REX REXUM 39 #2
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—Yo… —Nínive aclaró la garganta—. Espero que no se te haga costumbre besuquear gente en las iglesias.

Devon elevó las cejas.

—No vi ningún cartel sobre respeto al Señor ni los buenos modales cuando ingresamos. Y créeme que lo busqué.

—Oh, claro, eso lo resuelve todo.

—Además… —Ciñó su cuerpo al suyo—. Yo no «besuqueo gente».

Beso a mi afín porque las ganas de alimentarme de ella son tan grandes que esta es la única opción decente al alcance de mis manos.

—Elevó las comisuras de sus labios al percibir el aleteo que cobraba vida en el interior de Bryce.

Ella lo deseaba y él la deseaba a ella, pero por culpa de los Minoritarios no podían hacer nada al respecto—.

Ahora sí, dionummea: ¿qué clase de explosión quieres causar esta vez?

—Hum… No es ninguna reacción exotérmica abrupta, solo busco evaporar el heptahidrato.

—¿En español?

—Necesito hervir la sal.

—Bien. —Devon recogió los bolsos y Nínive sostuvo la caja de madera con los libros—. De seguro que nuestro amigo Viktor puede ayudarnos. De lo contrario, traigo bengalas; podemos hacer arder una Biblia o una de las tantas cruces de madera.

—¡Devon!

Él soltó una risilla, encantado con la idea de hacerla rabiar. Anhelaba los días en los que una discusión acabara con ellos dos besándose hasta olvidarse del motivo por el cual peleaban. «Todo a su tiempo», se dijo. Que no lo apartara de un manotazo cuando aún poseía sus dudas era un avance.

Bajaron por la escalera en forma de espiral detrás del altar. y divisaron a Viktor en una de las naves laterales, con las manos entrelazadas cual guardia de seguridad.

—¿Habéis podido leer el libro?

Nínive torció el gesto.

—Por supuesto —contestó—. Ya capturamos al líder minoritario y beberemos champaña para celebrarlo.

—Pues eso es… —Viktor arrugó el ceño—. ¿Por qué estáis tan serios?

—Porque las velas de la iglesia no calientan tanto como un mechero de Bunsen. —Nínive se abrió paso entre los dos.

Devon palmeó el hombro del monje.

—Ha tenido un mal día. Todavía no hay libro, solo profecías en idiomas extranjeros.

—Oh. —Viktor alzó la barbilla. Vio en sentido a Bryce, quien por poco no pateaba una estatua de mármol—. Ya veo. Entonces, ¿necesitáis velas?

—Necesitamos algo más intenso que una vela y… ¿Poseéis baños? No creo que podamos realizar experimentos en público.

El monje no dudó a la hora de guiarlos a través de la nave principal fuera del templo. En el pequeño mercado de artesanías, dispuesto bajo el techo de la misma iglesia, había baños públicos. El monje no tuvo problema en colocar un letrero plástico amarillo que indicaba su inhabilitación.

Devon arqueó una ceja.

—«No prestarás falso testimonio». ¿No es acaso uno de vuestros diez mandamientos?

—El octavo, de hecho —admitió con cierto sonrojo el hombre de hábito blanco—. Pero para eso existen los confesionarios.

—Oh. Claro. —Devon se encerró en el baño. Se adosó contra la puerta al tiempo que Nínive desplegaba los instrumentos en la encimera—. ¿Necesitas ayuda?

—No —negó con la cabeza—. Calentaré el tubo directamente ya que perderemos horas si utilizo agua a temperatura ambiente en un matraz.

—¿No es peligroso?

—El tubo resiste altas temperaturas. Y el gas desprendido es vapor de agua. A no ser que se caliente por encima de los trescientos grados, pero… —Hizo una mueca al tomar el soplete de repostería que Viktor les había facilitado tras pedírselo prestado a uno de los artesanos—. Esta cosa da lástima.

—Solo admite que extrañas el laboratorio IV.

Nínive le lanzó una mirada ceñuda.

—No necesito admitir lo obvio.

—Mmm, interesante. Nunca has admitido que me amas. ¿Se debe a que es obvio?

—Quiero trabajar, DeBlanckfort.

Devon rodó sus ojos.

Algún día le diría esas palabras que él pensaba pronunciar el Día de las Luces, pese a que todavía no tenía idea de cómo compraría lirios sin que ella se diera cuenta.

Tampoco tenía en claro si pasarían una noche más en Gante o si regresarían a Sangbièrre.

Lo único que tenía entre ceja y ceja era pasar el Día de las Luces con ella.

Desde la puerta, observó cómo Nínive empezaba a calentar la sustancia verdosa y cristalina bajo la llama azulada.

Viktor esperaba afuera, seguramente retorciéndose los dedos al igual que lo hacía Nicodème cuando estaba al tanto de un pecado que había cometido.

Trató de entender esa culpa, pero no pudo.

No matar, no mentir, no tener pensamientos impuros…

Él había quebrantado cada mandamiento y cada Septem hacía mucho tiempo, desde que había puesto como prioridad a la heredera en lugar de las deidades del reino.

En su nombre había cometido muchas locuras, pero…

Pasó por alto la sal verde y vio a Nínive. Sus manos estaban enfundadas en guantes de látex, su cabello caía hasta la cintura e inclinaba la cabeza para vigilar de cerca la reacción.

Volvería a cometer todas esas locuras y muchas más con tal de no perderla.

—¿Tienes la nota a mano? —preguntó Nínive. Devon se despegó de la puerta y depositó el papel en la encimera—. Muy bien. Veamos si tenemos ácido tánico o si tu sentido del olfato necesita una visita al médico…

Devon frunció el ceño.

—He olido residuos de tinta en cartas cientos de veces. Eran agallas de roble.

—Ajá…

Devon la miró de soslayo.

—¿Cómo saber si no has sido tú quien estropeó la sal?

Nínive se tornó hacia él y dejó una mano sobre la cintura.

—¿Cuestionas mis capacidades científicas, DeBlanckfort? ¿Después de todo lo que he resuelto?

Devon imitó su postura.

—¿Cuestionas mi entrenamiento militar? ¿Después de todo lo que he resuelto?

Por un momento, ninguno de los dos dijo nada.

Se quedaron viendo con expresiones serias, deseando acogotar al otro, pero por algún motivo eso le causó gracia y tuvo que comprimir los labios para no reír.

Nínive dejó caer su melena como una cortina para no admitir que a ella también le resultaba un comportamiento de lo más infantil.

En su lugar, cogió un hisopo, raspó el contenido del tubo y empezó a esparcirlo a lo largo de la nota.

—En teoría, el sulfato ferroso debería oxidar lo que sea que hayan puesto aquí. —Chequeó su reloj pulsera y lo miró—. ¿Qué hay de la profecía? Decía algo sobre el enemigo del dragón dorado. ¿Y qué se supone que es la Dama Bajo Tierra?

Devon se recargó contra la encimera.

—No lo sé. Por enemigo puede referirse a varias cosas: minoritarios, Harssbornen, terrestres… —Juntó las cejas al recordar uno de los tablones del políptico—. Miguel.

—¿Miguel?

—El arcángel. Siempre se lo representa matando a un dragón, tal y como se relata en el Apocalipsis.

Por eso mi bisabuelo escogió el nombre de San Miguel para la orden.

Es lo bastante irónico y discreto; nadie sospecharía que un Dragón Negro creó ese lugar.

«Sus alas en el sur se elevan». Los ángeles poseen alas, ¿no?

Nínive vaciló.

—No es como si hubiera esqueletos para demostrarlo, pero… En teoría, sí.

—Tiene que referirse a San Miguel.

—Hay una iglesia llamada San Miguel en el camino que nos indicaron. Aparece al final del mapa que Sophia nos obsequió —recordó Nínive—. Si ese es el lugar, habríamos recorrido el camino de principio a fin.

Devon quedó absorto. Se volteó al oír el chirrido de la puerta:

—Las personas empiezan a preguntar cuánto se tardará el equipo de limpieza —dijo Viktor—. ¿Habéis dado con la respuesta al acertijo?

—Algo así. —Devon se apresuró a recoger sus pertenencias.

Al coger la nota, percibió las marcas de óxido que estaban apareciendo en el papel.

No obstante, no había más versos, ni siquiera palabras.

Una silueta se había formado, coronando las palabras San Miguel.

Le tendió la nota a Viktor ni bien él y Nínive salieron del baño—. ¿Tienes idea de qué es esto?

—¿Qué dice? —preguntó Nínive.

—Nada —replicó Devon—. Solo hay un dibujo.

—¡¿Es broma?! ¡Voy a matar a tu abuelo, ¿sabes?!

Devon separó sus labios, a punto de recordarle que su abuelo ya había fallecido, pero Viktor señaló la silueta con aire pensativo.

—Esto es San Miguel.

—¿La iglesia? —preguntó Nínive.

—Me refería al dibujo —replicó Devon.

—Sí, lo sé, lo sé. Me refiero a que este contorno de aquí se corresponde al monte San Miguel, en Normandía.

Es sede de la orden. Por eso las reiteraciones; el camino posee tres puntos con el nombre San Miguel: el puente, la iglesia que tenemos en Gante y el monte en Normandía, lugar donde residía vuestra familia, si mi memoria no me falla.

—Viktor le regresó la nota a un Devon paralizado—.

Existe un túnel entre ambas ubicaciones.

La iglesia está conectada al monte. Por eso el puente de San Miguel contiene la estatua dorada del arcángel y el dragón en uno de sus postes: simboliza la unión del dragón de Gante y el arcángel de Normandía. Un puente entre ambas, literalmente.

Devon oyó el resoplido de Nínive como si su cabeza hubiera sido sumergida en agua. Una broma. Tenía que ser una broma.

—¿Normandía? —murmuró con temor a que Viktor asintiera. Entonces recordó la profecía—: «Lo que oculto fue por veinte años, a Sangbièrre el día de hoy regresa».

—Correcto —Viktor sonrió—. Normandía se encuentra bajo vuestra jurisdicción. El monte está a orillas del río Couesnon.

—Sí —Nínive hizo una mueca—. Justo donde somos los más buscados.

—No, no es así. —Devon negó ensimismado.

Viktor se dirigió a Nínive al ver que él no hablaba.

—El monte San miguel no es territorio sangbìbier. Por muchos años intentaron quedarse con la isla, pero no pudieron por temas de logística.

—¿Qué? —Nínive miró a Devon—. ¿Una isla? ¡¿Guardaron los medallones en una maldita isla?!