REX REXUM 37
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NÍNIVE

Al ver su nombre escrito en la caja de madera, Nínive regresó en el tiempo.

Recordó aquella tarde de invierno de Maine, cuando tenía ocho años.

Se había pasado el día entero construyendo con legos la estructura de su hemoglobina, pero, por error, había movido la alfombra de la sala y su maqueta cayó como un castillo de naipes, al igual que lo hacía todo lo que siempre había creído saber en ese preciso instante, bajo las bóvedas de crucería de la iglesia gótica.

—Tal vez así iban a nombrar los reyes a su hija —dijo—. En el mundo terrestre es una ciudad; hasta el día de hoy se conservan restos de…

—Niv. —Sus ojos quedaron fijos en los de Devon cuando él cogió su mano. Esbozó una sonrisa alicaída al percatarse de que ella temblaba—. ¿Recuerdas cuando LeBlanc te mencionó mi intento fallido de robarme las profecías? ¿Qué profecía piensas que buscaba? Iba tras las mismas que tú.

—Esos papeles no decían nada.

—Antes —corrigió Devon—. Eso creía antes. Sin embargo, «Su grandeza es tal, que no alcanza el sol para descubrirla por completo». Salvatore añadió: «Escrito en sajón, Libro Prohibido». ¿Sabes cuál es nuestro libro prohibido?

Pese a intuirlo, Nínive prefirió negar con la cabeza.

—Sajón puede reordenarse y formar «Jonás».

El libro Prohibido para nosotros siempre ha sido la Biblia.

Nada personal, mera superstición: solían leerla mientras nos arrojaban a la hoguera, por lo que se convirtió en símbolo de mala fortuna.

No lo comprendí hasta que supe que eras tú: son los versos que describen Nínive.

Hay versos que todavía no comprendo, pero sé que a eso se refería Salvatore en la última parte.

—No soy la única persona que se llama así —replicó—. Piénsalo objetivamente. ¿Puedo detectar esencias?, ¿regenerarme en segundos? ¡He tenido una enfermedad durante dieciocho años, Devon! Creo que es obvio que…

—Que, ¿qué?

—Pues, ¡no lo sé! Quizás en Nínive está la chica indicada.

O tal vez de Nínive salió Elysabeth o… —Nínive se paralizó cuando DeBlanckfort se inclinó hacia ella.

Había una determinación envidiable en esos ojos de litio.

También había una paciencia infinita en su forma de contener sus manos y en el tono de su voz.

—Desconozco esos tecnicismos que manejáis De-Ràzes y tú, pero sé que, si no has mejorado, es porque algo salió mal. Ana era científica. Buscaba la manera de suprimir la esencia sangbìbier sin dañarla, pero… no pudo. Al menos eso ha dicho LeBlanc.

—¡¿Le crees a los mismos que se la pasan leyendo profecías y bebiendo hierbas míticas?! Creía que éramos seres racionales.

—Tú has visto las cicatrices en mi espalda…

—No. Bueno, sí, pero… Quizás eso… No lo sé, quizás es una etapa evolutiva de tu especie que se activó bajo los altos niveles de cortisol en el organismo y…

—Nínive enterró la cabeza entre sus brazos, deseando desaparecer.

O despertar. La situación se sentía como un mal sueño del cual no conseguía salir.

—Cielo…

—No me digas así —masculló con los ojos bien cerrados—. Ni dionummea, ni cielo, ni nada. Soy Bryce. ¿Acaso has olvidado los primeros días? Tú no me toleras, yo no te tolero… Buscamos resolver crímenes por beneficio mutuo. Yo busco mi cura y tú, la heredera.

—¿Tanto te disgusta la idea de ser la persona que he buscado?

—¿Disgustarme?

A Nínive se le escapó una risilla desganada. No era un tema de gustos, era un tema de ilusión en vano. El pasado se había encargado de vacunarla contra semejante peste.

—DeBlanckfort, cada una de las veces que creí encontrar la felicidad, me apuñalaron por la espalda.

Prefiero que me muestren el puñal de frente.

No necesito que tú ni los linajes me engañéis para formar parte de una estúpida búsqueda.

Solo… Necesito que dejes de jugar con mi corazón porque duele.

Duele mucho. ¿Cómo crees que me siento cuando me dices esto?

Tú cuentas siglos y yo… ni siquiera sé si puedo contar años.

Cuando la primera lágrima cayó, supo que no había marcha atrás.

Lo supo porque había perdido el control de esa tirantez que cerraba su garganta.

Había abierto esa caja de Pandora donde solía encerrar todos sus miedos.

Ahora sobrevolaban su mente sin control alguno.

Los sollozos empezaron a sacudir su cuerpo de forma involuntaria.

Se estremeció al ser contenida por Devon, quien la envolvió hasta que su rostro quedó oculto contra su pecho.

—Sean años o siglos, verás que contaremos el mismo tiempo. —él depositó un beso sobre su cabello.

—No digas idioteces —gimoteó aferrada a su camiseta.

Los recuerdos se apelotonaban y multiplicaban las lágrimas: Ryan y su novia, la cura para el SCD, las amigas que había creído tener…

—. No quiero hacerme ilusiones con nada, DeBlanckfort.

No me ofende la verdad. No me molesta que me usen, me molesta que me mientan.

—No pienso mentirte, Niv. —Sus brazos la estrecharon más fuerte—. Mucho menos usarte. Dije que no te presionaría y no lo haré, pero al menos dime una cosa. —Buscó su mirada al despejar los mechones de cabello humedecido por las lágrimas—. ¿Tan malo es? La idea de…, ya sabes… Ser mi afín.

Nínive observó la expresión afligida de Devon sin poder creer que en verdad se lo preguntaba.

Años examinando detalles. Años previniendo engaños.

Todo para desear poder engañarse a sí misma y negar que la tristeza nublaba sus ojos favoritos.

Con una diminuta sonrisa, estiró su mano hasta tocar parte de su mejilla.

Él se congeló, pero ella divisó cada emoción: el deseo, el anhelo, la confusión… , el temor. También había temor.

—¿Sabes qué fue lo primero que hice al llegar a la abadía?

Devon negó en silencio.

—Cuando el helicóptero aterrizó, me quedé viéndote a través de la ventanilla —confesó con su corazón latiendo deprisa.

Sonrió con desgano al recordar lo que seguía—.

Al pillarme, Agnes cerró las cortinas. Me dijo que tú no me convenías.

Yo ni siquiera sabía de la existencia de sangbìbiers.

Cuando supe quién eras en verdad, quise enterrarme viva.

No porque me «disgustaras», sino porque toda posibilidad había quedado extinta.

Por eso, cuando me dices estas cosas, haces que vuelva a tener esperanzas, pero también despiertas mis mayores miedos.

Nínive dejó caer su mano, pero Devon la capturó y la acogió contra su pecho. Su corazón latía tan fuerte como el de ella, lo cual le dio el valor necesario para admitir el verdadero motivo de sus lágrimas:

—No me pone triste. Me aterra que resulte ser falso. Y me aterra porque… sé que he llegado a desearte incluso más que a mi propia cura. Si todo resultara ser mentira, sería un golpe del cual nunca podría recuperarme. Me conozco.

—No pienso dañarte —susurró Devon al acercarse.

Nínive hizo una mueca.

—El daño nunca es intencional. Es un efecto colateral. A veces las personas nos lastimamos sin querer. A veces nos equivocamos. —Encogió un hombro a modo de disculpas.

La expresión incrédula de DeBlanckfort no se perturbó, al contrario: hizo acopio de toda su determinación cuando extinguió la distancia entre ellos.

Sus labios se aproximaron hasta aterrizar sin prisa sobre los de ella, una cálida caricia que cosquilleó en su piel y le hizo sentir que cada célula se iluminaba cual tendido eléctrico de una ciudad en plena noche.

Era un beso delicado, suave, cargado de un sentimiento que ella no sabía cómo interpretar.

Devon separó sus labios, mas no se apartó. Dejó su frente contra la suya, su nariz rozando una de las mejillas de Nínive.

—De equivocarme, te pediré perdón —murmuró—, pero no pienso ganarme tu corazón para luego pisotearlo.

Cuando creí que me estaba enamorando de una chica terrestre, fui y te dije la verdad: quería, pero no podía sentir nada por ti.

Pues resulta que me equivoqué. Me estaba enamorando de la chica correcta, y debo pedirle perdón por no haberme dado cuenta antes. Perdón, cielo.

Sabía que Viktor podría subir en cualquier momento, pero en su interior ya no quedaba espacio para tantas emociones y de una forma u otra quería dejarlas salir.

Se estiró para cubrir esa ínfima distancia entre ellos y besó a Devon casi temblando.

Si bien sus labios ya se conocían, era la primera vez que ella lo besaba por su cuenta.

¿Se sorprendería tanto que se haría a un lado?

¿Y si lo hacía mal? ¿Cómo saber si era el momento adecuado?

Tenía cientos de dudas, pero cualquier preocupación quedó obsoleta al ser recibida por el calor de sus brazos alrededor de su cintura.

Sus manos se aferraron a él, presas del deseo que había estado reprimiendo desde ese primer día.

Cuando un suspiro brotó desde el fondo de su garganta, Nínive sintió que su corazón aceleraba el ritmo de golpe, ansiando arrebatarle más de esos sonidos.

—Esto… —Devon rozó la boca de Nínive—. Tenemos que tener esta clase de charlas más seguido.

Ella comprimió sus labios para no emitir ni un sonido cuando él hundió sus dedos en sus muslos.

Devon sonrió al descubrir ese destello febril en su mirada.

—Tienes suerte, dionummea —susurró contra sus labios—. Si un hotel no es romántico, una iglesia mucho menos. De lo contrario… —Se desvió para besar su cuello. Nínive clavó sus uñas en sus hombros—. Me temo que esta charla duraría horas.

Una vez finalizó el sendero de besos esparcidos a lo largo de su cuello, Nínive se acomodó entre sus piernas, con su espalda recargada contra su pecho. Devon se estiró para coger la cajita de madera con la respuesta al acertijo.

—En caso de que en verdad fuera yo, ¿cómo es posible que tu abuelo lo supiera?

—Sospecho que pudo haber sido mi bisabuelo con sus habilidades… paranormales.

—¿Tú has tenido esa clase de visiones?

—No, nunca. —Devon abrió la cajita y removió el contenido: una pequeña llave dorada ligada a una cadena de oro.

Al examinarla de lado a lado, suspiró—. Momento de la verdad —dijo al arrimar la caja que habían hallado en la catedral.

Insertó la llave sin complicaciones, la giró dos veces y el candado dio un ligero rebote al abrirse.

Nínive evitó ver el interior de la caja cuando Devon la abrió.

—Dime que allí adentro hay un libro y no una roca con versos en egipcio antiguo.

—¿Por qué no lo ves por tu cuenta?

Nínive giró el rostro. Frente a ellos, un antiguo libro grueso y de cubierta ornamentada descansaba en el centro de la caja.

No era el único artículo: contra los bordes había varios tubos delgados de cristal con un líquido en su interior.

Entonces recordó la advertencia de Devon acerca de no abrirlo a la fuerza.

Encima del libro había un sobre y un pequeño cuaderno que Nínive retiró.

Al distinguir el sello de los Dragones Negros, resopló.

—Esto es para ti. —Dejó el sobre suspendido—. ¿No se supone que ya hemos terminado?

Devon abrió el sobre y frunció el ceño.

—Es la misma oración repetida tres veces.

—¿Qué clase de oración?

—San Miguel, San Miguel, San Miguel —recitó—. Una línea más grande que la otra. Me encantaría afirmar que no tiene sentido, pero…

Sus dedos recorrieron el centro del libro que había quedado expuesto. Nínive maldijo por dentro. Al círculo metálico le faltaban sus dos piezas centrales: el dragón y el león alado.

—Supongo que es una pista.

—Deben de estar bromeando. ¡¿Acaso no ven que no tenemos tiempo?! Los sujetos de ese escuadrón raro vienen tras nosotros, ¿seguro que no podemos coger unas tenazas y forzarlo?

Devon dudó.

—Podríamos, pero de una forma u otra se destruiría.

—Ugh. Entonces, ¿qué? «San Miguel, San Miguel, San Miguel». ¿Qué hacemos con eso? ¿El cuaderno no dice nada más?

—En realidad —Devon lo hojeaba, ensimismado—, no es un cuaderno, es un libro. Por lo que veo, fue escrito por mi bisabuelo. —Ambos intercambiaron miradas—. Son sus profecías, las que le dejó a la Orden de San Miguel. Una data del día de hoy.