REX REXUM 34 #3
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—De acuerdo con los Septem, durante la Época Dorada, los Dioses descendían y nos bendecían con el elixir.

Uno de los ingredientes era el trigo, sus «espigas doradas», por lo que siempre se realizaban fiestas en cada cosecha.

Sin embargo, cuando cometimos traición, el trigo no volvió a crecer en los campos.

—¿Es por esa extraña maldición que os lanzaron? —preguntó Nínive—. ¿La que habla de árboles que dejaron de dar frutos?

—Sí. —Devon hizo una pausa cuando se percató de lo que había en el interior de la iglesia; un mercado con artesanías, una falta de respeto tan grande que prefirió pasarla por alto—.

En el año cuarenta y uno atravesamos una hambruna tan severa que uno de cada tres sangbìbiers no sobrevivió.

Muchos lo tildaron de «castigo». Fuera lo que fuera, se creía que estábamos condenados a una muerte lenta y angustiosa hasta que, un día de diciembre, un pastor vio un rayo de luz caer sobre sus campos.

La leyenda dice que, al dirigirse al lugar, halló un pequeño círculo entre la nieve con un pequeño brote de trigo.

—Quizás era un rayo de sol que se coló a través de las nubes y… —Nínive silenció cuando él la miró con las cejas juntas—. O quizá fueron vuestros Dioses, quién sabe, no estábamos allí.

Devon torció el gesto. A decir verdad, él tampoco estaba seguro. Resultaban ser fechas que marcaban la vida de cualquier niño en el reino, por ello no las cuestionaba.

—El punto es que, a partir de ese día, cada veintiuno de diciembre celebramos el Día del Trigo. Las familias hornean pan en forma de espiga, se colocan coronas de trigo en cada puerta y se intercambian regalos, como símbolo de la abundancia.

—Me recuerda a la Navidad —dijo Nínive.

—Podría decirse. Solo que nosotros no basamos la fecha en la leyenda de Semiramis y su hijo Tammuz, como hicieron los terrestres a partir del siglo V mediante un papa que quería tener más adeptos. Nosotros nos basamos en nuestros propios hechos.

Nínive soltó una risita por lo bajo.

—En verdad detestas todo lo que sea terrestre, ¿no es así?

—Detesto las mentiras y los engaños —expresó—.

El Día del Trigo simboliza el fin de la hambruna del cuarenta y uno, el resurgimiento de la esperanza, la cooperación que surgió para que ese brote se convirtiera en todo un campo de trigo.

Es un nuevo comienzo. Lo fue para muchos sangbìbiers que huyeron de Francia y se establecieron en Bélgica.

Por eso Viktor lo ha remarcado; al llegar, muchos se dedicaron a vender trigo. Así sobrevivieron.

—También tenemos el Graslei y Korenlei —dijo Viktor—. Ambos pasajes le dan nombre al muelle sobre el río Lys. Allí atracaban los barcos con hierbas y trigo. Terminó siendo uno de los puertos más importantes de Europa.

Nínive asintió, pensativa.

—¿Qué hay de los regalos? ¿Se colocan bajo un árbol?

—No. Se los coloca en canastas de mimbre, con pan casero y espigas. Cuando una familia visita a otra, las intercambian. No suelen ser grandes obsequios, puesto que la idea es compartir con el mayor número de seres queridos posible.

—Oh.

—Los últimos reyes solían enviar una canasta a cada familia del reino —explicó, híper consciente de quién era la persona a su lado—.

No preparaban todas las canastas ellos mismos, pero ayudaban en el proceso; mi padre todavía se queja de la cantidad de días que nuestros hombres debían pasarse envolviendo regalos.

Una sonrisa amenazaba con desprenderse de sus labios.

«¡Quinientas canastas por día! —solía exclamar cada vez que relataba la anécdota—. ¡El loco de Adort quería quinientas canastas por día!».

—Es una linda forma de devolver parte de los impuestos —opinó Nínive, haciendo que Devon contrajera el entrecejo.

Cuando atravesaron el mercado de artesanías, cruzaron unas puertas de cristal que ayudaban a ver parte de lo que había al otro lado de la nave principal.

La iglesia permanecía en profundo silencio, con muy pocas personas ubicadas en sus filas.

Los pisos en blanco y negro eran similares a los de la catedral, así como las bóvedas en lo alto.

—Por aquí. —Viktor se adentró en una de las naves laterales.

Nínive y Devon lo siguieron.

—¿Cómo hacían para construir estas cosas? —musitó Nínive, admirando las enormes columnas de piedra.

—Con la ayuda de Dios —contestó Devon, ganándose una nueva mirada ceñuda.

Viktor los guio hasta la parte posterior del altar.

Había varias estatuas y pinturas con velas o flores a modo de ofrendas, gesto que le hizo chirriar los dientes al contrastarlo con las ofrendas que le hacían a Lilith desde siglos antes de Cristo.

«Recuerda: se trata de cooperar», tuvo que decirse a sí mismo antes de soltar un nuevo comentario mordaz.

—La persona encargada del órgano no vendrá hasta pasado el mediodía. —Viktor les enseñó unas escaleras metálicas en forma de caracol—. Podéis quedaros ahí si queréis.

—Depende de lo que digan los versos mágicos —dijo Nínive.

Ambos se ubicaron en el minúsculo balcón con piso de roble destinado al uso del antiguo instrumento musical.

Devon depositó los bolsos en el suelo y tomó asiento próximo al descanso de las escaleras.

Nínive hizo lo mismo frente a él. Sus ojos negros se clavaron en la cajita que había sacado del bolsillo.

—¿Y bien? ¿Qué tanto dice? ¿Hay más naranjas? ¿Más científicos? —Calló cuando Devon negó con la cabeza, sumido en las tres líneas grabadas en la madera.

—«LADY HADES / DAGOBERTO II / IS JANE».

Nínive desinfló sus pulmones al exhalar.

—¿En serio dice eso?

Devon frotó su quijada.

—Está escrito tal cual acabo de leerlo. Puedes corroborarlo. —extendió la cajita para que Nínive la examinara—. ¿Se referirá a Perséfone? Como reina del inframundo, los griegos temían decir su nombre; se referían a ella como «la doncella».

Nínive le regresó la caja después de analizar cada uno de sus lados y casi darle un infarto al sacudirla, pudiendo romper lo que fuera que hubiera dentro.

—No tengo idea —repuso—. Honestamente, no conozco ninguno de esos nombres.

—Pues, no sé qué significa «IS JANE» —admitió Devon—. Sé que Dagoberto hace referencia a un rey francés.

—Bueno, algo es algo. Tenemos dos reyes, el de Francia y la del inframundo. Venga, esta es la parte en la que recuerdas algún mito o un juego de palabras —apremió—. Quizás hay una pintura que se llama Jane y tiene a ambos. O una constelación.

Devon oía las propuestas frustrado consigo mismo. Y es que, los versos anteriores seguían una lógica; hablaban de cosas que él conocía, obras que su padre le había descrito varias veces, personajes él había estudiado. No obstante, esas palabras…

—Es que, es curioso —murmuró ensimismado—.

La etimología de Perséfone, por ejemplo.

El nombre se ha visto escrito de varias formas en la Antigua Grecia.

Uno de ellos tiene que ver con el trigo: Περσεφάττα, «la que avienta el grano».

En Italia poseen tallados de esos dioses sosteniendo una espiga, pero no sé si es coincidencia o no.

—A lo mejor estamos cerca. Tal vez por eso la caja estaba cerca de ese mercado de trigo del que hablabais.

Devon dudó.

—No hay mucho a lo que conectarlo: Perséfone fue arrastrada al inframundo y, si bien fue coronada, no podía salir de allí por meses y…

—Devon quedó callado. De repente, sentía que estaba relatando la historia de alguien más.

Una figura vinculada a la realeza sangbìbier que había despertado tantos mitos y leyendas como el Rapto de Perséfone.

—¿Qué? —Nínive parecía estar a punto de zarandearlo—. ¿Ya lo tienes? ¿Tenemos que ir al mercado? Te juro que estoy a punto de arrancarme el cabello si me dices que es una pista para llegar a otra pista.

—No, es que… —Devon ladeó la cabeza.

Contempló la hilera de seis celdas que poseía la caja. Debía colocar la respuesta a esos versos, versos carentes de sentido, pero… Si reorganizaba las letras

—Creo que necesito un papel.

—¿Para qué?

—Quizá me equivoque…

—¡Ugh!

—… pero creo que existe una explicación al hecho de que todo está en mayúsculas. Es más fácil desentrañar un anagrama cuando las letras están parejas.

Devon ignoró el gemido quejumbroso que Nínive soltó. Esbozó una sonrisa mientras escribía en una libreta.

—Creía que te gustaban los acertijos.

—Sí, pero no me gustan cuando soy la más buscada del FBI.

—El FBI ni lo sabe, no seas dramática. —Reagrupó las letras un par de veces, hasta dar con dos nombres nuevos—. Bien, esto sí que tiene sentido…

—¿Qué cosa? ¿Hay elementos químicos?

—Nop. Lo que hay es mucho más directo que un puñado de palabras sueltas. —Devon le entregó el papel con las tres líneas manuscritas para que ella lo viera con sus propios ojos. Comenzó a insertar la respuesta, seguro de que se trataba de la correcta.

—¿Qué diablos…?

Él sonrió.

—«DAGOBERTO II» forma Adort Boge II —explicó de lo más calmado.

Si después de eso no le creía, estaban en graves problemas—.

Si ordenas «LADY HADES / IS JEAN», obtienes hija de Ana de Lyss.

¿Y quién es la testaruda hija de Adort Boge y Ana de Lyss?

—A Devon se le escapó una risilla cuando oyó el clic que produjo la caja al abrirse.

Dejó a la vista la hilera casilleros con la respuesta escrita: Nínive—. ¿Ahora sí me crees?

El rostro de Nínive se transformó.