REX REXUM 30 #2
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30 #2

El fundador de la orden había sido su bisabuelo, muerto siglos atrás. Sin embargo, ni bien desenrolló el papel desgastado que Viktor les entregó, reconoció la caligrafía que ya había visto en el Rex Rexum.

Se inclinó para leer de cerca:

Hoy, el último dragón aterrizará con el león alado.

Necesitan ser guiados por el camino que os he marcado.

Las comisuras de sus labios se retorcieron.

—Incluso mi bisabuelo sabe quién eres.

Nínive frunció el ceño.

—¿Seguro de que quieres darle crédito? —Nínive indicó el papel—. Afirma que eres el último de tu linaje, DeBlanckfort.

—En realidad, afirma lo obvio: las familias sangbìbiers llevan el apellido del porcentaje más alto.

Elora dejó atrás a los Rehnov cuando se unió a Adort.

Ana dejó la casa de Lyss. En mi caso, está establecido que mi descendencia llevará el apellido Boge.

Cachorros de león Boge. Nuestros cachorros, si salimos vivos de esta.

—Sonrió al ver que Nínive lo asesinaba con la mirada.

—¿Por qué no enfocarte en el hecho de que tu bisabuelo redactaba profecías? Es como un Salvatore en este lado del mundo.

—Sí… Preferiría no pensar en lo siniestro que es eso. —Devon se dirigió a Viktor—. Necesitamos ver el políptico de los Van Eyck. El original.

—Será un honor.

Viktor los guio a través de un pasillo lateral.

Antes de subir los escalones, Devon notó la estatua a la izquierda del altar, la cual parecía señalar algo con énfasis.

Al ver a sus espaldas, se topó con el púlpito de mármol y madera, mas no había ninguna pintura.

Divisó varios retratos de nobles y obispos una vez subieron la escalinata de mármol negra y blanca.

En blanco y negro también estaban pintados los parapetos y las celosías que delimitaban el espacio bajo cada ojiva, los cuales contenían más tumbas, retratos y estatuas.

«Demasiado lúgubre», pensó, pero omitió el comentario para no ofender.

Como monarca, debía ser neutral fuera de frontera.

Solía serlo, pero dentro de un templo terrestre recordaba el medievo, una de las épocas más oscuras para los sangbìbiers.

Siguieron a Viktor en silencio mientras él se hacía pasar por un guía turístico, señalando cada rincón y explicando la historia detrás de su construcción.

Devon oía a medias, perdiéndose de vez en cuando en la variada gama de luces de colores proyectadas sobre las columnas de piedra.

Por un instante el lugar le recordó a la abadía.

Entonces vio una pintura con dioses de procedencia dudosa, tan empapados de sangre como los sangbìbiers, y volvió a prestar atención.

—Recuerdo la primera vez que lo vi —decía Viktor—. Mi madre me trajo en Navidad. En ese entonces el políptico estaba expuesto sin protección alguna; cualquiera lo abría y lo cerraba, lo cual era un riesgo tremendo.

—¿Por qué vuestro antiguo maestre elegiría ese cuadro? —preguntó Nínive—. ¿Por qué no una obra menos famosa?

—Pues… El políptico no es famoso por la hazaña detallista de sus autores.

—Viktor miró a Devon—. Fue realizado por pintores iniciados en el secreto que nosotros nos encargamos de mantener a oscuras.

La obra se realizó durante años de relativa paz, aunque pasó a ser la obra más robada de la historia después de los acontecimientos con Carlos V y Luis XIV.

Muchos creían que se había incluido información vinculada al secreto en los retablos.

Nínive miró a Devon.

—¿De qué acontecimientos habla?

Devon sintió que sus dientes estaban a punto de rechinar.

—Traición —resumió en una palabra—. Muerte y traición.

—Carlos V pretendía ser emperador de algo más que sus tierras —sugirió Viktor—.

Tanto el rey de Francia como los reyes de…

otras naciones se opusieron. En cuanto a Luis…

No mentiré: me sorprende que nuestro maestre fundador hubiera escogido a la figura de San Miguel a la hora de nombrar nuestra orden.

Devon elevó un hombro.

—En mi casa tenemos sentido del humor.

—¿A qué se refiere? —preguntó Nínive.

—Oh, no se preocupe. —Viktor insertó una llave en una especie de puerta colmada de celosías—. Enseguida lo verá.

Cuando la puerta se abrió, Devon miró a Nínive.

Capturó el momento exacto en el cual sus cejas se levantaron y sus labios se entreabrieron.

No era para menos: frente a ellos se hallaba la obra de más de tres metros de altura, resguardada por una galería de cristal e iluminada por focos incrustados en el suelo y en el techo.

El imponente Altar de Gante de los hermanos Van Eyck.

—Según tengo entendido, el primer tour guiado llegará en quince minutos.

—Genial —masculló Nínive.

Sorpresivamente, vio hacia abajo cuando Devon soltó su mano. Su pecho se infló de la felicidad, pero no hizo bromas ni dijo nada al respecto. En su lugar, cogió una silla negra ubicada contra la pared y la situó frente al conjunto de retablos al óleo.

—¿Escuchaste la parte de los quince minutos, DeBlanckfort?

—Por supuesto que sí, dionummea. —Devon luchó para que las comisuras de sus labios no delatasen la sonrisa que se había formado en su mente al oír el ligero resoplido a sus espaldas.

Bajó los bolsos y tomó asiento. Tratando de concentrarse en la pintura, posó los codos en sus rodillas y contempló el cuadro en detalle, como le habían instruido los dragones: «Primero, el pantallazo general.

Siempre habrá algo que sobresaldrá —había explicado su padre—.

Ese algo es la guía. Luego, los indicios.

Por último, el mensaje, pero esa parte suele encriptarse lejos, para no concentrar demasiada información en un solo punto».

—¿No teníamos que ver el cordero? —preguntó Nínive.

—Puede ser abierto si gustáis —dijo Viktor.

Devon negó con la cabeza. Frotó su barbilla sin dejar de examinar los retablos superiores.

—Las piezas del medio están desproporcionadas —indicó.

—Lo sabemos —dijo Viktor—. Es algo extraño teniendo en cuenta que ambos hermanos trabajaban muy bien la perspectiva pese a no haberse desarrollado la técnica en su época. Tal vez se debe a que fueron las últimas piezas en pintarse.

—No lo creo. —Devon se puso de pie. Merodeó alrededor del políptico y se aproximó a la vitrina—.

El paisaje por detrás de la virgen es demasiado lejano en comparación con el resto.

Aun así, ambos paneles centrales lucen con menor profundidad y…

—Sus ojos formaron dos rendijas conforme leía la parte superior en latín—.

Sibila de Cumas… Sibila Eritrea… Son figuras paganas. También están en la Capilla Sixtina.

—En la Edad Media era común retratarlas por sus profecías mesiánicas —dijo Viktor—. Anunciaron la llegada del mesías.

Devon frunció el ceño.

—Esos textos fueron quemados antes de Cristo —replicó—. Y esos rumores surgieron por Cicerón, demasiado joven como para haberlos leído antes del ochenta y tres, por no mencionar que no retomó sus estudios hasta culminar su servicio militar en la guerra que terminó en el ochenta y uno…

—Hum, lamento interrumpir vuestra fabulosa conversación, pero… ¿Qué diantres tiene que ver con el libro que buscamos?

—Eran profetas —respondió Devon—. Profetas que colocaron por encima de los profetas bíblicos, lo cual no tiene sentido. Justo por encima de estos retablos que tampoco tienen sentido.

—¿Esa es la pista? —preguntó Nínive.

Devon estudió el políptico una vez más. Quedó inmerso en la infinidad de detalles, preguntándose cómo habría interpretado el cuadro su abuelo para guiarlo hasta algo más importante.

—Quizá. —Señaló el ángel del lado izquierdo—. Los retablos tendrían sentido si no existieran los del medio.

—Tiene un lirio —Nínive ladeó la cabeza—. Eso es bueno, ¿cierto? «Sus puertas cerradas dentro de las puertas abiertas anuncian el secreto».

—Sí, no hay duda de que estamos frente a la obra correcta. Sin embargo… —Devon imitó el gesto de Nínive—. Es como si la anunciación se refiriera a… ¿Podrías abrirlo? —le preguntó a Viktor, quien respondió mediante un gesto afirmativo.

—¿Has descubierto algo? —dijo Nínive.

—Tengo un presentimiento —murmuró Devon—.

Es como si a estos paneles de aquí hubiera que prestarles mayor atención.

Están más cerca. Por eso quiero ver qué hay detrás de ellos, qué parte de los paneles centrales están cubriendo.

Lo mismo ocurre aquí —Devon indicó los retablos con las esculturas de San Juan Bautista y San Juan—.

Pese a ser una obra de devoción a la figura de San Juan, los colores apagados hacen que no resalte.

No es habitual-. ¿Los mecenas resaltan más que sus deidades?

¿En la era del teocentrismo? Carece de lógica.

Nínive observó las estatuas al óleo con mayor escepticismo.

—Entonces, ¿qué buscamos?

Devon comprimió los labios.

—Lo que sea que nos «anuncie» la obra al abrirse —dijo con la mirada fija en el conjunto de retablos, el cual duplicó su tamaño cuando las puertas se abrieron sin siquiera abrir la vitrina, casi como un truco de magia.

—Guau. —Nínive quedó boquiabierta—. Quince minutos, ¿recuerdas?

Devon torció el gesto. Compartía la ansiedad.

Frente a ellos había casi quince metros cuadrados de pintura con cientos de personas dibujadas, edificios detallados, inscripciones en varios idiomas y simbolismos que pertenecían a más de una religión.

Estaba tentado a dejarse caer sobre la silla y rendirse.

En su lugar, arrastró las manos por su cara para quitarse el cansancio y examinó los retablos que más habían llamado su atención.

—Irónico —comentó—. Los tablones con figuras paganas se sitúan sobre vuestro Dios principal.

—Nuestra interpretación es que los Van Eyck evitaron colocar una figura por encima de Dios; por eso los retablos del medio están vacíos —dijo Viktor—.

Un concepto similar se aprecia en el contraste entre el tamaño de las personas de los retablos inferiores y la Santísima Trinidad por encima de ellos.

—¿Cuál de todas? —cuestionó Devon—. ¿La trinidad egipcia, sumeria, romana, griega, nórdica, celta…?