REX REXUM 32 #3
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Devon esbozó la sombra de una sonrisa. En lugar de objetar, se inclinó para quitar los restos de chocolate que Nínive tenía en la comisura de la boca. Su pulgar acabó deslizándose por el labio inferior de ella, y tensó cada músculo al percibir cómo su corazón se disparaba bajo su tacto.

—Lo mejor lo probé la noche de ayer —murmuró, rememorando la sensación de sus labios entre los suyos—. Es lo que me gustaría consumir a diario, pero no depende de mí.

Nínive permaneció inmóvil.

Devon se apartó cuando sus mejillas se arrebolaron.

Se lamió el pulgar y la miró en silencio, encantado con el espectáculo frente a él.

Los ojos oscuros como el firmamento nocturno habían quedado ocultos tras un abanico de pestañas negras.

Sus labios rojos despertaban pasiones que le convenía sofocar.

Sus orejas no estaban perforadas, dato que se convirtió en una nota mental, ya que el Día de las Luces se acercaba y…

—¡¿Estás bien?! —Nínive soltó el tenedor cuando Devon se atoró con su propia saliva—. Ten, bebe un poco de zumo… —Él sacudió una mano, haciendo que ella arrugara el entrecejo—. Oh, vamos, ni que fuera veneno…

—Estoy bien —afirmó con los ojos escociendo. No mentía. Estaba bien, pero se encontraba a menos de veinticuatro horas del Día de las Luces, la celebración nacional más importante, y no había comprado nada para Niv.

—¿Seguro?

Devon asintió. Por dentro quería cavar su propia tumba. No sabía dónde estarían al día siguiente, si se perderían los fuegos artificiales de la abadía ni si podrían bailar en el Primumfuga.

«Tampoco hemos aclarado las cosas entre nosotros», pensó, luchando para no volver a ahogarse.

Si fuera por él, estaba más que claro: la quería.

La había querido desde el primer día, cuando creía que no podía darse semejante lujo, pero Nínive parecía rehuir de esos sentimientos y en parte era su culpa, por no haber sido capaz de confiar en ella cuando más lo necesitaba.

«Deberías centrarte en los versos» concluyó a cambio.

Tenían la mitad resuelta. Sin embargo, las últimas dos líneas seguían sin cobrar sentido: «Dorado, sobre el gran lirio vuela.

A las siete, el secreto revela». Deseó que ese siete se refiriera a algo más que un horario; habían pasado las siete de la mañana y faltaba demasiado para el atardecer.

No podían quedarse en Gante por mucho tiempo. Tarde o temprano, se correría la voz.

—Dorado, sobre el gran lirio vuela…

—¿Piensas en los versos? —dijo Nínive.

Devon asintió.

Sacó la guía turística de su bolso y pasó página por página.

—Si es algo que vuela —dijo Nínive—, podría ser un dragón. Como la constelación que has dibujado.

—Es lo que estaba pensando. ¿Recuerdas lo que dijo la hermana Sophia?

—Dijo muchas cosas. Todavía me cuesta creer que alguien se quitó la vida para ocultar todas estas pistas.

—Mencionó un dragón que mi familia había colocado en el campanario. —Devon aplanó la página ilustrada y le pasó la guía a Nínive—. El campanario de Gante. Tiene un dragón en la cima. Debe ser este —señaló la fotografía.

—Es dorado.

—Exacto: «Dorado, sobre el gran lirio vuela».

—¿Y qué sería el gran lirio?

—No lo sé, pero tiene que estar refiriéndose al campanario; no creo que haya otro dragón dorado sobre el camino marcado.

—«A las siete, el secreto se revela» —recitó Nínive. Le dio un golpecito a la foto—. El campanario tiene un reloj.

—Sí. Espero que no se refiera a un horario en particular porque no tenemos tiempo.

Ambos se pusieron de pie. A las apuradas, ella sacó el dinero para la cuenta y él recogió sus pertenencias. El Campanario de Gante estaba frente a la catedral, cruzando la plaza.

Quedó a la vista ni bien salieron del restaurante. Sus tejados azules eran similares a los de la catedral. Tenía varias plantas, cada una repleta de ventanas. Por detrás se erigía la torre; noventa metros de altura construidos en piedra, coronada por un dragón dorado que parecía surcar los cielos.

—¿Admite turistas? —preguntó Nínive.

—Es una de las tantas atracciones de la ciudad. Creo que cobran unos pocos euros para subir al campanario.

—¿Tenemos que pagar? Nos fundiremos a este ritmo.

Devon sonrió.

—Vimos el políptico sin pagar.

—Sí, pero tu abuelo y sus acertijos podrían guiarnos a Dios sabe dónde. Dudo que ver una docena de monumentos europeos sea barato.

—Aquí dice tres euros. Es menos de lo que costaba ver el políptico.

Nínive se encogió de hombros.

La mirada de Devon se ablandó ante ese ceño malhumorado que se le formaba cada vez que no tenía todas las respuestas consigo. Algunos eran intolerantes a la lactosa, Nínive era intolerante a la incertidumbre.

Volvió a sostener su mano.

Él permanecía con las barreras en alto, pendiente de cada movimiento, pero su vigilancia tambaleó al divisar la cúspide de un antiguo edificio sobre la Cataloniëstraat.

—Mira. —Apuntó hacia la construcción dentada—. Arriba del todo, ¿llegas a verlo?

Nínive formó una visera con la mano.

—Hum, ¿tengo que ver el mural o la estatua?

—La estatua. Lo que sostiene en sus manos.

Por más que trató, Nínive negó con su cabeza.

—No estoy segura de qué es eso.

—Una lira. Si trazamos una línea en dirección al campanario, el dragón apunta a ella, igual que aquí. —Colocó los versos frente a ellos. Las constelaciones dibujadas estaban enfrentadas, como las esculturas en la plaza.

Nínive quedó muda.

—Tu abuelo sí que tenía tiempo libre…

Devon chasqueó su lengua y tiró con delicadeza de su mano.

—Anda, vamos.