35
KINA
Plantada frente a la puerta de la biblioteca, Clarice se cruzó de brazos.
—Esto no es justo.
—La vida no es justa —canturreó Jeff al pasar de largo—. Kina querida, ¿tenemos las llaves?
Kina se encontraba por detrás del mostrador de la recepción.
Había estado siguiendo las instrucciones que la señora Margoux le había dejado con la actualización de los libros disponibles hasta que Jeff y Clarice se aparecieron, listos para cometer crímenes, como si no existieran consecuencias nefastas por ello.
—La señora Margoux va a matarme…
—Es posible —Jeff se apoyó en la reluciente superficie—. Pero piénsalo de este modo: cuando a Terrestres le den la tiara, te absolverá de cualquier cargo. Ahora contamos con buenos contactos, pequeño lirio.
Kina se lo quedó viendo. Desquiciado, esa palabra le quedaba muy bien en esos momentos.
—¿Por qué no puedes quedarte tú montando guardia? —Clarice señaló a Jeff.
Él soltó un suspiro cargado de dramatismo.
—Porque poseo habilidades, Clarice. Habilidades detectivescas adquiridas mediante el mismísimo director del DII que…
—Solo quieres hacer manitas con Kina.
—¡Clarice! —Kina estranguló la pila de libros que sostenía.
Jeff hizo un mohín despreocupado que, en vez de calmarla, la alteró más.
—Sí, eso también. Pero lo de la investigación va en serio. Soy el único que sostuvo la hipótesis de que Terrestre no es terrestre desde que vi la foto de su madre.
—Yo ni siquiera estaba enterada —replicó Clarice.
—Porque te faltan habilidades detectivescas. ¿Ves? Soy ideal para la misión. No te preocupes, te contaremos todito al regresar… Andando, D'Agout. —Jeff se giró bajo la mirada ceñuda de Clarice—. Tenemos un reino en guerra y dos reyes ausentes, no hay tiempo que perder.
Kina bosquejó media sonrisa a modo de disculpa. Clarice hizo un ademán con la mano para restarle importancia al asunto. Sabía que no estaba enojada con ella, pero algunas veces temía que la franqueza de Jeff hiriera los sentimientos de otros.
En silencio, y con el corazón martilleando, atravesó las infinitas estanterías por detrás del mostrador, esas a las que solo poseía acceso la persona a cargo.
Se detuvieron frente al mapa que mantenía oculta la pequeña puerta insertada entre los paneles de madera caoba. Kina dejó la llave de la sección censurada a la vista y buscó la cerradura revestida por los ornamentos de la pared.
—Tendrías que ser más cuidadoso a la hora de dirigirte a otros, Jeff —murmuró.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Clarice podría enfadarse…
—¡Clarice sabe que bromeo! Ella es familia, igual que AJ.
Tomarse el pelo es lo que hacen todos, no tendrías que…
Guau. —Los ojos de Jeff quedaron como los de un búho al ver cómo una de las piezas se retraía y dejaba al descubierto el minúsculo pasaje secreto—.
Me siento como en esas pelis donde buscan momias y tesoros antiguos.
Kina rodó los ojos. Abrió la pequeña puerta y estiró el brazo para coger la farola en su interior. Jeff había quedado en completo silencio, asimilando los detalles del limitado pasaje. No tardó en reanudar la conversación:
—Si mis cálculos no me fallan, ahora mismo estamos bajo el Pabellón de Étienne —comentó—. Como eternos snobs que son, cualquiera de ellos podría haber construido un pasaje secreto para inmiscuirse en esta sección.
Kina tragó saliva.
—¿Para qué tomarse tantas molestias cuando pueden acceder a ella sin inconvenientes?
—Simple: para que nadie lo sepa y no levantar sospechas. Si Adort dejó aquí ejemplares «peligrosos», muchos se preguntarían para qué quiere alguien de la realeza acceder a ellos.
—Creo que exageras.
—Díselo a los reporteros del Le Sang: merodearían como buitres con tal de obtener la lista de nobles que visitan la sección y redactar algún titular morboso.
Kina torció el gesto. En realidad, no lo veía improbable, sino que le desagradaba la idea de que en cualquier momento fueran descubiertos por un miembro relevante del Consejo Supremo.
Acababa de resolver gran parte de sus problemas financieros; lo menos que necesitaba era una expulsión directa por metiche.
Como si su tormentosa imaginación no fuera poco, el recuerdo del libro con la fotografía de la reina se vino a su mente.
Sabía que los libros no se caían solos, así como también sabía que no había visto ningún ejemplar en el suelo cuando la señora Margoux le había brindado un rápido recorrido.
Deseó que tales pasadizos no existieran, que solo se tratara de varias copias de la llave y ya.
Al adentrarse en el salón atiborrado de libros, los ojos de Kina se clavaron en la moqueta, asegurándose de que todo estuviera en su lugar.
—Vaya… —Jeff tiró la cabeza hacia atrás, admirando las estanterías repletas de tomos antiguos y relativamente nuevos. Al bajar la vista, señaló los archivadores—. ¿Qué son esos?
—Por lo que tengo entendido, allí se guardan los artículos de prensa que fueron eliminados por Adort-Boge II.
—Y después dicen que tenemos libertad de expresión… —Jeff se abalanzó sobre el archivador.
Kina le pisó los talones.
—¿Tienes idea de qué buscamos exactamente? No es como si pudiera ausentarme por mucho tiempo, Jeff.
—Lo sé, lo sé. —Metió medio cuerpo dentro de uno de los compartimentos al abrir el archivador—. AJ dijo que se encargará de Elysabeth y el misterio de las alas. No creo que esa información la encontremos aquí adentro.
—¿Entonces?
Jeff se enderezó y posó las manos sobre sus hombros.
—Tranquila. —Kina percibió ese cálido destello que atravesó su mirada cuando elevó las comisuras de sus labios—. No pienso meterte en problemas, ¿de acuerdo?
—¿Lo prometes?
—No, lo juro —expresó con una mano en el pecho. Una expresión tan solemne que a Kina le arrebató una sonrisa—. Ahora, ¿por qué no nos apresuramos y hallamos algo que sea de utilidad?
Ella asintió con la cabeza. Sabía que lo decía en serio, podía verlo en sus ojos. Entonces se acercó al archivador.
—Quiero saber si hay documentos sobre los padres de Terrestre —explicó Jeff—.
Si los retratos no hubieran sido quemados, nos habríamos percatado del parecido.
Para mí, es obvio que algo traman allí arriba.
AJ dijo que tanto Adort como Elora se han acercado a ella.
¡Lo tiene en cámara! ¿Por qué los reyes se acercarían a Terrestre?
¡Viven en Texas, el mismo país, ¿te das cuenta?
! Lo sabían. Los reyes lo sabían, estoy seguro.
Kina abrió tímidamente un cajón.
—Admito que siempre me he preguntado por qué se quedaron en Estados Unidos…
—¡Por Terrestre! Si ella siempre lo supo y se hizo la tonta… ¡Ugh! No me importa que sea la reina, voy a matarla.
—¡Jeff!
—¡En sentido figurado! No soy tan estúpido. Lo que me pregunto es por qué no tiene esencia. Ana estaba obsesionada con borrar la esencia de los sangbìbiers. Tenía fama de científica loca.
—Trabajaba con el DII, Jeff. No creo que esos documentos estén aquí.
—Sí, pero si algo sobraba en esa época eran los rumores. ¿Tus padres nunca te contaron nada?
—Muy poco. Varias veces oí a mi madre quejarse por el tema de los herederos.
Estaba convencida de que, si los reyes hubieran tenido descendencia, el Ataque del 97 no habría ocurrido.
Dicen que querían esperar hasta derrotar a los Minoritarios.
Las malas lenguas aseguraban que la reina sufría abortos a causa del estrés.
—Es cierto. —Jeff seguía inclinado sobre el archivador—. «Ana la Nerviosa», así la llamaron. Mi abuela Igrid se enfadaba al contarlo. Creo que por eso hay tantas dudas acerca de la pureza de su linaje.
—La teoría de los damnatus es una tontería.
—Sí, pero los chismes no destacan por tener sentido. Hum…
Jeff sacó un periódico bastante desgastado. Kina leyó el titular de letras góticas: «Casa de Lyss, callejón sin salida: “El que lo investiga, desaparece”».
—¿Crees que sea verídico?
Jeff elevó un hombro.
—Es del Le Sang. Mantengamos la mente abierta.
—Se adosó al archivador para leer el artículo—.
«Según la ANPA (Asociación Nacional de Prensa Abierta), varios investigadores, públicos y privados, han manifestado su disconformidad frente a los métodos disuasivos que la corona a empleado con tal de mantener al linaje de los Lyss intacto».
¿De cuándo es esta cosa? —Jeff se fijó en la parte superior de la cubierta—. Guau. Marzo del mil novecientos tres.
—A ver… —Kina estiró el cuello para ver mejor—. Los reyes se casaron seis años después.
—Los rumores dicen que estaban comprometidos desde hace tiempo; esperaron que pasaran varios años después de que Adort y su Ley de Pureza revolucionara al reino entero.
—La primera reina plebeya —murmuró Kina, recordando una de las tantas historias que en Sangbièrre pululaban disueltas en fábulas o mitos.
Como la casa de Lyss era tan pequeña, decían a espaldas de la monarquía que eran unos embusteros.
Con la implementación de la Ley de Pureza, todos cuchicheaban.
Decían que la casa se había creado desde cero para que el hijo de Adort pudiera casarse legalmente.
—Es que no puede negarse: los Lyss no aparecen en las batallas cruciales de nuestra historia.
Por eso las dudas. Oh, mira quién salió a dar testimonio aquí —Jeff leyó con tono burlón—: «“La corona siempre ha buscado respetar los Septem y así será por un largo tiempo”, declaró su santidad, Dragon Magnus Benôit.
“La idea de manchar el plan inicial de completar el círculo dorado es descabellada; sangre real gobierna y sangre real gobernará, sin excepciones”».
Vaya… Sí que estaba cabreado el gran promotor de la paz mundial.
Kina frunció los labios. No sabía qué decir. Sin embargo, giró su rostro al percibir la esencia de alguien que se aproximaba. Por instinto, le quitó el periódico a Jeff y lo metió en el archivador antes de cerrarlo.
—¿Qué haces?
—¿Cómo que qué hago? Tenemos que salir de aquí. —Cogió la muñeca de Jeff y lo arrastró a los trompicones.