36 #2
—La doctora De-Ràzes busca esclarecer el turbio escenario en el cual nos encontramos. Si nadie estaba al tanto, deberíamos preguntarnos qué está sucediendo frente a nuestras narices. —LeBlanc depositó el pocillo vacío sobre la mesita y vio a Elora—. Excelente té.
—Lo sé, me lo trajo mi hermana desde Inglaterra…
—Comprendo que ansiemos conocer el trasfondo de la historia —intervino Pierrick—.
No obstante, el tiempo disponible no nos concede semejante pleitesía; de acuerdo con el protocolo, en treinta y seis horas debemos concederle a la señorita Elysabeth su título legítimo.
De acuerdo con nuestra constitución, ella pasará a estar al frente de la nación.
—Pero… ¡¿Qué hay de Nivy?! Devy cerró su porcentaje con ella, no podemos hacerles eso. Elly podrá contar con su porcentaje, pero Nivy cuenta con un afín. Todavía no sabemos si los cien por ciento son inmortales; la corona no puede continuar si no tenemos nietos. ¿Acaso eso no se contempla?
Agnes presionó el puente de su nariz.
—Nínive ni siquiera posee esencia.
—Bueno, pero eso puede arreglarse.
—¿Cómo? —La doctora fulminó a Elora con la mirada—. Durante diez años estudiamos los efectos en el gen SSα y nos dimos de bruces contra un muro. A Ana no se le ocurrió mejor idea que editar el SSβ, lo cual nos ha dejado a ciegas. Ni siquiera sabemos si es reparable.
—Nosotros no lo sabemos —murmuró Adort. Jugueteaba con sus pulgares, demasiado sumido en sus pensamientos. Cuando notó que todas las miradas habían recaído sobre él, se acomodó en el sillón.
—¿Qué es lo que sabes? —inquirió De-Ràzes.
Adort retorció su bigote blanquecino.
—No es algo que sepa, sino algo que sospecho.
—¡Pues no es hora de guardarse las balas, Addy! —Elora le dio un golpecito, haciendo que el monarca se inclinara hacia adelante con expresión dubitativa.
—Antes de todo este alboroto, Devon manifestó auténtico interés por el Libro de los Reyes.
—¿No fue destruido en el 97? —cuestionó LeBlanc.
Adort negó.
—Según tengo entendido, sus ancestros redactaron y le proporcionaron una copia. Devon estaba profundamente interesado en el contenido del libro.
—¿Y eso qué tiene que ver? —cuestionó De-Ràzes.
—Pues…
—La investigación —musitó Elora con ojos absortos. Había cogido la mano de su esposo sin darse cuenta.
—¿Qué investigación? —preguntó LeBlanc.
—Las reglas nos impiden explicitar cualquier clase de contenido —advirtió Adort—, pero ese libro es el que Adort y Ana utilizaron para documentar cada movimiento estratégico y avance científico. Se aferraron al libro hasta el último de sus días.
—Libro que fue destruido —insistió LeBlanc.
—Sí, pero el chico me exigió respuestas sobre un asunto vinculado al libro minutos antes de cometer la estupidez que le otorgó un pasaje gratis al exilio.
Tema que está estrechamente vinculado a su bisabuelo —sugirió al intercambiar miradas con los presentes—.
Ludovic era un maestro en el arte de la guerra, y toda guerra se compone de engaños; esa siempre ha sido una característica de los DeBlanckfort.
Todos sabemos quién fue el encargado de «deshacerse» del libro original.
LeBlanc recordó el semblante del conde DeBlanckfort.
—¿Qué insinúas, Adort? —La expresión de De-Ràzes se endureció.
—¡Oh! —Elora dio un saltito—. ¡Ya lo entiendo! ¡La cura! —Se dio la vuelta para mirar a la doctora—. ¿No lo entiendes, Aggy? Anny escribía en ese libro a diario; si hubiera descubierto algo, lo habría dejado allí, para que Nivy pudiera verlo.
—Sé que mi hijo jamás le habría permitido a Huges destruir ese libro —afirmó Adort—, y sé que Huges jamás le habría desobedecido. No si tenemos en consideración su contenido.
—¿Qué contenido?
—Uh, uh —Adort negó con un dedo—. Nuestros labios están sellados. Pero descuida, Agnes: si nuestra teoría es cierta, el Rex Rexum contiene respuestas capaces de concedernos la victoria. O al menos dirigirnos hacia ella.
La doctora soltó una sonrisa lacónica.
—Sí, imagino que sí…
—¡Oh, no seas negativa, Aggy! Pensábamos que Nivy no sobreviviría y aquí está, ¿no es cierto?
—Pienso que es capaz de resolver su caso —dijo LeBlanc.
—¿Debo recordaros que nació casi muerta?
—farfulló la doctora—. Nínive jamás habría sobrevivido estando en la abadía.
No creo que dieciocho años más tarde la situación haya cambiado.
¿No podéis verlo? Basta con una bala. Una bala y adiós heredera.
—Agnes se puso de pie—. Haced cuanto queráis, pero lo mejor será que esa chiquilla gobierne.
Dejemos que Nínive tenga una vida normal hasta que su organismo diga basta, porque todo indica que es nuestra única opción.
—¡¿Cómo?! —Elora quedó pálida como un papel.
—Elysabeth sabe gobernar, pero no sabe cómo librar una guerra —observó LeBlanc—. Los Minoritarios no tardarían en leer sus planes. La corona estaría perdida.
—Ese no es problema mío —soltó De-Ràzes.
—¡¿Cómo puedes…?! —Elora quedó de pie con sus puños apretados—. ¡No puedes enviar a una persona al matadero!
De-Ràzes se giró, viendo a Elora como si sus palabras hubieran jalado de una fibra sensible, tomándola desprevenida. Había una pizca de malicia en esa mirada glacial, por lo que LeBlanc bajó la mirada antes de escuchar la respuesta.