38 #3
Al percatarse de cómo los pulmones del profesor se hinchaban, Elysabeth comprendió que había hecho bien en seleccionar la muestra por su cuenta.
Las manos del médico temblequearon cuando el guardia depositó un maletín sobre la mesa y lo abrió, revelando el interior negro aterciopelado con tres ampollas y una jeringa de plata.
—¿Todo en orden, profesor?
LeBlanc había quedado paralizado.
—Esto no es nada ético, alteza.
—Tampoco lo es la extracción forzosa o el ocultamiento de información. ¿Vela por la seguridad del pueblo o por la impunidad de sus colegas?
LeBlanc suspiró. Por primera vez, Wagner hizo tintinear las cadenas de sus manos esposadas.
—No goza con la autoridad necesaria como para hurgar en mi mente —masculló—. Hay archivos confidenciales que ni siquiera la guardia puede ver.
—Sí. Tendríamos que cambiar eso, ya que la Guardia Real ha sido la única capaz de ubicar a dos traidores.
El libertinaje que les otorgó DeBlanckfort se ha acabado, Wagner.
Ahora la ley rige este reino. En cuanto a usted, profesor, si no quiere que comience a creer que posee información de mi interés, le sugeriría empezar de una vez por todas.
LeBlanc cerró sus ojos al alargar una mano hacia el maletín. Elysabeth observó cada uno de sus gestos, desde la tensión en sus músculos faciales hasta el temblor poco digno de un médico condecorado a medida que insertaba la jeringa en la boca de goma de la ampolla ambarina.
Wagner se sacudió cuando el profesor se acercó.
—No.
—Contenedlo —ordenó Elysabeth.
Los guardias no tardaron en inmovilizar al hombre de cabello rubio contra la silla de madera.
—¡Es ilegal! —voceó el director, consiguiendo que LeBlanc apretara los labios al aproximar la jeringa a su cuello.
—Lo siento mucho —murmuró el profesor.
Hasta ese entonces no había mostrado preferencias algunas, pero con esas tres simples palabras Elysabeth comprendió que nunca hallaría la fórmula del elixir para ella; aplazaría sus hallazgos hasta el regreso de sus «amos».
El detalle colmó su paciencia. DeBlanckfort había tirado el protocolo por la borda, había quebrantado la ley, se había enamorado de una cualquiera y… ¿Todavía le eran fieles?
«Traidores». No había ninguna otra forma de explicarlo. Tal y como le habían relatado en Irlanda, el reino se había plagado de pecadores y abominaciones, personas dispuestas a sacrificar siglos de redención con tal de obtener poder.
—Dejad que surta efecto —indicó al ver que a los guardias se les empezaba a dificultar la tarea de contención.
LeBlanc se dio la vuelta y se arrinconó en una esquina, con la mirada fija en el suelo, cual crío castigado. Por su parte, Wagner presionó los dedos hasta dejar sus nudillos blancos sobre los brazos de la silla. Los temblores empezaron a sacudir su cuerpo.
—Muy bien, señor Wagner —dijo Elysabeth—, comenzaré con una pregunta fácil…
—¡Vete al infierno! —espetó el agente, presa de incómodos tics nerviosos.
—Es bueno saber que ahora sí es directo. —Elysabeth sonrió con malicia—. Por si no lo ha notado, se encuentra frente a la futura reina de Sangbièrre…
—¡Ja! Sí, claro… —El agente rodó los ojos. Su piel comenzó a perlarse por el sudor.
Elysabeth supo que era el momento oportuno para realizar las preguntas que había deseado hacer durante años:
—¿Sabe usted dónde estaba el señor Huges DeBlanckfort el día del Ataque del 97?
Wagner soltó una sonrisa sardónica.
—No me llevo bien con el conde. Apenas me llevo bien con su hijo…
—Responda mi pregunta, señor Wagner.
—¡No lo sé! ¡¿Te piensas que los linajes cuentan todos sus planes como si mi agencia fuera un purgatorio?! ¡No, no lo hacen! —Wagner empezó a sangrar por la nariz. Al notar que una gota caía sobre la mesa, miró a LeBlanc con ojos suplicantes—. Haz que pare…
—LeBlanc no hará nada que yo no le ordene.
—¡Porque es un maldito traidor!
—Porque el único traidor aquí es usted, Wagner. —Elysabeth apoyó las palmas de las manos en la mesa. Clavó sus ojos en la mirada esmeralda de Wagner—. ¿Por qué no me dice qué hay dentro del expediente Sauer? ¿Por qué lo clasificó?
Wagner respiró hondo y se aferró a la silla.
—¡Conteste!
El director sacudió la cabeza con vehemencia. Sus ojos quedaron abiertos de par en par. Su piel se tornó rojiza, casi violácea, tras contener la respiración.
—¡Porque nadie puede saberlo!
—Saber, ¿qué cosa, Wagner?
Una carcajada se le escapó al tirar su cabeza hacia atrás.
—En verdad no sabes nada…
—¡Te he dicho que contestes!
—¡Y yo te he dicho que nadie puede saberlo!
El archivo Sauer contiene la identidad de los informantes de Phillipe, ¿sabías eso?
¡Por supuesto que no! Hay infiltrados. Infiltrados en todos sitios: aquí, allá, en el mundo terrestre…
Están en todos lados —secreteó con ojos desorbitados.
Se le escapó una risita teñida del rojo de la sangre que manaba de su nariz—.
Y Bryce lo sabía. ¡Oh, qué gran secreto!
¿Por qué te crees que los Minoritarios la inculparon?
Pero tú ahora ya la has acusado a ella, por lo que…
¿Quién es la gran traidora del pueblo al final del día, Elysabeth?
Una bofetada dobló el rostro del agente.