REX REXUM 38 #2
73%

38 #2

—El Acuerdo del Transatlántico podría volar por los aires si se descubre que fue uno de los nuestros quien silenció a esa chica —insinuó con voz cantarina—. Los americanos siempre han sido muy patrióticos: Addy y yo lo hemos visto estando en Texas.

—¿Adort-Boge no asiste a la reunión? —cuestionó Bjorn.

—Oh —Elora abrió los ojos verdes al beber un sorbo de sangre y dejó un dedo en alto—. Está ocupado jugando un partido de ajedrez con el fantasma de nuestro hijo.

La incomodidad se hizo presente entre los invitados, quienes no dudaron en cambiar de tema antes que traer a colación el estado de salud mental del rey.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó la duquesa de Nürssen—. Necesitamos a DeBlanckfort, pero es un peligro. Tampoco podemos deshacernos de la terrestre sin provocar a su mundo.

—Lloverían soldados y banderas con estrellitas —murmuró Elora ensimismada—. Aunque debemos admitir que son soldados apuestos. Deberíamos tener soldados así en la Guardia Nacional, siempre se lo he dicho a Addy…

Elysabeth frunció el ceño. Apartó la atención de su abuela al sentir que las miradas empezaban a recaer sobre ella.

—Yo me encargaré de Bryce y de DeBlanckfort. Solo os pido vuestra confianza. No pretendo hacer lo mismo que DeBlanckfort; no pisotearé nuestras tradiciones. Por eso quiero advertiros que las decisiones que tome, por muy crudas que sean, siempre estarán basadas en el bien común de todos nosotros.

Elysabeth se excusó con los invitados y abandonó el comedor.

Había un compromiso más en su agenda antes de siquiera pensar en el Día de las Luces.

Las encuestas indicaban que más del noventa por ciento del reino se mostraba a favor de su incorporación en la familia real.

El primer discurso oficial debía de ser perfecto, sin lugar a malinterpretaciones por parte de la prensa sensacionalista.

Pero primero debía visitar el cuarto de interrogatorios.

Allí aguadaba el director del DII, Jason Wagner, cuya pusilánime investigación había puesto en duda su supuesta imparcialidad.

Dobló por la esquina de unos de los pasillos de la administración y divisó al profesor LeBlanc frente a la puerta custodiada.

Vestía como todos los días, cual hombre criado en la campiña inglesa. Sus impecables modales hacían que Elysabeth se preguntara por qué un honrado profesional aceptaría ser parte del priorato cuando podía realizar investigaciones para el gobierno.

—Buenas tardes, alteza —dijo mediante una sonrisa—. Vuestros hombres me han apartado de mis labores, pero no me han dejado ingresar a la habitación.

—Oh. —Elysabeth fingió sorpresa—. Sí, es mi culpa. Les he ordenado mantener al señor Wagner aislado hasta mi llegada. No pretendo ser paranoica, pero prefiero no inquietarme ante posibles alianzas entre sectores opositores.

—Por supuesto. —El profesor asintió, aunque ella no lo notó muy convencido.

—Guardias. —Con un disimulado ladeo de cabeza, Elysabeth les indicó abrir la puerta.

Pese a haber sido entrenada para nunca perder la calma, su corazón latía con gran vigor a medida que sus piernas la trasladaban al interior de la habitación dividida a la mitad por un gran espejo unidireccional.

Del otro lado, sentado y esposado, se hallaba Jason Wagner.

—¿Es necesario encadenarlo a la mesa? —preguntó LeBlanc.

—Tomé las precauciones sugeridas por el ejército. La droga puede provocar espasmos o un comportamiento demasiado errático como para dejarlo en libertad. —Al ver las cejas enarcadas del profesor, desplegó una cálida sonrisa—. Descuide. Queremos que el procedimiento sea seguro, no una tortura.

—El Ángel Dorado es ya de por sí una tortura, alteza —replicó sin perder la compostura, pese a que Elysabeth advirtió el cambio en su tono.

—Quizá. Pero no estaríamos aquí si Wagner hubiera hecho su trabajo —soltó antes de cruzar la puerta que interconectaba ambas áreas. El profesor la siguió de cerca—. Muy buenas tardes, señor Wagner. Supongo que la Guardia Real le ha informado el motivo de su presencia en esta sala.

El director tensó la mandíbula.

—Sí. Aunque me gustaría hacer una precisión, alteza: el DII no responde ante el consejo ni el gobierno. Podría haberme negado, pero algo me dice que usted se habría tornado en mi contra por no cumplir vuestros deseos.

Elysabeth apretó los puños por detrás de la falda plisada hasta las rodillas que le había indicado usar monsieur Théodore para que Wagner no llegara a ver cuánto la fastidiaban sus comentarios afilados.

—Conozco la ley del reino, señor Wagner. También sé que, si opera a favor de los terroristas, es mi derecho interrogarlo. Profesor LeBlanc, ¿podría administrarle al director nuestro suero de la verdad?

—Hum, yo…

—La pregunta es mera cortesía, profesor. El Ángel Dorado. Ahora.

Elysabeth formó una línea con sus labios al detectar el cambio de expresión por parte del director. Cuando vio por el rabillo del ojo cómo LeBlanc sacaba del bolsillo de su chaqueta una ampolla, negó con la cabeza.

—Uh, uh. No es necesario, profesor. Nosotros hemos traído una muestra —dijo al señalar a uno de los guardias.

LeBlanc dudó.

—Pero… Es una ampolla del laboratorio del DII, tal y como usted solicitó.

—Igual que la nuestra, profesor. Según tengo entendido, el DII es el único ente con permiso para producir la droga. No hay diferencia alguna, solo las manos que tomaron la ampolla. Como ya le mencioné, prefiero cerciorarme de que sea la Guardia Real quien opere por mí. Mera precaución.