REX REXUM 32 #2
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32 #2

Nínive se dirigió a la señora detrás del mostrador. Él se revolvió en su asiento. Sacó la nota que había hallado, pero decidió esperar por ella para intercambiar ideas. A modo de distracción, sus dedos recorrieron el grabado que sobresalía y formaba cuatro líneas de texto.

Cuando sus ojos regresaron a Nínive, aguardaba con los antebrazos apoyados en el mostrador.

Su largo cabello caía como una oscura y brillante cascada por su espalda.

Terminaba a la altura de su cintura, la misma que él había rodeado la noche anterior.

Su corazón empezó a latir más fuerte a medida que recorría su cuerpo pensando cosas que no debería pensar.

Bajó la vista y estudió el dorso de la nota. Nada. Allí no había nada. Estaban las marcas de los versos, pero quedaban inversos. Sobre una de las esquinas, percibió una pequeña marca que no tardó en distinguir: el dragón negro de su familia, un indicio de que la nota los guiaba al siguiente paso.

—Listo. —Nínive plantó una bandeja en la mesa y Devon se sobresaltó—. Desayuno belga para dos: panqueques, waffles, crema de avellana, chocolate, zumo, frutillas, helado… Y mira: hasta le han colocado un banderín (seguramente porque les he pedido lo más tradicional que tengan).

Devon sonrió al ver la bandera roja, amarilla y negra en la torre de panqueques. Jamás en la vida le habían preparado un desayuno con tanta azúcar. Por un momento se alarmó. Entonces elevó la mirada y se topó con Nínive, quien untaba una crema de color marrón a su waffle.

«Si ella ha sobrevivido así durante dieciocho años…», pensó antes de acercar su plato hacia sí.

—Espero que no te dé un coma diabético —dijo Nínive.

Devon arqueó una ceja.

—¿De-Ràzes no te explicó que prácticamente ingerimos lo mismo que los terrestres?

—Me explicaron cómo funciona vuestra dieta cuando temí ser parte del menú de la cafetería, pero tú has dicho que sigues un régimen, y apuesto que no está lleno de chatarra.

—No, no lo está, pero, si toleré un mes en el ártico comiendo carne seca pese a que nuestro metabolismo no la digiere bien, esto no supone un problema.

—¿No coméis carne?

Devon esbozó una sonrisa perezosa.

—¿Te recuerda a alguien en particular?

Ella le devolvió un mohín burlón. Le dio un mordisco al waffle repleto de esa crema extraña que Devon untó en su desayuno solo porque parecía ser inofensiva.

—¿Qué hay del papel mágico que dejó tu abuelo? ¿Qué dice?

—Está en francés, pero puede traducirse como «El pecado de Newton, manzana.

La aberración de Bradley, naranja.» —Devon hizo una pequeñísima pausa por dos motivos: uno, volvía a aparecer el mismo fruto y, dos, no entendía un comino—.

«Dorado, sobre el gran lirio vuela. A las siete, el secreto revela».

Cuando buscó la mirada de Nínive, ella ya lo estaba viendo.

—Vaya —expresó—. Suerte que disponemos de todo el año para descifrarlo.

Devon suspiró.

—El pecado de Newton, manzana…

—Considerando que Newton y sus estudios fastidiaron parte de las teorías de la iglesia, no me sorprende —dijo Nínive.

—Sí, pero… ¿La aberración de Bradley, naranja?

—Quise creer que vosotros tendríais algún científico loco con una historia o anécdota similar. Ya sabes, un tipo que halló una naranja y se le iluminó el cerebro o…. —Nínive silenció de forma abrupta—. ¿Podrías leer los versos de nuevo?

—¿Tienes algo en mente?

—No lo sabré si no vuelves a leerlos, DeBlanckfort.

—«El pecado de Newton, manzana. La aberración de Bradley…».

—¡Bradley! —exclamó Nínive—. James Bradley.

Ay, cómo desearía tener un móvil… Piensa, piensa, piensa —repitió con las manos a la altura de la sien—.

La aberración de Bradley es un término para la aberración de la luz.

Si mal no recuerdo, el sujeto estudiaba cómo la posición de las estrellas…

Estrellas, como estas —señaló el papel—, se ve modificada a nivel angular debido al constante movimiento de la Tierra.

Gracias a él se pudo demostrar el heliocentrismo.

Bradley (igual que Newton) fue una aberración para la iglesia, lo cual es irónico; la mayoría de los ensayos de Newton eran sobre teología; decía que la iglesia era la bestia del Apocalipsis porque (esto te va a encantar) no creía en la trinidad de la cual tanto parloteabas hace un rato.

—Nínive se arrellanó en su silla con una sonrisa de oreja a oreja—.

Por fin algo que puedo entender. Aunque… No tengo ni idea de a qué se refiere.

Devon apretó los labios.

Quería besarla. Quería detener el tiempo en ese instante.

Que se acurrucara a su lado mientras relataba historias sobre científicos o interpretaban versos ambiguos.

Y si no era mucho pedir, quería oír más sobre su historia; lo bueno y lo malo, que se lo contara sin esa desconfianza que había atravesado sus ojos por la mañana.

Que el tiempo no reanudase su curso hasta estar seguros de que gobernarían juntos.

Sin embargo, la realidad lo amarraba a esos los versos:

—Es una gran deducción. Nunca se me habría ocurrido.

—Tú sabes otras cosas —dijo Nínive—. Cosas aburridas que yo no aprendería, aunque me apuntaran con un arma.

Devon formó dos rendijas con sus ojos.

—El sentimiento es mutuo. En cuanto a los versos, sabemos la historia de Newton y la manzana, pero ¿Bradley y la naranja?

—Sí, por eso quiero un móvil.

—¿Para que Wagner nos encuentre?

Nínive dejó los ojos en blanco.

—Que yo sepa, a Bradley no le cayó ninguna naranja. Pensé que estaría relacionado a las estrellas de aquí abajo —indicó—, puesto que estudiaba su paralaje para…

—¿Paralaje?

—La desviación angular —Nínive hizo un ademán despreocupado con la mano—. La aberración de la luz se descubrió en el siglo XVIII, cuando…

—¿En qué año?

—Pues, soy bióloga, no historiadora, pero… sé que fue después del veintisiete porque Newton ya había fallecido. Supongo que esos descubrimientos le habrían interesado; él también había estudiado la luz. ¿Por qué tanta ansiedad, DeBlanckfort?

—El Siglo de las Luces —musitó—. Mi bisabuelo estaba vivo en ese entonces.

Te conté acerca de la Revolución Francesa; mi familia estaba en Reino Unido para ese entonces.

Mi bisabuelo empezó a codearse con los mejores científicos para comprender nuestras habilidades, lo cual le encomendó continuar a mi abuelo.

—¿Crees que Newton y tu abuelo bebían té por la tarde?

—No. Pero es posible que hubiera leído sus trabajos. La naranja debe estar vinculada a las investigaciones de Bradley.

—Pues…

Nínive quedó absorta.

—Un segundo —dijo antes de levantarse.

Devon la siguió con la mirada.

Nínive volvió al mostrador.

Tras un breve intercambio de palabras, la cajera le indicó un ordenador al otro lado del mostrador. Instantes más tarde, Nínive regresaba con una mirada traviesa que consiguió alterar todos sus nervios.

—Etamin —afirmó.

—¿Qué?

—La naranja es Etamin. Es la estrella que Bradley utilizó al estudiar la aberración de la luz. Está catalogada como una gigante naranja. Por lo que vi, es una estrella perteneciente a…

—La constelación del Dragón —musitó Devon. Sus ojos se deslizaron sobre las estrellas que parecían adornar la nota.

Nínive resopló.

—No es divertido cuando cuentas el final.

—Acostúmbrate, dionummea —contestó ensimismado, al tiempo que cogía el mondadientes con el banderín y lo hundía en chocolate para utilizarlo como pluma.

—¿Qué haces?

—Si prestas atención, en la nota hay dos tipos de estrellas.

Unas son de seis puntas, parecidas a las del techo de la catedral.

Otras tienen siete puntas. Para representar deidades femeninas, los terrestres han utilizado estrellas de ocho puntas; una antigua tradición sumeria.

Sin embargo, cuando nosotros nos referimos a nuestras deidades, utilizamos las estrellas de siete puntas, una por cada códex.

Es por eso que nuestros días festivos son múltiplos de siete.

Al unir estas estrellas de aquí, se forma la constelación del Dragón —Devon unió un par de estrellas más que reconoció gracias a las noches bajo el cielo estrellado en Escocia—.

Y esta de aquí es la constelación de Lyra.

—Genial. Ahora, ¿qué? ¿Dónde está lo que sea que tenemos que buscar? No entiendo por qué seguimos buscando cosas; ya tenemos la caja con el libro.

—La caja está cerrada.

—Pues en la Edad de Piedra inventaron una magnífica herramienta llamada martillo.

Devon meneó la cabeza.

—Nunca utilices un martillo para forzar un cofre con información secreta; podría contener hojas afiladas o tubos de cristal con ácidos capaces de arruinar el interior.

—Astuto, aunque no sirve para nada considerando que estamos en aprietos.

—Lo sé. —Devon contempló las constelaciones trazadas con chocolate—. El Dragón y Lyra… Es interesante.

—¿Porque ya sabes qué significa?

—No. Porque según la mitología griega el dragón se formó en base al mito de Ladón y las manzanas doradas.

—Oh. —Nínive se encorvó.

—La constelación de Lyra también posee un mito, el de Orfeo y Eurídice: Orfeo se quedó en el inframundo cuando no pudo rescatarla, y Zeus formó una constelación con su lira, con la cual encantaba a humanos y animales.

—Los dragones son animales, ¿no?

Devon enarcó una ceja.

—¡No vosotros, los otros! Los de las fábulas, DeBlanckfort.

—Podría decirse que sí, pero… sigo sin ideas.

Devon puso en marcha los engranajes de su mente mientras terminaba el desayuno más empalagoso que jamás había probado. Se estremeció al probar el de naranja, demasiado ácido en comparación a los panqueques.

Al verlo cerrar los ojos con fuerza, Nínive soltó una risotada.

—Oh, por favor, DeBlanckfort. ¡¿Nunca bebiste jugo de naranja?! ¿Es broma?

Devon vio con asco el líquido anaranjado.

—No está mal, pero… Suelo beber agua. O batidos. Según tengo entendido, esto es una bomba de glucosa.

—No tanto como el waffle que te has zampado sin chistar. Me sentiré ofendida si dices que no te ha gustado, así que finge que es lo más delicioso que has probado en la vida.

—Le concedo el segundo lugar.

—¡No seas así!