34 #2
Como le habían instruido miles de veces, mantuvo la calma y avanzó con ligereza, como si un potencial asesino no estuviera frente a él.
Se aseguró de inclinar su cuerpo para que la navaja no se viera.
También evitó tocarlo debido a las infinitas sustancias que actuaban al hacer contacto con la piel.
Los segundos más largos de su vida transcurrieron cuando pasó a su lado.
Sin embargo, el hombre en ningún momento hizo un ademán como para atacarlo, solo reanudó el paso.
Sus acciones no tenían sentido: ¿por qué no atacarlo teniéndolo tan cerca? No habría oportunidad mejor que esa, cualquiera lo sabía. Por un instante, se preguntó si se trataría de una falsa alarma; uno de los muchos sangbìbiers que vivían fuera de frontera.
Extrañado, giró el rostro. Entonces pudo verlo: sobre el cuello, muy cerca del revés de la oreja, el hombre tenía una marca. Una marca grabada a fuego que solo una clase de soldados poseía en la piel: N. L.
«Nox Lupis».
Los hombros de Devon se cuadraron ipso facto.
Los lobos nocturnos eran parte de un selecto escuadrón táctico formado por los mejores soldados de cada grupo militar del reino.
Infalibles. Rara vez fallaban, por lo que Devon intuyó que él no era el blanco.
Se encontrarían forcejeando de lo contrario.
O ni siquiera eso: si en verdad fuera el objetivo, habrían recurrido a un arma capaz de hacerlo estallar en pedazos o una droga que paralizara su corazón para asegurarse de que no hubiera recuperación, tal y como le había sucedido a su abuelo.
Interpretar el escenario fue pan comido: el desconocido no lo atacaba porque, al subir las escaleras, estaba despejando el camino en lugar de generar una distracción.
Pese a que un millón de preguntas estallaron en su cabeza, las hizo a un lado y frenó en seco. El lobo nocturno se tensó, atento, pero no se dio la vuelta; siguió bajando los escalones.
Devon empezó a descender.
—Disculpe, ¿tiene idea de dónde puede estar…?
—¡Ugh! —El hombre cubrió su cara cuando volteó y el cloro fue a parar a sus ojos. Devon apresó su muñeca antes de que la dirigiera a su pantalón. Le retorció el brazo hasta doblarlo por detrás de su espalda y utilizó un puntapié para desestabilizarlo y arrojarlo al suelo—. ¡Mis ojos…!
—Shh. —Devon cubrió su boca. Empezó a despojarlo de sus armas mientras que el soldado se revolvía bajo su peso—. Justo cuando necesitaba municiones…
Lanzó una daga al aire y la atrapó con una falsa sonrisa antes de guardársela. El lobo seguía contorneándose cual serpiente furiosa, pero Devon restringió su respiración al presionar las rodillas contra sus costillas.
—Gracias. Aunque, deberías haberlo sabido: ¿un lobo contra un dragón? —Meneó la cabeza—. Solo diré una cosa —se inclinó hacia el soldado cuando oyó pasos—: Ludovic os manda saludos.
El soldado protestó, pero Devon no le concedió más tiempo: el cuello del hombre emitió un sonoro crujido cuando cogió su cabeza y la giró de golpe.
Su cuerpo dejó de luchar. Sus extremidades quedaron lánguidas, desparramadas a lo largo de las escaleras.
Si bien podría haberlo envenenado el remordimiento, no sintió ni un ápice de culpa.
Ese mismo grupo había asesinado a su bisabuelo por orden de la reina —a quien nunca llamaría bisabuela—.
También había grandes de que los Nox Lupis se habían encargado de inducirle un paro cardíaco a su abuelo por motivos religiosos. Imposible sentir lástima por ellos.
—¿Funcionó?
Devon se quitó de encima tras escuchar a Nínive.
—Algo así —dijo al limpiarse las manos. Se aproximó a los bolsos ni bien vio que Nínive cargaba con ambos—. Mi sugerencia es que nos larguemos de aquí cuanto antes.
—¿Qué? Pero… ¿Qué la has hecho? El cloro no pudo haberlo desmayado tan rápido. ¿Es un minoritario? ¿Uno de los vuestros?
—Ni lo uno ni lo otro. —Devon bordeó al hombre inconsciente y escoltó a Nínive escaleras arriba—. Te explico ni bien salgamos del campanario.
Regresaron a la sala de exhibición y cogieron el elevador.
Devon presentía que Nínive se guardaba cientos de preguntas.
Prefería contestarlas en un sitio seguro, lejos del cuerpo.
A su vez, empezaba a sentir la misma ansiedad que ella tras haber hallado otro acertijo.
El tiempo empezaba a jugarles en contra; no era buen momento para los rompecabezas familiares.
Necesitaban abandonar Gante. Necesitaban acceder a la lista del Rex Rexum antes de que una manada de lobos los acorralara.
Atravesaron las puertas del campanario y atrás quedaron las lúgubres paredes grises.
Afuera, la ciudad seguía en movimiento y cargada de una atmósfera alegre, como si el hombre inconsciente en las escaleras no existiera.
Mejor que así fuera, porque significaba que nadie buscaba sospechosos… de momento.
—¿Adónde vamos? —preguntó Nínive.
—No tengo idea —admitió él.
A su izquierda, sobre la Cataloniëstraat, había restaurantes y cafeterías, pero la policía podría llegar en cualquier momento.
Acabaron descendiendo por una escalera de losa que los guiaba a un pequeño parque con árboles y ondulantes senderos, los cuales desembocaban en otro templo medieval terrestre de gran escala.
Devon le explicó a Nínive lo sucedido a medida que cruzaban el parque, quedándose colgado a mitad de la oración de vez en cuando para asegurarse de que nadie los seguía.
—Entonces, no solo nos persigue el DII, sino que también un escuadrón de élite entrenado para matar.
—Algo así —convino Devon.
—¿Qué hay de la llave? ¿La has encontrado?
Él meneó su cabeza.
—Estoy noventa por ciento seguro de que sí, pero…
—No me digas: otro acertijo envuelto en diez acertijos más.
Devon soltó un suspiro.
—Sé que andamos cortos de tiempo, pero, si mi abuelo encriptó cada paso, ha sido por nuestra seguridad. Si un minoritario se hiciera con el libro, no dudaría en quemarlo. Es más dificultoso de esta forma, pero también es más seguro.
—Lo sé, es solo que… —Nínive entornó los ojos. Formó una visera con la mano antes de señalar en dirección opuesta—. Hum, ¿ese de allí no es Viktor?
Devon miró hacia donde Nínive apuntaba. No tardó en reconocer al monje terrestre vestido en hábito blanco, quien empezó a batir un brazo en el aire.
—¿Tú qué opinas? —preguntó Nínive—. ¿Quiere ayudar o trae la factura con el costo del mármol que rompiste en la catedral?
Devon dudó.
Habían discutido precisamente por su falta de fe en el mundo terrestre. Se le hacía difícil confiar en un desconocido, por más miembro que fuera de la orden fundada por su familia.
—No lo sé. —Miró por encima de su hombro hacia el campanario a sus espaldas—. Tampoco tenemos muchas opciones.
Atravesaron el parque y subieron las escaleras. Allí aguardaba el hombre delgado con gafas.
—Menos mal que estáis bien —expresó—. Se supone que debo acompañaros en vuestro recorrido. Las escrituras son precisas: «Jaurías salvajes os acecharán día y noche. Solo triunfaréis bajo el amparo de nuestros monjes».
Nínive rodó sus ojos.
—Sí… ¿No podría haberlo mencionado un tanto antes?
Los ojos de Viktor se agrandaron.
—¿Os han atacado?
—Si a eso se le puede llamar ataque… —soltó Devon—. Han dejado en claro quiénes están tras nosotros, eso sí. Necesitamos un lugar donde resguardarnos hasta resolver un par de versos.
—Creía que ya habíais resuelto el enigma.
—Dígamelo a mí —expresó Nínive.
—Estamos en ello —aseveró Devon.
—Comprendo. —Viktor frotó su barbilla. Desvió la mirada hacia el templo gótico de techos azulados—.
Pienso que ese es un buen sitio para empezar —sugirió al indicar la estructura de piedra grisácea—.
Trabajaríais lejos de las amenazas. Después de todo, está prohibida vuestra entrada a nuestras iglesias.
Devon frunció los labios, nada a gusto con el recordatorio.
—¿Qué? —Nínive fijó sus ojos en él—. ¿No podías entrar a la iglesia y aun así lo hiciste? ¿Y por qué no podéis entrar? No me digas que es algo tan supersticioso como la creencia de que sois demonios… —Al ver que él la evadía, resopló—. ¿En serio?
—En realidad, es un acuerdo mutuo —convino Viktor. Se había puesto en marcha a través de la callejuela—: sangbìbiers y terrestres tienen prohibidos pisar los templos religiosos del otro mundo. Se evitan conflictos.
—Conflictos que iniciaron los terrestres —aclaró Devon—.
Que nosotros bebiéramos un tubo de sangre al día os parecía un escándalo, pero no dudabais a la hora de promover vino como si fuera la sangre de vuestro Dios para «limpiar pecados».
—Devon vio hacia abajo cuando Nínive le dio un toquecito con el hombro.
—Sí, bueno, es en sentido figurado —replicó Viktor—. Pero comprendemos que vuestras enseñanzas no se alejan mucho de nuestra verdad.
—¿Vuestra verdad? —masculló por lo bajo, dejando que el monje terrestre siguiera parloteando sobre todos sus santos y sus figuras semejantes a las deidades paganas. Prefirió ignorarlo, sujetar la mano de Nínive con fuerza y asegurar el perímetro.
Pasaron por Klein Turkije, una calle de aspecto medieval con la iglesia gótica de un lado y restaurantes que lucían como tabernas del otro, y desembocaron en una plaza.
—Oh. —Viktor señaló el lado opuesto—. Eso que veis allí es parte del Korenmarkt. Vuestro abuelo lo menciona en sus escrituras. Tiene un significado especial.
—¿El mercado del grano? —tradujo Devon. Allí solo había adoquines y gente. Siguió a Viktor una vez ingresó al templo.
—Sí —continuó diciendo el hombre—. El Día del Trigo es una festividad muy importante para vosotros.
En el Korenmarkt se vendían toda clase de granos y bienes.
Fue gracias a los comerciantes de la zona que esta iglesia se reconstruyó después de un incendio.
Por eso la nombraron iglesia de San Nicolás, el patrono del comercio.
—¿Qué es el Día del Trigo? —cuchicheó Nínive.
Devon habló antes de que Viktor lo distorsionara: