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—¿Acaso no es lo que vosotros habéis hecho por siglos?
LeBlanc cerró sus ojos.
La culpa se acrecentó en su interior. Eran como espinas que volvían a perforar una herida recién cicatrizada.
De-Ràzes no veía al priorato con los mismos ojos que los últimos reyes, quienes habían decidido sacrificarse por el bien del reino.
Para ella, cada año era una pérdida de tiempo que aventajaba a los Minoritarios, quienes, al igual que en el caso del profesor, habían asesinado a su familia.
Detestaba admitirlo, pero a veces LeBlanc pensaba igual que la doctora: ¿qué hubiera acontecido si los linajes hubieran acordado un gobierno colectivo o si hubieran mantenido el torneo mediante el cual se escogía a los futuros reyes?
Entendía los propósitos de la Ley de Rumania, pero también entendía que no todos los sangbìbiers estaban encantados con los ideales religiosos; algunos se habían quedado embelesados frente a los placeres del mundo terrestre.
Esa había sido la raíz de una eterna guerra: la codicia, la sed de poder.
Esa fue la última discusión que tuvieron antes de tomar caminos separados.
Cuando el profesor abandonó el cuartel, tenía una sola cosa entre ceja y ceja: el invernadero.
Regaría las plantas, quitaría las hojas marchitas y se prepararía una buena infusión con manzanilla y tilo.
Y galletas. También quería algo dulce para quitar ese sabor amargo que le había dejado la reunión con la orden.
Sin embargo, al doblar por el primer pasillo a la derecha, un par de soldados de la Guardia Real obstruyeron su camino.
—Buenos días, caballeros. Si me disculpáis, tengo unas plantas que debo…
Los guardias volvieron a obstaculizar el paso ni bien LeBlanc trató de bordearlos.
—Su alteza exige su presencia en el Despacho Real. —Los rostros imperturbables de los guardias no le daban margen como para negarse a la petición.
—Ya veo. —LeBlanc miró alrededor, sin terminar de deducir cómo se sentía.
El Despacho Real aún contenía las pertenencias de Devon.
Técnicamente, seguiría siendo suyo hasta que el consejo dictaminara lo contrario.
No solo se trataba del despacho; Elysabeth lo había nombrado su médico personal, el mismo puesto que Devon le había concedido años atrás.
Negarse era insinuar oposición, por lo que el profesor se había visto forzado a postergar sus investigaciones en el laboratorio IV junto a De-Ràzes.
Sin más remedio que acatar la orden, siguió a los guardias. Lo escoltaron hasta adentrarse en el pequeño palacio. Desde la recepción continuó por su cuenta, sintiéndose como un intruso pese a que se conocía las instalaciones de memoria.
Llamó a la puerta y aguardó con las manos entrelazadas.
—¡Adelante!
LeBlanc suspiró. «Son solo unos días».
Al entrar en la oficina, ocultó cualquier rastro de sorpresa. La heredera estaba sentada al frente del escritorio, escoltada por el jefe de las tropas especiales.
—Justo a tiempo —dijo Elysabeth—. Profesor LeBlanc, pase, por favor. Lamento haberlo llamado de improvisto, pero se trata de una emergencia. ¿El DII le ha facilitado sus instalaciones para investigar lo que le he pedido ayer?
LeBlanc bosquejó una sonrisa.
—Por supuesto. A decir verdad, son las mejores instalaciones del reino, alteza.
—Eso dicen, aunque me sorprende; pese a contar con los mejores sistemas del mundo, todavía no han dado con DeBlanckfort y Bryce.
El coronel Anderson me ha informado que sus mejores soldados identificaron el paradero de ambos fugitivos, lo cual me ha guiado a replantearme qué tanto está colaborando Wagner.
El ceño del profesor se contrajo.
—El director del DII no escoge bandos, alteza. El reglamento se lo prohíbe.
—Sí, lo sé. Pero mientras la agencia afirma «hacer sus mayores esfuerzos», nuestro ejército ya se encuentra desplegando sus tropas hacia el objetivo.
LeBlanc tragó saliva.
—Quizás…
—No malgaste saliva en excusas. Les he pedido a los guardias que citen a Wagner para interrogarlo. Si lo he citado a usted es porque necesito que le administre una dosis de Ángel Dorado previo al interrogatorio.
—¿Qué?
—Es lo que utilizáis para impedir que los criminales mientan, ¿no es así?
—S-sí, pero… Posee serios efectos físicos que…
—No son efectos que el director del DII no haya experimentado con anterioridad —dijo el coronel—. Para asumir el cargo de director, debe atravesar varias pruebas. Wagner está familiarizado con la sustancia.
—¿Lo ve? —Elysabeth unió ambas manos—. No hay por qué preocuparse. Si el director del DII escatima en esfuerzos, quiero saberlo. Si me está ocultando algo, también.
—Son sustancias difíciles de adquirir —improvisó LeBlanc.
—El DII cuenta con varias ampollas en sus laboratorios. No será impedimento alguno adquirirla ahora que usted trabaja allí. Solo necesito que supervise el interrogatorio; la presencia de un médico profesional es lo que dictaminan las reglas.
LeBlanc quedó petrificado. Al ver que no se movía, Elysabeth le hizo un gesto para que se marchara.
—Es todo.