REX REXUM 31 #2
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—¿Estás segura? —La expresión desafiante de Devon la dejó en blanco.

Dio un paso hacia ella, luego dos… Los necesarios para quedar frente a frente—.

¿Puedes garantizarme que no me cazarán como a los otros, Bryce?

No, no puedes. ¿Cuántos sangbìbiers cruzan frontera y nunca más regresan a sus casas?

¿Tienes idea de cuántos acaban siendo experimentos o prisioneros de gobiernos o cultos religiosos?

Algunos corren con «suerte»: son obligados a utilizar sus habilidades en empresas o agencias terrestres, pero seguimos hablando de gente esclavizada.

Mi pueblo esclavizado en pleno siglo veintiuno.

¿Cómo esperas que reaccione? Nosotros no salimos a raptar terrestres para luego encerrarlos en jaulas y estudiarlos.

Si queremos información, la negociamos. Yo mismo me he ofrecido como conejillo de indias en el DII para evitar que las generaciones futuras mueran por no conocer el límite de sus capacidades. No molestamos a nadie.

Nínive vio en acto reflejo lo antebrazos de Devon. Recordó una cicatriz que había visto allí hace tiempo.

—Quizás ellos no saben que vosotros…

—No me importa —intervino él. Sus ojos se habían tornado de un gris oscuro—.

Puedo aceptar la ignorancia como atenuante, pero no me pidas que la acepte como motivo para eximir a un criminal de sus cargos.

Lo que hacen es ilegal. Si el mundo terrestre no sale a volarnos los sesos, es porque contamos con armas para destruirlos.

Y contamos con esas armas porque sabemos de qué son capaces.

Esa, es la realidad. Una realidad que Pierrick y muchos otros no ven, porque no tienen que negociar a diario la liberación de rehenes ni ven las cintas de torturas que el DII clasifica para que los sangbìbiers no vivan bajo el miedo.

Es fácil hablar de misericordia cuando nunca se ha vivido en carne propia el verdadero mal.

—¿El verdadero mal? ¿Todo aquel que es terrestre ya de por sí es maligno? ¿Te has olvidado de que esta terrestre te ayudó a impedir muertes de los tuyos? ¿Olvidaste que el asesino era uno de los tuyos, DeBlanckfort?

—¡El asesino trabajaba con la CIA! Y no, no me olvidado de nada. Por eso no puedo meterme en una iglesia y fingir que nada ha sucedido cuando no es así —sentenció antes de estirarse para cazar los bolsos y salir por la puerta con celosías blancas.

Nínive vio el libro que pendía en su mano.

Al elevar la mirada, comprendió que ya no había rastro del chico que se quejaba del precio de una guía turística o que caminaba sin prisa bajo la lluvia.

Contempló a DeBlanckfort en silencio, cuestionándose por qué de repente sentía un vacío que parecía profundizarse a cada paso que daba.

Por un instante, se vio tentada a ir en dirección contraria y abandonar la catedral sin ser vista.

No obstante, al recordar el acta de defunción y su investigación con De-Ràzes, hizo lo que siempre se le había dado mejor: colocarse una máscara, estrangular al corazón y pensar en la forma más rápida de regresar a la abadía.

Desanduvo el trayecto y buscó el púlpito ilustrado en el libro.

Estaba situado a la mitad de la nave principal.

Allí estaban Viktor y DeBlanckfort, un puñado de visitantes y algún que otro guardia de seguridad.

Uno de ellos se acercó a Viktor y a DeBlanckfort cuando este pasó por encima de la pequeña verja de hierro negra que delimitaba el púlpito.

Nínive apretó el paso y se acuclilló frente a su bolso. Guardó el librillo, revolvió sus pertenencias hasta dar con su maletín y se puso de pie antes de que el guardia se dirigiera a Viktor.

—Oh, ya era hora —dijo—. El director del Museo Británico aseguró que nos ofreceríais la ayuda necesaria, pero van quince minutos desde que hemos pedido el agua desionizada y su compañero no ha regresado. No es posible medir el índice de erosión sin ese material.

—Hum, yo… ¿Museo? —cuestionó en un inglés muy básico—. ¿Qué museo?

Nínive miró a Viktor.

—¿Acaso nadie sabe nada? ¿Dónde está vuestro superior?

—le preguntó al guardia—. ¿Podría traer a alguien con acceso al cuarto de mantenimiento?

—Al ver que el guardia tartamudeaba, añadió—: ¿Por qué no vas con él y te aseguras de que no se pierda como el anterior?

Esto jamás había sucedido en todos mis años en Londres, es insólito.

Aturdido, el guardia vio cómo Nínive sacaba una brocha y un frasco cuyo nombre cubrió adrede. Reaccionó de golpe cuando Viktor le empezó a hablar en neerlandés y jaló sin fuerza de su codo, rumbo al final del pasillo.

Por si acaso, Nínive siguió con su papel: empezó a colocarse guantes de látex y fingió estar cargando la brocha con lo que había sobrado de luminol, sin la menor intención de desperdiciarlo en un viejo pasamanos de roble.

—¡Lo tengo! —oyó decir a DeBlanckfort.

Casi se torció el cuello al mirar hacia la cima del púlpito de donde él colgaba.

«Más le vale no romper nada», pensó al notar su mano aferrada a una de las ramas talladas en mármol.

El heredero se balanceó y aterrizó dentro de la pequeña y ornamentada plataforma cuyo techo poseía numerosos rayos de sol dorados y una paloma blanca.

—¿Qué hallaste? —preguntó Nínive.

DeBlanckfort descendió por las escaleras de roble. Nínive no tardó en notar la caja de madera que portaba con él. La pieza parecía un estuche antiguo con bordes metálicos y un par de aldabas doradas en el centro, pero suspiró con desespero cuando detectó que estaba cerrada con un candado.

—Dime que eso venía con llave incluida.

—¿Te conformas con un par de versos?

Nínive exprimió el aire de sus pulmones.

—Por cierto —DeBlanckfort sonrió—, tu actuación ha sido fenomenal. ¿«Todos tus años en Londres»? Casi me lo creo.

—¿«El libro está con las manzanas doradas»? Eso también casi me lo creo.

Devon se apresuró a guardar el estuche dentro del bolso.

—Sé que eso dije. No me malinterpretes: también me desilusionó ver la caja, pero… —Se dio vuelta y admiró el púlpito—. Estando allí arriba recordé un par de cosas que he pasado por alto.

—¿Los querubines te inspiraron?

—¿Qué? —Devon frunció el ceño—. No. Las leyendas en torno a las manzanas doradas lo hicieron.

El políptico tiene varias inscripciones en latín, lo cual me recordó…

—Devon abrió el bolso sacó la botella de zumo que ella traía consigo—.

Pomum aurantium. Así se les ha dicho a las naranjas por años: manzanas doradas.

En la edad media, las únicas conocidas eran las de sabor amargo; citrum aurantium.

Aurum hace referencia al oro. Incluso en francés el vocablo or significa oro.

Se asoció a ellas en esa época: orange. Es el término que se ha mantenido en toda esta zona a lo largo de los siglos, sea en francés, neerlandés o inglés.

Incluso en el griego antiguo, el idioma que utilizó Van Eyck, a las naranjas se las denomina chrisomilia Χρυσομηλιά.

Chrysos (χρυσός) es oro, y mílon (μήλον) significa manzana.

A esto se referían con el fruto que sostenía Eva.

—Sacudió la botella frente a Nínive—. Naranjas.

Las manzanas doradas son naranjas. El oro líquido que se describe en los Septem Sacris…

Nínive quedó petrificada.

—Es uno de los ingredientes del elixir —razonó.

—No. Bueno, sí, pero… ¿No lo entiendes? —Nínive separó los labios, pero no tenía idea de a qué se refería. La mirada de DeBlanckfort se dulcificó—. ¿No crees que tiene mucho sentido tu adicción a esta cosa?

Nínive le arrebató la botella de un manotazo.

—No es adicción. Es ciencia; la vitamina C permite que mis glóbulos rojos capten de forma más eficiente el oxígeno al…

—Niv. Dentro de los Septem Sacris, Lucien y Lilith utilizaban el elixir con el mismo fin; respirar en nuestra atmósfera. Por eso necesitaban oro.

—No empieces otra vez con eso…

—No, no, no. —Devon obstaculizó el paso cuando ella quiso darse la vuelta—. Dije que no insistiría y no lo haré, pero es un indicio importante, dionummea —acunó su rostro con ambas manos—. Estamos más cerca de dar con la fórmula.

Nínive asintió, algo cohibida tanto por la cercanía como por la gente y el recordatorio de que estaban en una catedral. Se encargó de bajar sus manos con delicadeza antes de que algún turista hiciera comentarios.

—Entiendo tu entusiasmo, pero necesitamos el Rex Rexum. Ya tendrás todo el tiempo del mundo para recrear el elixir y volver a burlarte de los terrestres que tanto odias.

—Yo no…

—Ahórrate las molestias —murmuró—. Tendrás tus buenos argumentos, pero si no fuera por este lado del mundo, no tendrías Rex Rexum que buscar.

Y si lo que dices es cierto, si no fuera por mi madre, no tendrías esa afín que tanto aseguras que soy, por lo que…

Te pido que dejes a un lado tantas rivalidades y aceptes que este mundo está demasiado revuelto como para definir bandos.

Si avanzamos, es gracias a un terrestre que nos permite ver los escondites que escogió tu abuelo.

Ambos mundos importan, no uno solo. Ahora, muéstrame eso malditos versos.