REX REXUM 39
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DEVON

Devon reprimió una larga serie de insultos al ver los versos.

Los Nox Lupis les pisaban los talones y él no era precisamente el blanco.

Eso le preocupaba. Se preguntó si Elysabeth había obtenido el acceso al DII antes de la ceremonia protocolaria, si el plan acababa de derrumbarse.

Iban cortos de tiempo y, sin embargo, no podía soltar a Nínive.

Estaba sentada con la espalda contra su pecho mientras leían.

Podrían tener el mundo en contra, no importaba; deseaba inmortalizar ese momento.

El aroma floral de su cabello, cómo rompía el contacto visual cuando sus miradas se tropezaban y quedaban enredadas…

Aquel muro invisible que solía interponer entre ellos parecía haber cedido.

Fuera como fuera, Devon se esforzaba por leer la profecía de su bisabuelo y no girar el rostro para contemplar el color rosa que habían adquirido sus mejillas.

—«Lo que oculto fue por veinte años, a Sangbièrre el día de hoy regresa» —tradujo en voz alta—. «Sus legítimos dueños lo encuentran. El camino de Miguel les muestran».

—¿Predijo que vendrías a buscar el Rex Rexum?

—Que vendríamos —corrigió—. Los versos están el plural.

Y no solo eso: «Enemigo del dragón dorado, sus alas en el sur se elevan.

Dragón y león alado, sobre la Dama Bajo Tierra esperan.

Dragón y León Alado, bajo el cielo estrellado vuelan».

—Devon formó un mohín—. Es obvio que se refiere a dos personas.

—Entonces, el dragón hace referencia a ti y el león alado…

Devon se inclinó para coger el Rex Rexum. Rodeó a Nínive con los brazos y depositó su barbilla en uno de sus hombros antes de señalar el sello con las dos piezas faltantes.

—El león alado siempre ha representado a los Boge. —Devon esperó, consciente de que caminaba por la cuerda floja—. Es el emblema que usaban los últimos reyes… Tus padres.

Sintió la tensión bajo sus brazos. Él corazón de ella se aceleró en el momento en que empezó a negar con la cabeza.

—No tiene sentido. Yo no… No poseo esencia. Mi salud es un desastre y… ¿No has visto a los Boge? Elora es pelirroja, Adort tiene ojos celestes… Elysabeth se parece más a ellos.

—Porque tú te pareces a tu madre: Ana de Lyss. No tenemos que hablarlo ahora, descuida. —Devon bajó el libro—. Cuando regresemos, le pediré a Wagner que te enseñe el caso Sauer y tú decidirás si me crees. Ahora debemos enfocarnos en esto —indicó la nota.

La acercó y la estudió de cerca; el papel amarillento estaba desgastado en los bordes. Era suave, pero ciertas partes se sentían más ásperas. Entornó sus ojos y olió el papel.

—¿Qué haces?

—Creo que tiene agalla de roble. —Devon colocó la nota a contraluz—. De ser así, contiene un mensaje invisible, a menos que se añada un reactivo.

—¿Reactivo? —Los ojos de Nínive se iluminaron—. Yo sé sobre reactivos. ¿Qué clase de sustancia necesitas?

Devon sonrió al ver cómo Nínive no tardaba en estirarse para cazar su maletín.

—Muchas sustancias pueden reaccionar con lo que sea que tenga ese papel. ¿Qué contiene en específico?

—Si estoy en lo cierto, es tinta de riel de hierro, lo cual es curioso; la historia de esta tinta se remonta a la Revolución Americana.

—Devon sonrió cuando ella dejó de revolver.

Sin prisa, despejó un largo mechón de cabello que se había colado en su rostro—.

¿Recuerdas lo que dije sobre cómo mi familia huyó de Francia en el siglo XVIII?

Nínive asintió.

—Bien, otras familias hicieron lo mismo a fin de escapar de las persecuciones religiosas.

Una de ellas fue la familia de James Jay, quien inventó la fórmula de esta tinta como método para intercambiar información en la búsqueda de la independencia de los Estados Unidos.

Así fue cómo mi familia empezó a usarla.

—Vosotros estuvisteis implicados, ¿cierto?

—Queríamos quitarle poder al rey. Y funcionó.

Ambos intercambiaron un par de sonrisas.

—Sé que utilizaban una mezcla con agallas de roble para hacer la tinta —dijo Devon—. Se activa con sales de hierro. Vitriolo, si no me equivoco.

—Así se les decía a los sulfatos, pero de esos hay muchos. Incluso se le decía aceite de vitriolo al ácido sulfúrico.

Devon unió las cejas, buscando en sus archivos mentales la fórmula de una tinta que jamás había preparado por su cuenta.

Muchas veces había visto a su padre en el ejército, preparando compuestos en medio de las clases que dictaba, pero durante ese año en particular su atención había estado dividida entre los entrenamientos de la orden y la búsqueda de la heredera que él había creído inexistente.

Antes de creer en las profecías había llegado a la conclusión de que viviría siglos enteros viendo cómo, uno tras otro, sus seres queridos morían.

Aquella imagen lo había guiado a cometer una locura.

Bueno, casi; LeBlanc se había aparecido aquella noche al pie del risco.

El profesor lo había sujetado sin permiso para luego arrojarlo al suelo, acciones que iban contra todo protocolo.

Devon pensó en dejar inconsciente al profesor y arrojarse por el acantilado de todas maneras.

No nadar contra la endemoniada corriente, no sostener la respiración al ser engullido por el mar.

Quería dejar de sentirse vacío.

Por lástima, pensó en ir al campamento y regresar más tarde, cuando todos durmieran.

No deseaba que semejante imagen quedase grabada en la mente de alguien tan sensible como el profesor.

El sufrimiento terminaría en segundos, y no culparían a LeBlanc de las locuras de un crío de dieciséis.

Ese había pasado a ser el plan. Estaba dispuesto a ejecutarlo sin lágrimas ni arrepentimientos.

No obstante, el excéntrico miembro del priorato pronunció las palabras que lo obligaron a cambiar de parecer:

—¿La dejarías sola?

Aquello había frenado su andar. Nunca se le había pasado por la mente. LeBlanc parecía tenerlo más claro que él:

—Ahora mismo, sea en Sangbièrre o en el mundo terrestre, hay alguien sintiéndose tan sola como tú.

«Sola».

La palabra lo hizo temblar. Conocía aquel sentimiento como la palama de su mano… Solo se imaginaba los siguientes siglos. Solo era como se imaginaba gobernando una vez su esposa por conveniencia falleciera. Solo estaría cuando desistiese de la idea de hacer amigos con tal de no enterrarlos.

Devon no se planteaba la existencia de alguien más con esos mismos problemas.

Solo veía una operación fallida tras otra, y con ellas la flama de la esperanza comenzaba a extinguirse.

Sin embargo, esas palabras calaron hondo.

Si en verdad existía… Si en verdad había alguien como él allí afuera, alguien que se desvelase por esas mismas pesadillas…

No.

No pensaba dejarla sola. Tampoco darse por vencido.

Hizo un cambio de planes a último momento.

Regresó al campamento en el medio de las llanuras escocesas.

No durmió en la tienda, se quedó al aire libre.

Contó estrellas y divisó constelaciones.

Pero, sobre todo, se preguntó si esa persona estaría admirando el mismo cielo nocturno, preguntándose si él también existía.

Al día siguiente, comenzó a leer cada libro sobre terrestres y la historia de sus civilizaciones, así como sus idiomas.

Por si era necesario infiltrarse en zonas de gran tensión, perfeccionó su entrenamiento militar.

En caso de que ella estuviera en Sangbièrre, procuró aprenderse cada ley, cada Septem y cada texto que el priorato le facilitara con tal de dar con el paradero al cual hacía referencia la profecía.

Por eso aquel día en el campamento militar su mente estaba dividida: escuchaba lo que su padre decía al tiempo que leía un diccionario de griego antiguo. Aunque, sí que había hecho una especificación en su block de notas cuando mencionaron la fórmula de Jay:

—Vitriolo verde —murmuró, regresando de un pasado cargado de exigencias para encontrarse con ese par de ojos que había buscado por doquier—. Mencionaban vitriolo verde.

—O… —Nínive alargó una mano hasta el maletín—.

Lo que en mi mundo se conoce como sulfato ferroso.

—Agitó un pequeño tubo de ensayo que dejó suspendido entre ellos—.

Esta es su versión heptahidratada. No es exactamente igual, pero, si le añadimos noventa grados centígrados…

¡Puf! Adiós, heptahidratado. Hola, vitriolo verde.

Espero que la iglesia tenga baños. Y fuego.

Devon sonrió.

Definitivamente, había valido la pena cada diccionario y cada entrenamiento. Estuvo a punto de inclinarse para besarla, pero de la nada Nínive se puso de pie y juntó sus manos.

—Bien, hagamos algo de química.

Él se puso de pie a regañadientes.

—Yo creo que ya tenemos mucha química, pero, si insistes…

—No veo el mensaje oculto, DeBlanckfort, ¿tú sí?

—Voy a decir que sí solo porque prefiero besarte antes que ir a donde sea que quieras ir.

—¡No es momento como para…!

Devon silenció las protestas de Bryce al coger su rostro y sellar sus labios con su boca. En principio, no hubo respuesta alguna más que la sorpresa, pero pronto su corazón estalló en miles de piezas cuando ella correspondió sus besos y deslizó las manos a través de su nuca.

Los labios de Nínive eran como esa pieza inesperada que encajaba a la perfección en medio de un rompecabezas.

Sus besos… arrasaban con todo, incluyendo la razón, puesto que tuvo que reprimir las ganas de guiarla hasta la pared más cercana y colar sus dedos bajo su camiseta al recordar en dónde estaban.

Quería tocar cada centímetro de su piel, depositar un sinfín de besos sobre su cuerpo hasta olvidarse de esos veinte años anteriores a ella, pero las condiciones eran tan impropias que prefería transmitirle todo ese deseo al capturar sus labios con vehemencia y recorrerlos como si contara con toda la eternidad para hacerlo.

Al separarse, Nínive trastabilló y él atrapó su cintura.

—Cuidado. —Su voz sonaba más ronca de lo habitual.