32
DEVON
No había tiempo para discutir. Devon quería enumerar las jugarretas orquestadas por el mundo terrestre que ella tanto defendía.
No iba a negar que Sangbièrre tenía graves problemas —no en vano combatían una guerra eterna—, pero había una diferencia entre las guerras que ellos tenían y la que los terrestres creaban: ellos tenían disputas de poder, mientras que los terrestres hilaban campañas desinformativas o promovían su muerte con la excusa de ser los «buenos».
De lo contrario, sus soldados sabrían que iban tras seres hematófagos en lugar de «terroristas».
El único crimen que habían cometido era el de existir y poseer ventajas tecnológicas.
Eso nunca lo dirían. Quedaba archivado en sus documentos confidenciales.
No había bondad en ellos, solo una especie que no podía combatir y que tampoco sabía perder.
La guerra contra el mundo terrestre era una guerra sucia, algo que Nínive quizá nunca aceptaría.
Sin opciones, desplegó el papel que había hallado por debajo de la caja de madera.
—Supongo que es otro acertijo.
—Justo lo que necesitamos —resopló ella.
Devon giró el papel de un lado a otro, distinguiendo el relieve en la hoja parda repleta de estrellas. Estuvo a punto de leer las líneas, pero reparó en los turistas; un par de ellos tenía un porcentaje que rozaba el cincuenta y cinco por ciento, parte de esa franja híbrida llamada damnatus.
No eran ni terrestres ni sangbìbiers. Los damnatus vivían en territorio terrestre porque prescindían de las dosis de sangre.
No obstante, muchos desarrollaban gusto por el líquido rojizo de formas que el luxirianismo no aceptaba.
Eran en gran parte el motivo de los mitos contra los sangbìbiers.
Impulsivos y violentos, resultaba imposible incorporarlos en la sociedad.
Devon prefirió no tentar a la suerte:
—Vamos. —Sujetó la muñeca de Nínive para que lo siguiera.
—¿Ya lo has descifrado?
—No, pero… Viktor regresará acompañado del guardia. No tardarán en darse cuenta de que no tenemos idea sobre museos.
Nínive formó un mohín.
—Buen punto.
Devon recogió las pertenencias de ambos, le tendió a Nínive la botella de zumo de naranja y volvió a sujetar su mano antes de dirigirse a la salida al ritmo de los visitantes.
«Naranjas». Todavía no lo asimilaba. Su abuelo de seguro hacía referencia al elixir y las disputas que se habían originado en el mundo terrestre al pretender recrearlo sin éxito durante milenios.
Muchos sangbìbiers habían sido aprisionados y forzados a dar con la fórmula, azotados cuando afirmaban que solo su Diosa sabía cómo prepararlo.
Devon no habría comprendido el significado si no hubiera sido testigo de Nínive y su dependencia de ese líquido, así como Adort tenía predilección por los cítricos.
—¿Cómo encontraste la caja? —preguntó Nínive—. ¿Estaba a la vista de todo el mundo?
Devon negó.
—En las imágenes de la guía, uno de los ángeles está viendo al que tiene enfrente.
Ese señala arriba. Uno ve y el otro señala: «Ve.
Arriba». Frente al árbol había un bloque que tenía el mismo sello que los ladrillos del castillo.
El cemento alrededor lucía más fresco que el del resto. Al retirarlo, hallé la caja.
—Oh. —Nínive miró hacia el púlpito.
En la cima, la cruz dorada amenazaba con caer mientras que el árbol de frutos dorados se mantenía firme.
«El triunfo de la verdad sobre el tiempo». Eso había querido representar Delvaux, y eso quería creer Devon: que la verdad, sin importar cuánto intentaran reprimirla, saldría a la superficie cuando todos sus carceleros mortales perecieran.
—Si quieres, puedo enseñarte todo lo que sé sobre interpretación. O idiomas nuevos.
Nínive arrugó la nariz.
—Prefiero hablar el idioma de la ciencia e interpretar mi código genético.
Devon sonrió para sus adentros. Él contestaría lo mismo si Nínive le ofrecía aprender algo más que los principios básicos de la química o la física.
Una vez salieron a la plaza de San Bavón, fueron recibidos por un cielo turquesa con nubes blancas esponjosas. La ciudad ya había despertado; había gran flujo de personas, varias tiendas con su cartel de «abierto» y terrestres que cruzaban la plaza en bicicleta o tomaban fotografías de la catedral.
—¿Qué dice la nota? —preguntó Nínive.
Devon prestó atención a los alrededores.
Estaban en un espacio abierto, rodeados de edificios con ventanas cuya vista era la ideal para dispararle al blanco.
—Tenemos que encontrar un lugar seguro donde analizarlo. Basta con una mínima distracción para tener a un minoritario o a la policía encima.
—¿La policía? ¿Nos buscan también?
—No lo sé. Wagner pudo haber emitido la alerta tras veinticuatro horas de ausencia. Es lo que dicta el protocolo. No creo que se incline por la cooperación internacional, pero tal vez Elysabeth y parte del consejo lo presione.
—¿Tanto os rehusáis a colaborar con terrestres?
Devon sintió que sus dientes rechinaban.
Emprendió la marcha a donde fuera, dispuesto a ingresar al primer local de comida que viera. Por otra parte, Nínive no se dispuso a dar el tema por zanjado; cuando él cruzó la calle zurcida mediante rieles para tranvías, ella no tardó en quedar a su lado y mirarlo con ojos acusatorios:
—¿Así es como enfrentáis los problemas? ¿Huyendo? No me agrada hablar sobre terrestres, entonces, ¿me largo?
—No soy de los que huyen. Soy de los que se quedan y pelean, pero no quiero pelear contigo.
—¿Por qué no? No me ofende que opines distinto, me ofende que me evites. No somos críos, DeBlanckfort. Podemos hablar civilizadamente, ¿no lo crees?
Devon contempló una tienda de suvenires al tiempo que se debatía si contestar o no, si Nínive se enfadaría o no.
Supuso que, si pretendía pasar algo más que un par de días a su lado, la franqueza entre ellos sería una pieza vital.
Ella tenía razón: no eran críos. Si él se alejaba era porque, cual crío, temía perderla.
—Todo tiene un precio —dijo finalmente—. La última vez que solicitamos ayuda, el precio a pagar fueron tres sangbìbiers.
—¿Sangbìbiers?
—Sí. Los gobiernos terrestres imprimen dinero y explotan países enteros para obtener recursos.
Sin embargo, hay algo que no poseen: nuestra genética.
Al negociar, siempre piden lo mismo: sangbìbiers para estudiar en sus laboratorios.
Hibridaciones, resistencia al dolor, percepción extrasensorial, inmunidad contra ciertos patógenos…
No quiero enviar a mi gente a una cámara de tortura; ese es el precio de colaborar con terrestres.
Nínive juntó sus cejas.
—Pero… ¿el DII no posee información al respecto? Archivos que podáis intercambiar. Mediante investigaciones es que comprendieron la importancia del porcentaje de pureza, ¿no es cierto? Podrías entregar esos documentos.
—¿Crees que no lo he intentado? No se fían de nuestra información, lo cual es comprensible.
La guerra se basa en la ilusión, la información es un arma, así que quieren tener sus propios datos.
Como no pueden detectarnos sin análisis de ADN, una de las cosas que hacen es forzar a esos sangbìbiers a delatar a otros fuera de frontera para obtener más…
ejemplares. Por suerte, la mayoría es consciente de que algún día podrían acabar viendo a un familiar suyo en una jaula, por lo que se rehúsan, pero terminan muertos.
»Como ves, el problema es que todo esto —indicó los alrededores— es una fachada.
Vuestro mundo luce colorido y alegre, pero, si vieras lo que sucede bajo tierra…
Deducirías que vuestra ingenuidad es la de un eterno infante.
Y no lo digo por nuestra especie. ¿Piensas que el tráfico de terrestres es obra exclusiva de terroristas?
—Devon sonrió—. El día que veas la lista de esas organizaciones comprenderás mi «odio».
O por qué no se atreven a molestarnos… Mira, aquí tienen zumo de naranja.
Se adentraron en un pequeño café con tres mesitas por fuera. El nuevo ambiente era una excelente excusa para cambiar de tema y no apabullar a Nínive con las atrocidades que sucedían en el mundo de las sombras. Lamentablemente, tendría muchos años para ponerse al tanto con esos asuntos.
En las vitrinas había dos letreros: uno tenía la foto de unos waffles y otro un desayuno completo donde podía distinguirse una copa con zumo de naranja. Por dentro, las mesas y sillas eran de madera, así como el mostrador con estanterías repletas de cristalería y losa de cerámica blanca.
Devon depositó sus pertenencias en una mesa al fondo del establecimiento. Señaló una puerta que daba a un patio pintoresco para romper el hielo:
—¿Quieres comer afuera?
—¿Volveremos a desayunar? —replicó Nínive.
—Podría explicarles que quiero quedarme aquí para descifrar versos del siglo diecinueve que nos guiarán a desmantelar una organización terrorista, pero… No estoy seguro de que lo aprecien.
Nínive rodó sus ojos y tomó asiento. Devon hizo lo mismo, dispuesto a ojear qué tan distintos podrían ser los platillos.
—Los waffles son originarios de Bélgica. ¿Los has probado?
—Son bastante comunes en América —contestó ella.
—Oh. —Contrajo las cejas y siguió buscando nombres estrafalarios. Había un montón de alimentos cuyos sabores desconocía. Barajaba la opción del zumo de naranja, preguntándose si en verdad le proporcionaría más energía.
La voz de Nínive lo distrajo:
—Tú… Sí los has probado, ¿cierto? Los waffles.
Devon negó con la cabeza.
—Como lo que los nutricionistas me dicen; se encargan de confeccionar una dieta para un óptimo funcionamiento estando en el palacio. Ahorro tiempo al no pensar en qué comeré.
Se le hizo graciosa la expresión de Nínive. Sus cejas se arquearon como si él se hubiera equivocado al sumar uno más uno. Sin embargo, la gracia se evaporó cuando ella cerró su carta, cogió la de él y se puso de pie, rumbo al mostrador.
—¿Qué…?
—Espera aquí —indicó.
Devon reclinó la espalda contra el respaldo.