REX REXUM 52 #3
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Nínive no sabía mucho sobre él, pero sí que intuía a quién podría estar refiriéndose y, al ser testigo de las bolsas de sus ojos hinchadas, la nariz enrojecida y las comisuras caídas de sus labios, supo que no podía tratarse de algo bueno.

Recordó el papel que el profesor había plantado en la mesa y corrió hacia él.

—¡No! —Si bien LeBlanc reaccionó de inmediato, Nínive fue más rápida—. ¡No puede leerla hasta que…! ¡Ugh!

El profesor se llevó las manos a la cabeza.

Nínive frunció el ceño al divisar su nombre.

Desplegó el papel casi con desesperación y descubrió la caligrafía de Devon. Era una carta de él. Databa del veintiuno de junio, pero no se la había entregado nunca, y comprendió el motivo al empezar a leerla:

21 de junio, 2017

San Miguel, Francia

Dionummea, es exactamente media noche. La intriga pudo conmigo y decidí abrir la profecía adjunta a mi medallón, la cual no es muy favorecedora. Al menos, no para mí.

—Señorita Bryce…

—¡Shh! —Nínive apartó a LeBlanc de un manotazo.

No estoy seguro de qué es lo que implica obedecer a mi abuelo. Por eso he decidido escribirte estas palabras; cosas que temo no llegar a decirte cara a cara.

Tú me confesaste qué sentiste la primera vez que me viste, pero yo nunca lo hice, y necesito que lo sepas.

No fue el más romántico de los momentos (había un cadáver frente a mí), pero recuerdo cómo me mataste del susto al ingresar de golpe en el laboratorio.

Acostumbraba a tener todo bajo control al rastrear las esencias de cada persona a mi alrededor.

Sin embargo, así ingresaste a mi vida: de golpe, por sorpresa, haciéndome sentir tantas cosas que no tenía idea de qué diantres me sucedía.

Por un ínfimo momento, pude verte con claridad.

Te juro que el corazón lo supo, porque me quedé perdido en esos ojos tuyos.

El miedo y la ira me cegaron de inmediato.

Te traté de formas que cada día hacen que me sienta afortunado de que hayas decidido perdonarme.

Pensé que eras tan hermosa como un lirio rojo, lo cual en mi mente estaba mal porque están reservados para los sangbìbiers casados.

Ahora sé que eres mi lirio dorado, y no podría sentirme más feliz al respecto.

Estoy feliz de haberte conocido, Niv.

Nínive notó que la tinta estaba diluida en la última palabra, el papel algo hundido. Sintió un nudo en la garganta al deducir que podía tratarse de una lágrima.

Seguiría con las confesiones toda la noche, pero no tengo tanto papel, así que te confesaré una última cosa, algo que no recuerdas: aquel cinco de junio, murmuraste palabras que nunca logré quitar de mi cabeza.

En ese entonces no conocías tu verdadera identidad, tampoco sabías mucho sobre nuestro reino.

Aun así, me pediste que no dejara ganar a los Minoritarios, que acabara con esta guerra.

No eras consciente, pero hablabas como una reina.

Ahora no solo debes hablar como reina, sino actuar como una.

No dejes que los linajes te manipulen; posees mayores capacidades que ellos, sé tú quien los maneja a su antojo.

Tampoco permitas que la iglesia obtenga demasiado poder ni que se inmiscuya en asuntos secretos del gobierno (es un consejo personal).

Sé que, en caso de no estar, habrá un equipo de personas a tu alrededor diciéndote qué hacer, cómo actuar, cómo vestir… No te conviertas en su marioneta. Tú eres el cien por ciento. Ponles límites, escucha a tus instintos.

Por último, sé que esto es muy egoísta de mi parte, pero, por favor, procura no volver a entregarle tu corazón a alguien que no sepa valorarlo.

Si no se lo entregas a nadie, admito que me sentiré mejor, pero sé que te aguardan muchos siglos de vida, por lo que…

Con que haya un pequeño espacio reservado para mí, me conformo.

Y si algún día decides utilizar mi prendedor del lado izquierdo, sé que seré el hombre más feliz del mundo.

La tinta volvió a difuminarse, pero fue a causa de las lágrimas que empezaron a desprenderse de los ojos de Nínive.

Tal vez nunca tengas que leer estas líneas. Espero que así sea. Te juro que quiero vivir lo suficiente como para llegar a conocer a esos cachorros de león, pero, si el destino no lo quiere así, no me apena en lo más mínimo enfrentarlo, siempre y cuando recibas lo que más anhelas: tiempo.

Te diré las mismas palabras que tú me dijiste ese día: tienes que vencerlos. No los dejes ganar. Destruye a los Minoritarios, dionummea. Ve, dales pelea y toma lo que es tuyo.

Sangbièrre es tuyo.

Yo también lo soy.

Te quiero. Te quiero como nunca en la vida pensé que podría querer a alguien. Y no te mentí: pelearemos juntos. Desde donde sea que esté, juro que pelearé a tu lado.

Siempre a tu lado.

Con todo mi corazón,

Devon N. DeBlanckfort.

Nínive no conseguía ver nada por culpa de las lágrimas.

—¿Q-qué demonios es esto? —musitó.

—Él… La profecía le pedía elegir —LeBlanc gimoteaba—. Él siempre te elegirá a ti. Sin importar el precio, tú siempre serás su elección. Quise evitarlo. Juro que intenté evitarlo, pero… Los linajes —susurró—. Lo han condenado a muerte. Me pidió no decírtelo, pero… no puedo.

Nínive sintió que sus piernas se aflojaban.