33
NÍNIVE
—¿Me recuerdas por qué optamos por torturarnos con las escaleras? —Nínive llevaba contados más de doscientos escalones.
—¿Te sientes mal?
—No —mintió—, me siento vaga.
Habían descartado el elevador porque DeBlanckfort temía que un asesino se metiera dentro. Nínive aceptó subir a pie a sabiendas de que la torre medía noventa metros simplemente porque no tenía ganas de morir. No obstante, sus piernas comenzaban a sentir el esfuerzo.
«Solo camina. Uno a la vez», se dijo, aferrada al pasamanos de hierro incrustado en la cara externa de las escaleras en espiral.
DeBlanckfort iba a la cabeza. En ningún momento se había quejado de la caminata. Ella no quería ser la primera.
—Deberías inscribirte en los Dragones Negros —dijo él—. La pereza desaparece de un plumazo.
—Pero a mí me gusta mi pereza; hace que encuentre la forma más rápida y efectiva de hacer algo.
Percibió la sonrisa de DeBlanckfort, de esas que conseguían sacarla de eje. Quería regresar cuanto antes a la abadía porque era consciente de las grietas; los muros que había construido a base de dolor y errores estaban cediendo. Temía por lo que pudiera suceder cuando se derrumbaran.
Aprovechó para descansar cuando dejaron pasar a un visitante a través de la angosta escalera.
Bebió un trago de zumo, ansiando que actuase como un tónico mágico capaz de borrar el dolor de una crisis.
Había tenido crisis dolorosas en la abadía, pero estando en Gante se consternaba.
No tenía un centro médico al cual acudir.
Y aunque lo tuviera, equivalía a delatarse.
Por eso siguió subiendo cuantos escalones pudo, hasta comprender que las escaleras podrían no terminar después de cien escalones más.
—¿Tienes agua?
Devon se detuvo.
Un destello de escepticismo surcó su mirada. Se descolgó los bolsos y retiró una bebida que Nínive no tardó en abrir.
—Gracias.
Los ojos de DeBlanckfort permanecían anclados en ella.
—¿Me dirás qué sucede?
Nínive hizo una mueca.
—Obstrucciones. Bloqueos en la circulación. A veces vienen a causa de una gripe o por el frío. Otras se ocasionan por estrés o deshidratación. —Nínive alzó la botella—. Me aseguro de eliminar una de las causas.
La expresión de DeBlanckfort se oscureció de manera tal, que Nínive sintió auténtica curiosidad por saber qué pensaba. ¿Tenía miedo de que la misión se arruinara? ¿Frustración tras ver que sus planes sufrían demoras por una enfermedad terrestre?
«Fantasma».
Bebió agua deprisa y elevó las comisuras de sus labios.
—Listo —anunció antes de reanudar la subida. Sin embargo, DeBlanckfort no se movió ni un ápice—. ¿Ahora qué?
—No te dejaré subir en estas condiciones.
—Recién me entero de que posees jurisdicción en el mundo terrestre. —Intentó esquivarlo, pero Devon volvió a bloquear el camino—. ¡No seas infantil, DeBlanckfort!
—No es infantilismo. —Devon se despojó del equipaje—. No disponemos de asistencia médica. No tentaremos nuestra suerte.
—¡Es una crisis leve!
—Sí, y no correremos el riesgo de agravarla. —Indicó su espalda antes de acomodar el bolso sobre su pecho—. Sube.
Nínive respiró hondo.
Indignación y mariposas se arremolinaron en su estómago.
—No cargarás conmigo —aseveró.
DeBlanckfort soltó una risilla.
—Nunca serás una carga, Bryce. Vamos, sube.
—Yo… —Nínive silenció.
Apretó los dientes, los labios, cada músculo del cuerpo.
Estrujó la botella de agua. No quería. No quería que DeBlanckfort la cargara cuando él le había mostrado dos grandes cicatrices en los omóplatos.
Tampoco quería reconocer que no podía subir por su cuenta.
No quería admitir que el SCD existía, pero allí estaba, expandiendo puntadas a través de su cuerpo, recordándole que no era la saludable sangbìbier que Devon había insinuado, al contrario: era una terrestre cuya vida se asimilaba a una vela a punto a de consumirse. El sentimiento conseguía sobrepasarla.
—No quiero sentirme inútil —confesó.
DeBlanckfort sonrió con la mirada.
—Lo dice quien resolvió el último acertijo —murmuró—.
No es debilidad pedir ayuda de vez en cuando.
¿Tienes idea de cuántos soldados caen en batalla y deben ser cargados hasta alcanzar un punto seguro?
Miles. Tampoco les gusta, pero lo aceptan; saben que no los dejemos atrás.
No eres inútil, solo has caído en batalla.
Ganaremos esto, pero antes debemos ganarle a ese orgullo tuyo —indicó al darle un toquecito a su nariz—.
¿Te rehusarás a un medio de transporte gratis, tú, la tacaña que no quiere pagar por ver monumentos?
Las comisuras de los labios de Nínive cedieron.
—Sí que sabes cómo hacer que la gente desee romperte la espalda —dijo antes de ayudarse de los hombros de DeBlanckfort para coger impulso y rodear su cintura con las piernas—. ¿En verdad hacéis esto en la milicia?
—Sí y no —contestó al ponerse en marcha—. ¿Cargamos soldados? Si. ¿Deseamos girarnos y besarlos? No. Es la primera vez que me sucede. Tienes que entrar a la milicia, Bryce. Me ofrezco como entrenador personal.
—Tienes suerte de que no pueda golpearte.
—Tú caes, yo caigo, pequeño lirio. Así son las cosas.
Nínive rodó los ojos.
Creyó que DeBlanckfort trastabillaría en algún momento, que su respiración se tornaría pesada o que sus piernas temblarían tras varias decenas de escalones, pero no percibió nada de eso, lo cual envidió.
Lo único que percibía era la tibieza de la piel de su cuello, el aroma fresco de su colonia o la firmeza de su cuerpo; sensaciones que definitivamente mejoraban su circulación sanguínea al hacer latir su corazón a todo vapor.
Una vez alcanzaron la cima del campanario, él se agachó para que ella aterrizara en el suelo.
—¿Te encuentras mejor?
—El dolor está pasando. Es normal que no se quite de inmediato; hay personas que pasan días enteros en medio de una crisis.
Las cejas de Devon se contrajeron.
—Pero…
—No es grave —se apresuró a decir—. En serio. He convivido con ellas toda mi vida; sé cuándo algo va mal. Solo… No me trates como un fenómeno. Ya tuve bastante de eso en Maine.
Tan pronto como pronunció esas palabras, sintió que quedaba expuesta.
El miedo a las burlas serpenteó por su mente en forma de ecos del pasado, mezclado con la necesidad de saber por qué DeBlanckfort la miraba con pinceladas de lástima.
No quería su lástima. Ni lástima ni compasión.
Prefería el dolor mil veces antes que ver esa expresión dolida.
Por eso se enfocó en la sala en la que habían desembocado.
Había una exhibición fotográfica con la historia del campanario.
Galerías con maquetas a escala exponían la complejidad de su arquitectura.
Lo que más le llamó la atención fueron los dragones en exposición; uno lucía como un esqueleto metálico de hojalata, el otro estaba mejor conservado, aunque no tan dorado como el que coronaba el campanario.
—¿Dónde encontraremos las llaves del libro?
Devon le dedicó un vistazo a la sala con paredes de piedra:
—«A las siete, el secreto se revela» —musitó—. Me parece que se refiere al reloj.
Nínive torció las comisuras de los labios.
—Pues malas noticias: esta cosa tiene cuatro relojes.
Devon contemplaba las esquinas de la sala en busca de salidas al exterior. Pereció replantearse su plan al girar el rostro.
—¿Qué?
Nínive señaló la maqueta frente a ella.
—Un reloj por cada cara del campanario.
DeBlanckfort se acercó a la maqueta.
Rodeó la galería sin prisa, estudiando la estructura desde la base hasta el dragón en miniatura. No emitió ni una palabra hasta que volvió a quedar junto a Nínive.
—La cara norte —afirmó.
—¿Seguro?
Devon indicó el dragón.
—Posee el reloj con mejor vista al edificio con la lira.
—¿Insinúas que han escondido una diminuta llave en un reloj gigante? —masculló—. ¿Se te ha zafado un tornillo? ¿Cómo piensas llegar al reloj?
Devon dejó sus cejas en alto, evaluando la maqueta como si fuera una de las tantas obras de arte.
—Escalando —contestó como si nada. A Nínive se le cerró la garganta—. Las puertas nos guían al mirador. Las arquerías están por debajo del reloj.
—¡¿Te has vuelto loco?! —farfulló Nínive—. Estamos a noventa metros.
—¿Qué alternativa tenemos?
No tardó en seguir a DeBlanckfort hasta una modesta puerta de madera que guiaba al exterior.
En principio, Nínive se imaginó que un guardia los interceptaría para evitar locuras.
Se le cayó el alma a los pies cuando, después de cruzar el umbral, lo único en recibirlos fue una ráfaga de viento que le puso la piel de gallina.
Bueno, no solo los recibió el viento, sino que toda Gante: los tejados anaranjados, azules y grises se perdían en el horizonte hasta ser envueltos por el río Lys.
La postal encandiló a Nínive.
Entonces recordó que DeBlanckfort quería escalar sin arnés:
—Quizás el verso se refiere al reloj, pero ¿el lirio? Mencionaba un lirio sobre el cual volaba un dragón, DeBlanckfort.
Él inspeccionaba las instalaciones como si estuvieran al nivel del mar. A Nínive se le ponían los nervios de punta cada vez que lo veía apoyar las manos en las arquerías que delimitaban la torre y una caía de más de noventa metros.
—No disponemos de otro indicio que una ambas constelaciones. Además… —Devon se apegó al parapeto de piedra y señaló hacia arriba—. Sí que tenemos un lirio.
Nínive siguió con la mirada hacia donde él apuntaba. Reconoció el reloj dorado cuyas agujas tenían forma de flor de lis.
—El gran lirio —expresó DeBlanckfort. Le guiñó un ojo antes de que ella quedara con el corazón en un puño al verlo subirse al parapeto.
—¿Qué haces?
—He escalado pendientes, montañas, muros, edificios, acantilados… —enumeró como si no fuera la gran cosa.
A Nínive le bastó con recordar que los muros de ese lugar databan del siglo catorce y que la erosión aplicaba a toda roca.