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LEBLANC
—¡No!
LeBlanc dio un respingo cuando el puño de Norbert —el gigante pelirrojo sentado a su lado— se estrelló contra la mesa.
—¡No podemos tirar los protocolos por la borda solo porque a ella se le ocurre!
—replicó Norbert. Había perdido la paciencia tras escuchar las peticiones de la señorita Elysabeth, quien ahora contaba con los análisis de sangre expedidos en Suiza.
Análisis cuyos resultados habían sido positivos, provocando confusión dentro del priorato—.
¡Ni siquiera DeBlanckfort obtuvo semejantes privilegios! Y eso que poseía mayores aptitudes…
—¿Duda de mí y de mis habilidades pese a mi porcentaje?
—No, alteza. —LeBlanc intentó mediar antes de que se arrojasen botellas de cristal entre ellos—.
Hemos leído de pies a cabeza los expedientes enviados por el Dragon Magnus; si bien vuestra formación diplomática es exquisita, cabe mencionar que no posee instrucción alguna en el manejo de armas, estrategias militares u organización y desarticulación de operaciones especiales.
Todas son especialidades de la casa DeBlanckfort; por eso se le concedió a su alteza permiso para acceder a la agencia, no sin antes atravesar una serie de evaluaciones.
—¿Y de qué han servido tales pruebas si ha salido corriendo con una terrestre?
—Más te vale cuidar esas palabras, Herald. —Desde un rincón oscurecido, el conde DeBlanckfort murmuró en un tono tan bajo que muchos no se atrevieron a contestarle.
El profesor se lo quedó viendo. Cargaba pronunciadas ojeras, hombros abatidos y barba descuidada.
Ya no había rastro de los vigorosos alaridos que siempre repartía al ponerse de pie.
Yacía con mirada perdida en su lugar, y LeBlanc presentía que su mente se hallaba en otro sitio, más preocupado por su hijo que por los asuntos del tribunal.
Podrían lucir como seres despiadados, pero Devon y su padre solo se tenían el uno al otro, razón por la cual se defendían con uñas y dientes.
—Me temo que no estáis comprendiendo la situación —dijo la señorita Elysabeth—.
Habéis gozado de dos largas décadas de autoridad, pero el tiempo se ha acabado, Xernoisten.
Entiendo que el priorato le haya cogido gusto al poder, pero la Constitución y el Código Penal son claros: la monarquía se restaura con mi llegada.
Si quiero vuestro consejo, lo pediré yo misma, no al revés.
LeBlanc miró a Pierrick.
El líder del priorato había hecho todo lo posible para aplazar un veredicto y concederle tiempo a Devon, pero debían reconocer sus limitaciones, y esta era una de ellas.
El priorato carecía de registros en sus cofradías acerca de una segunda heredera.
Resultaba extraño. Se trataba de un asunto de extrema relevancia como para que Salvatore lo pasara por alto.
Tanto monjes como miembros de la Orden de Lyss habían estado releyendo textos y profecías, pero hasta el momento no había indicios.
El único indicio que poseían estaba alojado en la memoria de cada miembro; habían visto a los reyes afirmar que dejarían a la futura heredera en buenas manos, manos de fiar.
Eso, más lo que el mismo profesor había atestiguado aquella noche en Maine.
Pese a que había tenido ligeras sospechas al comienzo, cualquier duda acerca de si la señorita Bryce poseía ADN sangbìbier había sido despojada al ser testigo del porcentaje de Devon.
Luego llegaron esas magníficas alas doradas.
Alas que no estaba seguro de volver a ver.
Todos miraron a Pierrick cuando él emparejó una pila de papeles y se acercó al micrófono frente a él.
—El poder conferido al priorato fue momentáneo desde que se firmó el acta de Neustria.
Nunca se nos ha olvidado, alteza. No en vano hemos añadido su título al Libro Dorado, el cual ha sido validado científicamente.
Sin embargo, semejante poder acarrea grandes responsabilidades.
Una de ellas es asegurarnos de que usted está en condiciones de acceder a una agencia que, como ha de saber, supera muchas veces nuestras políticas gubernamentales.
No es el priorato ni mi persona la que se opone; si usted desea indagar dentro del DII, deberá obtener el permiso de la agencia, no nuestro.
Por mi parte, ha sido un gran honor haberles servido a los últimos reyes, vuestros padres, mediante la ejecución de mi rol como jefe no permanente de este tribunal.
Mi último mandato, tal y como está prestablecido en el Tratado de Neustria, es que se cumpla con el protocolo y empiece a organizarse la ceremonia de traspaso de poder.
Sin otro particular —Pierrick hizo sonar el mallete dos veces—, doy por acabada esta sesión.
Como cada vez que culminaban las sesiones, los presentes no tardaron en ponerse de pie y murmurar entre ellos.
Algunos, como Norbert, corrían hacia el estrado para exigirle a Pierrick explicaciones tras un fallo desfavorable.
Otros marchaban aireados hacia la salida, intercambiando palabras con sus colegas.
Por su parte, LeBlanc observaba cómo se vaciaban las tribunas mientras bebía un sorbo de té.
El sector ortodoxo respaldaba a Elysabeth, como era de esperar.
La Cámara de Profesionales rabiaba frente a tanta inestabilidad.
El protestantismo estaba enojado con Pierrick por concederle poder a una chica que no se correspondía con la de las profecías.
Los representantes de los linajes reales poseían diversas posturas; desde la indignación total de Herald hasta el silencio abismal del conde, uno de los primeros en irse.
LeBlanc aguardó hasta que las puertas se descongestionaron para salir en calma.
Echaba de menos el piar de los pájaros fuera del invernadero, las tardes de lectura en el laboratorio de botánica.
Desde la desaparición de Devon, todo había sido caos, reuniones improvisadas y más caos. La paz se había hecho añicos.
Por primera vez, el priorato se hallaba cual barco a la deriva, sin instrucciones por parte de Salvatore más que las pocas profecías diarias que indicaban qué postura adquirir en sesiones como las de esa mañana.
«Confía en ellos», se dijo, tal y como le había aconsejado a Wagner y a D'Agout.
En ese instante tenía más esperanzas depositadas en los herederos que en el antiguo profeta. No era lo correcto, pero haber visto a la señorita Bryce en acción sin siquiera hacer uso de las facultades de la especie hacía que se ilusionase.
A sabiendas de que la hora pactada se aproximaba, dobló por el pasillo principal del Pabellón de Étienne y se internó en el ala oeste, hogar del cuartel del priorato.
La sala repleta de textos y papiros antiguos se hallaba vacía.
El profesor siempre era de los primeros en llegar a las reuniones de la orden.
En esa ocasión prefirió consentirse y ahorrarse las conversaciones lúdicas acerca del clima; se aseguró de que la puerta quedase bien trancada, quitó el escritorio junto con la alfombra y abrió la trampilla mediante su insignia de la Orden de Lyss.
Se puso de pie y pasó su antebrazo por la frente antes de echar un suspiro.
—Bien, aquí vamos.
Detestaba internarse en esos recovecos sucios, polvorientos e impregnados de humedad.
Atravesar las profundidades del cuartel siempre le producía repulsión Los únicos insectos que veía solían estar exhibidos en el laboratorio con una lámina de cristal de por medio.
Ya iban dos veces que sentía esa inquietud en el estómago a lo largo del día.
«Té de manzanilla —pensó—. Té con galletas de limón frente a la fuente». La imagen conseguía amortiguar el ímpetu de salir corriendo. Sin embargo, al aproximarse a la bóveda, sus pasos se ralentizaron.
—¡No me importa si es mi nieta! Addy nunca mencionó a Benôit ni la Orden de los Fieles —oyó decir a Elora—. Algo está mal, puedo presentirlo.
—Bueno, pero no podemos basarnos en presentimientos, tesoro —replicó Adort.
LeBlanc torció el gesto. Si él estaba cansado, no quería imaginarse el grado de confusión que experimentaban los monarcas eméritos. Dispuso de su mejor cara cuando su silueta enfundada en beige cruzó la entrada al cuartel.
—Buenos días. —Inclinó su cabeza al intercambiar miradas con Elora y Adort—. Sus majestades.
Elora soltó un resoplido.
—No sé qué tiene de buenos…
—Nadie quiere tormentas —dijo Pierrick—, pero sin tormentas no hay agua, y sin agua no crecen los árboles.
LeBlanc alzó la tela de su pantalón antes de tomar asiento. El sonido del agua vertiéndose en un pocillo de té fue música para sus oídos.
—Ten, querido. —Elora le ofreció una taza con platillo.
—Gracias.
No tardó en beber un sorbo. Aprovechó el momento para ver con disimulo hacia una de las esquinas, donde estaba De-Ràzes.
La doctora los veía a todos con chispas a punto de saltar de sus ojos.
No le pasó desapercibido el montón de papeles que sostenía sobre el regazo, los cuales había arrugado al crispar los dedos.
—Bien, ya que estamos todos, me gustaría poneros al día —anunció Pierrick—: Suiza ha enviado copias de las muestras de sangre analizadas en Ginebra. Los resultados son los mismos que ha obtenido la doctora De-Ràzes mediante la muestra que su alteza le ha proporcionado.
«Eso explica el malhumor», comprendió LeBlanc.
—Entonces… —Adort frotó su frente con un pañuelo—. La chica en verdad es hija de Adort y Ana.
—Hija que nunca mencionaron —objetó De-Ràzes—.
El ADN no miente, pero dudo que hayan dejado a una chica librada al azar, sin intervención genética.
Desconfiaban de los linajes, ¿por qué dejarles a su hija sin mencionárselo a nadie?
—De-Ràzes miró a Elora—. Este es buen momento para decir si estabais al tanto o no.
Elora levantó las cejas y se llevó una mano al pecho.
—Después de todos estos años, Aggy… ¿En verdad nos crees capaces?
—Solo quiero aclarar los tantos.