REX REXUM 30 #3
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—Devon —Nínive le lanzó una mirada ceñuda—. No hemos venido a competir para ver quién tiene mejores deidades.

—No se lleva bien con nuestras creencias, ¿cierto? —adivinó Viktor.

—Solo comento lo obvio. —Devon analizaba el tablón principal—.

Los romanos habrían rechazado el monoteísmo sin su tríada favorita.

Los celtas se habrían rehusado a convertirse sin incluir su triqueta.

Tuvieron que inventarse una para adquirir poder o masacrar a quienes no estaban convencidos…

—dejó de parlotear cuando Nínive posó una mano en su brazo.

Al mirarla, oyó un disimulado «ya basta» que lo hizo volver a concentrarse en las coloridas pinturas—.

No pretendía ofender —le dijo a Viktor—.

Me resulta difícil olvidar ciertas cosas.

Se quedó viendo el retablo que mostraba un coro de ángeles cantando en los cielos. Había un atril donde descansaban varios libros sagrados y, tallado en madera, estaba San Miguel… matando a un dragón.

Devon le indicó la imagen a Nínive

—Allí está el motivo por el que el nombre es irónico.

Oyó a Viktor aproximarse.

—Nunca fue algo personal —replicó—. En el Apocalipsis se relata cómo Miguel combate contra un dragón y lo mata. Es lo que se representa aquí.

—Sí, así como Hércules asesina a Ladón. Muy original. Pero no me refiero a eso. —Devon miró a Nínive—. Mi bisabuelo creó la orden con la misma ironía con la cual Luis el Traidor utilizó a los dragones.

Nínive dejó sus cejas juntas.

—Soy bióloga, Devon. No historiadora.

Él asintió, absorto.

—Digamos que, durante varios siglos, mi familia estuvo en buenos términos con la monarquía francesa, hasta que llegó un rey demasiado religioso que decidió limpiar todo rastro de su sangre sangbìbier.

Mi familia había facilitado soldados para entrenar a los del reino franco.

Ese rey decidió usarlos en nuestra contra en el siglo XVII, mediante algo que llamó «dragonadas».

—Jamás oí hablar de ellas.

—Eran similares a las cruzadas: te convertías al catolicismo o te asesinaban.

Como todos sus hijos morían a temprana edad y el clero le pisaba los talones, Luis el Traidor se convenció de que todo se debía a que su sangre estaba «envenenada».

No se le ocurrió pensar que quizás el bajo porcentaje de su esposa tenía que ver con ello, no.

Lo que se le ocurrió fue que, si nos borraba de la faz de la Tierra, su nuevo Dios se apiadaría de él y de su esposa demasiado terrestre como para concebir hibridaciones sanas.

Así que hizo lo imperdonable: se apoderó de los dragones negros y los utilizó en nuestra contra.

—¿Y… qué sucedió? —preguntó Nínive.

—Una masacre, eso es lo que sucedió. —Notó cómo Viktor bajaba la cabeza—.

Los dragones tenían permitido cualquier clase de atrocidades con tal de «quitar nuestros pecados».

Golpes, torturas, violaciones, muerte…. Lo que no comprendía el rey era que no podíamos «dejar de pecar».

Sin sangre, morimos. Por lo que, estábamos condenados desde el principio.

Quienes pudieron, huyeron. Mi familia regresó a Reino Unido, no sin antes asegurarse de que el mensaje le llegara al rey: los únicos dragones que existían eran los nuestros, y no descansaríamos hasta hundir su reino, así como él hizo con el nuestro.

—Vosotros… —Nínive dudó—. Ya sabes, ¿pudisteis detener los ataques?

—Sí. —Devon elevó las comisuras de sus labios, consciente de lo que había acontecido: «La venganza de los Dragones»—.

No pretendo que nos comprendas. Es poco humanitario, pero, en lo personal, no siento ni una cuota de arrepentimiento por lo que hicieron mis antepasados.

Así como en el mundo terrestre existió la Guerra de los Cien años, en la historia de Sangbièrre también: es el tiempo que nos tomó asegurarnos de que nadie volvería a arremeter contra nosotros.

—¿De qué hablas?

—Durante el Siglo de las Luces, mi bisabuelo unificó el reino.

Los trece linajes decidieron masacrar al linaje del Traidor, así como él había hecho con los nuestros.

Desplazamos verdaderos dragones y colaboramos en la independencia americana para quitarles territorios.

Estuvimos a favor de cualquier disputa que hubiera entre Ruino Unido y Francia.

Creamos propaganda contra la monarquía francesa.

No estuvimos satisfechos hasta que la cabeza del rey rodó.

Para ese entonces habían pasado dos generaciones terrestres, pero cumplimos con nuestra promesa: nos vengamos.

Las monarquías terrestres se escandalizaron, pero nunca volvieron a meterse en nuestros asuntos.

Se creó un muro de hielo a nivel diplomático; tensiones y amenazas presentes, pero ya no se atreven a cazarnos como antes.

—Pero… Francia tuvo emperadores después de la Revolución Francesa, ¿no?

Devon meneó su cabeza.

—Algo así. Hubo reyes y emperadores. Trataron de negociar con tal de mantenerse en el poder, pero el daño ya estaba hecho.

Si traicionas a un dragón, olvídate del perdón.

Por eso nos asentamos en Francia, para asegurarnos de que no volvieran.

Existe un motivo por el cual Francia no tiene ni volverá a tener monarquía: acechamos en las sombras.

Y lo mismo le ocurrirá a cualquier otra monarquía terrestre que ose repetir la historia.

Ellos lo saben, y les consta que hablamos en serio.

Cuando Devon percibió el silencio, miró a Nínive.

Se había quedado ensimismada, contemplando el retablo con la figura de San Miguel.

«Cree que eres un monstruo», pensó, pero no sintió ni una pizca de remordimiento.

Era parte de la historia, su historia, y era uno de los motivos por los cuales a Devon le había costado una infinidad aceptar la ayuda de Nínive cuando la creía una terrestre.

Sabía que no todos los terrestres eran malos, pero no por eso bajaría la guardia frente a sus gobiernos repletos de corruptos con ansias de obtener poder.

—Te comprendo si ahora mismo me ves como un desalmado —murmuró—. En esos tiempos las reglas eran muy diferentes.

—No es que te crea un desalmado, sino que… Las guerras no siguen una lógica en mi mente. ¿Masacrar familias enteras en nombre de una religión? Entiendo que los ejércitos se maten entre ellos, pero… ancianos, niños…

—Los niños no se matan en las guerras —sentenció él—. Se llevan a orfanatos o se los entrega a familias adoptivas. Tenemos códigos en la orden. Aunque, deberías recordárselo a los terrestres; hasta el día de hoy masacran niños sin remordimiento.

—No sé si una guerra sea siempre la respuesta, Devon.

Él permaneció callado un momento.

—No es la primera respuesta ante un conflicto.

Existen las negociaciones, el chantaje o las operaciones secretas.

Pero hablamos de un escenario singular: sí que es la medida a acatar cuando asesinan a los tuyos sin piedad.

Puedes quedarte viendo o hacerles pagar por derramar esa sangre.

Por más que lo repitan en la Biblia, las resurrecciones son un mito; nadie traerá a tus seres queridos de regreso.

A veces la diplomacia no existe, Niv. Existen personas que solo buscan imponer, y nuestro reino no se arrodilla ante nada ni nadie.

Vivimos en libertad o morimos peleando por ella.

Yo no me encontraría aquí si mis antepasados no hubieran peleado por nuestra especie… Y tú tampoco.

Por primera vez, Devon sintió dudas. Tal vez Nínive veía en ellos a un grupo de seres «sanguinarios y pecaminosos».

Tal vez esos dieciocho años en el mundo terrestre habían forjado diferencias irreconciliables.

Pensarlo le revolvió las tripas, ya que ni en un millón de años compartiría esa opinión.

Nunca sentiría repulsión hacia lo que era.

Nunca pondría en tela de juicio las decisiones que habían evitado muertes en masa de otros sangbìbiers.

Monstruo o no, analizó con mayor detenimiento el panel central. Se inclinó para leer las inscripciones bordadas con perlas en el manto rojo del dios central, pero un cosquilleo hizo que mirara a su derecha.

Nínive hizo una mueca cuando él se sorprendió al ver sus manos entrelazadas.

—No te estoy juzgando —murmuró—. Solo espero que algún día ya no sean necesarias, nada más.

Devon infló su pecho.

—Quizás, algún día.

—Dijiste que prescindes de las dosis. Eso podría ser una señal para una buena convivencia.

—Ante líderes fuertes, sería un indicio positivo. Ante líderes neuróticos y miedosos… Empezarían a esparcir esa tontería de que nuestras habilidades son peligrosas y que buscamos conquistar el mundo. La excusa perfecta para tratar de destruirnos.

—Pero… No haríais eso, ¿cierto? Conquistar el mundo.

Devon frunció el ceño.

—Conquistar implica imponer. Imponer acarrea más guerras.

¿Has estado en una guerra? —Nínive negó con la cabeza, a lo que él continuó—.

Te drena por dentro. Consume cada gramo de energía y nadie gana al final del día.

Además, el poder es como el alcohol: demasiado en el sistema embriaga incluso al mayor de los santos.

No nos conviene. Lo que nos conviene es un perfil bajo…

y esto de aquí —señaló el panel central—.

¿Alcanzas a leer lo que forman las perlas del manto?

Nínive se apegó a la vitrina.

Al cabo de un rato, negó con la cabeza.

—Apenas entiendo una palabra.

—Oh. Se debe a que nuestro amigo Van Eck mezcló latín y griego antiguo; por eso mezcló figuras paganas y cristianas en los retablos. «ANANX ANANXIN PEX PERV». «Rey de reyes, Señor de los señores». Rex Regum en latín —sugirió con media sonrisa al ver cómo los ojos de Nínive se agrandaban.