35 #2
—Pero, de seguro que ha captó nuestras esencias —masculló Jeff—. Es un noventa y cuatro; no se acercaría sin antes… ¡Auch! —Se frotó la cabeza tras chocar contra un estante—. ¡Bájale al atropello, D'Agout!
Kina ignoró sus protestas. No iba a quedarse para ser pillada infringiendo las normas; podía acceder a la sala como suplente de Margoux, pero tenía terminantemente prohibido llevar a alguien consigo.
Prefería que esa persona se quedase con la duda antes de que los identificara.
Quedarse ella con la duda de quién había pasado por uno de los múltiples pasillos ocultos de la abadía.
Corrieron hasta la puerta, pero se paralizaron al sentir que una pared se caía. Una de las estanterías atornilladas acababa de moverse hacia adelante. Luego una mano la movió hacia un costado.
Con el corazón en la garganta, Kina entrelazó los dedos en la mano de Jeff.
No había manera de alcanzar la puerta en los pocos segundos que tardó en abrirse el pasadizo del cual ella no había sido notificada.
Tampoco había forma de esconderse. Vio a sus peores miedos desfilar uno por uno en su mente cuando ella y Jeff quedaron in fraganti frente a la persona que acababa de emerger de las penumbras.
Entretanto, el profesor LeBlanc removía de su chaqueta restos de polvareda y telarañas con una mueca de asco. Justo cuando ella creyó que podrían haber escapado con éxito, lo oyó decir:
—Disculpad la intromisión, chicos. —Les dedicó una cálida mirada antes de aproximarse—. No era mi intención asustaros.
—Hum… —Jeff miraba inquieto de un lado a otro—. ¿Quiere que lo dejemos… solo?
Kina cerró sus ojos con fuerza.
—No —respondió el profesor con gran ligereza—. A decir verdad, vengo por encargo de un viejo amigo. Quería que os diera esto —expresó al retirar un pequeño sobre de su chaleco—. Según parece, os ha visto en sus visiones.
Ni bien oyó la última palabra, Jeff miró a Kina. Sintió cómo sus dedos se afianzaban a la espera de una señal, pero ella no conseguía quitar los ojos del sobre que LeBlanc acababa de extender. Sus mejillas se arrebolaron al leer la única línea manuscrita con los destinatarios: Sr. y Sra. Wagner.
—¿Es alguna especie de broma? —soltó Jeff. Se volteó para ver a Kina—. No le devuelvas el sobre; tiene tus huellas.
LeBlanc negó con total serenidad.
—No hay necesidad de devolverlo; el sobre es vuestro. A veces nuestro amigo habla antes de tiempo. Eso no significa que sea un error, solo… hay que esperar.
Kina observaba el sobre de reojo, con temor a que Jeff oyera los enérgicos latidos que brotaban de su pecho cada vez que leía esas palabras.
Pese a ser demasiado pronto, algo se agitaba en su interior y se colaba en su imaginación en forma de una casa con un tapete en la puerta que tuviera esas mismas palabras.
No obstante, al recordar que a su lado se encontraba la personificación de la palabra caos, se forzó a eliminar esas fantasías.
Rasgó el sobre y removió el contenido. Contrajo el ceño cuando leyó el diminuto mensaje en alto: «Et3Db2G8».
Jeff miró al profesor.
—¿Seguro que no es una broma? A mí me suena a una buena forma de hacer tiempo mientras que los guardias llegan.
—No, no lo es. —Sumida en la anotación que para ella tenía sentido, Kina se dirigió a la tercera estantería de madera que atravesaba el salón de un lado a otro—.
Es el código que utilizamos para organizar los libros: tercera estantería, línea dos, octavo tomo desde la izquierda —explicó mientras contaba ejemplares hasta dar con el libro indicado—. Este.
El profesor agitó una mano cuando ella tendió el libro en su dirección.
—Oh, no. No es para mí. Como habréis notado, el sobre está dirigido a vosotros. Su contenido igual. No estoy seguro del motivo, pero debe ser de suma importancia si Salvatore insiste en quebrantar la ley, dado que esta sección… no es tan recomendable para el alumnado.
Kina unió ligeramente las cejas al leer el título del libro.
Su lomo rojo se había deshilachado con el paso de los años. Las páginas marrones lucían como las hojas de un árbol en otoño, secas y a punto de desprenderse. La tintura dorada de la cubierta estaba tan desgastada que apenas era legible, cual restos hallados en una excavación arqueológica.
—¿«Sangre sagrada»? —se preguntó—. ¿Por qué Salvatore nos instaría a leer esto?
LeBlanc ladeó la cabeza.
—Curiosa elección, definitivamente —murmuró—.
Desconozco qué os traéis entre manos, pero…
Recordad que Devon ya no está aquí para pasar por alto vuestras jugadas con las cámaras de la abadía —le dijo en especial a Jeff—.
La señorita Elysabeth se muestra más que dispuesta a llevar absoluto control de todo lo que acontece, incluyendo cualquier clase de actividad… inusual.
—Eso es dictadura —replicó Jeff.
LeBlanc torció el gesto.
—Es lo que nos ha tocado.
—¿Qué hay del príncipe? —preguntó Kina—. ¿Ha huido? ¿No… regresará nunca? —Las últimas palabras sonaron tan bajito que Kina temió no haberlas pronunciado.
El profesor les sonrió.
—Su alteza comete muchas locuras, pero abandonar al reino nunca será una de ellas. No sé qué lo ha llevado a realizar semejantes actos, pero… siempre hay un motivo más que justificable detrás de cada una de sus acciones. Confiad en mí.
—Sí, claro —Jeff rodó sus ojos—. A no ser que la cura de Terrestre esté allí afuera, dudo que sirva de algo. DeBlanckfort ya no puede poner un pie en el reino sin acabar en un calabozo, y Terrestre… ¿Dónde quedó la esencia de Terrestre?
—¡Jeff!
—Oh, como si él no lo supiera… ¡Prácticamente estamos en una guerra entre linajes! No es momento de andar con rodeos. ¿Por qué no puede gobernar Terrestre con DeBlanckfort? Si la tal Elysabeth accede al trono con una muestra de sangre, ¿por qué Terrestre no puede hacer lo mismo?
Kina fue testigo de cómo el rostro de LeBlanc perdía color poco a poco. El profesor carraspeó, echando un vistazo general a los alrededores. Guardó silencio hasta que emitió un murmuro asfixiado por las tensas cuerdas de su garganta.
—No sé de dónde habéis sacado tales ideas, pero…
—¡Oh, por todos los Dioses! ¿Nos tomas por críos?
¿Sabes lo que hay aquí adentro? Fotos. Fotos de la última reina, esas que Adort tanto prohibió.
Ella y Terrestre son idénticas. Sabemos sumar uno más uno.
La abadía nunca admitió terrestres, sin importar sus habilidades.
—Jeff se acercó al profesor—. Terrestre es nuestra amiga.
No somos tan idiotas como para salir a repartir rumores cuando se encuentra más débil que un cristal, pero tampoco nos quedaremos de brazos cruzados cuando tenemos a una psicópata a cargo del reino que llega y lo primero que hace es investigar al único heredero disponible.
Los ojos color miel de LeBlanc se desenfocaron, sumidos en un trance que Kina reconocía a la perfección: las vías por las cuales circulaba del tren del pasado.
Su dilema interno era palpable; las dudas, los miedos, las reglas y el deber.
La eterna lucha entre lo que tenía que hacerse y lo que se quería hacer.
—No es sencillo —admitió—. Comprendo vuestra intención de ayudar, pero en estos momentos lo único que podemos hacer es tener fe. Fe en que nuestros verdaderos reyes saben lo que están haciendo. Es lo único que puedo decir.
LeBlanc se dio la vuelta, pero entonces hizo un gesto con el mentón hacia el libro que Kina sostenía.
—Si se os ha guiado a ese libro, es porque allí están las respuestas a vuestras incógnitas. Así ha sido siempre.