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LYS

Los asistentes cargados con tocados florales, rollos de tela, vajilla y adornos luxirianos se adosaban a las paredes al divisar a Lys. Detrás de ella, Nicodème sostenía una tablilla con la larga lista de preparativos para la ceremonia del Día de las Luces, de la cual tachaba cada ídem.

—Los mejores floristas del reino ya se encuentran aquí, su alteza.

Disponemos de quinientos treinta y nueve lirios, más otros ciento cuarenta y siete de repuesto en caso de que algunos se dañen en el proceso de decoración.

Respecto a las velas con óleo, me ha llegado el reporte desde la secretaría; cada familia del reino las ha recibido.

Lys apenas oía al dracum parlanchín. Días atrás, sus expectativas estaban por las nubes: había anhelado su primer Día de las Luces por años, imaginando que la velada transcurriría junto al único afín que podría hallar.

Esas fantasías se habían hecho añicos con la huida del heredero, y la mayor de las preguntas emergía al recordar cómo DeBlanckfort había huido.

¿Hallaría un candidato a esposo pese a que habían extraído su sangre a la fuerza?

Era una enorme humillación, un signo de debilidad.

El Dragon Magnus y los linajes a su favor habían afirmado que no era motivo de preocupación…

Cuando la voz del dracum dejó de oírse, Elysabeth miró por encima de su hombro.

—¿Cuándo piensan quitar las cosas de DeBlanckfort del Despacho Real?

Nicodème ajustó sus gafas redondas.

—Pues, ahora la abadía es un completo caos por la festividad de mañana, alteza, pero puede estar segura de que en cuestión de días será posible instalarse allí.

—Bien. —Elysabeth se dirigió al palacio, donde aguardaban los linajes que habían llegado a la abadía para presenciar el acto nacional del día siguiente.

«Gánatelos rápido», pensó al atravesar la recepción.

Necesitaría unanimidad en el consejo si pretendía castigar a DeBlanckfort como era debido.

También, la ayuda del DII si pretendía acceder a la información que hubiera respecto a Bryce.

La conversación entre LeBlanc y De-Ràzes no dejaba de reproducirse en su mente; hablaban de Bryce como si fuera la heredera mencionada en las profecías, lo cual era una aberración.

A lo largo de los años, muchos habían afirmado encontrarla, pero siempre sucedía lo mismo: la chica no contaba con el porcentaje, mucho menos con el ADN.

Se quitaría un peso de encima al deshacerse de ella.

«¿Y si es legítima hija de tus padres?», le preguntó una lejana vocecilla en su interior.

Elysabeth vaciló, pero la rabia no tardó en conquistarla.

Recordó la prepotencia con la cual Bryce se había dirigido a ella, cómo la había ridiculizado, y la respuesta llegó automáticamente: no había nacido para ser la sombra de nadie, mucho menos la de una Rh nulo sin esencia.

La Guardia Real hizo una profunda reverencia ni bien cruzó las puertas de la recepción. Siguió avanzando hasta que las puertas del Gran Comedor fueron abiertas de par en par. Del otro lado aguardaba la larga mesa oval con los linajes allí presentes, quienes se pusieron de pie enseguida.

—Su alteza —expresó el Dragon Magnus—. Nos complace vuestra presencia.

Como estaba estipulado, Elysabeth tomó asiento a la cabeza de la mesa. Luego lo hizo el resto.

—Muchas gracias por vuestra paciencia. Como algunos de vosotros habéis atestiguado el día de hoy en el Tribunal Supremo, hay demasiados asuntos que atender.

—Es comprensible, querida —dijo la duquesa de Nürssen, quien se inclinó hacia algunos de los invitados—. Vosotros no lo habéis visto, pero esos monjes protestantes ya no saben qué hacer con tal de ganar tiempo.

—¿Por qué será? —soltó Bjorn con una copa de sangre en mano—.

Se pasaron décadas jactándose de las profecías de una heredera que nunca encontraron.

Por si fuera poco, sus tonterías precipitaron la muerte de los padres de la niña —insinuó al indicar a Elysabeth—.

Yo que usted, los investigaría a fondo, alteza.

Elysabeth tensionó sus labios.

Deseaba recordarle a Bjorn que ella decidía qué hacer, pero recordó su principal cometido y se forzó a sonreír.

—Lo sé. Es algo que tengo pendiente. No obstante, el priorato no es el motivo por el cual os he solicitado un poco de vuestro tiempo. La guardia ha localizado el paradero de DeBlanckfort. Y eso no es todo; un soldado ha muerto. DeBlanckfort le rompió el cuello en pleno territorio terrestre.

Los murmullos escandalizados no tardaron en pulular como mosquitos salvajes y molestos, a la caza de sangre caliente.

—¡¿Qué?! —lord Cÿgnoldart veía hacia todas partes—. El muchacho ha perdido la cordura. ¿Dónde está Huges? ¿Por qué no ha venido?

—Supongo que el conde nunca opinará en contra de su propio hijo —convino Elysabeth—. Después de todo, los DeBlanckfort parecen comportarse como si el reino fuera un imperio que moldear a su antojo.

—Díselo a mi familia… —Bjorn soltó una risilla lacónica—. El chico solo piensa en hacer y deshacer leyes para gobernar por su cuenta.

—Es por eso que nos hemos reunido aquí —dijo Elysabeth, capturando las miradas de los presentes—.

Mañana es el Día de las Luces. Se suponía que anunciaría mi compromiso con quien, probablemente, sea mi única oportunidad de hallar un afín.

Pero las circunstancias son otras: DeBlanckfort parece reacio a la idea de que alguien con mayor porcentaje sea coronado.

—Típico de ellos —murmuró Bjorn.

—Por lo general, siempre hemos estado alerta ante ataques Minoritarios.

Me temo que en este caso también tendremos que estar al tanto de sus propios avances —prosiguió Elysabeth—.

No me agrada la idea, pero recuerdo nuestra historia.

Motivo por el cual quiero proponer una resolución un tanto radical —insinuó al hacer una pausa—.

Si bien son los más fuertes, los DeBlanckfort han sido de los linajes más polémicos e inestables.

Mi propuesta es simple: eliminar el linaje del Grupo de los Trece.

Elysabeth guardó silencio cuando los nobles intercambiaron murmullos.

—El reino no merece a un príncipe que mata a los mismos guardias que dan sus vidas por el bien del pueblo, y la corona no merece un linaje que desestabiliza la poca paz que tenemos en medio de la guerra.

—Por fin alguien con coherencia —suspiró Bjorn.

—Coincido —opinó la duquesa de Nürssen—. Sin embargo, por más locos que estén, recordad que Devon es el sangbìbier más fuerte que poseemos. Sin ofender, ateza. Temo que, si las versiones que afirman que ahora es un cien por ciento son verídicas, tenerlo como enemigo sería el final…

—¡Oh, no seas dramática! —lord Cÿgnoldart lanzó una servilleta al centro de la mesa—. Será un cien por ciento, pero no es inmortal si le cae una guillotina.

—Sí, pero para ello deberíamos capturarlo primero, Boris —dijo Herald—. ¿Crees que el niño se entregará por las buenas? ¡Os vengo diciendo hace años que ese ingrato solo vela por sus propios intereses! ¡Mañana es el día más importante del año y mi sobrina ni siquiera cuenta con una pareja oficial!

—Eso podría cambiar —sugirió Elysabeth. Sus ojos quedaron sobre Romerick III, cuya expresión abatida no le pasó desapercibida—. Sé que es demasiado repentino, marqués de Loira, pero vuestro nieto es el único sangbìbier con más de un noventa y cinco por ciento.

El hombre de cabello blanco y ojos violetas alisó las arrugas de su entrecejo al frotar su frente.

—Sé que Patrice aceptaría por el bien del reino, pero debo admitir que me hallo contrariado.

—Romerick hizo una pausa—. Nuestra ley dice explícitamente que un DeBlanckfort y un Boge han de gobernar para que el Círculo Dorado se cierre.

Pensad un momento en nuestra fe en lugar de nuestros egos: ¿en verdad nos conviene quitar a un linaje tan honorable como los DeBlanckfort de la lista? ¿No es demasiado?

—Yo diría que demasiado es extraer mi sangre para potenciar su ADN, pero si usted quiere verlo de esa forma…

—¡Por favor, Romerick! —exclamó Herald—. ¡El chico cometió todas las aberraciones previstas por los Septem!

—Sí, pero ambos sabemos que mi nieto es más compatible con vuestra hija que con su alteza, así como DeBlanckfort es un gran candidato para la única cien por ciento.

—Podríamos encerrarlo —propuso la duquesa—. Dejarlo vivo con fines únicamente reproductivos.

—¡Pero ¿qué dices?! —La condesa de los Wissorbach arrugó el ceño—. Es una bestialidad tan grande como la que cometió el niño…

—Oh, ahora nos compadecemos de él —replicó Herald—. Os recuerdo que Devon nos hizo la vida imposible al obsesionarse con la ayudante de De-Ràzes. Esa misma que causó tanto revuelo dentro del DII.

—De Bryce me ocuparé yo —dijo Elysabeth, ganándose el silencio del salón entero—.

No es ético, lo reconozco, pero, tras haberlo dilucidado con cuidado, les encomendé a los Nox Lupis ir tras ella mientras esté en frontera terrestre.

DeBlanckfort mató a uno de ellos en Gante, que es donde se encuentran ahora mismo.

Como podéis ver, lo que afirma mi tío no es descabellado, es la realidad: DeBlanckfort ha caído a los pies de una terrestre con antecedentes.

Muchos nobles habían quedado boqueando. Se veían entre ellos sin saber qué decir. Habían acontecido varios escándalos dentro de la realeza, pero nunca algo que involucrase terrestres. Era impensable. Lord Cÿgnoldart carraspeó.

—Pues, si a esto nos enfrentamos… Quizá las medidas no sean tan descabelladas después de todo.

Elysabeth asintió.

—Créame: he intentado razonar con Bryce, pero no hay caso. Nicodème estuvo presente en nuestra conversación; la chica se piensa que puede pasarme por encima. Será una amenaza siempre y cuando esté con vida.

—Existe un acuerdo binacional que impide hacer eso que propones, pastelito.

Todos giraron sus rostros al escuchar la voz de Elora desde la otra puerta del comedor. La reina emérita sonreía con sus labios rojo coral y dientes blancos cuales perlas. Su taconeó resonó en medio del silencio hasta alcanzar su silla.