de vida. Basta con ver una década de nuestra historia para comprender que cada linaje posee intereses egoístas. Si no, mira a Bjorn y su intento de vengar a un familiar que murió siglos atrás.
—Lo sé. Pero también estamos nosotros: Devon, tú y yo no nos peleamos por la corona. Siempre nos hemos ayudado porque queremos arrestar a quienes asesinaron a nuestras familias. Elysabeth podría hacer lo mismo.
—Tal vez lo haga. No la conocemos aún. Y ella no nos conoce a nosotros. Quizá piensa que estamos en su contra y por eso ha decidido atacar primero.
—Eso quiero creer.
Los dos quedaron callados un momento.
—¿Qué hay de… el tema que mencionaste la última vez?
Marie-Helénè sintió cómo sus labios se comprimían.
Su padre. Había escuchado una conversación sospechosa y el DII había estado en su casa.
Su padre había hablado con la mente detrás del asesinato del agente Sauer.
Todo indicaba que el crimen había sido obra de los Minoritarios —ni siquiera la prensa independiente afirmaba lo contrario—.
Si ataba los cabos sueltos… Prefería no hacerlo.
—No es como si tuviera evidencia, pero eso es lo que escuché. Pensé en enfrentarlo, pero… Nadie admite algo así como si nada. Si en verdad está envuelto en algo oscuro, no sé qué tan conveniente es que yo le diga que estoy al tanto.
—Por las dudas, no lo menciones. —Los dedos de Patrice se afianzaron—. Si está en contacto con ellos, sería peligroso. Lo he pensado, y… podríamos mencionárselo a Devon. Es lo bastante discreto como para investigar sin alzar revuelo.
Marie-Helénè torció el gesto. Era su padre.
Hablaban de su padre, su propia sangre. Si las sospechas resultaban ser ciertas…
«Todos te odiarían», pensó. Asimismo, era lo correcto.
El pueblo podría cuchichear a sus espaldas y crear absurdas historias sobre ella, pero al menos tendría su conciencia limpia.
Asintió sin ganas.
—Buscaré la forma de decírselo.
—Y yo buscaré la forma de acompañarte. —Un ligero rubor recubrió sus mejillas cuando Patrice besó sus nudillos—. Estoy de tu parte, no lo olvides.
El gesto le robó una diminuta sonrisa, opacada por la opresión que invadía su pecho de solo imaginarse a su padre tildado de traidor, sentenciado a prisión o algo peor.
Se imaginó los insultos que lloverían. Los linajes ansiosos por retirarles sus títulos.
La prensa persiguiéndola a ella y a su madre para «obtener pruebas» o caras tristes con rastros de máscara de pestañas.
—Hey.
Volvió en sí al sentir el ligero toque rodilla con rodilla.
Patrice la miraba igual que se miraban las parejas felices que acudían al muelle para contemplar el atardecer.
No obstante, nunca habían visto un atardecer juntos.
Mucho menos un amanecer. Nunca habían observado ningún paisaje tomados de la mano.
Siempre ocurría así, en secreto, como si estuviera mal.
—Mencionaste que tu madre mandó a hacer un vestido.
Marie-Helénè se encogió de hombros.
—Puedo usarlo en mi cumpleaños.
—Es cierto. Aunque… —Patrice bajó del baúl.
Hincó una rodilla en el suelo y Marie-Helénè se congeló.
—Estaba pensando que, ya que no tienes ningún compromiso ni pretendiente oficial…
Tal vez…, a lo mejor… —Se mordió el labio al sacar la cajita de su bolsillo, algo que solo hacía cuando estaba nervioso—.
¿Querrías ser mi pareja este Día de las Luces, Marie-Helénè?
¿Querrías ser mi pareja… todos los días?
«Sí», expresó a todo pulmón, mas de su boca no salían palabras. Se había quedado petrificada frente al prendedor en forma de lirio, rojo y plateado, colores de los Tasclainer, tan sorprendida que empezaba a preguntarse si por casualidad no se había quedado dormida en el auto de camino al palacio.
—Y-yo…
—Sé que es pronto. Nos conviene esperar a que Elysabeth gobierne, pero, al menos quiero que lo sepas. Quiero que seas mi pareja. No tienes que usarlo —indicó el prendedor—. Podemos mantenerlo en secreto. Es más, podríamos pasar el día aquí y…
—No. —Marie-Helénè sacudió la cabeza. Se le escapó una risita y volvió a negar—.
No quiero ocultar nada. Lo he visto con Devon, son insaciables.
No importa cuánto esperemos, siempre tendrán algo para decir.
Y no me importa. —Acarició una de sus mejillas y contempló esos ojos violáceos con ternura, incapaz de creerlo, aunque el beso que él depositó en la palma de su mano se sentía muy real—. Conoces mi respuesta.
Ambos sonrieron. Patrice se puso de pie y tiró de su mano para que quedasen a la misma altura. Le dio una vuelta, como si se encontraran en medio del baile, y la acercó a él, hasta que, poco a poco, sus cuerpos se fueron acoplando a una melodía que solo ellos podían percibir.
Patrice dejó su frente contra la suya. Marie-Helénè descansó sus brazos alrededor de su cuello. Sus labios estuvieron a punto de cantar victoria, pero el picaporte de la puerta giró y los hizo apartarse de golpe.
—Oh. —Romerick había quedado de pie bajo la puerta.
—Su excelencia. —Marie-Helénè se apresuró a hacer una reverencia.
El anciano de tez pálida agitó una mano.
—No es necesario, querida. Sé cuánto significas para mi nieto. Por eso he de admitir que no me gusta ser yo el portador de malas noticias.
Tanto Patrice como ella desviaron sus ojos hacia el sobre que traía consigo el marqués. Un sobre con un sello de lacre color rojo sangre. Un sobre con un decreto real.
Intercambiaron miradas, sintiendo el dolor a flor de piel.
«Demasiado bueno para ser real», pensó automáticamente, recordando que Devon ya no estaba y que, por ende, Patrice era el sangbìbier masculino de mayor porcentaje.
—Creedme —dijo el marqués—. Traté de impedirlo, mas no quisieron escuchar.