33 #2
Sin pensar, prensó los dedos en la camiseta de DeBlanckfort. Los ojos aterrados de ella se encontraron con la mirada extrañada de él. Por un instante se sintió estúpida. Entonces DeBlanckfort desprendió su mano con delicadeza y la contuvo entre las suyas
—Estaré bien.
«No quiero perderte», pensó, pero las palabras se tropezaron en su lengua y no alcanzó a pronunciarlas. Había tantos miedos enredados en su interior… No había ningún hilo suelto como para comenzar a deshacerlos.
No quería que algo malo le sucediera a Devon.
Tampoco quería colocar demasiadas fichas en el casillero del corazón.
Quería confesarle cuánto le importaba, pero temía que sus besos hubieran sido el cubito de queso que los cazadores ponían en las ratoneras.
Cada vez que se había dado el lujo de adquirir expectativas, estas se habían estrellado contra el suelo.
—Yo… —Nínive vio el mar de tejados coloridos, experimentando la impotencia en su máximo punto hasta que las palabras brotaron cual hierbajo indeseado—: Sé que ya has escalado, pero no puedes tomártelo a la ligera.
No seremos los mejores colegas de investigación, pero…
—Dudó bajo la mirada de él—. No significa que no me importes, ¿de acuerdo? No soy tan insensible.
Al quedarse callada, se percató de su respiración pesada.
«Listo, lo has dicho», pensó, viendo de reojo a DeBlanckfort, que se había quedado tan petrificado como el dragón del campanario.
Cuando lo vio bajar del muro, creyó que había entrado en razón y que buscaría una forma segura de acceder al reloj.
Sin embargo, sus ojos seguían brillando con la misma determinación.
Comprendió sus intenciones cuando la rodeó por la cintura y apresó sus labios.
Cientos de chispas explotaron y centellearon en su interior.
Devon acunó su mejilla para profundizar el beso.
Nínive trató de reprimir cualquier emoción y se aferró a la tela que cubría el pecho de él, pero, cuando la arrinconó contra las arquerías, perdió el norte.
Sus manos ascendieron a través de su cuello.
Se colaron entre su cabello con la misma exigencia con la cual su lengua reclamaba sus labios.
Él sostuvo su mentón y ella abrió los ojos. Un océano de litio fundido se arremolinaba en la mirada que él le devolvía.
—No vas a perderme —susurró contra su boca. Volvió a capturar su labio inferior y lo mordió—. Estás loca si piensas que no regresaré después de esto —añadió antes de sujetar su nuca para besarla con todas sus fuerzas.
Consiguió que Nínive se olvidara de todo por un instante.
En ese momento, no había SCD, Minoritarios ni Rex Rexum.
No había prisa ni preocupaciones, solo una nueva especie de deseo que buscaba con desespero acercarse a él hasta que no hubiera espacio entre ellos.
Supo que él padecía el mismo anhelo en el instante en que sus caderas se unieron y la dureza de su cuerpo se fundió con la lava que la derretía por dentro.
Un suspiro murió en su boca antes de obligarse a romper el beso.
—Puedes dar por hecho que esta conversación no se termina aquí —dijo con su respiración tan agitada como la de ella.
Nínive asintió. Sus manos se habían aferrado a la pilastra de piedra, buscando un punto de apoyo para lidiar con las pequeñas descargas eléctricas que cortocircuitaban en sus venas.
Devon acarició una de sus mejillas ardientes.
—Sin duda alguna, lo mejor que he probado —murmuró con sus ojos descendiendo al mismo tiempo que lo hacía su pulgar a través de los labios de Nínive—. Enseguida regreso para que sigamos «charlando».
Nínive enroscó los dedos alrededor de la columna detrás de ella. Vio de reojo cómo Devon trepaba por el muro y sus latidos cayeron en picada. No quiso ver hacia arriba.
«Menuda charla», pensó, consciente de cómo su pecho subía y bajaba. Se obligó a despegarse de la pilastra antes de que Devon regresara y se echara a reír al verla aún allí. Cuando se atrevió a mirar hacia el reloj, él parecía estar removiendo algo.
«Que sea la llave, que sea la llave, que sea la llave».
No podían jugar por mucho tiempo a la búsqueda del tesoro. El DII se daría cuenta, los Minoritarios se darían cuenta, la policía en algún momento también notaría que había un sujeto trepado al campanario. Se lo viera por donde se lo viera, tenían que abrir ese libro de una condenada vez.
Ansiosa, iba y venía a lo largo del balcón. Una persona ingresó para admirar el paisaje y ella no pudo evitar volver a ver hacia arriba. Devon no estaba. O bien había dado con una pista, o se había internado detrás del reloj.
Nínive maldijo.
Quería advertirle que no bajara hasta que el turista se fuera.
Aunque, después de un vistazo al hombre, su ceño se frunció.
No era la primera vez que lo veía; el sujeto había entrado a la catedral cuando ellos estaban frente al púlpito.
«Puede ser solo un turista», se dijo para evitar alarmarse.
Muchas personas aprovechaban la cercanía entre ambos monumentos.
En la plaza, varios grupos cruzaban desde la catedral al campanario o viceversa.
No obstante, al ver de soslayo, Nínive sospechó.
Del cuello del hombre colgaban unos binoculares, no se había quitado las gafas de sol en la catedral ni allí arriba y no cargaba siquiera con un morral.
«Podría estar en su hotel», pensó para apaciguar los nervios, pero, en medio de una ciudad desconocida y sin un grupo guiado, ¿quién iría por allí sin equipaje?
Barajó la posibilidad de que fuera un local, mas ¿por qué no se encontraba trabajando en pleno día?
Podía gozar de una licencia, sí, pero… Algo seguía sin cuadrar, sobre todo, cuando vio que sus tenis no poseían agujetas.
Eran prácticos, muy prácticos. Como los de un atleta, pese a que lucían nuevos.
Además, llevaba como un minuto allí y todavía no utilizaba los binoculares.
¿Para qué quería binoculares? ¿Para admirar la vista?
No tenía manos de artista, mucho menos la estructura ósea de un intelectual.
Si tenía que ser honesta, no creía que fuera coincidencia verlo allí.
Fingiendo serenidad, cogió los bolsos y regresó puertas adentro, donde todavía se hallaban las mismas personas que cuando habían llegado.